Ovnis y extraterrestres

‘Cuadernos de Ufología’ cumple veinte años

Que una revista de aficionados cumpla veinte años es algo extraordinario: demuestra un sólido compromiso por parte de quienes la hacen y la existencia de un público fiel. Yo formo parte del segundo grupo en lo que se refiere a Cuadernos de Ufología (CdU). Me suscribí a ella en 1983, animado por Vicente-Juan Ballester Olmos, y el primer número que recibí fue el 4. Desde entonces, he sido lector de la revista, tanto en la etapa en la que dependió casi exclusivamente del empuje del sevillano José Ruesga Montiel como después, cuando pasó a formar parte de las publicaciones de la Fundación Anomalía. Viene esto a cuento porque acaba de llegarme el número 29 (3ª Época) de CdU -se hicieron otros 17 hasta enero de 1987 por el sistema de fotocopias-, Julio Arcas recuerda en el editorial que el proyecto cumple veinte años y me ha parecido mentira que haya pasado ya ese tiempo.

Portada del último número aparecido hasta el momento de 'Cuadernos de Ufología'.El, por ahora, último número de Cuadernos de Ufología incluye una interesante selección de artículos, entre los que destacan los dedicados al caso Valdés y a los relatos de transporte instantáneo de automovilistas. El del cabo Armando Valdés es un secuestro con tiempo perdido. Sucedió en Chile en abril de 1977, en plena dictadura militar, aparece en la mayoría de los libros dedicados al tema ovni y Diego Zúñiga, director de La Nave de los Locos -otra recomendable publicación-, lo desmonta concienzudamente en CdU: “Publicitado y recalentado [el caso] por febriles ufólogos ansiosos de un espacio en la prensa amarillista, la historia se expone y desnuda como una conjunción de mentiras, tergiversaciones y añadidos interesados. La narración se muestra plagada de incoherencias, lugares comunes y afirmaciones que incomprensiblemente nunca nadie ha cuestionado. Está repleto de extravagancias y dislates que no se han puesto en entredicho”.

Los casos en los que alguien viaja en un automóvil, se adentra en una especie de niebla y sale a cientos e incluso miles de kilómetros de distancia son analizados por Alejandro Agostinelli, director de Dios!, y Luis R. González, quienes pasan revista al mito desde sus orígenes, allá por 1959 en Argentina, hasta la actualidad. El trabajo de estos dos autores, auténticas enciclopedias ambulantes de la ufología, es ya una referencia obligada para todo estudioso que se adentre en lo que ellos consideran una leyenda urbana similar a la del fantasma de la autoestopista que nos advierte del peligro de la siguiente curva. Sólo estos dos textos -en realidad, todos los de este número resultan interesantes- justifican la existencia de una publicación que nació en un momento difícil.

A comienzos de los años 80 del siglo pasado, los ovnis estaban en retirada y hasta Stendek, la revista del Centro de Estudios Interplanetarios (CEI) de Barcelona, había desaparecido. Así estaban las cosas cuando me integré en lo que entonces se denominaba colectivo CdU, del que formaban parte -además de algunos de los citados- Félix Ares, Manuel Borraz, Juan Marcos Gascón y Juan Antonio Fernández Peris. En las páginas de Cuadernos de Ufología, convivían las investigaciones de casos con los debates sobre cómo había que afrontar el estudio del fenómeno ovni, en alguno de los cuales participé con la vehemencia que me caracteriza. Poco a poco, germinó en un grupo de ufólogos que vivíamos en el País Vasco la idea de que era necesario ir más allá y creamos Alternativa Racional para la Investigación del Fenómeno Ovni (ARIFO), redenominada poco después Alternativa Racional a las Pseudociencias (ARP) y rebautizada hace unos años como ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico. Todos los fundadores de la organización racionalista española fuimos ufólogos antes que escépticos, algo que nunca ocultamos y que, con el tiempo, he sabido que también ha pasado en otros países. Ésa es otra de las razones por las cuales he creído importante traer aquí el vigésimo aniversario de CdU.

