Obituarios

Adiós a Paul Kurtz, el padre del movimiento escéptico y del humanismo moderno

Paul Kurtz, en una imagen de 2002. Foto: CSI.“España ha cambiado mucho en los últimos años”, me decía el filósofo Paul Kurtz en junio de 2007. Estábamos en Amsterdam, donde había convocado a una docena de escépticos y racionalistas europeos para intercambiar impresiones durante dos días. Las sesiones de trabajo empezaban a primera hora de la mañana y se prolongaban hasta después de la cena. A pesar de su avanzada edad, era difícil seguir su ritmo. Ya no volverá pasar. El corazón de Paul Kurtz dejó de latir ayer a los 86 años. Racionalistas, ateos y humanistas estamos de luto por la pérdida de una figura irrepetible, el impulsor del moderno movimiento escéptico. Y quienes tuvimos la fortuna de conocerle y tratarle lloramos la muerte de una gran persona.

Menos conocido que algunos de sus grandes amigos y colegas en la lucha contra la superstición, Kurtz nació en Newark (New Jersey) en 1925. Fue uno de los miles de soldados estadounidenses que liberaron a Europa de Hitler, y la experiencia le marcó. Los campos de concentración nazis y la esclavización de trabajadores por la Unión Soviética le abrieron los ojos sobre el peligro de las ideologías políticas. Defensor de los derechos humanos a ultranza -incluidos los de los homosexuales cuando en España todavía ningún político hablaba de ello-, fue el gran impulsor del humanismo secular y de la crítica científica a la pseudociencia. Puso en contacto a gente que, de otro modo, nunca se hubiera conocido y propició la creación de una comunidad internacional de librepensadores en una época en la que no existía Internet.

El cemento que nos unió

Kurtz fundó en 1976 del Comité para la Investigación Científica de los Supuestos Fenómenos Paranormales (CSICOP) -hoy, Comité para la Investigación Escéptica (CSI)– con sus amigos James Randi, Martin Gardner, Philip J. Klass, Carl Sagan e Isaac Asimov, entre otros. “Creí que había llegado la hora de que los científicos, que están normalmente centrados en su especialidad y no se preocupan de las creencias sociales, lo hicieran. Hasta que el CSICOP nació, nadie había investigado científicamente creencias como la astrología”, me contaba en una entrevista en 1997.

Posteriormente, Kurtz creó el Consejo para el Humanismo Secular (CSH) y el Centro para la Investigación (CfI). Las ideas humanistas, ateas y escépticas se diseminaban a través de las revistas The Skeptical Inquirer y Free Inquiry, y de los libros publicados por Prometheus Books. Durante más de tres décadas, fue el hombre a cuya llamada acudían todos los grandes del pensamiento crítico, desde Richard Dawkins hasta John Maddox. Era, como ha escrito Benjamin Radford, “el cemento que mantuvo unidos” a quienes se embarcaron en la aventura de combatir la anticiencia. Hace dos años, se desvinculó del entramado de organizaciones que había creado por discrepancias con la nueva dirección, pero siguió en la brecha. “Soy un humanista secular porque  no soy religioso. Saco mi inspiración no de la religión o la espiritualidad, sino de la ciencia, la ética, la filosofía y las artes”, había dicho en 2007 al recibir el premio a la labor de toda una vida de la Asociación Humanista Estadounidense.

Personalmente, tengo con Kurtz una deuda que nunca le podría haber pagado. Nuestra relación empezó por carta en septiembre de 1985 cuando yo era todavía un estudiante. Me había suscrito poco antes al boletín de los Escépticos del Área de la Bahía, en San Francisco, y él me escribió desde el otro extremo de Estados Unidos poniéndose a mi disposición para lo que necesitara porque sus colegas californianos le habían informado de mi existencia. Poco después, en noviembre de aquel año, empezó a mandarme The Skeptical Inquirer y me dijo que no me preocupase por pagar la suscripción. Y hace once años me invitó a participar en el libro Skeptical odysseys. Personal accounts by the world’s leading paranormal inquirers (Odiseas escépticas. Reflexiones personales de los principales investigadores mundiales sobre lo paranormal. 2001).

Con el tiempo, nos encontramos varias veces en persona, casi siempre en coincidencia con algún congreso escéptico en el que Kurtz hacía gala de sus indiscutibles carisma y afabilidad.  Gracias a él, conocí a muchos amigos y aprendí, y sigo aprendiendo, cosas. Tenía una vitalidad extraordinaria: me acuerdo de un día en el que Barry Karr, Alejandro J. Borgo y yo no podíamos seguir su ritmo de caminata a la búsqueda de un restaurante por Abano Terme. Íbamos con la lengua fuera tras el casi octogenario filósofo, ya profesor emérito de la Universidad del Estado de Nueva York, quien aquella noche decidió abrir el CfI Argentina.

