Medicina alternativa

¿Apoya la ministra de Sanidad la homeopatía?

Valentín Romero, presidente de la Federación Española de Médicos Homeópatas (FEMH), me contó en septiembre del año pasado una historia alucinante, la de Masaru Emoto. Este japonés, doctorado en Relaciones Internacionales y Medicina Alternativa, es el autor de un libro titulado El mensaje del agua, lleno de fotos de cristales de hielo tomadas en diferentes partes del mundo y circunstancias. Romero me dijo por teléfono, emocionado, que Emoto había demostrado que el agua tiene memoria. El ejemplo que me puso fue sobrecogedor. Jamás pensé que alguien pudiera ser tan crédulo. Me contó que, en las fotos del libro, es fácil ver cómo el agua helada a la puerta de una floristería en una ciudad normal y corriente cristaliza de una forma bella, mientras que, si la imagen procede de Hiroshima, las formas son tortuosas, retorcidas, porque el agua recuerda la tragedia que tuvo lugar allí en 1945.

Massaru Emoto y Valentín Romero volvieron a aparecer en mi vida la semana pasada. El primero porque se estrenó en Bilbao la película La memoria del agua, según me alertó José María Bilbao, miembro de la Agrupación Astronómica Vizcaína. El segundo, en un teletipo de la agencia Efe en el que sostenía que hay un remedio homeópatico contra la gripe aviar, que “la sustancia se denomina Anas barbarie y figura en el protocolo de tratamiento elaborado por el sector médico homeopático en caso de una pandemia”, mientras que “la medicina convencional no tiene ningún remedio para enfrentarse a ella”. Romero no presentó ninguna prueba, ningún estudio clínico que respalde tan sensacional afirmación. Y me temó que nunca lo hará. Primero, porque la homeopatía no funciona, porque los productos homeopáticos no tienen más valor terapéutico que el placebo, según la revista The Lancet, y, segundo, porque no se trataba más que de una maniobra publicitaria para conseguir un hueco en los medios de comunicación. ¿De qué? Del II Congreso Nacional de Homeopatía, que se celebra desde el viernes en Puerto La Cruz (Tenerife).

La prestigiosa revista médica británica publicó el 27 de agosto un análisis que concluye la efectividad de esta práctica se basa únicamente en el efecto placebo, y sentenció que ha llegado el momento de dejar de perder tiempo y dinero en más trabajos para validar la homeopatía científicamente: “Ahora, los médicos tienen que ser valientes y honestos con sus pacientes acerca de la ausencia de beneficios de la homeopatía, y consigo mismos acerca de los fallos de la medicina moderna a la hora de cubrir la necesidad del pacientes de atención personalizada”. La ministra de Sanidad, Elena Salgado, ha aceptado, sin embargo, figurar en el comité de honor del encuentro homeopático tinerfeño, lo que da un cierto halo de credibilidad a esta pseudomedicina.

Sería de agradecer que Elena Salgado presentara a los contribuyentes las pruebas en las que se basa para avalar con su presencia este congreso y la homeopatía. Porque no se trata de un encuentro científico, sino de un encuentro de personas que creen que el agua tiene memoria, que puede recordar las sustancias que se han disuelto en ella aún cuando no quede ni una molécula de las mismas. Como me decía hace unos meses el biólogo marino Vicente Prieto, “con la homeopatía, estamos hablando más de magia que de ciencia”. Me recordaba este compañero del Círculo Escéptico (CE) que el agua tiene un ciclo en el que pasa por la atmósfera, se filtra por las rocas, entra en contacto con miles de sustancias… Los homeópatas sostienen que la memoria del agua se activa cuando la agitan después de cada una de las sucesivas diluciones del supuesto principio activo que ellos emplean en cada caso, y él se pregunta: “¿Es que sólo recuerda los buenos elementos que hemos echado en ella en un momento determinado? Pensar que el agua tiene memoria y que, además, puede seleccionar aquello que más le conviene al enfermo resulta alucinante. Es concederle al agua memoria, bondad, conocimientos médicos e inteligencia. Si al agitar un vaso se activasen los compuestos con los que ese agua ha tenido contacto -incluidos venenos y productos radiactivos-, caeríamos fulminados tras beberlo”, advertía Prieto en El Correo y otros diarios de Vocento.