“Ninguno de los 400 astronautas que han subido al espacio ha visto un ovni”, dice Pedro Duque

Pedro Duque no ha visto ningún ovni. Ni la primera vez que salió al espacio, en el transbordador Discovery en 1998, ni la segunda, como ingeniero de vuelo de la misión Cervantes hace un mes. “Todos los objetos voladores que vimos estaban perfectamente identificados”, me dijo el lunes el astronauta español cuando le pregunté si no había observado algo raro al otro lado de las ventanas de la cápsula Soyuz TMA y de la Estación Espacial Internacional (ISS). “A veces hablamos de eso -añadió en referencia a conversaciones entre los astronautas sobre ovnis- y llegamos a la conclusión de que nunca ningún compañero de los cuatrocientos que han subido al espacio ha visto nada difícil de explicar. John Glenn dijo que había como una especie de luciérnagas que le seguían. Quedó muy bonito y poético, pero eran partículas de hielo de agua o de hidracina, no estoy seguro”.

El madrileño estaría encantado de que hubiera extraterrestres ahí fuera y vinieran a la Tierra. “Estaría muy bien que alguien nos visitara. Pero no creo que vayan a ser tan maleducados de venir así, siempre de extranjis, nunca hablar con nadie y sólo para hacer perrerías a la gente. Si alguien viniera, lo haría de otra manera”, concluyó Duque en la entrevista telefónica que me concedió para El Correo.

“Los extraterrestres nos llaman”

ESGRACIADOS. Ángel de Andrés y Jordi Vilches encarnan en 'Platillos volantes' a los dos protagonistas del trágico viaje a otro mundo.

Dos cuerpos decapitados por el tren aparecieron el 20 de junio de 1972 junto a las vías de la línea Barcelona-Zaragoza, cerca de Terrassa. Eran los de José Félix Rodríguez Montero y Juan Turu Vallés, de 47 y 21 años, respectivamente. Obreros textiles, habían frecuentado los círculos de aficionados a los platillos volantes. “Los extraterrestres nos llaman; pertenecemos al infinito”, decía la nota que se encontró en un bolsillo de la americana de uno de los suicidas. Días después, el periodista catalán Màrius Lleget (1917-1988) recibía dos cartas póstumas de ellos, una “para que se entregue en la ONU” y otra en la que explicaban que habían mutado y se dirigían al centro galáctico.”Fue para mí la gota que colmó el vaso”, escribió Lleget medio año después. El periodista abandonó los ovnis y se refugió en la divulgación astronómica y astronáutica, a las que se había dedicado desde joven. “Acabó desengañado de la ufología”, afirma el cineasta Óscar Aibar (Barcelona, 1967), quien, en Platillos volantes, filme que se estrena hoy, recrea el drama de Rodríguez y Turu. Los actores Ángel de Andrés y Jordi Vilches dan vida a “dos maravillosos desgraciados”, según el realizador.

Platillos volantes cuenta la historia de dos hombres consumidos por una obsesión en la España de finales del franquismo. Un país triste y gris es el telón de fondo de las andanzas de la pareja de contactados -personas que dicen mantener relación con alienígenas- por la Cataluña rural y las sedes de asociaciones astronómicas y de aficionados a los ovnis. “La ufología era una puerta secreta a lo maravilloso, una manera de huir de una realidad terrible”, recuerda Aibar, quien en su infancia “archivaba metódicamente todo lo relacionado con los casos ovni”.

LA NOTICIA. El caso de los suicidas de Terrassa en 'El Correo', el 21 de junio de 1972.La pasión extraterrestre permitía huir de la rutina laboral y familiar, entrar en un mundo en el que el elegido se enfrentaba a los hombres de negro, que eliminaban a todo aquél que supiera demasiado y cuya estética vampirizaron después los hermanos Wachowski en el agente Smith de Matrix. Estos personajes -folclore para el puñado de ufólogos serios que se repartía entonces entre Barcelona, Madrid, Santander, Sevilla y Valencia- eran percibidos como una amenaza por aficionados como Rodríguez y Turu. Aibar los ha calzado en la trama como agentes de la Dirección General de Seguridad franquista.

