Religión

Juan Diego, ¿el santo que nunca existió?

“En vías de canonización, se encuentra más un mito y un símbolo que un ser de carne y hueso”, dijo el padre Manuel Olimón. Profesor de la Universidad Pontificia de México, cuando publicó en su país La búsqueda de Juan Diego (Plaza & Janés, 2002), un libro escrito desde “la convicción de que la mayoría de edad de los católicos mexicanos exige el tratamiento abierto y serio” de la historicidad del vidente al que, según la leyenda, se apareció la Virgen en el cerro del Tepeyac en 1531. Olimón es uno de los historiadores que, dentro y fuera de la Iglesia, ven con preocupación la canonización de Juan Diego.

Fue el 31 de julio de 2002 cuando Juan Pablo II elevó a los altares en calidad de santo -fue beatificado en 1990- a un indio de cuya existencia “no hay pruebas históricas”, afirma David Brading. El catedrático de la Universidad de Cambridge destaca que, a pesar de que la primera referencia a la imagen que se adora en la basílica de Guadalupe data de 1555 ó 1556, el vidente no entra en escena hasta mediados del siglo XVII. “Hasta 1648, no se sabe nada de Juan Diego”, coincide desde Los Ángeles el sacerdote e historiador Stafford Poole. Es entonces cuando el presbítero criollo Miguel Sánchez habla por primera vez del indígena y de las apariciones en su libro Imagen de la Virgen María.

Las fuentes históricas

“La de Sánchez es una obra en español y llena de citas. No estamos ante un cuento piadoso, sino ante un libro de teología en el que se encuentra toda la tradición guadalupana”, explica Brading. Un año después, en 1649, se publica otra obra cuya parte central, conocida como Nican mopohua, cuenta los mismos hechos. Se trata de un refundido, esta vez en náhuatl, de lo narrado por Sánchez que se atribuye al sacerdote criollo Luis Laso de la vega. El estilo resulta “sencillo, pero muy atrayente”, asegura el ex director del Centro de Estudios Latinoamericanos de Cambridge.

La historia es, en ambas obras, la misma. En diciembre de 1531, diez años después de la conquista de lo que hoy es la ciudad de México por Hernán Cortés, Juan Diego, un indio convertido al cristianismo, pasaba por el Tepeyac cuando se le apareció la Virgen y le pidió que se le consagrase un templo en el cerro. Al contárselo a fray Juan de Zumárraga, el franciscano y primer obispo de Nueva España no le creyó y exigió pruebas. El indio vio varias veces a la Virgen y, en la última, ésta le dijo que recogiera flores en su manto. Cuando Juan Diego regresó a casa del obispo y le enseñó las rosas, al desplegarse la tela, apareció la imagen de la Virgen. La misma que, según la tradición, se venera en la basílica guadalupana, el segundo santuario de la cristiandad tras San Pedro del Vaticano.

Entre 1531 y 1648, hay un gran vacío documental respecto a las apariciones. Ni fray Juan de Zumárraga, testigo del milagro y uno de los protagonistas de la historia, las menciona en sus memorias. Es más, en un catecismo que publica en 1547, dice: “Ya no quiere el Redentor del mundo que se hagan milagros, porque no son menester”. “El silencio del obispo es muy significativo”, indica Poole, quien añade que, en realidad, nadie escribe sobre las apariciones durante más de cien años. “Los primeros franciscanos llegan a Nueva España en 1524 y emprenden la evangelización en las lenguas nativas. Hasta 1648, se publican muchos textos para convertir a los indios, pero en ninguno se citan”.

Aunque los juandieguistas consideran la rápida evangelización de los indígenas -se habría pasado de 250.000 bautizados en 1531 a 8 millones siete años después- consecuencia de las apariciones y prueba de su realidad, el padre Poole mantiene que ese alto ritmo de conversiones “es una leyenda. Las investigaciones indican lo contrario, que el progreso de las misiones en aquellos años fue muy lento”. El historiador y paleógrafo ve la figura del vidente como “una ficción pía. De los más de cuarenta documentos que se dice que apoyan la existencia de Juan Diego, ninguno soporta una crítica histórica seria”.