La duda que me queda es si la ministra de Sanidad cree de verdad en la homeopatía o si la han metido un gol y aceptó figurar en el comité de honor del congreso de Tenerife sin saber de lo que se trataba. En cualquiera de los casos, resultaría preocupante. En el primero, demostraría que Elena Salgado no sabe de ciencia; en el segundo, que cualquier listillo puede engañar a la máxima autoridad sanitaria española. Porque la homeopatía tiene de ciencia lo mismo que la ufología y el espiritismo: nada.

Sida y periodismo: la cara y la cruz

Fermín Apezteguia, en la presentación de su libro ' Ahora que te tengo', con el consejero de Sanidad, Gabriel Inclán. Foto: Maite Bartolomé.

“El sida es para los jóvenes de hoy un gran desconocido”, me decía hace unos días Fermín Apezteguia, compañero de El Correo -compartimos mesa desde hace un lustro- y autor de Ahora que te tengo, un libro sobre la historia de la enfermedad en nuestro país que ha editado la Fundación Wellcome España. Se trata de un gran reportaje en el que Fermín nos acerca a la pandemia a través de los ojos de 65 afectados, familiares, médicos e investigadores, y en el que conjuga perfectamente las historias humanas con la información científica. El libro fue el lunes elogiado en Bilbao por la secretaria del Plan Nacional sobre el Sida, Lourdes Chamorro, y el consejero de Sanidad del Gobierno vasco, Gabriel Inclán, quienes destacaron su rigor científico y alabaron, al mismo tiempo, su “claridad” y “cercanía” a los protagonistas de la ya larga historia del sida. Inclán y Ángel Arnedo, director de El Correo, hicieron hincapié, además, en el papel desempeñado por los medios de comunicación a la hora de hacer frente a la pandemia. “Los medios han luchado contra el sida de una forma directa”, sentenció el consejero.

Ahora que te tengo recuerda un pasado reciente en el que ser seropositivo era estar condenado a muerte, refleja un presente en el que el virus del sida provoca ya en Occidente sólo una enfermedad crónica y mira hacia el futuro con optimismo. “¿Hay motivos para la esperanza?”, le preguntaba a Fermín en su casa. “Hay muchísimos motivos para la esperanza -me respondía-. El sida es la enfermedad que en menos tiempo ha contado con más recursos terapéuticos. Los profesionales de la salud han visto cómo nace una enfermedad, cómo se desarrolla, cómo se convierte en una amenaza mundial y, en sólo quince años, cómo pasa a ser una dolencia crónica”. Fermín, como otros periodistas que cubren en España la información de salud, se indigna ante las promesas de curanderos y charlatanes, así como cuando la Iglesia católica predica falsedades sobre el sida. “Creo que la Iglesia ha contribuido a la expansión del VIH”, me decía durante la entrevista antes de añadir que hay que pedir a esa institución que “deje de transmitir ideas falsas, como que la abstinencia sexual previene el sida, que el virus se cuela por los poros de los preservativos…”.

Mentiras peligrosas

La divulgación de falsedades sobre el sida ha sido un buen negocio para publicaciones como Más Allá, que durante unos años abanderó en España el movimiento de los autodenominados disidentes del sida, individuos que sostienen que no es el VIH el causante de la enfermedad. Esa revista esotérica fue la portavoz de ese movimiento cuando la dirigía José Antonio Campoy, autor de un libro de conversaciones con un extraterrestre y al frente hoy de Discovery DSalud, publicación mensual que respalda todo tipo de tonterías en el ámbito médico. El mal que pueden hacer los disidentes del sida y sus seguidores está claro: extender la creencia de que el VIH no está en el origen del sida implica animar a la gente a relajar las medidas de protección que tan eficaces han sido a la hora de poner freno a la pandemia. ¿Por qué usar condones para evitar la transmisión sexual del VIH si éste no está detrás del sida?, ¿para qué buscar el virus en la sangre a transfundir?, ¿para qué…? Creía que esta disidencia era algo del pasado, propio hoy de grupos marginales; pero hete aquí que no. Leyendo El día de mañana, libro recién publicado del periodista Bruno Cardeñosa, me he encontrado con un capítulo dedicado al sida en el que el autor intenta sembrar dudas sobre la versión oficial, como ya hizo sobre la de la evolución de los homínidos y el 11-M. Es decir, desde la ignorancia y la desvergüenza.

