Historia

Un feriante en la corte de Lucy

“Quisiera señalar que ninguno de los involucrados en las investigaciones sobre el Sasquatch ha creído nunca que ese muñeco fuera un Bigfoot”, escribió Jon Beckjord en The Skeptical Inquirer en 1982. Cazador de monstruos, Beckjord no sólo cree que el Sasquatch -una de las denominaciones del Bigfoot o Pies Grandes- habita los bosques norteamericanos, sino que también está convencido de que esa supuesta criatura tiene poderes paranormales. Sin embargo, hasta para él es demasiado tragarse el cuento del Hombre de Hielo de Minnesota, una atracción que recorrió Estados Unidos de feria en feria en los años 60 del siglo pasado y que consistía en un bloque de hielo en cuyo interior había un presunto hombre-mono. La criatura llamó inmediatamente la atención de los criptozoólogos -buscadores de monstruos- Bernard Heuvelmans e Ivan T. Sanderson, quienes tras verla concluyeron que se trataba de un homínido desconocido. La historia empezó a derrumbarse cuando la Institución Smithsoniana manifestó su interés en examinar el cuerpo de lo que Heuvelmans y Sanderson identificaban como un neandertal que había sobrevivido hasta el siglo XX. Entonces, Frank Hansen, el feriante, dijo que había devuelto la pieza a su propietario, un millonario, y que lo que exponía en esos momentos era una réplica. Nunca más se supo del monstruo original y, al final, los criptozoólogos tuvieron que dar marcha atrás en sus afirmaciones cuando salió a la luz que el feriante había encargado la fabricación de un figura de látex a una compañía de efectos especiales de Hollywood. Más claro, agua. Ahora, el engaño de Hansen ha resucitado de la mano de Bruno Cardeñosa en un libro, El código secreto (Grijalbo, 2001), en el que el Hombre de Hielo de Minesota es sólo una de las muchas atracciones fraudulentas, reinventadas o tergiversadas que presenta el autor.

El código secreto es una antología del disparate cuya llegada a las librerías españolas demuestra que ha fallado el mínimo control de calidad al que habría de someterse todo original en una editorial seria. Los despropósitos y falsedades se suceden línea a línea, desde la primera hasta la última página. La mentira aflora ya en la solapa: “Bruno Cardeñosa colabora en diversas revistas de divulgación científica”, dice. Lo cierto es que la carrera periodística del autor -conocido, ante todo, por su actividad como ufólogo- se ha desarrollado exclusivamente en publicaciones, como Más Allá de la Ciencia y la desaparecida Karma.7, que mantienen que es posible adivinar el futuro, comunicarse con los muertos y entrar en contacto con extraterrestres. En esa misma línea, El código secreto -subtitulado Los misterios de la evolución humana– es un libro contra la ciencia y los científicos, escrito, además, desde presupuestos antievolucionistas. Porque resulta evidente que, a la hora de redactarlo, Cardeñosa ha bebido hasta saciarse de uno de los principales adalides del creacionismo hinduista, Michael A. Cremo, coautor, junto a Richard L. Thompson, de Forbidden archeology: the hidden history of human race, publicado en 1993 por la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna.

Las similitudes entre ambas obras son tan descaradas que cabe considerar a El código secreto un remake de Forbidden archeology, una versión española en la que el autor ha incluido, como mucho, un puñado de ideas propias. Cremo y Thompson defienden en su libro que los humanos anatómicamente modernos han existido desde hace cientos de millones de años, que los arqueólogos y paleoantropólogos ocultan e ignoran las pruebas que apuntan en esa dirección, y que el Yeti, el Bigfoot y otros monstruos similares son homínidos de otras especies que han sobrevivido hasta la actualidad en zonas aisladas del planeta. En apoyo de sus dos primeras afirmaciones, recurren a supuestas evidencias fósiles y tecnológicas; para respaldar la tercera, a los testimonios y las pretendidas pruebas recopiladas por los cazadores de seres de leyenda. El libro de Cardeñosa, una peligrosa mezcla de pseudociencia y ciencia mal digerida, sigue el mismo esquema y llega a idénticas conclusiones que el de Cremo y Thompson. Lo único a favor del autor español es que no ha tenido la osadía de enviar un ejemplar a Richard Leakey, como hicieron sus colegas estadounidenses. Así que no tendrá que enfrentarse a críticas como la de Leakey, a quien bastó echar un vistazo al libro para concluir que Forbidden archeology es “una completa tontería y no merece ser tomado en serio por nadie si no es un tonto. Tristemente, hay algunos [tontos], pero eso es parte de la selección [natural] y no hay nada que se pueda hacer al respecto”.