El culto mariano en el Tepeyac, donde los indígenas adoraron antes a la diosa azteca Tonantzin, se remonta a mediados del siglo XVI. “No podemos decir exactamente cuándo la Virgen sustituye a Tonantzin”, reconoce Brading. Sin embargo, lo que sí saben los historiadores es que la ermita no se levantó en vida de Zumárraga. El primer arzobispo de Nueva España murió en 1548 y no la cita ni en su testamento, como era habitual. Las fuentes revelan que el templo se erigió en la década de 1550, en tiempos del sucesor de Zumárraga, fray Alonso de Montúfar, quien habría encargado la imagen a un pintor local.

La Virgen de los criollos

¿Cuál es el fin que, casi un siglo después, persiguen Miguel Sánchez y el autor del Nican Mopohua al hablar de las apariciones y el vidente? “El de Sánchez es un libro de un teólogo, pero también de un propagandista”, advierte Poole, para quien el presbítero “no sólo apoya a los criollos, considerados en la época ciudadanos de segunda, sino que va más allá. Los convierte en el nuevo pueblo elegido: son los únicos que tienen una imagen de la Virgen pintada por Dios”.

El objetivo era dotar de identidad a la Iglesia de Nueva España, demostrar que es algo más que una extensión de la española. “Sánchez modela el mito sobre la Biblia”, argumenta Brading. El catedrático de Cambridge resalta, por ejemplo, las similitudes entre el diálogo bíblico de Dios y Moisés y el de la Virgen y Juan Diego: “Moisés baja del Sinaí con las Tablas de la Ley; Juan Diego, del Tepeyac con las flores”.

“Durante cien años desde 1648, la guadalupana fue una devoción exclusivamente criolla. Después, se empezó a predicar entre los indios y, tras la revolución de 1810, se convirtió en símbolo nacional”, resume Poole. La historia de Juan Diego -“un cuento, como el de Cenicienta”, para el padre Olimón- cautivó a los criollos del siglo XVII y, según Brading, la Iglesia mexicana lo elevó a los altares como el primer santo indígena para hacer frente al avance de las sectas evangélicas entre los indios.


El manto del vidente, la sábana santa del Nuevo Mundo

“La devoción que esta ciudad ha tomado en una ermita e casa de Nuestra Señora, que han intitulado de Guadalupe, es un gran perjuicio de los naturales porque les da a entender que hace milagros aquella imagen que pintó el indio Marcos”. Fray Francisco Bustamante, provincial de los franciscanos, denunciaba así en un sermón, el 8 de septiembre de 1556, la naciente devoción guadalupana.

Los historiadores coinciden en señalar a fray Alonso de Montúfar, el segundo arzobispo de Nueva España, como el religioso que encargó la pintura sobre la tela y al indio Marcos Cipac de Aquino como su autor. La atribución a la Virgen de Guadalupe se debería a que la imagen original era similar a la de la patrona de Extremadura.

Juan Pablo II no dudó en admitir, en el mismo Tepeyac en 1990, que lo que se venera en la basílica mexicana es una obra de arte. Como ya había hecho cuando se demostró que la llamada sábana santa -la tela que presuntamente envolvió el cuerpo de Jesús- había sido confeccionada en el siglo XIV, el Papa puntualizaba, respecto a la tradición guadalupana, que “el hecho de que manos y mentes humanas hayan intervenido tanto en la ejecución pictórica de la imagen como en la configuración de la narración de la aparición” no menoscaba que, en ambos casos, se trate de obras fruto de la inspiración y revelación divinas.

Dictamen de expertos

En su libro La búsqueda de Juan Diego, el padre Manuel Olimón publica, por primera vez, algunas de las cartas que en los últimos años han remitido al Vaticano el abad emérito de la basílica mexicana, Guillermo Schulenburg, el arcipreste del templo, Carlos Warnholtz, y el bibliotecario, Esteban Martínez de la Serna, entre otros. En una de esas misivas, fechada el 27 de septiembre de 1999, los tres clérigos no sólo advierten a Roma del error que supone canonizar al “legendario indio Juan Diego”, sino que también añaden que, del examen de la imagen por parte de “nuestros mejores técnicos en conservación de obras de arte”, se deduce que reúne “todas las características de una pintura hecha por mano humana, con el deterioro propio de la antigüedad”.