'El día de mañana', de Bruno Cardeñosa.“¿Por qué no se plantean qué es el sida realmente? Si acudimos a las fuentes médicas y oficiales, el virus VIH es el detonante de la enfermedad. ¿Y cómo se determina que en realidad alguien es portador del mortal bichito? Pues realmente no hay una forma efectiva de afrontar la incógnita, porque para la OMS son una serie de factores externos (“pérdida de peso corporal de más del 10 por ciento, diarreas, fiebres, hongos laringáricos, prurito, herpes, etc.”) que si se dan en conjunto en una persona son sintomáticos del sida. En realidad, la famosa prueba del sida no hace más que medir si existen dichas enfermedades en conjunto porque, hasta el momento, en revistas científicas como el Journal of Virology nadie ha presentado las fotografías necesarias en el modo que se hace con todos los otros virus. Incluso existen agrupaciones críticas y disidentes que ofrecen una poderosa recompensa a quien atrape las pruebas gráficas necesarias del VIH. Nadie lo ha hecho aún; el premio está desierto”, escribe Cardeñosa en El día de mañana.

Este párrafo es un disparate, se mire por donde se mire. Para empezar, el autor confunde portar el “mortal bichito” con estar enfermo de sida. Ser seropositivo -haber sido infectado por el VIH- no es lo mismo que sufrir el sida. De hecho, pueden pasar años desde que uno resulta contagiado hasta que padece la enfermedad y cabe la posibilidad de que ésta nunca se declare si el paciente vive en un país desarrollado y toma la medicación prescrita por los médicos, no por los disidentes ni otros charlatanes. La prueba del sida – como se la conoce popularmente- no mide, como dice Cardeñosa, si existe algún tipo de enfermedad, sino si el VIH está o no en el cuerpo del paciente. Si la prueba detecta el virus, el paciente es seropositivo y podría llegar a desarrollar el sida; si no, no tiene que preocuparse, en lo que esta enfermedad se refiere. Cardeñosa no conoce ninguna foto del VIH porque ni se ha molestado en buscarla en Google: el virus del sida se fotografió por primera vez en 1985 y existen muchas imágenes de él. Claro que el periodismo responsable está en las antípodas de lo que practican este ufólogo reconvertido en conspiranoico y sus colegas. Sólo una cosa diferencia a individuos como Cardeñosa del espiritista que anuncia que va a contactar con John Lennon o de Levon Kennedy diciendo tonterías en El castillo de las mentes prodigiosas, que los primeros son mucho más peligrosos.

Las insensateces sobre el sida que alimenta el autor de El día de mañana y antes han propalado otros vendedores de misterios pueden llevar a mucha gente a bajar la guardia ante el virus por creerse la patraña de que el sida no está causado por el VIH. A ver, entonces, ¿qué lo causa?, ¿dónde están los artículos científicos que demuestran que miles de investigadores de todo el mundo están confundidos, que lo que ven en el laboratorio es mentira?, ¿cómo explican Cardeñosa y sus amigos que el VIH no cause el sida y que los fármacos diseñados para frenar el virus impidan, sin embargo, que se desate la enfermedad?

Yo estoy de acuerdo con el doctor House, ¿y usted?

Gregory House no sólo tiene buen ojo clínico, sino que además dice las cosas a las claras. Las suelta sin anestesia en un mundo que embobece por momentos, según se imponen lo políticamente correcto y la estúpida idea de que todas las opiniones son respetables. El doctor de la Fox no tiene pelos en la lengua y, gracias a eso, suele dejar en el aire juicios memorables, verdades como puños que poca gente se atreve a decir por el qué dirán y que a él le dejan decirlas porque es un personaje de ficción.