Cuando la realidad resulta incómoda

El juicio del célebre miembro de la saga de los Leakey va como anillo al dedo a El código secreto, una obra alumbrada desde la más profunda ignorancia y con la única intención de sacar tajada, a cualquier precio, de la curiosidad del público por nuestros orígenes. Todo vale para Bruno Cardeñosa a la hora de traficar con misterios inventados y abrirse un hueco en el mercado editorial. Así, en el caso del Hombre de Hielo de Minnesota, oculta a los lectores que en su tiempo se desenmascaró el fraude y habla del hombre-mono congelado como de una prueba de que la “ciencia ortodoxa, que impone su verdad desde los púlpitos, ha ocultado, y sigue haciéndolo, sospechas, hallazgos y pruebas suficientes como para volver a escribir algunos de los episodios más trascendentes de nuestra historia como seres vivos” (p. 13). En aras de la transparencia que predica, Cardeñosa -quien se define como alguien que lleva “más de una década” enfrentándose “a realidades que los científicos prefieren soslayar” (p.16)- cuenta la primera parte de la historia de Hansen y su criatura, pero se olvida del desenlace. “No es cuestión de que la realidad estropee un buen titular”, dice la máxima del periodismo sensacionalista. Esta sentencia se hace libro en El código secreto. Porque el del Hombre de Hielo de Minnesota no es un caso aislado de falsificación de los hechos por parte del autor, sino la punta del iceberg, la primera de una larga lista de verdades a medias con las que intenta llevar a su huerto al lector, engañándole.

No es el objetivo de estas líneas -requeriría de mucho más espacio y tiempo- analizar una a una las presuntas pruebas presentadas por Cardeñosa para apoyar sus disparatadas tesis. Pero sí me voy a detener en dos ejemplos reveladores: las huellas del lecho del río Paluxy y las piedras de Ica. Para el autor, se trata de evidencias que demuestran que el hombre convivió con los dinosaurios. Nada más y nada menos.

El lecho del río Paluxy, en Glen Rose (Texas, EE UU), es punto de referencia obligado cuando se habla de una Humanidad como la plasmada en Los Picapiedra. Allí, indica Cardeñosa, hay huellas de dinosaurios junto a otras de seres humanas que habrían vivido en la época de los largartos terribles. Sin embargo, no es eso lo que sostiene Glen Kuban, un paleontólogo aficionado que demostró en 1989 que algunos de los pies del río Paluxy son en realidad parte de las huellas plantares de dinosaurios. “Algunas pretendidas huellas humanas de Glen Rose -explicaba en la obra colectiva Dinosaur tracks and traces– no se distinguen de huellas metatarsales de dinosaurios, cuyas impresiones digitales han desaparecido rellenadas por el barro, a causa de la erosión o debido a otros factores. Otras depresiones alargadas de Glen Rose incluyen figuras producto de la erosión y posibles marcas de colas, algunas de las cuales también han sido confundidas con huellas humanas”. Los trabajos de Kuban, mediante el análisis cromático y de texturas de las improntas, han demostrado sobre el terreno que las huellas pretendidamente humanas pertenecen en realidad a dinosaurios. Sin embargo, en El código secreto, se desestima esta explicación con el peregrino argumento de que no se ha “encontrado jamás una huella no humana similar” (p. 103) -¿acaso no pueden ser las primeras?- y recurriendo a otros expertos -entre ellos, el “antropólogo Carl Baugh” (p.103)- para quienes los rastros son humanos y datan de hace 140 millones de años. Baugh ni es antropólogo ni tiene ningún título superior, por mucho que Cardeñosa le atribuya falsas credenciales; es reverendo y, como su admirado Michael A. Cremo, un furibundo creacionista cuyas afirmaciones ponen en duda sus propios correligionarios. Una vez más, el fabricante de misterios español opta por la explicación extraordinaria frente a la demostrada por la ciencia, oculta información clave al público y toma partido descaradamente por los antievolucionistas.