Ufólogos y ‘rojos’

La Policía del régimen vigilaba a las organizaciones ufológicas como el Centro de Estudios Interplanetarios (CEI) de Barcelona, cuya sede sirvió en el tardofranquismo de lugar de encuentro a la oposición democrática. A pesar de que algunos autores han presentado a Juan Turu como miembro del CEI -en la película, da con una clave alienígena en una portada de Stendek, revista del sociedad que únicamente se conseguía por suscripción-, no sólo no hay pruebas de ello, sino que además resultaría ilógico.

“La implicación del CEI en el caso fue nula”, explica Martí Fló, documentalista y presidente de la entidad. Fló ha buscado infructuosamente correspondencia de los suicidas de Terrassa en los archivos de la asociación, la cual evolucionó con los años hacia el escepticismo. “No hubo ningún contacto con ellos”, sentencia. Súmese a eso que, como recuerda el antropólogo Ignacio Cabria, autor de Entre ufólogos, creyentes y contactados. Una historia social de los ovnis en España (1993), “los contactados eran rechazados por los llamados ufólogos serios”.

La España de principios de los años 70 era una sociedad mucho más ingenua que la actual. Los escurridizos ovnis salían en los periódicos, la televisión y el No-Do, y, en Madrid, un grupo se había reunido durante años en los bajos del café Lyon, en la calle Alcalá, para leer los mensajes de otros mundos que recibía el contactado Fernando Sesma. El suicidio de José Félix Rodríguez Montero y Juan Turu Vallés fue un mazazo para la comunidad ufológica y, en especial, para Màrius Lleget. “Aquello le cansó. Para él, demostraba que se estaba fomentando la locura entre los jóvenes”, recuerda Cabria. Y eso que todavía no se hablaba de abducciones, platillos volantes estrellados ni experimentos genéticos.


Guiños de otros mundos

“El de los ovnis es un mundo que siempre me ha atraído mucho”, dice Óscar Aibar. El director catalán -“muy escéptico respecto a la posibilidad de vida inteligente extraterrestre”- ha llenado Platillos volantes de guiños a quienes vivieron “aquel mundo esquizofrénico de la ufología de los últimos años del franquismo”. Ha echado mano de recuerdos para salpicar una comedia dramática de referencias a revistas, asociaciones, ufólogos, lugares de avistamientos de ovnis…

EL CHARLATÁN. El profesor Karma (Leo Bassi), en pleno montaje de un viaje astral.Màrius Lleget aparece al principio de Platillos volantes rebautizado como Màrius Poyet en un cartel anunciador de una conferencia y, después, con su nombre real en una escena imposible: Juan Turu lee el libro Ovnis y agujeros negros (1981), en el cual el periodista contó el caso de los suicidas nueve años después de los hechos. “Es una especie de homenaje”, apunta Aibar. “Antes de recibir las cartas póstumas, Lleget no tuvo ningún contacto con ellos, al margen de una conferencia a la que asistieron en Sabadell o Terrassa”, asegura Martí Fló, presidente del Centro de Estudios Interplanetarios (CEI). El contactado Fernando Sesma aparece en imágenes del No-Do y James E. McDonald, un ufólogo que se suicidó en 1971 y cuya muerte la leyenda atribuye a los hombres de negro, en un diálogo entre los protagonistas.

Hay una alusión indirecta al CEI cuando el más joven de los contactados deduce de una portada de la revista Stendek, publicación de la asociación, el lugar del desembarco alienígena ante representantes de las grandes potencias. Y otra, velada, cuando el profesor Karma (Leo Bassi) -Aibar lo identifica con el contactado italiano Eugenio Siragusa, fundador de la secta Fraternidad Cósmica- somete a una mujer a un viaje astral en locales del Centro de Estudios Galácticos, ante un público entregado.