Un buen ejemplo, ligado con los temas que tocamos en Magonia, lo ha dado recientemente en el episodio titulado “El amor hace daño”, en el que un joven ingresa en el hospital universitario Princeton-Plainsboro después de haber pasado por un acupuntor que le mandó a un armonizador del chi, que le envió a un homeópata, que le derivó a un quiropráctico, que le mandó a un naturópata, que le volvió a enviar al acupuntor original. Cuando el doctor House se entera del periplo de su paciente, que ha pasado medio año de médico alternativo en médico alternativo, pone el grito en el cielo. “Está claro que los seis meses que perdió con esos charlatanes podría haberlos aprovechado mejor yendo a alguien que buscase cosas que existen en el mundo”, concluye antes de ironizar sobre su cerrazón mental y dar una lección práctica sobre el hecho de que hay que basarse en las pruebas. Yo estoy de acuerdo con el doctor House, ¿y usted?

Científicos europeos califican la homeopatía de “forma moderna de curanderismo”

“La homeopatía es una forma moderna de curanderismo sin fundamento científico ni eficacia demostrada”, ha denunciado un grupo de científicos reunido en Bruselas. Después de analizar durante tres días la situación de esta práctica en el continente, los expertos participantes en el duodécimo Congreso Escéptico Europeo han pedido que los Gobiernos no financien investigaciones sobre homeopatía por que hacerlo es “malgastar dinero público”.

Los científicos aplauden el estudio publicado el 27 de agosto por la revista The Lancet, que animaba a los médicos a “ser valientes y honestos con sus pacientes acerca de la ausencia de beneficios de la homeopatía”, y anunciaba que no aceptará ningún artículo más sobre la materia. “Ya es hora de que los médicos y científicos digamos lo que pensamos de la homeopatía”, sentencia el médico holandés Cees Renckens.

Fundamentos falsos

Los fundamentos de la homeopatía -las fuerzas vitales, la ley de la similitud y las diluciones infinitesimales- se han demostrado falsos en los últimos doscientos años, destacan los científicos europeos, quienes añaden que esta práctica no obtiene buenos resultados en ningún estudio bien hecho. “Resulta increíble que la homeopatía no haya sido reconocida en el siglo XXI como lo que es: curanderismo”, ha indicado a este periódico Willem Betz, profesor de la Universidad Libre de Bruselas y experto en pseudomedicinas.

“Debemos dejar de tirar dinero público en un sinsentido, especialmente cuando se están haciendo recortes presupuestarios en áreas vitales”, ha apuntado Amardeo Sarma, presidente del Consejo Europeo de Organizaciones Escépticas (ECSO), entidad organizadora del encuentro de Bruselas, al que asistieron expertos de Europa, América, Asia y África, y en el que España estuvo representada por el Círculo Escéptico. La ECSO tiene entre sus objetivos proteger al público de terapias cuya efectividad no ha sido demostrada y promover la buena práctica en ciencia y medicina.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

¿Funciona la homeopatía?

Valentín Romero se encontró hace unos días en una finca sevillana con diez gatitos recién nacidos de los que cinco sufrían una conjuntivitis infecciosa. “Les preparé un baño con una dilución 30CH y, al cabo de una semana, todos estaban bien. Y un gato no puede sufrir el efecto placebo”, dice el presidente de la Federación Española de Médicos Homeópatas (FEMH). Está convencido de que fue la homeopatía lo que curó a los animales, aunque no puede asegurar que no se tratara de una remisión espontánea y admite que en el preparado no había ni una molécula de principio activo.