El restaurador José Sol Rosales analizó la imagen en 1982, a petición de Schulenburg, y dictaminó que “la pintura es la ejecutada usando diversas variantes de la técnica modernamente conocida como temple”. El técnico llegó a la conclusión de que el manto -de 1,7 metros de altura y 1 metro de anchura- es una tela mezcla de lino y cáñamo y que los pigmentos -a base de cochinilla, sulfato de calcio y hollín- son los empleados en el siglo XVI.


Los disidentes mexicanos, blanco de represalias

“Por un lado, estamos los historiadores; por otro, la jerarquía de la Iglesia mexicana y un grupo de clérigos”, explica David Brading desde su casa de Cambridge. El líder de los juandieguistas es el cardenal Norberto Rivera, con quien este autor ha intentado sin éxito hablar, al igual que con monseñor José Luis Guerrero, director del Instituto de Estudios Teológicos e Históricos Guadalupanos. Ambos han atacado duramente al abad Schulenburg, al arcipreste Warnholtz y al bibliotecario Martínez de la Serna, entre otros.

Estos tres clérigos han llamado la atención repetidamente al Vaticano sobre el hecho de que la Congregación para las Causas de los Santos no actuó con rigor histórico a la hora de demostrar la existencia de Juan Diego. Algunas de las cartas fueron en su día filtradas a la prensa contra la voluntad de los firmantes, desatándose una tormenta mediática en la que se acusó a los religiosos de atacar las bases del sentimiento nacional mexicano y monseñor Guerrero les incluyó entre los “racistas antiindios”.

A pesar de que los religiosos que se han pronunciado en contra de la historicidad del vidente han reafirmado al mismo tiempo su fervor guadalupano, eso no les ha librado de lo que fuentes próximas a ellos consideran represalias. Hospitalizaciones por depresión, la dimisión forzada de Schulenburg como abad de la basílica cuatro meses después de las primeras críticas y la expulsión del arcipreste de la casa sacerdotal, ordenada por el cardenal Rivera “a raíz del incidente sobre la canonización de San Diego”, explican el silencio en el que se sumió el clero crítico en vísperas de la santificación.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Jesús de Nazaret estuvo sentado en la grada del Coliseo romano antes de que se construyera

“Nadie imagina hoy a Jesús de Nazaret caminando o sentado en las gradas de este formidable Coliseo romano. Sin embargo, así fue. Durante su estancia en la Roma del emperador Tiberio, el Maestro disfrutó también de los juegos y de la belleza de la capital del Imperio”, sentencia Juan José Benítez mientras pasea por el anfiteatro Flavio. En la cuarta entrega de Planeta encantado, el periodista navarro interpreta el papel de quinto evangelista en el que tan a gusto se siente desde que publicó el primer volumen de Caballo de Troya, novela más que inspirada en el Libro de Urantia y en documentos atribuidos a los falsos extraterrestres del planeta Ummo. Mensaje enterrado -el episodio dedicado a la vida de Jesús de Nazaret- se presenta como “un puñado de pequeñas grandes historias” con las que el escritor pretende demostrar la “vergonzosa e interminable sucesión de errores y manipulaciones” de que han sido objeto la vida y el mensaje de Jesús. Estaría bien que Benítez se mirara al espejo, porque sus revelaciones oscilan entre lo conocido por cualquiera desde hace décadas y la versión delirante de la historia, con el imprescindible aliño marciano.

