Ovnis y extraterrestres

Cree el 25 de junio un ovni en los cielos de España: participe en el Proyecto Magonia

¿Quiere poner a prueba la fiabilidad como testigos de los aficionados a los platillos volantes y la sagacidad como investigadores de los ufólogos? Si es así, y le apetece además pasar un buen rato, le animo a participar el 25 de junio en el Proyecto Magonia, una iniciativa paralela a la Alerta ovni organizada en España por Iker Jiménez y la Cadena SER. En enero de 1979, un grupo liderado por Félix Ares, actual presidente de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, demostró la tendencia del público a ver en el cielo cosas sorprendentes y la de Juan José Benítez a entrevistar a testigos inexistentes y a tomar un juego de focos por una portentosa nave extraterrestre. La iniciativa fue bautizada como Proyecto Iván, por el nombre de la cafetería donde se planificó el experimento, que en aquella ocasión requirió de una campaña previa de motivación y sensibilización de la prensa. Veinticinco años después, el Proyecto Magonia intentará comprobar cuán fiables son tanto los testigos como los ufólogos y quien mejor lo haga será premiado con un lote de libros y revistas sobre la materia.

El experimento se hará la noche del 25 de junio, cuando centenares de personas saldrán al campo a ver ovnis animadas por el programa Milenio 3, de la SER. Como el público ya ha sido convocado, quienes participen en el Proyecto Magonia sólo tendrán que centrarse en la creación de estímulos, de falsos ovnis. Cada individuo o equipo podrá usar para ello lo que quiera -luces de coche, focos, globos iluminados, fotos y películas trucadas…-, actuar desde donde guste y alertar o no de la presencia del extraño objeto a sus víctimas potenciales, pero siempre deberá evitar que sus acciones provoquen directa o indirectamente daños a personas y bienes. Los fabricantes de falsos ovnis que quieran sumarse al Proyecto Magonia tendrán que hacer un seguimiento de sus platillos volantes en los medios de comunicación, desde la SER esa misma noche hasta las revistas esotéricas en los meses siguientes.

A la hora de decidir el ganador, el jurado primará el informe más completo. El trabajo ideal deberá incluir la descripción del ovni facilitada por los testigos, su interpretación de los hechos, si medios de comunicación y ufólogos se hicieron eco del fenómeno -y de qué modo-, lo que realmente era y cómo se diseñó el estímulo. Cada individuo o equipo podrá documentar en vídeo y audio, con fotografías, planos y esquemas, y -si es preciso- mediante la intervención de un fedatario público, la paternidad del falso ovni. El informe se mandará en formato electrónico a Luis Alfonso Gámez -en caso de que por su volumen el envío resulte imposible, el concursante colocará el material en una web donde podrán examinarlo los miembros del jurado- antes del 30 de septiembre de 2004. El fallo del jurado, cuya decisión será inapelable y que podrá declarar el premio desierto, se publicará en ésta y otras webs el 30 de octubre.

Los miembros del jurado serán Alejandro C. Agostinelli, periodista y editor de Dios!; Félix Ares, divulgador científico; Julio Arrieta, historiador y periodista; Alejandro J. Borgo, periodista y director de la revista Pensar; José Luis Calvo, historiador y responsable de El Triunfo de Clío; Luis R. González, ufólogo y periodista científico; y Heriberto Janosch, psicólogo y fundador del Centro Argentino para la Investigación y Refutación de la Pseudociencia (CAIRP). El premio consistirá en un lote de libros donado por el responsable de Magonia y compuesto por: Ovnis: el fenómeno aterrizaje (1978), de Vicente-Juan Ballester Olmos; Incidente en Manises (1980), de Juan José Benítez; El incidente (1980), de Charles Berlitz y William Moore; Ovnis: enigma del espacio (1980), de Eugenio Danyans; Ovnis y agujeros negros (1981), de Màrius Lleget; Objetos desconocidos en el cielo (1961), de Antonio Ribera; Pasaporte a Magonia (1969), de Jacques Vallée; el Diccionario temático de ufología (1997), de la Fundación Anomalía; y una colección completa, en formato digital, de la revista El Escéptico.

