Ovnis y extraterrestres

Secuencia de la caída de un platillo volante

Selección de imágenes de la caída y el rescate de la cápsula 'Génesis' en el desierto de Utah. Fotos: NASA TV.La NASA había preparado un rescate al estilo de James Bond, con un helicóptero que pescaría la cápsula por el paracaídas en el aire, y el resultado ha sido un accidente digno de Expediente X, con un platillo volante estampándose contra el suelo en un campo de pruebas militar de Utah, Estados Unidos. La sonda Génesis despegó el 8 de agosto de 2001 de Cabo Cañaveral (Florida) a la caza de partículas de viento solar. Viajó 1,5 millones de kilómetros -más allá de los límites de la magnetosfera terrestre- y entró en órbita del Punto Lagrange 1 -donde se equilibran las fuerzas gravitatorias del Sol y la Tierra- para recoger materia inalterada de la estrella. Los científicos la querían porque les iba a servir para conocer la composición del Sol y de la nube de polvo y gas a partir de la cual se formó el Sistema Solar hace 4.500 millones de años.

El pasado 1 de abril, después de 850 días de recolección, la Génesis puso rumbo a casa con su preciosa carga: entre 10 y 20 microgramos de partículas solares, el equivalente a unos pocos granos de sal. Conseguirlas había costado 264 millones de dólares y no era cuestión de que, por cualquier accidente durante el aterrizaje, quedaran expuestas al medio ambiente terrestre y se echaran a perder. Así que dos pilotos de helicópteros que han participado en películas de acción como xXx y Un pueblo llamado Dante’s Peak se entrenaron durante meses para pescar en el aire la cápsula con un garfio de 6 metros. No pudo ser.

Por causas que de momento se ignoran, los paracaídas de la Génesis no se desplegaron y se estrelló el miércoles en Utah a 310 kilómetros por hora, veinte veces más rápido que lo previsto. Los técnicos de la NASA han dicho que la misión no ha fracasado porque creen que parte de la carga de la sonda puede haber llegado intacta al laboratorio. Por de pronto, el regreso de la Génesis ha sido lo más parecido a los ficticios accidentes de naves extraterrestres de los que hablan algunos ufólogos desde hace décadas; pero esta vez con luz y taquígrafos. Cualquiera puede ver cómo cayó este platillo volante de 200 kilos y el tamaño de una rueda de camión, cargado con material extraterrestre. Ni Chris Carter lo hubiera hecho mejor.

Extraterrestres cautivadores

'Captured by aliens', de Joel Achenbach.Hay libros que a uno le gustaría haber escrito. Captured by aliens (1999), de Joel Achenbach, es uno de ellos. Una joya en la que las elogiosas citas de la contraportada responden al contenido, que le engancha a uno desde la primera línea. El autor, redactor de The Washington Post, hace una descripción inteligente, bien documentada y magníficamente escrita de lo que une a astrobiólogos, buscadores de señales de radio de civilizaciones alienígenas y ufólogos: la pasión por los extraterrestres. Periodismo en estado puro, divulgación de la mejor, es lo que encontrará quien se acerque a una obra en la que no falta el humor y predomina la lucidez, con reflexiones que le hacen a uno en más de una ocasión cerrar el libro, echar la cabeza para atrás y pensar: “¡Qué bueno es este tío!”. Achenbach demuestra la distancia cósmica que separa al buen contador de historias tanto del copipasteador de la era de Internet como del adicto a los adjetivos grandilocuentes, los juegos de palabras previsibles y las construcciones sintácticas tan impactantes como erróneas.