“Cuanto más se diluyen las pruebas en favor de la homeopatía, mayor parece ser su popularidad”, advertía el 27 de agosto en su editorial The Lancet. La prestigiosa revista médica publicaba un trabajo según el cual la efectividad de esta práctica se basa únicamente en el efecto placebo y sentenciaba que ha llegado el momento de dejar de perder tiempo y dinero en más estudios para validarla: “Ahora, los médicos tienen que ser valientes y honestos con sus pacientes acerca de la ausencia de beneficios de la homeopatía, y consigo mismos acerca de los fallos de la medicina moderna a la hora de cubrir la necesidad del paciente de atención personalizada”.

Dos siglos estancada

La homeopatía nació hace casi dos siglos. Propugna que una sustancia que provoca los mismos síntomas que una enfermedad puede curarla; que, cuanto más pequeña es la dosis, mayores son sus efectos; y que cada paciente precisa de un tratamiento propio. En el último siglo, la medicina ha incorporado multitud de nuevos métodos de diagnóstico y tratamiento; pero la homeopatía sigue como en el siglo XIX, sin recibir el visto bueno de la ciencia. El estudio publicado en The Lancet constata, después de comparar 110 ensayos clínicos de preparados homeopáticos con otros 110 de medicamentos convencionales, que los primeros curan sólo por el efecto placebo, la fe del paciente en el producto y en quien se lo ha prescrito.

El efecto placebo es una variable con la que se cuenta antes de sacar al mercado cualquier fármaco. En los ensayos clínicos, se administra a una parte de los sujetos el nuevo medicamento y a otra, una sustancia inocua con la misma presentación. Ni el experimentador que la da ni el individuo que la recibe saben si lo que tienen entre manos es el fármaco o el placebo; es lo que se conoce como doble ciego y persigue que las expectativas de los participantes no contaminen los resultados. Por norma, un medicamento tiene que ser más efectivo que un placebo, algo que el equipo de Matthias Egger, de la Universidad de Berna, afirma en The Lancet que no sucede con los productos homeopáticos.

“Hay mucho que decir”, apunta Juan Martín-Ballestero. El secretario de la FEMH, que agrupa a más de doscientos médicos que practican esta disciplina, sostiene que el error es de partida. “La homeopatía no tiene nada que ver con la medicina convencional y por eso los estudios clínicos son un fracaso”. Este médico saca a relucir el viejo dicho de que no hay enfermedades, sino enfermos, y justifica la aparecente contradicción de que se elaboren preparados en serie para una supuesta terapia individualizada. “No es que cada persona tenga un medicamento. Se trata de buscar el más próximo en su similitud. En el caso de cien pacientes con dolores de cabeza, puede haber quince tipos de medicamentos que cubran al 80%”.

Martín-Ballestero admite que resulta difícil de creer que una sustancia sea “energéticamente más potente” cuanto más diluida esté en agua, alcohol o lactosa, y que los fundamentos químicos de la homeopatía contradicen lo que él y sus compañeros estudiaron en la Universidad, ya que emplean disoluciones en las que no queda nada de sustancia curativa. “A partir de 12CH, no hay más que una energía difícil de comprobar”, coincide Romero. “No queda nada; pero es que el agua tiene memoria. Las moléculas desaparecen, pero el medicamento funciona”, mantiene el secretario de la FEMH.

“No puede haber ningún efecto farmacológico”, afirma Juan Carlos López Corbalán, médico y doctor en Farmacia para quien en esta práctica “sólo hay placebo. La forma más fácil de demostrar su inutilidad es el suicidio homeopático”. El año pasado, una veintena de científicos belgas lo promovió como protesta por que las aseguradoras del país incluyeran la homeopatía entre sus servicios médicos. Ingirieron en grupo una dosis infinitesimal -y, por tanto, muy potente, según los principios homeopáticos- de un cóctel de venenos: belladona, arsénico, veneno de serpiente… No les pasó nada.

Un agua muy humana

El biólogo marino Vicente Prieto cree que, “con la homeopatía, estamos hablando más de magia que de ciencia”. Este científico recuerda que el agua no surge de la nada, sino que tiene un ciclo en el que pasa por la atmósfera, se filtra por las rocas, entra en contacto con miles de sustancias… Los homeópatas sostienen que la memoria del agua se activa cuando la agitan después de cada una de las sucesivas diluciones, y él se pregunta: “¿Es que sólo recuerda los buenos elementos que hemos echado en ella en un momento determinado?”.