Humanista y ateo

Kurtz y yo estábamos de acuerdo en muchas cosas; pero discrepábamos en algunas. En los últimos años, creía que había que dejar a un lado la denuncia de lo paranormal, porque eso ya no interesaba a nadie, y centrarse en la promoción del humanismo. Yo siempre le replicaba que no, que hay que hacer ambas cosas. Después supe que compartían mi punto de vista colegas a los que admiro, como Joe Nickell y Radford, y que la postura del filósofo había desembocado en intensos debates en los órganos ejecutivos del CfI y el CSI

Creía en el ser humano y abominaba de cualquier tipo de discriminación. Hace cinco años, nos reunió a una docena de humanistas en un hotel en Amsterdam para establecer las líneas maestras de la estrategia del CfI. Él quería marcar una línea, pero quedó claro desde el principio que los retos eran distintos en cada país: los alemanes consideraban prioritario luchar contra la homeopatía, los polacos soportaban una asfixiante opresión de la Iglesia católica, los estadounidenses padecían a George W. Bush… En un descanso, nos fuimos a un rincón y le dije que en España debíamos seguir combatiendo la anticiencia y cómo, a diferencia de en EE UU, aquí el matrimonio homosexual era una realidad y se financiaba públicamente la investigación con embriones. Fue entonces cuando aquel hombre, que había combatido en Europa por la libertad, apoyado al incipiente movimiento escéptico español desde el principio y atendido siempre a  mis peticiones por correo o teléfono, me respondió: “España ha cambiado mucho en los últimos años”. Recuérdenlo cada vez que la actual coyuntura les deprima.

Paul Kurtz ha muerto, pero su legado pervive en su obra intelectual y en todas las organizaciones escépticas, en sus revistas, en sus congresos, en los blogs… Sin él, el  escepticismo científico, el ateísmo y el humanismo modernos no serían lo que son.

¡Gracias, Paul!

En la muerte de Christopher Hitchens: ¿dónde está su álter ego hispano?

Christopher Hitchens, hace un año. Foto: Reuters.El periodista y escritor Christopher Hitchens murió ayer de neumonía en Houston a los 62 años. Luchaba desde junio del año pasado contra un cáncer de esófago. Con su fallecimiento, desaparece uno de los principales baluartes del llamado nuevo ateísmo. Polémico e influyente hasta el final, no hace falta estar de acuerdo en todo con él para lamentar su singularidad y que no haya nadie ni remotamente parecido en el mundo hispano. O, por lo menos, a mí no me viene a la mente. Y hablo del mundo hispano porque el autor de Dios no existe era un producto anglosajón: británico de nacimiento y educación, y estadounidense de adopción. La falta de un álter ego castellanohablante, de un defensor de la razón con un peso e influencia equiparables, me parece un síntoma más de la debilidad del movimiento racionalista hispano, que se suma a la ausencia de grandes científicos divulgadores -como Carl Sagan, Stephen Jay Gould y Richard Dawkins, por citar sólo a tres- y, en general, de grandes divulgadores del pensamiento crítico.

El fallecimiento de Hitchens me ha traído a la mente automáticamente a algunos grandes intelectuales españoles -científicos y no- que, a la hora de luchar contra la sinrazón, no se comprometen más allá de las buenas palabras y dejan que den la cara otros para mantenerse ellos en un cómodo segundo o tercer plano. Me ha traído a la mente la falta de personajes carismáticos como Hitchens y los tres antes citados en la arena pública. Cada uno en su estilo. Me ha traído a la mente la necesidad imperiosa, por ejemplo, de que algún intelectual con peso en los medios abandere en España la lucha por la separación, de una vez por todas, de Iglesia y Estado, y genere una corriente de opinión de tal magnitud que no pueda ser ignorada por la clase política.