Crítica a un mundillo

La Agrupación Astronómica de Sabadell -en aquella época, los grupos de aficionados a la astronomía acogían a algunos ufólogos- es el cuartel general del grupo de investigadores de ovnis del que forma parte el más joven de los contactados, quien, grabadora en mano, investiga las apariciones de platillos volantes en Tivissa, “un mito construido sobre un mito”, según Fló. La pareja tiene, además, como lectura habitual la revista Horizonte, dirigida por Antonio Ribera y que no es sino la edición española de la francesa Planète, creada por Jacques Bergier y Louis Pauwels para rentabilizar el éxito de El retorno de los brujos (1961).

El mundillo ufológico no sale bien parado de una película que, “más que probar si hay vida inteligente en otros planetas, lo que cuestiona es la existencia de vida inteligente en la Tierra”, mantiene su director. Aibar teme, además, que hechos como los de Terrassa puedan repetirse en cualquier momento. “Me he encontrado con muchos josés y juanes en Internet”, afirma. Y tiene claro que, por otro lado, “el 90% de los expertos en lo paranormal no cree en ello”.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Iker Jiménez, un frustrado escéptico de cine

¿Se imaginan a Iker Jiménez expulsado, por incrédulo, a golpes de una reunión de ufólogos? ¿A qué resulta difícil? Pues el director de cine Óscar Aibar (Barcelona, 1967) había incluido a este conocido fabricante de misterios, discípulo orgulloso de Fernando Jiménez del Oso, haciendo ese papel en una escena de su recomendable Platillos volantes, que se estrena mañana. La película cuenta la historia de los llamados suicidas de Terrassa, dos obreros textiles que escribieron una de las páginas más negras de la ufología española. Los cuerpos de José Félix Rodríguez Montero y Juan Turu Vallés, de 47 y 21 años, aparecieron decapitados por el tren en las proximidades del apeadero de Torrebonica, en Barcelona, el 20 de junio de 1972. Se habían suicidado para ir al encuentro de los alienígenas, dejaron escrito en una nota y varias cartas.

Tres décadas después, Aibar ha hecho un filme triste, amargo, en el que retrata acertadamente el ambiente en el que se movía entonces el sector más desquiciado de la ufología española, cuyo líder indiscutible era Fernando Sesma. La película, que contextualizaremos aquí mañana, está repleta de guiños a los seguidores de los extraterrestres, pero el director ha eliminado del montaje final la escena en la que Jiménez iba de escéptico, porque ha molestado a los miembros del Centro de Estudios Interplanetarios (CEI), una organización ufológica que ha evolucionado hacia el escepticismo y que en la actualidad preside el documentalista Martí Fló. No era para menos, ya que quienes en la pantalla sacudían a Iker Jiménez, vendedor de misterios con micrófono en la Cadena SER, eran miembros del CEI. Y eso no, sí que no.

El CEI era en aquella época, aun en su credulidad, una organización seria que nada tenía que ver con individuos como Rodríguez Montero y Turu. Así, sus integrantes fueron los primeros en plantar cara años después a Juan José Benítez, de quien Iker Jiménez se considera heredero intelectual y que les convirtió desde entonces en blanco de sus rastreros ataques. La aparición de Iker Jiménez como escéptico y de los integrantes del CEI como fanáticos disgustó tanto a Fló que escribió una carta de queja al director de Platillos volantes y luego contó la historia en Papers d’Ovnis. Aibar, con buen tino, ha guardado en un cajón la incursión cinematográfica del misteriólogo camuflado y, supongo, encantado con el lavado de imagen que podía proporcionarle la pantalla grande.