Algo parecido ocurre con las piedras de Ica (Perú), grabadas con escenas de caza de dinosaurios, complejas operaciones quirúrgicas y viajes aéreos a bordo de aves antediluvianas. El grupo de defensores de estas piezas, cuyo propietario es el médico limeño Javier Cabrera, se reduce a un puñado de fabricantes de paradojas -como acertadamente los denominaba el fallecido Carl Sagan– liderado por Juan José Benítez, quien exprimió este filón lítico en su libro Existió otra humanidad (1975). A pesar de las confesiones de los campesinos, que han reconocido que realizan los grabados para vender las piedras al crédulo de Cabrera, y de que numerosos análisis han demostrado que las incisiones son recientes y se han utilizado lijas, sierras y ácidos, Cardeñosa rebusca entre los estudios para encontrar un par -uno ambiguo y otro escasamente fiable- de los que colgar su tesis: “Que los grabados se efectuaron en la misma era geológica en la que se formaron las piedras. Es decir, en la era de los dinosaurios” (p. 98). La navaja de Occam vuelve a funcionar al revés; curiosa forma de proceder en un autocalificado divulgador científico.

Los burdos ejemplos de Paluxy e Ica están acompañados de otros muchos, pobremente descritos, de descubrimientos paleontológicos y tecnológicos que desafiarían, según el autor, nuestra concepción actual de la evolución humana: huesos de Homo sapiens en estratos de hace 280 millones de años -el hombre habría surgido en el camino evolutivo antes que los mamíferos, pero eso no parece turbar al autor-, huellas de zapatos de hace 500 millones de años, clavos de hace 360 millones de años, herramientas de piedra de hace 5 millones de años en Portugal… Muchos son hallazgos del siglo XIX o principios el XX que, como las malas películas, no han superado el paso del tiempo. Cardeñosa, obviamente, sólo cuenta en estos casos una parte de la historia o, cuando presenta las dos, tergiversa la explicación convencional para engordar el misterio. En general, hace lo mismo que sus maestros Cremo y Thompson, quienes ignoran que tan importante o más que una pieza concreta es localizarla debidamente en su contexto y que el valor histórico de los materiales recuperados en una excavación reside en que se extraigan de forma sistemática, en que luego se pueda reconstruir el yacimiento en el laboratorio.

Por si eso fuera poco, vuelve a ocultar al lector en numerosas ocasiones que se ha demostrado hace tiempo que esos hallazgos que, en su opinión, no encajan en el escenario abocetado por los especialistas o bien no se encontraron donde se dijo en un principio o bien no corresponden a lo que se pretende. Es decir, Cardeñosa lleva a la práctica lo mismo que achaca a los científicos cuando afirma que “la historia de la evolución humana se ha borrado de acuerdo con el guión preestablecido. Si algo no encaja, se menosprecia. O se encaja a la fuerza, a riesgo de faltar a la verdad y a la razón empírica” (p. 162). Como sentencia el dicho castellano, “cree el ladrón que todos son de su condición”. Pero todo vale a la hora de trasladar la propia falta de rigor a otros, incluido culpar de la situación a esas imaginarias conspiraciones tan del gusto de los charlatanes pseudocientíficos: “Las pruebas de tan arriesgadas afirmaciones [se refiere a la existencia de Homo sapiens hace decenas de millones de años] están en esos archivos secretos que la ciencia y los científicos parecen empeñados en mantener lejos del alcance del gran público, por la sencilla razón de que no se ajustan a los patrones establecidos” (p. 147).