Hitchens –indica Alberto Fernández Sierra en su magnífico obituario– era “un hombre con proverbial labia y un agudo sentido del humor. Un personaje versátil, ingenioso, malpensante, enemigo de la ambigüedad y lo políticamente correcto. Amigo de las causas minoritarias y los derechos humanos. Una persona que no se arrugaba ante nadie. Pero, sobre todo, un luchador incansable contra la violencia presente en todas las religiones”. ¿Conocen a alguien así en el mundo racionalista hispano? Yo no. Conozco, por ejemplo, a racionalistas vehementes que, a la vez, son asquerosamente políticamente correctos. Y conozco a otros que en los debates se inventan los datos cuando les conviene. También conozco, claro, a pensadores críticos que no entran en ninguna de esas dos categorías, pero carecen de carisma, y a otros que tienen carisma, pero se niegan a dar la cara. Por todo eso, envidio a los anglosajones por haber tenido a Hitchens, por contar con pensadores dispuestos a remover conciencias sin tapujos, ni buenrollismos.

“Me gustan las sorpresas”

Nacido en Portsmouth (Reino Unido) en 1949, Christopher Hitchens era licenciado en Filosofía, Ciencias Políticas y Economía por la Universidad de Oxford. Estuvo en la izquierda radical durante los años 60, cuando fue varias veces arrestado y expulsado del Partido Liberal por su oposición a la guerra de Vietnam. Se mudó a Estados Unidos en 1981, escribió en The Nation y, con los años, abandonó la izquierda y pasó a considerarse independiente desde el punto de vista político. Cuando su amigo Salman Rushdie fue condenado a muerte por el ayatolá Jomeini tras la publicación de Los versos satánicos, fue crítico con los intelectuales que prefirieron no dar la cara en su defensa; abogó por la intervención en Bosnia durante la Guerra de los Balcanes;  apoyó el derrocamiento de Saddam Hussein; e hizo campaña por la reelección de George W. Bush en 2004.  Humanista y ateo, bebedor y fumador empedernido, no aguantaba a personajes como Michael Moore, Sarah Palin, el príncipe Carlos de Inglaterra, Teresa de Calcuta y el Gore Vidal que, tras el 11-S, adoptó las tesis conspiranoicas sobre la autoría de los ataques.

Tuits en los que Michael Shermer, Salman Rushdie y Richard Dawkins se despiden de su amigo Christopher Hitchens.“Como la religión ha demostrado ser excepcionalmente delictiva en el único aspecto en el que podría considerarse que la autoridad ética y moral se pronuncia de forma absoluta y universal, creo que estamos autorizados a extraer al menos tres conclusiones provisionales. La primera es que la religión y las iglesias son un producto de la invención humana y que este hecho destacado resulta demasiado obvio para ignorarlo. El segundo es que la ética y la moral son independientes de la fe y que no se puede deducir de ella. El tercero es que, dado que la religión apela a una exoneración divina especial por sus prácticas y creencias, no sólo es amoral, sino inmoral”, escribió en Hitch-22,  sus memorias. Y murió, como vivió, defendiendo sus ideas hasta el final, aunque a muchos no les gustaran.

“Christopher Hitchens ha muerto. Te echaremos de menos, echaremos de menos tu voz, tu pluma y, sobre todo, tu mente, Christopher. El mundo es mejor gracias a ti”, escribía a las 6 horas de hoy Michael Shermer, director de la revista The Skeptic, en Twitter. Una hora después, otro de sus grandes amigos, Salman Rushdie decía en la misma red social: “Adiós, mi querido amigo. Una gran voz ha quedado en silencio. Un gran corazón se ha parado. Christopher Hitchens, 13 de abril de 1949 – 15 de diciembre de 2011″. Y, otra hora más tarde, le homenajeaba Richard Dawkins: “Christopher Hitchens, el mejor orador de nuestro tiempo, jinete compañero, luchador valiente contra todos los tiranos, incluido Dios”.

Su amigo Martin Amis considera, parafraseando a Nabokov, que Hitchens pensaba como un idiota, escribía como un autor distinguido y hablaba como un genio. “No habrá nunca nadie como Christopher. Un hombre de un intelecto feroz, tan vibrante sobre el papel como en la barra del bar. Los que le leían sentía que le conocían y los que le conocían eran espíritus profundamente afortunados”, ha dicho hoy Graydon carter, dircetor de Vanity Fair. “Christopher Hitchens fue un talentoso escritor y polemista, con un ingenio agudo y gran intelecto, que también era un tenaz campeón por el secularimos. Estamos profundamente entristecidos por su muerte”, ha declarado Ronald A. Lindsay, presidente y director ejecutivo del Centro para la Investigación (CFI), de cuya revista, Free Inquiry, fue columnista durante años.