Los dos primeros errores que descubre, por mucho que se empeñe el novelista, son de sobra conocidos. Que, si en realidad existió, el Jesús bíblico no nació en el año 0, sino hasta siete años antes, y que no vino al mundo un 25 de diciembre, día de una festividad pagana de la que se apropió posteriormente el Cristianismo, eran secretos a voces cuando Benítez todavía estudiaba Periodismo en la Universidad de Navarra. Por eso, que diga que, “hoy, muy pocos saben” que la Iglesia asumió un festejo pagano para conmemorar el nacimiento de su Mesías, da risa. Tras ese tramposo preámbulo, aparece la estrella de Belén, para cuya explicación el director de Planeta encantado rechaza cualquier fenómeno astronómico, así como las interpretaciones teológicas que consideran todo el episodio de los Reyes Magos, éstos incluidos, un mito introducido por el evangelista Mateo para divinizar al protagonista. Para el ufólogo, “sólo pudo tratarse de un objeto brillante capaz de guiar a una caravana a lo largo de 1.300 kilómetros y, en consecuencia, tripulado inteligentemente”. A partir de aquí, el despiporre, siempre según fuentes anónimas a las que Benítez alude como “mis noticias” y “mis informaciones”, como podremos comprobar, bastante mal informadas.

El periodista se saca de la manga un Jesús de ficción que se salvó por los pelos de “la sangrienta represión de Herodes”, quien, según él, habría matado a “dieciséis niños de Belén” a la caza del futuro rey de los judíos. Un Mesías que jamás se perdió en el templo, sino que pasó esos tres días “en casa de su amigo Lázaro, en Betania”, y que, a los 27 años, recorrió de incógnito “el Mediterráneo y parte de Oriente”, en un envidiable viaje de estudios con escalas en Alejandría, Creta, Cartago, Roma, Atenas, Damasco, Babilonia… Y aquí es donde sale Benítez en el Coliseo romano, pletórico, diciéndonos que en las gradas de ese anfiteatro se sentó Jesús a ver los juegos a principios de la tercera década del siglo I. Cuando le comenté la anécdota al periodista y arqueólogo Julio Arrieta, me tomó por loco: “¿Qué dices? ¿En serio? ¡No puede ser!”. Mi memoria es bastante mala mientras que la de Arrieta funciona con precisión suiza, así que inocentemente le pregunté por qué, tras lo cual me caí del caballo, como Pablo camino de Damasco, pero de risa. “Difícilmente pudo estar Jesús -ni él ni nadie- en el Coliseo entonces porque todavía no existía el edificio. En los tiempos en que Jesús debía andar currando con su viejo en la carpintería, el lugar donde se iba a construir el anfiteatro era una laguna”, me explicó Arrieta, quien añadió que el edificio se empezó a levantar en 72 y se inauguró en 80. Estamos, una vez más, ante un jugoso fruto del periodismo de investigación que practica Benítez, a quien 8 millones de euros no dan para mirar en una enciclopedia o preguntar a un historiador.

El autor de Caballo de Troya nos cuenta después que Jesús no se retiró cuarenta días y cuarenta noches al desierto, sino que pasó ese tiempo “con sencillos beduinos”. Además, si no hizo nada por evitar la ejecución de Juan Bautista, fue porque éste le hacía sombra y le venía bien quitárselo de en medio. Todo ello según los mismos misteriosos informantes que sientan a Jesús en un Coliseo inexistente y que permiten a Benítez datar hechos bíblicos con una fiabilidad digna del arzobispo anglicano James Ussher, quien en el siglo XVII llegó a la conclusión de que Dios creó el Universo a las nueve de la mañana del 23 de octubre de 4004 antes de nuestra era. Así, el ufólogo asegura que la escena bíblica en la cual Jesús expulsa a los mercaderes del templo -otra falsificación de los hechos, dice, ya que no hubo latigazos ni nada parecido- ocurrió el 30 de abril del año 30 y data al minuto dos de “las apariciones del resucitado” que la Iglesia “ha silenciado”. Los dos episodios post mortem son, junto a la escena del Coliseo, lo mejor del episodio, ya que el creador de misterios pone en boca de Jesús palabras en las que aboga por la igualdad de mujeres y hombres entre sus mensajeros y afirma que su doctrina no es propiedad de un pueblo determinado, sino de todos los seres humanos. Benítez no sólo oculta a los espectadores quiénes son sus informantes, sino que además también les escatima el hecho de que las bonitas y políticamente correctas frases que pronuncia su Mesías televisivo, así como las fechas que él da, provienen de la saga Caballo de Troya. Vamos, que estamos ante una novela, simple y llanamente ficción.