25 de junio: romería ufológica

Sucedió una noche a mediados de los años 80. Cinco veinteañeros estábamos en un coche en el alto de Unbe, en Vizcaya. Al otro lado del valle del Nervión, en el monte Argalario, se encontraba la base desde la que se coordinaba una Alerta ovni. De repente, una voz nerviosa salió de la emisora de radioaficionado que llevábamos en el automóvil. La llamada alertaba de que un objeto no identificado ascendía desde el fondo del valle del Gran Bilbao hacia la base de operaciones de los ufólogos. El ovni cambiaba de luz según subía. “Ahora, es rojo; ahora, es blanco; ahora, es rojo; ahora, es blanco…”, decía un ilusionado observador. Ni corto ni perezoso, uno de los cinco veinteañeros cogió el micrófono y mató la ilusión: “Es un coche que está subiendo por la carretera de Argalario”. Fue el primer ovni, pero no el último, que identificamos aquella noche los ocupantes de aquel turismo, entre los cuales había varios fundadores de lo que hoy es ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.

Una Alerta ovni era algo corriente hace veinte años. No había programa de radio dedicado al misterio que se preciara de serlo que no montara una vez al año -preferentemente, en verano- una romería nocturna para que sus oyentes salieran al campo a ver luces en el cielo. La primera la convocó el periodista Antonio José Alés en Verano Noche, su programa de la Cadena SER. Se celebró del 14 al 15 de agosto de 1979 y fue un éxito. “Ochocientos cincuenta grupos organizados vigilarían aquella noche, acompañados de millones de personas que desde sus terrazas, camping, lugares de veraneo, aceptaban el juego con la esperanza de comunicar sus hallazgos. Los datos de las encuestas nos hablan aproximadamente de once millones de hombres, mujeres y niños, repartidos por toda la geografía nacional”, indican Alés y Andrés Madrid en su libro Alerta: ovni (1979). Dos páginas enteras dedicó la revista Contactos Extraterrestres, dirigida por Enrique de Vicente, a glosar “La mayor experiencia de observación del cielo promovida por la radiodifusión española”. Como otros, participé con ingenuidad adolescente en aquella salida -¡qué magnífica oportunidad para pasar una noche al aire libre con amigos!- y en alguna otra posterior, pero la inocencia cedió pronto ante la sospecha sobre la honestidad de los grandes de la ufología mediática. Fue el paso previo al desengaño.

En 1979, los periodistas de la SER animaron a su público a mirar al cielo a la caza de extraterrestres y, al mismo tiempo, se curaron en salud sobre las intenciones de su montaje. “Queda claro que lejos de nuestro ánimo estaba el asegurar a nadie que, si observaban el cielo la noche del 14 de agosto, verían algo que no fuera lo que se puede ver cualquier día del mes o del año”, puntualizan en su libro. Sin embargo, nada más acabar la sintonía inicial del programa, Alés invocó a los visitantes: “Atención, seres el espacio. Os hablan los hombres del planeta Tierra. Si es verdad que existís, si realmente venís del espacio lejano para conocernos o para ayudarnos, venid de una vez. Porque al ser humano le molesta que alguien ande merodeando a su alrededor sin saber los motivos. El mundo se debate en guerras. La Humanidad pasa hambre y sed, y necesita urgentemente soluciones. El cáncer y otras terribles enfermedades están causando la muerte. Si vosotros tenéis algún remedio, no esperad más. Necesitamos vuestra ayuda. Tal vez conozcáis la gran verdad o quizá os estéis debatiendo como nosotros en tremendas dudas. Si es así, si podemos ofrecer nuestra mano, aquí la tenéis tendida. No esperad más. Esta noche, millones de seres están contemplando el cielo. ¡Ésta puede ser la mejor ocasión!”.

La revista 'Contactos Extraterrestres' dedicó en 1979 una doble página a la primera 'Alerta ovni', organizada por el periodista Antonio José Alés.