Captured by aliens es una obra escrita desde la racionalidad, en la que el autor no se deja llevar ni siquiera por las ideas seductoras sobre los extraterrestres de científicos de prestigio. Carl Sagan resulta omnipresente -a veces uno puede oír al creador de Cosmos-, pero no por eso Achenbach cae seducido por el optimismo del fallecido astrofísico. Al contrario, este viaje personal por el planeta extraterrestre supondrá un mazazo para aquéllos que no se hayan parado a reflexionar sobre los inconvenientes a los que se enfrenta “la búsqueda de la vida y la verdad en un Universo muy grande”, como se subtitula el libro. Estructurado en tres secciones que acaban fusionándose, la obra tiene como cimientos reportajes publicados en The Washington Post para los cuales el periodista entrevistó a Daniel Goldin, el director de la NASA de la era Clinton; a Carl Sagan; a Gillian Anderson, la protagonista de Expediente X; a Frank Drake, Jill Tarter y Seth Shostak, científicos involucrados en la detección de emisiones de radio extraterrestres; y a individuos que se consideran seres de otros mundos encarnados o que creen estar en contacto con alienígenas, entre otros.

Achenbach toca todos los palos de la moderna obsesión extraterrestre, desde la locura de contactados como los suicidas de la Puerta del Cielo hasta el trabajo de los investigadores de la NASA que creyeron haber encontrado rastros de vida en el meteorito marciano ALH84001, pasando por los delirios de Richard Hoagland acerca de la artificialidad de la cara de Cydonia, en Marte, y el sueño de Robert Zubrin de que sería posible emprender ahora mismo la colonización del planeta rojo. El autor no es un recién llegado a la caza real o ficticia del alienígena. Lleva años intentando comprender a quienes se sienten atraídos por otros de los que no sabemos ni si existen, tratando de separar el grano de la paja, la auténtica o posible ciencia de lo que no son sino tonterías y disparates. El resultado es un libro indispensable para todo aquél que quiera aproximarse de forma rigurosa y divertida al fenómeno de la pasión por los extraterrestres. Sin duda, la mejor opción que hay en la actualidad en las librerías.

Achenbach, Joel [1999]: Captured by aliens. The search for life and truth in a very large universe. Citadel Press. Nueva York 2003. 415 páginas.

Los restos hallados en Tunguska pueden ser de una nave espacial

Una gigantesca explosión arrasó el 30 de junio de 1908 unos 2.200 kilómetros cuadrados de la taiga siberiana, el equivalente aproximado a la provincia española de Guipúzcoa. Sucedió cerca del río Podkamennaya Tunguska, en Siberia, y no hubo muertos. En 1927, el geólogo ruso Leonid A. Kulik localizó el epicentro del evento de Tunguska gracias a que millones de árboles habían quedado tendidos de forma radial. En el punto del presunto impacto no había ningún cráter y los troncos permanecían en pie, por lo que se supone que lo que fuera explotó en el aire. Desde hace décadas, los científicos se dividen entre quienes creen que se trató de un meteorito y quienes achacan la devastación a un fragmento de un cometa, en concreto del Encke. Los amantes de los falsos misterios suelen preferir, sin embargo, otra explicación: la de que una nave extraterrestre se estampó en la taiga hace casi un siglo. Ahora, unos científicos rusos dicen haber encontrado restos de ese ingenio alienígena. Según el diario Pravda, miembros de la Fundación Fenómeno Espacial de Tunguska, dirigida por Yuri Lavbin, han hallado en la región una muestra de tecnología extraterrestre que ha sido trasladada a la ciudad de Krasnoyarsk para su estudio. Esperen sentados, porque sospecho que con esta prueba pasará lo mismo que con el examen de ADN de los pelos del yeti, las fotografías aéreas de la Atlántida y las demostraciones científicas de los poderes de Uri Geller: se la llevará el viento.