“Pensar que el agua tiene memoria y que, además, puede seleccionar aquello que más le conviene al enfermo resulta alucinante. Es concederle al agua memoria, bondad, conocimientos médicos e inteligencia. Si al agitar un vaso se activasen los compuestos con los que ese agua ha tenido contacto -incluidos venenos y productos radiactivos-, caeríamos fulminados tras beberlo”, sentencia Prieto. “Los homeópatas sólo venden agua”, dice el abogado Fernando L. Frías, presidente del Círculo Escéptico, asociación dedicada al análisis de las pseudociencias de la que Prieto también es miembro.

De ser real la memoria del agua, todos los controles de calidad carecerían de sentido, tanto en lo que se refiere a la potable como al agua de mar en la que se crían moluscos y peces. El líquido conservaría el recuerdo de las sustancias tóxicas empleadas en su potabilización y de todo tipo de microorganismos y metales pesados: “No importaría que en el momento del análisis no sobrepasara el límite de bacterias fecales; bastaría con que lo hubiera rebasado una vez en su historia”, alerta Prieto.

El físico Carlos Tellería ya llegó a las mismas conclusiones que The Lancet en un informe sobre la homeopatía que preparó, junto a un colega y un médico, para la Generalitat catalana en 1996. Por eso no le ha sorprendido el duro editorial de la prestigiosa revista. “Por mucho que los resultados sean inmejorables, la tendencia a la hipertecnificación de la medicina no acaba de cubrir todas las necesidades del paciente. Cuando va al médico, la gente quiere que la curen, pero también que la escuchen, que atiendan sus necesidades emocionales. El homeópata puede dedicar una hora o más a cada paciente; eso no puede hacerse en la Seguridad Social. Si la homeopatía se integrara en la Sanidad pública, perdería su efectividad, ya que con consultas de minutos perdería el efecto placebo”.

López Corbalán coincide en que gran parte del éxito de la homeopatía radica en que sus practicantes “dedican mucho tiempo y mucho interés a cada enfermo. Hay un amplio grupo de personas que necesita información y mucho mimo, más que un producto complejo. Es lo que hacen los homeópatas”. Este médico llama la atención sobre el hecho de que la homeopatía suela centrarse en enfermedades “que no son graves, pero sí muy molestas. Yo les reto a que traten paradas cardiorrespiratorias, arritmias y procesos infecciosos”. No da mayor importancia al hecho de que los despachos de farmacia vendan productos cuya efectividad no está probada: “Las farmacias son establecimientos sanitarios y comerciales. Hay algunas que venden agua magnetizada, gemas, pulseras magnéticas…”.

“Un gran problema”

Valentín Romero calcula que “en España puede haber unos 1.500 licenciados en Medicina que practican la homeopatía; pero hay otras 10.000 ó 12.000 personas que no son médicos”. Son estimaciones, porque no hay ningún censo. La Organización Médica Colegial (OMC) quiere poner orden en las llamadas medicinas alternativas y, con ese objetivo, ha creado un comité que dirige Cosme Naveda, presidente del Colegio de Médicos de Vizcaya. “Vamos a intentar regular el sector. Partimos de la premisa de que, para hacer un diagnóstico y prescribir un tratamiento, hay que ser licenciado en Medicina”. El grupo de trabajo establecerá los mínimos de formación para ser considerado un experto en la terapia correspondiente y se enfrentará por último a lo que Naveda reconoce que será “un gran problema”.

“A pesar de la realidad social, de la popularidad de este tipo de prácticas, ¿qué pasa si no hay pruebas científicas de su efectividad? ¿Las proscribimos? Si no funcionan, no podremos defenderlas. De hecho, no están incluidas en la medicina pública porque no han demostrado ser efectivas”, admite el responsable del Área de Relaciones con las Terapias Médicas No Convencionales de la OMC, para quien el estudio de The Lancet ha sido “un bombazo, pero es bueno porque va a abrir una línea de trabajo dentro de la comisión”.