No hubo respuesta. Los extraterrestres no se presentaron aquella noche. Como tampoco lo hicieron la segunda vez que se convocó una Alerta ovni. Ni la tercera, ni la cuarta, ni la quinta… Veinticinco años después, Iker Jiménez ha organizado otra romería ufológica. Se celebrará el 25 de junio, durante una emisión de Milenio 3, también esta vez un programa de la SER. “Será una madrugada mágica en la que estaremos unidos a través de la fuerza de la comunicación. Con la mirada puesta en el cielo y los sentidos en la radio, los sonidos y las palabras. Recorriendo España y el mundo en un acontecimiento sin precedentes. Reviviendo grandes sucesos ovni con corresponsales y miles de amigos interconectados en tierra, mar y aire repartidos por los puntos calientes de nuestra geografía. Seremos una gran pantalla humana de detección con el objetivo de aprender del cosmos. Os esperamos”, dice el ufólogo en su web. Los expertos de lo oculto españoles suelen servirse de la grandilocuencia para disimular que no hay nada nuevo bajo el Sol, que casi nada de lo que dicen es original y que prácticamente todo lo que hacen lo han hecho otros antes decenas de veces. Despojen sus libros, artículos y programas de radio y televisión de frases rimbombantes y vayan a la esencia. Se encontrarán con lo mismo que el espectador de una película plagada de efectos especiales pero sin historia.

¿Qué pasará el 25 de junio? Que miles de personas saldrán en España al campo con la ilusión de ver algo extraordinario en el cielo y que, como ha sucedido tantas veces, quienes tengan fe verán. Aquella noche de mediados de los años 80 que pasé en un coche, minutos después de identificar el ovni rojiblanco, pedí al conductor que encendiera y apagara las luces del vehículo repetidamente. Inmediatamente, aparecieron los platillos volantes. Al otro lado de la emisora de radioaficionado, no creyeron que éramos nosotros hasta que se lo demostramos haciendo coincidir mis órdenes de encendido y apagado con el ritmo de la misteriosa luz. Quizás alguien haga algo parecido dentro de tres semanas a la vista de uno de los puestos de observación de los ufólogos que participen en la ceremonia religiosa oficiada en la SER.

‘Spirit’ fotografía un ovni en Marte

Ovni marciano fotografiado por 'Spirit' en 2004. Foto: NASA.

Spirit, el todoterreno de la NASA que explora el cráter Gusev, fue hace unos días espectador de algo inesperado: un punto brillante que atravesaba el cielo marciano. Los científicos no saben qué originó la estela y especulan con que pudiera tratarse de un meteoro o de uno de los siete ingenios humanos fuera de servicio que orbitan el planeta rojo. Dado que cubre una distancia equivalente a 4 grados de arco en 15 segundos, los técnicos de la NASA creen que no es ni parte de las naves rusas Mars 2, Mars 3, Mars 5 y Phobos 2; ni de las estadounidenses Mariner 9 y Viking 1. Sólo quedaría la Viking 2, en órbita polar marciana desde el verano de 1976 y cuya velocidad y trayectoria Norte-Sur encajan con la del misterioso objeto. “¿Es la primera imagen de un meteoro en Marte o una foto de una nave enviada a otro mundo durante el amanecer de nuestro programa de exploración robótica? Podríamos no llegar a saberlo nunca, pero estamos buscando las claves”, ha dicho Mark Lemmon, miembro del equipo científico de los todoterrenos marcianos de la NASA.Publicado originalmente en el diario El Correo.

Los marcianos de Antonio Ribera

“Me gustaría hacer notar que las recientes misiones Mariner y Viking han demostrado más allá de toda duda razonable la existencia de una civilización marciana con un muy alto nivel tecnológico. Camuflar completamente, en un periodo de muy pocos años, el sistema planetario de canales es en sí mismo un extraordinario logro de ingeniería. Pero lo superan hazañas científicas como a) predecir los lugares de aterrizaje de las Viking y b) descontaminar las zonas implicadas con tal minuciosidad que haya sido eliminado todo rastro de materia orgánica. Comprendo que los célebres expertos Erich von Däniken y Charles Berlitzestén ahora compitiendo por presentar estas sensacionales conclusiones al mundo”. Cuando hace veinte años leí estas líneas de un afamado divulgador científico y autor de ciencia ficción, me sorprendieron; aunque no tanto como lo último que cayó en mis manos de Antonio Ribera (Barcelona, 1920-2001).