La historia de la nave espacial accidentada en Siberia es más antigua que la de Roswell; más antigua que el mito de los platillos volantes. El primero que habla de ella es Alexandr Kazantsev en 1946. Así lo reconoce la mayoría de los autores que después han abrazado la idea del ovni estrellado. “La hipótesis de Kazantsev me parece la más probable de todas las que se han emitido, comprendiendo la mía”, dice en Los extraterrestres en la Historia (1970) Jacques Bergier, quien también propone que pudo tratarse de una explosión nuclear debida a experimentos hechos por “los desterrados políticos en Siberia”. “Nosotros nos adheriríamos preferiblemente a la opinión de quienes sospechan el estallido de un horno propulsor instalado en alguna nave exótica”, afirma Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). “Una de las hipótesis más convincentes -dadas las especiales circunstancias del suceso-, compartida por un gran número de investigadores y lanzada en 1949 por Alexandr Kazantsev, es que la explosión de 1909 fue efecto de la explosión de una astronave extraterrestre”, concluye Andres Faber-Kaiser en ¿Sacerdotes o cosmonautas? (1974). “Las grandes preguntas siguen sin respuesta: ¿se trataba de una nave tripulada? ¿Fue un accidente o un experimento? ¿Y por qué en esa región del planeta?”, se pregunta Juan José Benítez en Mis enigmas favoritos (1993). Todos se olvidan de un detalle: Kazantsev era escritor de ciencia ficción y no presentó la teoría en ninguna revista científica, sino que la ideó para dos cuentos.

Portada de la edición española de los dos cuentos de Alexander Kazantsev.Los relatos -“Un visitante del espacio” y “El marciano”- se publicaron en español en Argentina en 1978, reunidos en un libro titulado Alguien vino del futuro, prologado por Antonio Las Heras. La nave de la ficción está tripulada por marcianos que, ante la escasez de agua en el planeta rojo, intentan conseguirla en otros mundos. “Al principio, en el momento más apropiado, volaron a Venus, y luego, el 20 de mayo de 1908, vinieron de Venus a la Tierra. Sin duda alguna, los exploradores murieron durante el viaje a causa de los rayos cósmicos, por un choque con algún meteoro o por algún otro motivo. El que vino a la Tierra era un navío espacial sin piloto, semejante en todo a un meteoro. Por eso es que llegó a la atmósfera sin reducir la velocidad. Debido a la fricción la nave se recalentó, tal como ocurre con los meteoros; se fundió su cubierta metálica y el combustible atómico estalló en el aire. Así, los visitantes espaciales murieron el mismo día en que su cohete debió haber aterrizado, según lo demuestran los precisos cálculos actuales”, dice uno de los protagonistas del primero de los relatos. En el segundo, un marciano ha sobrevivido, parece un humano más -“Los seres de la Tierra eran como él, se asemejaban a ese habitante del lejano Marte, lo cual indicaba que la suprema racionalidad de la evolución es estrecha y selecciona para los seres inteligentes una misma forma en todos los lugares del Universo”- y el diario de su estancia en la Tierra ha llegado a uno de los personajes. No encontrarán estos detalles en las obras de los Bergier y compañía, que se olvidan -si es que alguno ha leído los cuentos originales- del origen real de los visitantes de Kazantsev.

Tampoco busquen a ningún científico ruso de prestigio llamado Yuri Lavbin. Este individuo, que ha visitado varias veces el epicentro del fenómeno de Tunguska y está obsesionado con los ovnis, tiene en Krasnoyarsk un pequeño museo donde expone piezas que supuestamente avalan su teoría -que en Siberia se estrelló una nave de otro mundo- y afirma que Chris Carter se basó en sus ideas para los episodios de Expediente X relacionados con la explosión de 1908. “Vamos a intentar encontrar pruebas de que lo que chocó con la Tierra no fue un meteorito, sino una nave espacial extraterrestre”, declaró Lavbin a la prensa el 23 de julio, antes de emprender su última expedición. Ahora dice que los alienígenas nos salvaron haciendo explotar “un meteorito enorme que se dirigía hacia nosotros a gran velocidad”. ¿Y las pruebas?

Geert Sassen, un historiador holandés especialista en la exploración espacial, indicaba ayer por correo electrónico a un grupo de colegas que los expedicionarios “pueden haber encontrado piezas del quinto vuelo de prueba del Vostok“, que despegó del cosmódromo de Baikonur el 22 de diciembre de 1960 y se estrelló poco después por un fallo en la tercera fase. Y citaba al especialista en historia de la astronáutica Asif Siddiqi, quien -en el libro Challenge to Apollo: the Soviet Union and the space race, 1945-1974– explica que “la carga aterrizó a unos 3.500 kilómetros del lugar del lanzamiento en una de las regiones más remotas e inaccesibles de Siberia, en la región del río Podkamennaya Tunguska, cerca del punto de impacto del famoso meteorito de Tunguska”. Sassen recordaba, además, que la región se encuentra en la trayectoria de la mayoría de las naves que despegan de Baikonur, por lo que se puede esperar “que esté plagada de fragmentos de cohetes”. Así que es posible que, si se trata de algún tipo de artefacto, lo que Lavbin haya recuperado sea parte de una nave espacial, pero humana.