El lienzo de la discordia

Cerca de dos millones y medio de personas visitaron Turín en 1998 para contemplar la sábana santa, una pieza de lino que, según el cardenal Giovanni Saldarini, entonces custodio de la tela, “no debe considerarse una reliquia, sino otra cosa”. La historia se repitió entre el 12 de agosto y el 22 de octubre de 2000, cuando la exposición pública del lienzo atrajo a decenas de miles de turistas hasta la capital del Piamonte, que recogió en el siglo XX el testigo de Lirey, la localidad francesa en la que apareció el sudario a mediados del siglo XIV.Desde que en 1988 los resultados de la datación por carbono 14 proporcionaron, en palabras de los científicos que realizaron la prueba, “evidencia concluyente sobre el origen medieval del lino del sudario de Turín”, la Iglesia considera que la presunta reliquia no es sino un icono, digno de veneración, eso sí, en tanto que -según indicó el cardenal Anastasio Ballestrero en octubre de 1988- “la potencia evocadora de la pasión de Cristo” de la imagen “es preeminente respecto al eventual valor de muestra histórica”. El Vaticano admite, por tanto, que la sábana no envolvió el cuerpo de Jesucristo, pero la considera una obra que refleja el sufrimiento de la Pasión de forma coherente con la tradición cristiana.

Una predicción acertada

La datación de la pieza, cuyos resultados se publicaron en la revista Nature, corrió a cargo de laboratorios de Arizona, Zurich y Oxford. Tras emplear diversos métodos de lavado de muestras de los fragmentos y realizar 48 mediciones, los expertos fecharon “el lino del sudario de Turín entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%”. Se confirmaba así lo que Walter McCrone, uno de los microanalistas forenses más reputados del mundo, había augurado en 1980: que, de realizarse, la prueba del radiocarbono iba a datar la tela “el 14 de agosto de 1356, diez años más o menos”.

Los resultados del carbono 14 han sido, no obstante, puestos en cuestión por algunos partidarios de la autenticidad de la pieza. Así, Celestino Cano, presidente del Centro Español de Sindonología, ha apuntado que los fragmentos analizados presentaban altos índices de contaminación que habrían tergiversado las fechas y que la prueba no se hizo bien, “como más tarde ratificó el propio inventor del sistema”, Willard Libby. Sin embargo, un error de datación de tal magnitud -trece siglos- exigiría que la basura incrustada en la tela equivaliera al doble del peso de la misma y Libby nunca pudo pronunciarse respecto a la metodología de la prueba, ya que falleció en 1980, ocho años antes de que el método de datación por el que recibió el Nobel se aplicara a la presunta reliquia.

Pintura en vez de sangre

El del radiocarbono fue concluyente, pero no el primer estudio en sacar a la luz la falsedad de la supuesta reliquia. En 1977, Walter McCrone fue invitado a participar en un estudio del lienzo auspiciado por el Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP), una organización vinculada a la Hermandad del Santo Sudario. El microanalista fue el encargado de examinar las manchas de sangre y su conclusión, tajante: “Tengo buenas y malas noticias -dijo en el congreso en el que presentó su trabajo-. Las malas son que el sudario es una pintura. Las buenas, que nadie me cree”.

Y es que, donde el STURP veía sangre, él encontró bermellón y rojo de rubia, entre otros pigmentos utilizados en la Edad Media. Ante tales conclusiones, el STURP expulsó a McCrone de su equipo. Sin embargo, otros expertos tampoco encontraron rastros de ninguna sustancia relacionada con la sangre humana, y el STURP acabó reconociendo que McCrone está en lo cierto, aunque últimamente ha vuelto a apostar por la sangre.