Entronizado al Olimpo de la ufología hispana desde que publicó El gran enigma de los platillos volantes en 1966, los numerosos dislates de Ribera fueron sistemáticamente ignorados por quienes se consideraban sus discípulos. El maestro tenía bula para afirmar que Ezequiel vio una nave extraterrestre, que alienígenas del planeta Ummo llevan varias décadas entre nosotros, que en la Prehistoria se disparaban balas, que hay doce regiones misteriosas como el triángulo de las Bermudas, que somos el producto de un experimento genético alienígena y que fue abducido por extraterrestres en su más tierna infancia. Si cualquiera de esas cosas la sostiene, por ejemplo, Juan José Benítez, la ufología seria no duda en calificarle de sensacionalista. Pero, a Ribera, no. Nada de eso se le echaba en cara. Así, uno de los patronos de la Fundación Anomalía, que aglutina a los representantes de la ufología crítica española, considera que Abducción (1998), el enésimo libro en el que volvía a contar las mismas historias -plagadas de medias verdades- de siempre sobre humanos secuestrados por extraterrestres, es un “interesante estudio, muy recomendable para iniciarse en la comprensión de este controvertido asunto”. Esa misma manga ancha hará que un muro de silencio se levante ante las últimas, por ahora, palabras del pionero de los ovnis en España centradas en una obsesión marciana que le viene de antiguo.

Antonio Ribera defendió durante décadas la idea de que los ovnis proceden de Marte y de que las épocas de mayor número de observaciones -de oleadas, en jerga platillista- se corresponden con las de mayor proximidad entre el planeta rojo y la Tierra. La teoría la formuló por primera vez el ufólogo gallego Óscar Rey Brea en 1954, pero el autor catalán la asumió como propia y acabó conviertiéndose en su principal abanderado. El tiempo ha demostrado que las oleadas de ovnis no tienen nada que ver con la distancia que separa a Marte de nuestro planeta, y que tampoco hay ni ha habido una civilización marciana como la que defendían hace medio siglo Ribera y otros ufólogos de su generación. Claro que eso no ha servido para que el maestro despierte de la ensoñación en la que se sumió a mediados de la pasada centuria. Es más, tras la lectura de un libro de Graham Hancock, el Von Däniken de los años 90, Ribera ahondó en su particular sueño de la razón.

El enigma de Clavius

Así, en el artículo que firmó en el número de marzo de 2001 de la revista Karma.7, recordaba un episodio que uno creía perdido en el baúl de los recuerdos y que contó por primera vez en El gran enigma de los platillos volantes. En 1965, Ribera se sorprendió ante una imagen del planeta rojo tomada por la Mariner 4. La foto correspondía al cráter Mariner, de 151 kilómetros de diámetro y situado en las inmediaciones de la fosa Sirenum, en el hemisferio sur marciano. “Yo había visto con anterioridad aquella imagen. Luego recordé cuándo y dónde: en un atlas de Astronomía, y representaba el gran circo Clavius, de la Luna”, rememora. El ufólogo pidió entonces a Josep M. Oliver, presidente hoy en día de la Agrupación Astronómica de Sabadell, que le ayudará a realizar un estudio comparativo de ambos paisajes. Fruto de esa colaboración fue un texto en el que destacaban la extraordinaria similitud entre el cráter lunar y el marciano. La comunicación que Ribera y Oliver presentaron en la Segunda Semana Astronáutica Nacional, celebrada en Barcelona en 1966, concluye desechando que estemos ante una simple coincidencia: “Abrigamos la viva sospecha de que no es éste el caso, y de que la explicación es muy otra, incluso descartando la hipótesis -inadmisible- de fraude. Quizás únicamente el envío de astronaves tripuladas a Marte consiga resolver el misterio. Pues misterio hay”. ¿Lo hay