‘Alerta 2004’: un ovni, dos ovnis, tres ovnis…

“Desde el inicio de los tiempos, el hombre ha observado el cielo con fascinación y temor. Nuestros antepasados de las cavernas alzaron su mirada al Cosmos para comprender que allí, perdidos en el infinito, se concentraban todos los enigmas, todas las respuestas a los interrogantes que planteaba la realidad. Miles de años después, inmersos ya en el tercer milenio, la tecnología y el avance de la vida moderna nos han ido apartando poco a poco de cielo. A pesar de todo, hemos comenzado tímidamente a explorarlo, quizá con la secreta intención de saber si más allá de las estrellas hay o hubo alguna vez otros hombres, otras civilizaciones, otros mundos habitados. ¿Tendremos cercana la respuesta? Esta noche, una noche cualquiera, cientos de miles de amigos están volviendo a alzar los ojos hacia las alturas. Cada uno con su equipaje vital, con sus sueños y esperanzas, con sus deseos de presenciar lo prodigioso o simplemente recrearse con el espectáculo de la naturales, lo han dejado todo para mirarse en el espejo del Universo. Esta noche, una noche cualquiera, retumbará en nuestro interior el eco de las eternas preguntas, esas mismas que angustiaban al hombre primitivo. Ésas que, pese a quien pese, siguen sin resolver. Estimados amigos, sed bienvenidos. Aquí comienza la Alerta 2004″. Y empezó a sonar la sintonía de la Cadena SER, mezclada con las cinco notas del mensaje extraterrestre de Encuentros en la tercera fase. Pasaban tres minutos de las 1.30 horas del 26 de junio y comenzaba uno de los espectáculos más infantiles de la historia de la ufología española, la Alerta ovni convocada por Milenio 3, el programa de Iker Jiménez en la SER.

La primera mentecatez de la madrugada se escuchó en esa introducción leída por el actor Primitivo Rojas, la voz de El precio justo. Nadie sabe lo que pensaba el hombre de las cavernas cuando miraba al cielo, ni si lo miraba poco o mucho. Pero sí sabemos que hoy en día miles de científicos se dedican profesionalmente al estudio del cielo, existen grandes complejos de telescopios y hay observatorios en órbita que nos han permitido viajar en el tiempo hasta poco después del Big Bang, la gran explosión con la que empezó todo. Por eso, afirmar que “la tecnología y el avance de la vida moderna nos han ido apartando poco a poco de cielo” es una estupidez. ¿Quién es el ignorante que incluyó en el guión de Primitivo Rojas una memez de ese calibre? ¿Ha despedido Iker Jiménez al autor de ese disparate? Si no ha sido así, ¿dónde está su rigor? Quizá con “satélites como el Iridium“, que el ufólogo y su compañera Carmen Porter advirtieron de que había que tener en cuenta a la hora de no tomar por ovni lo que no lo es, cuando lo cierto es que hay 66 satélites del sistema de telefonía Iridium, y no uno. Ésta es una de las muestras de incultura en las que incurrieron los fabricantes de misterios en una noche radiofónica plagada de ovnis y extraterrestres, en la que no se habló nada de astronomía y casi nada de astrobiología. Eso sí, hubo cientos de mecheros encendidos al unísono a petición de la estrella del misterio en el Auditorio Juan Carlos I de Madrid, decenas de mensajes ñoños enviados por los oyentes de Milenio 3 a través de la radio a seres de otros mundos, gritos histéricos cada vez que alguien decía ver una luz en el cielo… y platillos volantes.