Similitud, infinitesimal y personalizada

El médico alemán Samuel Christian Friedrich Hahnemann (1755-1843) formuló los principios básicos de la homeopatía -de las palabras griegas homós (igual) y páthos (sufrimiento)- en 1810 en su tratado Organnon der rationellen heilkunde (el arte de la medicina racional). La homeopatía se basa en la Ley de la Similitud -una sustancia sirve para curar una enfermedad si causa los mismos síntomas que la enfermedad- y la Ley de los Infinitesimales, según la cual, cuanto más pequeña es la dosis de la sustancia administrada, mayores son los efectos en el paciente. La tercera máxima homeopática es que no hay enfermedades, sino enfermos, por lo que todo tratamiento debe ser personal e intransferible, lo que no casa con la producción en serie de preparados y su venta en masa en farmacias.

La preparación de un producto homeopático empieza con 1 gota de principio activo que se disuelve en 99 gotas de agua, alcohol o lactosa (1CH). Luego, se toma 1 gota de esa primera dilución y se mezcla con otras 99 del disolvente elegido (2CH); seguidamente, se toma 1 gota de esa segunda dilución y se mezcla con otras 99 del disolvente (3CH); y así, sucesivamente. Cada vez que se hace una dilución, se tiene que sacudir vigorosamente el preparado para hacerlo activo; es lo que se conoce como dinamización. Los homeópatas prescriben medicamentos de hasta 5.000CH, muy por encima de los 12CH en los que, según las leyes de la química, ya no hay ni una molécula de la sustancia original en el preparado. Entonces, ¿en que basarían su presunta efectividad los medicamentos homeopáticos? Según sus practicantes, en la memoria del agua, un misterioso fenómeno que confiere al líquido propiedades cuasimágicas.


La mala memoria del agua

Sólo una persona ha ganado en el mundo dos premios Ig Nobel, galardones con los que se distinguen anualmente las investigaciones más insólitas y ridículas. En la segunda categoría, fue reconocido doblemente, en 1991 y 1998, el biólogo francés Jacques Benveniste, que murió el año pasado sin ver admitidos por la ciencia sus dos grandes hallazgos: que el agua tiene memoria y que esos recuerdos pueden transmitirse por la línea telefónica e Internet.

Benveniste anunció en Nature en junio de 1988 que el agua es capaz de recordar la presencia de una sustancia disuelta en ella después de que no exista ni una molécula de esa sustancia. El biólogo aseguraba que su descubrimiento explicaba el funcionamiento de los preparados homeopáticos, en muchos de los cuales no hay ni rastro de principio activo. La dirección de la revista publicó el artículo sumida en la incredulidad. Después, un equipo de expertos -encabezado por John Maddox, el director de Nature– viajó hasta el laboratorio del científico, en el Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica (Inserm) francés, y detectó graves fallos metodológicos en las pruebas, que invalidaban los resultados y los hacían irrepetibles. Además, descubrieron que varios miembros del equipo estaban pagados por los Laboratorios Boiron, la multinacional francesa de la farmacopea homeopática. Desde 1988, muchos científicos han intentado replicar los experimentos de Benveniste sin éxito.

Fuera del Inserm, el biólogo continuó con sus investigaciones, cuyos resultados publicaba cada vez en revistas menos importantes, y creó la empresa Digital Biology Laboratory. La firma estaba llamada a liderar la nueva industria farmacéutica, basada en un principio complementario del de la memoria del agua y también descubierto por Benveniste: que los recuerdos del líquido puede transmitirse por teléfono. Ya las farmacias no tendrían que almacenar los medicamentos homeopáticos; bastaría con que agua con memoria de la sustancia deseada transmitiera por teléfono su información desde el laboratorio indicado. El artículo en el que explicaba al mundo tan impresionante hallazgo, publicado en el Journal of Allergy and Clinical Immunology en 1997, le valió a Benveniste su segundo Ig Nobel.

Publicado originalmente en el diario El Correo.