Ribera sostuvo hasta el final que sí. “Hallamos -escribía más de tres décadas después en Karma.7 respecto a las similitudes entre ambos paisajes- nada menos que 32 concordancias, lo cual quería decir que sólo había una posibilidad de concordancia entre 2.128 (seguida de 56 ceros) agrupamientos posibles de dichas características topográficas”. Quizá tenga en mente la tercera de las posibles explicaciones que le dio en una carta Aimé Michel, el patriarca de la ufología francesa: que alguien “se divirtió reproduciendo sobre un astro el paisaje de otro astro”. Y no hace falta que precisemos quién es ese alguien: píntenlo de verde, pónganle antenas y móntenlo en un utilitario volante con forma de platillo. Pero ¿qué piensa, y pensaba en la época, Josep M. Oliver, a quien el ufólogo ibérico pone poco menos que como avalista de la autenticidad del misterio? “Mi opinión sobre la similitud entre las dos fotografías es ahora la misma que entonces: una curiosa casualidad, y nada más”, me indicó el presidente de la Agrupación Astronómica de Sabadell el 8 de marzo de 2001. Oliver añadió que su participación en el estudio “consistió en realizar los dibujos, ya que profesionalmente soy diseñador gráfico e ilustrador”, que considera el parecido entre ambos paisajes algo “curioso” y que, además de no compartir la tesis de su amigo Ribera, el cálculo de probabilidades -que corrió a cargo de una tercera persona- “es erróneo, ya que está mal planteado”. Así pues, de misterio nada.

Como no tiene nada de enigmático el hecho de que muchas expediciones a Marte se hayan saldado en sonados fracasos. De las treinta misiones enviadas al planeta rojo desde 1960, menos de un tercio puede considerarse un éxito, recordaba hace tres años Ed Weiler, administrador adjunto para Ciencias del Espacio de la NASA. Sinceramente, si hay algo que a muchos nos sorprende es la capacidad del ser humano para enviar un ingenio producto de su tecnología hasta un mundo que se encuentra, en el mejor de los casos, a más de 55 millones de kilómetros de la Tierra. A Ribera, sin embargo, le sorprende lo contrario. “Marte es el planeta que ha suprimido más sondas rusas o americanas enviadas a su superficie o sus satélites”, dice.

Como prueba de esa malévola intencionalidad del vecino planeta, de esa perseverancia marciana por frustrar los intentos de exploración humana, cita el caso de la Fobos 2, “destruida mientras procesaba imágenes de Fobos. La última imagen que envió a la base fue la de una enorme y desconcertante sombra elíptica, de varios kilómetros de longitud, sobre la superficie marciana”. Ceba así el falso misterio de que la sonda fue derribada por una nave extraterrestre a la que correspondería la sombra, que en realidad es una deformada del satélite Fobos, como explicó en su momento Alexandr Selivanov, uno de los científicos del proyecto. Pero, claro, la verdad no es algo que vaya a estropear un buen misterio al padre de la ufología española, que, para su penúltimo golpe de efecto, recurre a El misterio de Marte (1998), libro de Graham Hancock, a quien presenta como un “gran divulgador científico americano”. Se trata, obviamente, de un curioso americano, ya que Hancock nació en Edimburgo (Escocia), pasó parte de su infancia en India y luego regresó al Reino Unido, donde vive en la actualidad. Respecto a su categoría como divulgador científico, también hay quien piensa que Campo de batalla: la Tierra -el engendro de John Travolta a mayor gloria del sectario L. Ronald Hubbard– es una gran película.

¿Somos marcianos?