Como anécdota curiosa ha quedado el estudio de Max Frei. Dijo haber encontrado en la pieza gran cantidad de polen a partir del cual podía trazarse el recorrido histórico del lienzo desde la Palestina de Jesucristo hasta Turín. Sin embargo, en la actualidad pocos dan crédito a ese trabajo, ya que nadie controló la recogida de muestras ni ha conseguido posteriormente los mismos resultados. Hasta el STURP considera que la muestra de Frei -que, como perito calígrafo, avaló en su día la autenticidad de los falsos diarios de Hitler- “no es estadísticamente significativa”.

La narración bíblica

Pero la polémica continúa y continuará entre la ciencia y quienes quieren ver en el sudario una prueba de la resurrección, aunque su mera existencia contradiga el relato bíblico, ya que san Juan escribió que, tras ser lavado y perfumado, el cuerpo de Jesús fue envuelto “en fajas”. Es decir, que, de haber una auténtica reliquia, sería una especie de vendaje y nunca podría presentar rastros de sangre, porque el cadáver se habría lavado como mandaban las normas de enterramiento judías.

“Ya te aproximes desde la Biblia, la historiografía o la química, la sábana de Turín es un fraude”, indica Joe Nickell. El investigador estadounidense reprodujo hace años un rostro similar al del lienzo usando un bajorrelieve y la técnica del frotis. Ya conocida y usada por los artistas en el siglo XIV, es algo parecido a “poner una moneda sobre un papel y frotar con un lápiz”.


El obispo de Troyes destapó el fraude hace 600 años

“El deán de cierta iglesia colegiata, a saber la de Lirey, falsa y mentirosamente, consumido por la pasión de la avaricia, animado no por algún motivo de devoción sino únicamente de beneficio, se procuró para su iglesia cierto lienzo hábilmente pintado, en el cual, por una hábil prestidigitación, estaba representada la doble imagen de un hombre, es decir, de frente y de espaldas, y el deán declara y pretende mentirosamente que es el verdadero sudario en el que nuestro Salvador Jesucristo fue envuelto en su tumba, y en el cual quedó impreso el retrato del Salvador con las llagas que tenía”. En estos términos se dirigía en 1389 Pierre d’Arcis, obispo de Troyes, a Clemente VII, papa de Avignon.

D’Arcis añadía en su misiva que su antecesor en el cargo, Henri de Poitiers, había descubierto “el fraude y cómo dicho lienzo había sido astutamente pintado, ya de esa verdad testimonió el artista que lo había pintado, o sea que era una obra debida al talento de un hombre y en absoluto milagrosamente lograda u otorgada por gracia divina”. El demoledor informe sucumbió, sin embargo, al parentesco que unía al antipapa con el hijo del propietario original de la sábana, de cuyo padrastro era primo el pontífice. Clemente VII exigió entonces silencio a su obispo. Pero el engaño era tan descarado que en 1390 tuvo que reconocer que, en el caso del sudario de Lirey, “no se trata de la verdadera sábana de Nuestro Señor, sino de un cuadro o pintura hecha a semblanza o representación de la sábana”.

Inaugurada en 1357, la iglesia de Nuestra Señora de Lirey había sido financiada por Geoffroy de Charny para exponer una pieza de lino que nunca aclaró cómo había llegado a sus manos. Henri de Poitiers había decidido investigar el asunto tras ver cómo los monjes convertían la afluencia de peregrinos que querían venerar el lienzo en un gran negocio, mediante la venta de todo tipo de recuerdos de la presunta reliquia.

Un trueque rentable

Tras amainar las aguas del escándalo denunciado por D’Arcis y después de guardar la tela a buen recaudo durante décadas, los Charny acabaron rentabilizando el tirón popular del lienzo. A mediados del siglo XV, Margaret, nieta del descubridor del sudario, volvió a hacer correr el rumor de que éste había envuelto el cuerpo de Jesucristo y consiguió venderlo a Luis I de Saboya a cambio de un castillo y un palacio.