Cuando a Hitchens le preguntaron por Dios después de que le diagnosticaran cáncer, se reafirmó en su ateísmo: “No se ha presentado aún una prueba o un argumento que pueda cambiar mi forma de pensar. Pero me gustan las sorpresas”.

Yo me quedo con la corta cita que hoy recoge el CfI en su obituario: “La decencia humana no deriva de la religión. La precede”.

Muere el escritor de ciencia ficción Ion Hobana, autor de ‘Platillos volantes tras la cortina de hierro’

El escritor de ciencia ficción y ufólogo rumano Ion Hobana.El escritor de ciencia ficción y ufólogo rumano Ion Hobana falleció el martes en un hospital de Bucarest a los 80 años. Además de autor, fue el historiador del género en su país y un apasionado de la obra de Julio Verne, sobre la que escribió varios ensayos. Fue prologuista de novelas y recopilaciones de Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, Emilio Salgari, Arthur Conan Doyle y Stanislaw Lem, entre otros. Recibió numerosos premios y fue miembro de la Unión de Escritores de Rumanía, la Sociedad H.G. Wells y el Centro Internacional Julio Verne. Su último trabajo, una historia de la ciencia ficción francesa anterior a 1900, salió a la venta en noviembre.

Hobana era una rara avis en el mundillo de la ciencia ficción, en el que lo habitual es el rechazo hacia los platillos volantes y la pseudociencia en general. Firmó varias obras sobre los ovnis y una de ellas, Platillos volantes tras la cortina de hierro, fue publicada en español en 1978 por la Editorial Javier Vergara. En este libro, escrito en colaboración con Julien Weverbergh, defiende que el fenómeno ovni se debe a la actividad de visitantes de otros mundos. Así, en el caso de la explosión de Tunguska, ocurrida en junio de 1908 y que arrasó 2.200 kilómetros cuadrados de la taiga siberiana, Hobana y Weverbergh argumentan que es “muy verosímil” que hubiera sido provocada por los tripulantes de los platillos volantes. “Es probable que los ovnis estén buscando todavía los despojos, o que al menos hayan extraído de la explosión conclusiones que les permiten aparecer en nuestra atmósfera con suma facilidad, según creemos”.

Muere Geoffrey Crawley, el fotógrafo que demostró la falsedad de las fotos de las hadas de Cottingley

Geoffrey Crawley, el fotógrafo que probó científicamente la falsedad de las fotos de las hadas de Cottingley, murió el viernes tras una larga enfermedad, según informa el British Journal of Photography (BJP). La investigación de este experto sobre las imágenes tomadas por las niñas Elsie Wright y Frances Griffiths en una zona boscosa del norte de Inglaterra, entre 1917 y 1920, reveló que las fotos eran un fraude realizado a partir de siluetas de papel de hadas recortadas y sujetadas con alfileres.

Frances, con las pequeñas hadas.Crawley reventó así definitivamente, en una serie de artículos publicados en BJP entre 1982 y 1983, una historia fantástica en la que creyó fervientemente en su día Arthur Conan Doyle. El creador de Sherlock Holmes escribió un libro, El misterio de las hadas (1921), en el que defendió la autenticidad de las imágenes, aunque, como había dicho desde el principio Arthur Wright, padre de una de las niñas, “para explicar estas fotografías de hadas lo que se requiere no es un conocimiento de los fenómenos ocultos, sino de los niños”. Cuando Crawley comunicó sus conclusiones a una ya adulta Elsie, ésta le contó cómo, una vez que Conan Doyle y otros empezaron a proclamar a los cuatro vientos la autenticidad de las fotos, ellas se sintieron incapaces de contar la verdad. El misterio de las hadas había sido fruto de una broma infantil que se les había ido de las manos a sus autoras.

“Por supuesto que existen las hadas, así como Papá Noel. El problema llega cuando se intenta hacerlas corpóreas. Son bellos conceptos poéticos que nos llevan fuera de este mundo real, a veces demasiado feo. Conan Doyle, después de los horrores de la Primera Guerra Mundial, en la que perdió a su hijo, quería proponer la existencia de una realidad donde pueden existir los espíritus”, escribió Crawley hace diez años en el BJP, que ayer recordaba estas frases en la necrológica de quien fue su director.

Martin Gardner, el escéptico incansable, en Punto Radio Bilbao

Almudena Cacho y yo hablamos el 26 de mayo en Protagonistas Bizkaia, en Punto Radio Bilbao, de Martín Gardner, el escéptico incansable, en la trigésima entrega del curso 2009-2010 del espacio que la emisora de Vocento dedica semanalmente al pensamiento crítico.