Todo el genoma en un cromosoma

El código secreto es un libro que ataca a la ciencia, pero que, al mismo tiempo, se sirve de ella para intentar disfrazar su mensaje hostil de inocente y bienintencionada heterodoxia. Cardeñosa mezcla indiscriminadamente información científica -muchas veces, erróneamente interpretada- con otra procedente de fuentes pseudocientíficas. A ojos del lector, coloca a la misma altura la posibilidad de que el hombre conviviera con los dinosaurios que los hallazgos de Olduvai, a Lucy que al Yeti. Otorga, a charlatanes como Erich von Däniken, Peter Kolosimo, Jacques Bergier y Zecharia Sitchin, la misma o más credibilidad que a científicos como Glen Kuban, Juan Luis Arsuaga, José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell. Todos ellos, sin distinción, son investigadores. Así, abundan ejemplos de travestismo intelectual como el del ufólogo frances Aimé Michel, reconvertido en el mucho más digno de crédito “antropólogo galo Aimé Michel”, y hasta el más delirante charlatán ibérico se transmuta en investigador. A la hora de elaborar el libro, Cardeñosa ha seguido esa misma línea y se ha nutrido, a partes iguales, de literatura pseudocientífica y de auténtica divulgación. De los 67 libros que cita y recomienda en la bibliografía, más de una treintena corresponde a ufólogos y a quienes propugnan que la Tierra fue visitada en el pasado por extraterrestres que enseñaron a nuestros torpes ancestros a hacer maravillas: títulos como Astronaves en la Prehistoria, de Kolosimo, y Los extraterrestres en la historia, de Bergier, se recomiendan junto a El origen de las especies, de Charles Darwin, y La especie elegida, de Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez. Y, en lo que se refiere a las revistas, equipara, por ejemplo, las demenciales Año Cero y Enigmas con Nature, Science e Investigación y Ciencia. Es una manera como otra cualquiera de sembrar la confusión, de minar la capacidad crítica del lector poco informado, que, desorientado, concederá el mismo crédito a todas las fuentes y autores citados. Un juego sucio que no sólo practica, sino del que también se beneficia personalmente el propio Cardeñosa.

El autor se presenta reiteradamente como divulgador o periodista científico porque es indudable que, de un tiempo a esta parte, esa denominación da una especie de pátina de credibilidad. Es posible que engañe a los más incautos; pero a nadie medianamente informado, porque, sin entrar en profundidades, su ignorancia es manifiesta respecto a la evolución, a la paleoantropología, a la arqueología, y a la ciencia y a la cultura en general. Concede la misma relevancia a pruebas consistentes que a otras que no lo son, prefiere siempre las explicaciones extraordinarias a las ordinarias, pero pone la guinda a su incompetencia cuando incurre en muestras evidentes de analfabetismo científico. Algunas tan brutales que cualquiera que siga la actualidad a la través de la Prensa es capaz de detectarlas. También sin ánimo de ser exhaustivos, veamos un par de ejemplos.

Cardeñosa dedica parte de su obra a describir los conocimientos actuales sobre la evolución humana -lo que sabe la que él denomina ciencia oficial– y, evidentemente, incluye información sobre los descubrimientos realizados en los últimos años en los yacimientos de Atapuerca. Lo primero que demuestra es una clara hostilidad hacia el trabajo de Arsuaga, Bermúdez de Castro y Carbonell, los codirectores de las excavaciones burgalesas, de quienes dice que “su ansia de inmortalidad científica les ha llevado a vender más titulares que verdades” (p. 280). “Atapuerca es, sobre todo, espectáculo”, mantiene, y añade que “los habitantes del pasado de Atapuerca son un monumento nacional intocable, pero repleto de claroscuros. Tiene sus luces, y muchas. Pero Atapuerca es, a mi entender, sinónimo de misterio y también de polémica. Atapuerca está oscurecida por largas sombras y pronunciadas sospechas. Hoy por hoy, el hombre de Atapuerca, llamado científicamente Homo antecessor, no es el primer europeo. Tampoco el primer español. Y, ni mucho menos, el eslabón perdido” (p. 163).