También hubo apariciones fugaces de científicos, con declaraciones pregrabadas que Jiménez y su equipo utilizaron para que dieran la impresión de que les apoyaban en sus disparates ufológicos, aunque en ningún caso se atrevieron a preguntar a los representantes de la ciencia oficial qué piensan del fenómeno ovni. O, si lo hicieron, simplemente no emitieron esa parte de la intervención.Sólo acudieron dos científicos y un astronauta a la cita con los alienígenas, a pesar de los intentos del equipo del programa de embaucar a representantes de planetarios y museos de la ciencia españoles. Fueron el astronauta Michael López Alegría; José Docobo, director del Observatorio Astronómico Ramón María Aller, de Santiago de Compostela; y Sixto González, director del Observatorio de Arecibo, en Puerto Rico. El técnico de la NASA envió un saludo a los extraterrestres que pudieran escuchar el programa, a los cuales anunció que en unos años el hombre volverá a la Luna. De Docobo, los responsables de Milenio 3 rescataron una breve intervención en la que, semanas antes, había pedido colaboración del público para aclarar qué fue la luz que el 2 de junio se vio en los cielos de España y Portugal. Y Sixto González animó al público a mirar al cielo, en el que “hay muchas cosas lindas”, y dijo que cree que existen otras civilizaciones extraterrestres. Aunque ninguno de ellos habló de ovnis, los ufólogos vendieron las intervenciones como una muestra del apoyo de la ciencia a su quehacer. “Deberían tomar nota muchos recalcitrantes científicos que hay por ahí”, dejó caer el director del programa tras las declaraciones del astrónomo estadounidense.

Jiménez estuvo acompañado en los micrófonos de la SER por Javier Sierra y Enrique de Vicente, directores de las revistas Más Allá y Año Cero, respectivamente. Faltó Juan José Benítez, pero el trío no defraudó y ofreció algunos momentos ufológicos ridículos, casi al nivel del consultorio que el extraterrestre Geenom -la Elena Francis de las galaxias- tuvo hace unos años en la revista que ahora pilota -entonces era subdirector- Sierra. Así, cuando se informó desde varios puntos de España de la visión de tres luces en el cielo, De Vicente sacó a pasear a los marcianos: “Estamos descartando permanentemente que, sean terrestres o no terrestres, sean unos objetos tecnológicos que se están manifestando en diversos lugares. Estamos descartando que, quien quiera que sea, quiere responder a la llamada porque le apetece, porque le conviene o porque quiere crear una conciencia. ¿Por qué digo esto? Porque está habiendo desde el 11 de enero una oleada ovni en España después de mucho tiempo de ausencia total”. El director del programa jugó a decir sin decir, eludiendo hablar abiertamente de platillos volantes, pero echando mano de toda la casuística ovni a su alcance, de un cuadro de corresponsales formado por ufólogos y hasta echadores de cartas destinados en puntos calientes de apariciones de ovnis, de los típicos testigos de élite, de pinturas rupestres y medievales y hasta de los círculos de los cultivos, a los que se refirió -en otra muestra de su basta cultura- como “señales en los campos de trigo de Inglaterra”. ¿Con tantos kilómetros recorridos tras el misterio como es posible que Jiménez ignore que en trigo sólo aparecieron dibujos en Señales (2002), la película de M. Night Shyamalan? A esta metedura de pata, se sumó una tontería típica de De Vicente, para quien, si los círculos de los sembrados son obra de bromistas, se trata de iniciados, ya que los pictogramas muestran “una simbología hermética”.