Ribera asumía, siguiendo la estela de autor americano, que “hace unos 10.000 años parece ser que tres gigantescos asteroides colisionaron con una cara de Marte, lo cual provocó una verdadera catástrofe cósmica”. A partir de ahí, monta una película increíble con el fin de que encajen en un mismo puzle todas las piezas imaginadas por los autores pseudocientíficos sobre el planeta rojo. Nos dice que, hasta ese momento, Marte había sido un mundo con “una abundante vida entre la que se contaba una vida humana” que construyó, entre otras cosas, la esfinge y las pirámides de Cydonia, monumentos que desaparecieron misteriosamente cuando la Mars Global Surveyor cartografió la región. Me queda la duda de si también esa civilización fue la autora de la figura de la rana Gustavo de la región de Alba Patera. Una imagen sobrecogedora en tanto que daría la razón a quienes defienden desde hace décadas la existencia de pequeños marcianos verdes. El ufólogo catalán cree que sus imaginados vecinos del planeta rojo vieron venir la cósmica pedrada y se prepararon para poner pies en polvorosa. Dice que “crearon grandes refugios subterráneos, que permitieron a una minoría sobrevivir… y trasladarse más tarde al planeta azul”. A juicio de Ribera, “esto podría explicar” los orígenes de la civilización egipcia, que “parece importada, según me comentó un día Thor Heyerdahl“, el mismo aventurero nórdico que promocionó un fraudulento parque arqueológico en Tenerife -el de las pirámides de Güímar– argumentando que los monumentos piramidales de ambos lados del Atlántico datan de la misma época. Es una pena que los neandertales desaparecieran antes de la pretendida llegada de los marcianos, porque, si no, Ribera podía haber culpado a los emigrantes alienígenas de su extinción.

Asteroides, extraterrestres, catástrofes cósmicas, desapariciones misteriosas de sondas-robot, migraciones interplanetarias… Que lo que dijera respondiera o no a la realidad fue, durante décadas, lo de menos para el considerado padre de la ufología española. (Así se explica por qué le ha salido la hija cómo le ha salido.) Sin embargo, por si no era bastante con las fantasías marcianas, Ribera añadió al final de su columna de hace tres años: “¿Sabe el lector que en estos mismos momentos un asteroide, llamado Eros, del tamaño de la isla de Menorca, se dirige en rumbo de colisión hacia la Tierra?”. Sobrecogedor, ¿verdad? ¿Lo sabía usted? Yo no. Pero tampoco me preocupa. Se trata sólo de una falsedad más en una página repleta de ellas. Por ahora, no seguiremos los pasos de los dinosaurios. Eros, en el que el 12 de febrero de 2001 se posó la sonda Near-Shoemaker -si decimos aterrizó, alunizó y amartizó, ¿no habría que decir en este caso erotizó?-, no va a chocar contra nuestro planeta. Quizás a Ribera se lo hayan contado los marcianos o quizá con esta página de Karma.7 haya querido tomar el pelo a sus lectores. Como Arthur C. Clarke cuando en 1978 publicó, como carta al director en The Skeptical Inquirer, la chanza sobre Marte y las sondas robot Mariner y Viking reproducida al principio de estas líneas. Años después de la broma del autor de 2001, una odisea del espacio, Enrique de Vicente esgrimió ante mí la misiva de Clarke como prueba de que el padre de HAL 9000 creía en una cuasi todopoderosa civilización marciana. Cuando le saqué de su error, el rostro del actual director de Año Cero demudó. Me gustaría que Ribera hubiera hecho lo mismo que Clarke con su artículo titulado “El misterio de Marte”; pero no fue así.

Publicado originalmente en El Escéptico.

Un inexistente espía de la CIA reveló a Benítez el hallazgo de una base extraterrestre en la Luna

Neil Armstrong y Buzz Aldrin se encontraron en 1969 en la Luna con una base alienígena de miles de años de antigüedad, dice Juan José Benítez en Mirlo rojo. La prueba es una filmación de catorce minutos, de la que el ufólogo ha presentado en Televisión Española (TVE) varios segundos en primicia mundial. Sinceramente, he visto desde hace años juegos de ordenador con texturas más creíbles que las de la presunta Luna y las supuestas ruinas de Benítez, y ¿qué me dicen de los movimientos en baja gravedad del pretendido astronauta? Lo de Planeta encantado sería para tomárselo a broma si no fuera porque la serie la programa una televisión pública -es decir, hemos pagado los derechos de emisión entre todos los españoles- y se presenta como documental, no como ficción. Ha habido momentos ridículos -como cuando los moais volaban en la isla de Pascua desde la cantera en la que fueron tallados hasta sus altares-, pero tratar de vender una tosca recreación informática por una escena real a un público acostumbrado a los prodigios de Industrial Light & Magic y Weta Digital supera todos los listones.