Eludamos la referencia al eslabón perdido que el autor se saca de la manga y concedamos que los vestigios de homínidos de hace 1,8 millones de años hallados en Dmanisi (Georgia) se encuentran geográficamente en Europa, ¿cuál es el primer homínido conocido que habitó la Península? Cardeñosa afirma que el denominado hombre de Orce. Y, para respaldar su aseveración, no duda en volver a falsear la realidad. “Hay algo que, según todos lo investigadores, no admite discusión: el hombre de Orce fue Homo” (p. 63), dice en apoyo a un fósil que, sin embargo, rechaza la mayoría de los especialistas. Porque el autor de El código secreto vuelve aquí a mentir: Josep Gibert se ha quedado prácticamente solo en la defensa de la humanidad de los restos de Orce, lo que no significa que los yacimientos de la vega granadina no vayan a deparar en los próximos años sorpresas deseadas por todos los paleoantropólogos españoles. Si Cardeñosa hubiera hablado alguna vez con Arsuaga, Bermúdez de Castro y Carbonell -cosa que no ha hecho-, les habría oído decir repetidamente que la carrera por el más antiguo de es estúpida y anticientífica, que esa imagen que él presenta de la investigación paleoantropológica como una competición en la que los protagonistas poco menos que se apuñalan por defender sus fósiles y someten la evidencia al orgullo no tiene nada que ver con la realidad. Reducir Atapuerca al primer europeo es un despropósito: estamos hablando de unos yacimientos que resumen el último millón de años de historia humana en Europa, en los que se ha encontrado una nueva especie, con una riqueza de fósiles humanos inigualable, con abundancia de restos de cultura material, etcétera. Pero, aún siendo una muestra de frivolidad supina, no es esto lo más grave. Se puede entender que, en su ánimo de reescribir la historia a su gusto, Cardeñosa tergiverse una vez más la realidad. Lo difícilmente comprensible es que alguien que firma una obra sobre la evolución humana se haga un lío de proporciones mayúsculas con lo hallado en Atapuerca, un lío que, en esta ocasión, no creo malintencionado, sino simplemente consecuencia de la ignorancia.

Como casi todo el mundo sabe, hay dos zonas particularmente famosas en las excavaciones de Atapuerca: la Sima de los Huesos y la Gran Dolina. La primera es una cavidad situada al fondo de una caída vertical de trece metros en las profundidades de Cueva Mayor. La segunda es una cueva que se excava al aire libre porque salió a la luz cuando se abrió la Trinchera del Ferrocarril a finales del siglo XIX. En la Sima de los Huesos, se han encontrado restos de una treintena de Homo heidelbergensis, que datan de hace 300.000 años y cuya disposición lleva a sospechar a Arsuaga, Bermúdez de Castro y Carbonell que nos encontramos ante el primer enterramiento conocido. En aquella época, la sima estaba conectada con el exterior por una boca después cegada, y los investigadores creen que por allí tiraban los Homo heidelbergensis a los cadáveres para que quedaran depositados al fondo de la cavidad. Los restos de la Gran Dolina son muy diferentes y mucho más antiguos. Datan de hace unos 800.000 años y corresponden a individuos de Homo antecessor que, a partir de las huellas de descarnación que presentan los huesos, fueron víctimas de un banquete caníbal. De un fenómeno cultural que, en opinión de Arsuaga, no era habitual. Pues bien, este simple puzzle es de imposible comprensión para Cardeñosa, que, gracias a la publicación de su libro, transmitirá su ignorancia a los lectores que se acerquen por primera vez a los hallazgos de Atapuerca.