Los Saboya rodearon la tela de un halo milagroso, la usaron en los viajes como talismán frente a los ataques de bandidos y, al final, levantaron en Chambéry una capilla en su honor. El templo se inundó de peregrinos y regalos hasta que en 1532 sufrió un incendio, reflejado en el lienzo en forma de remiendos triangulares. La tela llegó a Turín en 1578 de la mano de Emmanuel Filiberto de Saboya y, un siglo más tarde, se instaló definitivamente en la catedral de San Juan Bautista, que fue pasto en 1997 de un pavoroso incendio al que la sábana sobrevivió gracias al valor de un bombero.

Los documentos históricos y la datación por medio del radiocarbono coinciden en situar la creación de la pieza justo cuando apareció en Lirey. No hay ninguna prueba que avale su existencia antes de una época en la que se multiplicaron las presuntas reliquias en Europa, y la prosperidad de monasterios y regiones enteras dependía de este tipo de objetos de culto. Porque los creyentes acudían en masa a los templos donde se guardaban tesoros como leche de la Virgen, pelos de la barba de Noé, alas del arcángel San Gabriel y suficientes fragmentos del lignum crucis como para construir un barco. Sábanas santas las había a decenas: sólo en España, casi una treintena.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Teresa de Calcuta, la ‘turbosantidad’ a precio de saldo

Seiku Murmu está “muy orgulloso” de su esposa, Monica Besra, a quien asegura que Teresa de Calcuta (1910-1997) curó milagrosamente de un tumor en los ovarios en 1998. Lo he leído en The Daily Telegraph y al principio me ha chocado. Es todo lo contrario de lo que este vecino de Dhulinakod, una aldea del este de India, decía hace un año. El satisfecho marido actual -“Fue el milagro sanador de Teresa de Calcuta lo que curó a mi mujer”- no tiene nada que ver con el irritado de octubre de 2002, cuando hacía fe de su escepticismo en la revista Time. “A mi esposa la curaron los médicos y no un milagro”, sentenciaba. Y añadía: “Mi mujer se sintió mejor una noche cuando usó el medallón, pero el dolor iba y venía. Entonces, fue a que la vieran los médicos y ellos la curaron”. Monica Besra admitía que se había tomado los fármacos que le habían prescrito, aunque para ella la curación había sido obra del medallón bendecido por Teresa de Calcuta que le habían dado las monjas.

Los médicos que trataron a la mujer siempre lo han tenido claro: no hubo ningún milagro. El tumor en los ovarios que sufrió fue consecuencia de una meningitis tuberculosa y desapareció tras un tratamiento médico de casi un año. Posteriormente, Manzur Murshed, uno de los doctores que atendió a la enferma, denunció en la prensa india que representantes de la Iglesia católica y de las Misioneras de la Caridad, orden creada por la monja de origen albanés, le habían visitado para presionarle. “Querían que dijéramos que la recuperación de Monica Besra fue un milagro y que está más allá de la comprensión de la ciencia médica”, declaró Murshed, superintendente del hospital Balurghat, en el sur del distrito de Dinajour, en octubre del año pasado.

A sólo unos días de la solemne beatificación de Teresa de Calcuta en Roma el 19 de octubre, Ranjan Kumar Mustafi, otro de los médicos que vieron a la mujer, no tiene ninguna duda: “Decir que estamos ante un milagro es un sinsentido que todos debemos denunciar”. Casi todos, porque Seiku Murmu ha cambiado de opinión y ha pasado de negar el milagro -“es un fraude”- a ser un abanderado de la causa sobrenatural. Tiene sus razones. La familia se convirtió al Cristianismo tras la curación de la mujer y, desde entonces, la vida les sonríe. “Nuestra situación era terrible y no sabíamos qué hacer. Ahora, mis hijos están siendo educados con la ayuda de las monjas y voy a poder comprar un pequeño trozo de tierra. Todo ha ido a mejor”. También para el Vaticano, que se ha quitado del medio a un detractor y ha ganado un socio en la santificación de Teresa de Calcuta, cuyo proceso de beatificación comenzó en 1999, cuando las reglas de la Iglesia establecen que han de pasar al menos cinco años desde la muerte del futuro santo. Además, sobre la vida y obra de la infrenable beata hay muchas sombras.