Una frase aparece varias veces sobreimpresionada en Mirlo rojo. Dice: “Por razones de seguridad, algunos nombres y datos han sido cambiados”. Queda bien, da un aire de intriga al documental, pero ¿a la seguridad de quién se refiere? No creo que sea a la de quien Benítez dice que le contó la historia de las ruinas lunares -“un alto militar norteamericano”- porque está ya enterrado en el cementerio de Arlington, en Washington. Y lo curioso es que no hay nadie más involucrado en la trama, además del periodista navarro. Creo que Benítez guarda en secreto sus fuentes sobre el gran secreto del proyecto Apollo por lo cómico del caso. Quien le contó por primera vez que en la Luna se descubrieron ruinas extraterrestres y se destruyeron con bombas atómicas fue el peruano Carlos Paz Wells, que a mediados de los años 70 aseguraba tener encuentros con seres de otros mundos.

“Tenemos constancia de que los norteamericanos también conocen la existencia de las antiguas instalaciones de la Confederación. Y, según los guías, los lanzamientos realizados por los distintos Apollos de pequeñas bombas nucleares contra la superficie de la Luna no tenían la única finalidad de medir los posibles movimientos telúricos del satélite. Muy al contrario. La verdadera intención de los norteamericanos era destruir dichas instalaciones, cuyas posiciones conocían de antemano”, afirma el contactado en Ovnis: SOS a la Humanidad, la obra que Benítez dedicó en 1975 a las andanzas de los miembros del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI). En ese libro, puede leerse una ficticia versión de un diálogo entre los astronautas del Apollo 11 y Houston muy parecida a la que el ufólogo sitúa en el Mar de la Tranquilidad, donde los expedicionarios humanos habrían visto platillos volantes. Pero el chivatazo del bombardeo de los edificios alienígenas lunares no se lo dieron a Benítez únicamente los extraterrestres, vía Paz Wells.

“Durante años he combatido a quienes decían haber visto o tener contacto con naves de otros mundos. Sometido a la disciplina que se exige a cualquier agente secreto y a mis propias convicciones trataba de destruir lo que consideraba patrañas, embustes y acciones de gente sin escrúpulos o de comportamiento demencial. La experiencia me ha demostrado que el equivocado era yo y cuantos tratan de desprestigiar algo natural y positivo. No estamos solos en el cosmos, el planeta Tierra está siendo visitado por extraterrestres que, además, descansan y se estacionan en bases ignoradas en su mayoría”. Con esta confesión en su presentación, llegaba en 1979 a las librerías españolas Bases de ovnis en la Tierra. Su autor, Douglas O’Brien, decía ser un espía de la CIA arrepentido. El libro era en realidad una novela firmada con pseudónimo por Javier Esteban, en aquel entonces un joven de veintiún años, para un premio literario. En la historia, mezclaba hechos reales con tramas conspiranoicas al estilo de Expediente X.

“Para escribir la novela era preciso crear historias con fechas, lugares, etcétera. Para evitar la tarea de inventar miles de datos, acudí a las hemerotecas y tomé nota de miles de diversas fuentes: periódicos, revistas… De esta forma, incluía datos auténticos de sucesos ocurridos, tales como accidentes de aviones militares, expulsiones de diplomáticos, detenciones de espías, etcétera. A la vista de la información recopilada, inventaba la historia con argumentos cómo: “La noticia que se dio al público por la prensa fue… cuando lo que realmente ocurrió fue…”. Siguiendo esta línea, no reparé en gastos: relaté historias inverosímiles, como la de colocar un ovni en medio de una explosión nuclear en Siberia o hacer que el protagonista asesinara a varios ufólogos por acercarse demasiado a la verdad, y cualquier otro tipo de hazañas que los ufólogos suspiran vivir. Toda la trama, una vez argumentada, cumplió con los objetivos propios de una novela. Lo gracioso del asunto es imaginar a personas en su sano juicio investigando la verosimilitud de tales disparates. Ya se sabe que la fe mueve montañas…”, recordaba Esteban en 1996 en La Alternativa Racional, revista de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.