El autor de El código secreto dice que “aquellos supuestos antecesores no vivían en el interior de la Gran Dolina, sino que fueron arrojados, es de suponer que ya sin vida, por otros homínidos de la época. En realidad, la cueva vendría a ser el primer cementerio del que tendríamos constancia” (p. 175). Los adjetivos sobran ante esta muestra de ignorancia. Cardeñosa confunde la Sima de los Huesos con la Gran Dolina, y Homo antecessor con Homo heidelbergensis, juntando de un plumazo medio millón de años de historia y mezclando episodios que no tienen que ver entre sí. Por ello, provoca la risa que alguien capaz de plasmar con tanta desvergüenza su ignorancia para que quede memoria histórica de ella en forma de libro -la existente en forma de artículos y programas de radio es apabullante- afirme que “todos podemos” elaborar nuestros propios árboles genealógicos sobre el origen del hombre, “no olvidemos la figura del más conocido experto del mundo, Richard Leakey, que decididó abandonar la universidad para investigar” (p. 44). Una desfachatez que se entiende mejor cuando Cardeñosa tampoco duda en adentrarse como elefante en cacharrería en el campo de la genética y nos descubre que “cada cromosoma [humano] puede tener más de 30.000 genes” (p. 202). ¡Impresionante! El número de nuestros genes oscila entre 30.000 y 40.000, según las estimaciones de los especialistas, frente a los alrededor de 100.000 que se creía hace unos años. Sin embargo, Cardeñosa habla de “más de 30.000 genes” en ¡cada cromosoma!, lo que -multiplicado por los veintitrés cromosomas- supondría que el genoma humano tendría unos 700.000 genes. Este error demuestra su categoría profesional y pone en su justo término la credibilidad que merece.

Una evolución teledirigida

Podría extenderme mucho más en esta crítica, pero voy, en este último tramo, a presentar en pocas pinceladas las disparatadas conclusiones del autor, deteniéndome, eso sí, en la idea que da origen al título. Cardeñosa se carga lo que sabemos de la evolución humana, basándose en pruebas que ningún científico considera como tales y apoyándose en material recopilado por antievolucionistas confesos como Michael A. Cremo y Richard L. Thompson. Así, concluye que ya había seres humanos en la época de los dinosaurios y que existieron Homo sapiens en Europa, África y América hace decenas de millones de años. Todas esas Humanidades, sin embargo, se extinguieron y nosotros somos los descendientes de otra que surgió hace unos 150.000, lo que dice la ciencia oficial. Mantiene Cardeñosa también que tenemos algo de neandertales, por mucho que hasta el momento lo que se ha demostrado es que no es así, y que de hecho homínidos que se creen extintos siguen habitando entre nosotros: neandertales serían los abominables hombres de Rusia y Asia Central, pero también algunas poblaciones de Marruecos; Homo erectus serían “los hombres salvajes de algunas islas asiáticas”; Australopithecus, los monstruos humanoides africanos; y Gigantopithecus, el Yeti y otros. “En definitiva, los eslabones de la cadena humana permanecen aún vivos sobre la faz de la Tierra, esperando el momento en que la ciencia se ocupe de ellos” (p. 378), sentencia el autor.

Bruno Cardeñosa titula su libro El código secreto por la sencilla razón de que cree en una evolución teledirigida o, lo que es lo mismo, en una evolución que no es otra cosa que un creacionismo disfrazado. Para él, la vida no sólo llegó del espacio -abraza la tesis de la panespermia-, sino que además “los mecanismos primigenios que dieron origen a la vida estuvieron regidos por unas leyes ajenas a la evolución” y “aquellas primitivas formas de vida tenían en su soporte interno algo parecido a una orden: evolucionar hacia formas más complejas. Disponían, en suma, de un código secreto que señala que el objetivo último de la evolución es el Homo sapiens” (p. 397). Ésta es la conclusión de una obra que pretende ser “un libro de denuncia que quiere poner sobre la mesa cientos de pequeñas pruebas e indicios que deberían obligar a los científicos a reescribir la historia”, y que se desinfla como un globo en cuanto se leen las primeras líneas.

Bruno Cardeñosa [2001]: El código secreto. Los misterios de la evolución humana. Editorial Grijalbo (Col. “Huellas Perdidas”). Barcelona. 418 páginas.