“Yo, si fuera un extraterrestre, que no lo soy; si fuera un extraterrestre, si es que existen; ahora mismo en Madrid, desde las alturas, vería que hay un montón de gente amiga, con luces, haciendo casi, casi, señales de buen sentimiento, que es lo que nos caracteriza a los amigos de Milenio 3“, había dicho el director del programa cuando éste empezaba. Y, aunque tardaron, los platillos volantes aparecieron. Los momentos cumbres estuvieron protagonizados por tres lucecillas que se vieron, al parecer, por toda la Península Ibérica y por algunos corresponsales desmelenados. “¡Parece que está pasando algo, Iker! ¿Dónde, dónde, dónde…? ¿Qué, qué, qué, qué…? ¡Guau, guau, guau, guau…! ¡Sí, sí, sí, sí…! ¿Me estás diciendo…? (Dirigiéndose a alguien.) Es una luz blanca, bastante grande, que se ha perdido detrás de unos árboles en este momento, Iker. Y parece, parece, parece… Vamos a ver… ¡Ay, Dios! ¡Vaya, vaya, vaya…! Parece que se ha cruzado con otro objeto”, decía un excitado ufólogo llamado Miguel Pedrero desde Betanzos, en La Coruña. Cuando estaba la Alerta ovni en su recta final, De Vicente lo tenía claro: “Se está viendo algo que tiene toda la apariencia de una nave”. El director de Milenio 3 dijo un día después que existía “la posibilidad de tener un macroavistamiento absolutamente documentado como no había pasado hacía mucho tiempo”.

Iker Jiménez puso el 26 de junio el listón muy alto, a la misma altura que su maestro Juan José Benítez cuando reveló, en Televisión Española (TVE), que los astronautas del Apollo 11 habían explorado un edificio alienígena en la Luna y, para probarlo, recurrió a una película hecha por un estudio de animación que presentó como si hubiese sido rodada en el satélite terrestre en 1969. Era difícil, pero el joven ufólogo y su equipo de Milenio 3 han llevado al fenómeno ovni a más altas cotas de estupidez. “La noche del 25 de junio habrá sido una gran inocentada transmitida por radio a unos miles de panolis ocupados en mirar la bóveda celeste”, auguraba horas antes José María Romera en Diario de Navarra. Así fue.

El dictamen de la montaña

Denis Plunkett descendió mentalmente de los Andes en 1947 con los mandamientos de la religión de los platillos volantes bajo el brazo. “Creo en los ovnis. Creo en los extraterrestres. Y creo que los gobiernos han hecho todo lo posible por ocultarnos los hechos al respecto”. Es la profesión de fe de la que hacía gala todavía en 1998. Sin embargo, nada más empezar el tercer milenio, se vio obligado a suspender la tertulia ufológica que él y su padre pusieron en marcha. No es que renegara de sus principios, es que la reunión mensual que su grupo celebraba en Bristol desde hacía décadas fue torpedeada desde el ciberespacio. “En vez de acercarse hasta una sala con corrientes de aire para ver mis viejas diapositivas, resulta mucho más cómodo para la gente plantarse ante la pantalla del ordenador en la comodidad del hogar”, reconocía el ufólogo al diario londinense The Times el 23 de abril de 2001.

Las tertulias de la Oficina Británica de Platillos Volantes (BFSB) pasaron a la historia porque el grupo ya no contaba con los seguidores necesarios para hacer frente al alquiler del local. La afluencia a la cita mensual se limitaba a media docena de jubilados, lejos de la época gloriosa en la que, según Plunkett, los socios de la entidad eran 1.500 y las cartas recibidas, 30 semanales. Esa añorada edad de oro no debe, no obstante, llamar a engaño a nadie. A pesar de su rimbombante nombre y de tratarse de la primera asociación ufológica del Reino Unido -nació en 1953-, la BFSB es poco más que una anécdota en la historia del movimiento ovni.

La actividad de la organización, además de las citadas reuniones, se limitó a la publicación de un boletín -llamado Flying Saucer News, primero, y Flying Saucer News Bulletin, después- entre 1953 y 1956. Este colectivo es, por tanto, uno más de los muchos grupúsculos que han proliferado al calor del mito de las visitas alienígenas, una entidad prácticamente desconocida para la mayoría de los seguidores de los platillos volantes, aunque sea interesante por las circunstancias que rodearon su nacimiento. Unos hechos que, cinco décadas después, es muy posible que también pesaran en Plunkett a la hora de hacer mutis por el foro. Y no me refiero al evidente, desde finales de los años 70, bajón del número de observaciones de ovnis, apuntado por algunos medios de comunicación que se toman a la BFSB mucho más en serio de lo que se merece.