Con Bases de ovnis en la Tierra sucedió lo mismo que con La delegación (1973), de Rainer Erler, y Alternativa 3, de Leslie Watkins, David Ambrose y Christopher Miles: algunos ufólogos tomaron la ficción por realidad. Benítez, Bruno Cardeñosa y Francisco Padrón fueron tres de los que demostraron su perspicacia y rigor. Los dos primeros mantuvieron reuniones en persona con Esteban creyendo que hablaban con un agente de la CIA, y el joven decidió seguirles el juego para ver en qué acababa todo. Terminó con algunas de sus inventadas historias publicadas por los expertos en periódicos, revistas esotéricas y libros sobre platillos volantes.

Afirma Benítez en Mirlo rojo que “Estados Unidos usó armas tácticas y nucleares” para destruir unas ruinas extraterrestres en la Luna. Esteban revelaba, como Douglas O’Brien, en 1979: “Según los servicios secretos se descubrieron cinco bases o lugares de estacionamiento distintos de ovnis en la Luna. En el año 1975 se procedió a realizar un bombardeo táctico”. En su novela, también hablaba los llamados Fenómenos Lunares Transitorios (LTP), vinculándolos a la actividad alienígena; de cómo los rusos habían detectado, con sus primeras sondas, la existencia de estructuras artificiales en el satélite; y de cómo se destruyeron tras los alunizajes. La realidad es mucho más sorprendente que la ficción hecha película lunar por Benítez: “Escribí el libro con unos diecinueve años, por lo que, de ser una novela autobiográfica… ¡entré en los servicios secretos estadounidenses con ocho años!”, suele ironizar Esteban. Ni el autor de Caballo de Troya ni Cardeñosa ni Padrón pusieron reparos a creer que la CIA cuenta con espías infantiles. Cosas de los ufológos profesionales.

El resto de los ingredientes de este guiso conspiranoico -que ignoró hasta John F. Kennedy, según Benítez- no superaría una mínima inspección por parte de las autoridades sanitarias. El elemento principal son los platillos volantes, de cuyo origen extraterrestre habrían estado al tanto EE UU y la Unión Soviética desde el primer momento. Los ovnis dan cuerpo a un plato cuya base son los LTP, los extraños fenómenos de corta duración -bolas y llamaradas de luz, cambios de color y brillo de la superficie…- vistos en la Luna durante los últimos siglos, achacables muchos de ellos -como los que atañen al cráter Linné– a observaciones hechas al límite de la resolución de los telescopios y del ojo. La NASA hizo en 1968 un catálogo de LTP y la ciencia, de momento, carece de explicación para algunas de las cosas observadas. Benítez toma la parte por el todo y, como siempre, se agarra a que algo carezca de explicación para meter por medio a los extraterrestres, cuando lo cierto es que los marcianos no solucionan nada.

Los LTP y los platillos volantes son los pilares de un decorado que es como un castillo de naipes y al que, para dar consistencia, el ufólogo suma el informe Brookings. Presenta como algo excepcional que unos expertos alertaran, a principios de los años 60, del impacto que podría tener para nuestra civilización el hallazgo de “artefactos alienígenas abandonados en la Luna y otros mundos”. En ese documento, sostiene el director de Planeta encantado, “se anima a la NASA a ocultar información y eso fue lo que hicieron”. La ingenuidad de muchos científicos y no científicos respecto al contacto con extraterrestres era enorme hace cuarenta años: Stanley Kubrick intentó, sin éxito, suscribir una póliza de seguros con Lloyd’s para el caso de que el encuentro tuviera lugar antes del estreno de su película 2001, una odisea del espacio. Ese ambiente venía bien a la NASA para conseguir fondos para la exploración espacial. Lo que Benítez oculta es que el contenido del informe Brookings fue y es público. Seguramente, estamos ante uno de esos datos cambiados en el documental “por razones de seguridad”, las mismas por las cuales no se dice que las fuentes de información del novelista -¿cómo puede creerse alguien que un militar estadounidense de alto rango recurra a un reportero español sin ninguna credibilidad, teniendo a su alcance a quienes destaparon el escándalo Watergate?- son un contactado y un inexistente espía de la CIA. Como ha apuntado más de un escéptico, a veces da pena que TVE no haya emitido Planeta encantado en horario de máxima audiencia: Benítez se basta y se sobra para desenmascararse a sí mismo.