Sci-Fi Channel y los platillos volantes, la conspiración como gancho publicitario

Sci-Fi Channel, el canal estadounidense de televisión de pago dedicado a la ciencia ficción, ha anunciado que demandará a la NASA, el Departamento de Defensa, la Armada y la Fuerza Aérea de Estados Unidos para que desclasifiquen información sobre observaciones de ovnis. Inmediatamente, agencias de noticias como Reuters y Efe han entrado al trapo y han dado una envidiable y gratuita cobertura publicitaria a la historia. Hay que alabar la astucia de los directores del canal, gracias a la cual nos hemos enterado hasta en España -donde no se ve- de que mañana se estrena en EE UU un documental sobre un misterioso incidente ufológico que -¡oh, casualidad!- está en el origen de la futura actuación ante los tribunales.

El suceso ocurrió el 9 de diciembre de 1965 cuando pasó sobre Kecksburg, Pensilvania, una bola de fuego que se estrelló en un bosque. Al estilo de Expediente X, helicópteros y vehículos terrestres militares tomaron la zona y se llegó a imponer en Kecksburg la ley marcial. Desde entonces, muchos han atribuido el incidente a la caída del Cosmos 96, una sonda soviética con Venus como destino, y la posterior recuperación de sus restos por parte de EE UU. Cuarenta años después, sin embargo, Sci-Fi Channel -que lo mismo emite una serie como Babylon 5 que documentales sobre misterios sin resolver– se ha aliado con la Coalición para la Libertad de la Información, una organización de ufólogos obsesionados con el secreto ovni, para denunciar a diversos organismos gubernamentales estadounidenses. El paso lo han dado tras haber ignorado la NASA un ultimátum que le mandaron por carta en el que piden que abra sus archivos, porque no se creen la versión oficial de los hechos. Según ésta, la bola de fuego habría sido el Cosmos 96, algo que para algunos ufólogos no cuadra porque los restos de la nave no pudieron acabar en Pensilvania a la hora en que se vio el ovni, ya que fuentes oficiales han asegurado que la sonda se estrelló en Canadá trece horas antes de la visión de Kecksburg. Entonces, ¿en qué consistió este otro Roswell?

James E. Oberg ha indicado, en el blog de Alan Boyle, periodista de la MSNBC, que, a pesar del desfase geográfico y temporal, pudo tratarse del Cosmos 96. En plena guerra fría, la operación montada por EE UU para hacerse con los restos de la nave enemiga habría incluido la falsificación del horario y la trayectoria de la reentrada para que no se relacionase el depliegue militar con el ingenio soviético y evitar así un incidente diplomático, según Oberg. También pudo tratarse de un meteorito a cuya búsqueda salieron los soldados al tomarlo el Pentágono por la Cosmos 96. Lo cierto es que no hay prueba alguna de que se tratara de algo de otro mundo y, sí en cambio, sospechas fundadas de que fue un ingenio humano o un fenómeno natural. Por de pronto, Sci-Fi Channel estrenará mañana el documental The new Roswell: Kecksburg exposed y lo lógico es pensar que estamos ante una maniobra publicitaria como la de hace un año.

El canal de pago estrenó el 22 de noviembre de 2002 un documental sobre una excavación arqueológica en el sitio en el que presuntamente se habría estrellado el famoso ovni de Roswell en el verano de 1947. El director de las excavaciones, Bill Doleman, de la Universidad de Nuevo México, había anunciado antes el hallazgo de “algo” que le había “sorprendido”. La emisión The Roswell crash: startling new evidence pasó, al final, sin pena ni gloria, pero es que tampoco Sci-Fi Channel perseguía otra cosa que no fuera publicidad gratuita. El documental era el cebo para atraer telespectadores hacia Taken, el serial sobre varias generaciones de secuestrados por extraterrestres producido por Steven Spielberg cuyos derechos para España ha adquirido Tele 5. Una órbita solar después, todo parece indicar que estamos ante una repetición de la jugada y que, gracias a la ingenuidad de muchos, Sci-Fi Channel se ha ahorrado un dinero a la hora de promocionar su último producto, el documental sobre el caso de Kecksburg.