Todo comenzó el 2 de agosto de 1947. En Argentina, un Avro Lancastrian -un avión de pasajeros basado en el bombardero Lancaster de la Segunda Guerra Mundial- despegó de Buenos Aires con destino a Santiago de Chile. A bordo del aparato, de la British South American Airways y bautizado como Star Dust, viajaban once personas. El viaje transcurrió según lo previsto hasta que, tras dejar atrás Mendoza, el piloto alertó a la torre de control de Santiago de que las condiciones meteorológicas le obligaban a modificar el plan de vuelo. “El tiempo no es bueno, pero voy a pasar a 8.000 metros para evitar el temporal”, informó James R. Cook, de 29 años y veterano de la guerra europea. Cuatro minutos antes del aterrizaje en la capital chilena, el radiotelegrafista de la nave envió el siguiente mensaje: “ETA [tiempo estimado de llegada] Santiago 17.45 hrs Stendec”. El avión nunca llegó a su destino.

Había pasado poco más de un mes desde que Kenneth Arnold había visto nueve objetos volantes sobre el monte Rainier e inaugurado la era de los platillos volantes. Denis Plunkett, de 17 años, sufrió un mazazo. El radiotelegrafista del avión desaparecido en los Andes, Dennis Hammer, y él eran primos. Junto a su padre Edgar, Denis se convirtió entonces en un fanático de los ovnis. Ambos estaban convencidos de que la tripulación de la aeronave había sido secuestrada por alienígenas. ¿Qué les llevaba a pensar así? Además del ambiente platillista de aquel verano -a principios de julio se había registrado el incidente de Roswell-, la última palabra del mensaje final, stendec, para la que nadie hasta el momento ha encontrado explicación.

Ese vocablo sin significado conocido era uno de los pilares del misterio que rodeaba a un accidente aéreo que, dramatizado, popularizó el ufólogo español Antonio Ribera en Objetos desconocidos en el cielo (1961) y en, su versión ampliada, El gran enigma de los platillos volantes (1966). Ribera incluía el caso entre otros de encuentros trágicos con presuntos ovnis y, sin hacer referencia al cambio de altitud decidido por el piloto a causa del mal tiempo, destacaba -erróneamente- cómo, en la última emisión, “resonó fuerte y clara la palabra stendec, pronunciada muy deprisa”. Una forma bastardeada, Stendek, fue elegida como nombre de la revista del Centro de Estudios Interplanetarios (CEI) de Barcelona, considerada en su época (1970-1981) una de las más serias publicaciones ufológicas. Los editores de Stendek creían, como Ribera, que el Avro Lancastrian había chocado con un ovni.

“Si alguien viene con una explicación razonable de por qué el avión desapareció sin dejar rastro, estaré encantado de escucharle”, anunciaba Denis Plunkett en enero de 1999. Un año después, y un año antes de la suspensión de las tertulias de la BFSB, la montaña habló. Sin embargo, esta vez no dijo lo que le hubiera gustado al fundador del club británico de seguidores de los platillos volantes. En enero de 2000, un grupo de escaladores halló los restos del Star Dust y de su tripulación en cerro Tupungato, en Mendoza, a 5.500 metros de altitud. Estaban sobre la pista desde 1998 y, por fin, tras un deshielo de un glaciar, las huellas de la catástrofe salieron a la luz.

Al paródico Moisés de Mel Brooks se le rompe una tercera tabla de la ley cuando baja del Sinaí. A Denis Plunket se le desplomó encima su Sinaí particular y ha pulverizado la piedra sobre la que cimentó su credo. Aún así, él sigue en sus trece: “Estoy tan entusiasmado por los platillos volantes como siempre lo he estado, pero el problema es que estamos en la mitad de una larga, larga depresión”, decía hace tres años. Ya se sabe, la fe mueve montañas; no a la inversa.

Publicado originalmente en El Escéptico.