Agradecimientos

A José María Bello por haberme guiado en algunos tramos oscuros, haber colaborado desinteresadamente en la búsqueda de información y haber aportado mejoras sustanciales al original. A Julio Arrieta, Pedro Luis Gómez Barrondo, Borja Marcos y Víctor R. Ruiz por haber leído el original con minuciosidad y haber detectado errores que, gracias a ellos, han sido subsanados. Cualquier error en este texto es responsabilidad exclusiva del autor.

Publicado originalmente en El Escéptico Digital.

Los hombres-peces de Sirio viajan en carros de supermercado interestelares

Hombres-peces del sistema estelar de Sirio llegaron a la Tierra hace unos mil años, entraron en contacto con el pueblo dogon en lo que hoy es Mali y prometieron regresar. Es el último descubrimiento de Juan José Benítez, quien recrea el desembarco alienígena en una escena de Planeta encantado, la serie que emite Televisión Española (TVE). El tercer episodio de esta superproducción, Los señores del agua, está dedicado al misterio de Sirio y llega a ser tedioso cuando, durante minutos y minutos, el periodista juega al documental etnográfico para que la historia de los dogones y la estrella Sirio B, invisible al ojo desnudo, no se agote en diez minutos.

La historia de Sirio, la estrella más brillante del cielo, sus dos invisibles compañeras y los dogon tiene más de medio siglo. Los primeros que la contaron fueron los antropólogos franceses Marcel Griaule y Germaine Dieterlen. En 1950, publicaron en el Journal de la Société des Africanistes un artículo, titulado “Un sistema sudanés de Sirio”, en el que afirmaban que la cosmogonía de la tribu africana giraba en gran parte alrededor de Sirio –sigu tolo en la lengua dogon- y dos estrellas compañeras, según habían narrado varios ancianos a Griaule. Sirio B no pudo ser fotografiada hasta 1970 y Sirio C fue descubierta en 1995. Entonces, ¿cómo sabían los primitivos dogon de su existencia? Griaule y Dieterlen no hicieron en el artículo original mención alguna a lo extraordinario del conocimiento de los dogon, destaca el arqueólogo belga Filip Coppens en el artículo sobre el enigma de The encyclopedia of extraterresstrial encounters, una indispensable obra colectiva dirigida por Ronald D. Story. Fue Robert K.G. Temple, autor de El misterio de Sirio (1977), el primero que llamó la atención sobre el fantástico conocimiento de ese pueblo africano y lo atribuyó a visitantes extraterrestres, aunque ahora Benítez diga que él ya se dio cuenta de la trascendencia del trabajo de Griaule y Dieterlen en 1972, y quedó “desconcertado y fascinado”.

El intento de apropiación del descubrimiento del enigma es sólo el primero de los desmanes cometidos por el periodista en Los señores del agua. Benítez no cita en el documental a Temple en ningún momento y presenta una versión de los trabajos de Griaule y Dieterlen que poco tiene que ver con la realidad. Así, afirma que el primero “supo de la increíble cosmogonía dogon” en 1931 y destaca que, por aquel entonces, Sirio B no había sido fotografiado y era, por tanto, “imposible que la tribu estuviera al corriente del hallazgo”. La verdad es que Griaule recibió la primera noticia de las creencias siriacas de Ogotemmel, un viejo dogon ciego, en 1946 y, por otro lado, la existencia de Sirio B era conocida por la ciencia desde 1862 y varios observadores creyeron ver Sirio C entre 1920 y 1930.

Para quienes lo han estudiado con seriedad, la clave del misterio estriba en que no hay nada en la cosmogonía atribuida a los dogon que no supiera la ciencia en 1931, cuando Griaule empezó su investigación en Mali. Como indica Carl Sagan en El cerebro de Broca (1974), los conocimientos astronómicos de ese pueblo africano incluían, además, la existencia de los cuatro satélites interiores de Júpiter y de los anillos de Saturno, así como que la órbita de los planetas es elíptica. Todo ello se sabía ya en 1930. Sin embargo, los dogon no conocían los anillos de Urano, descubiertos en 1977, lo que, apunta Sagan, “propicia la tesis de que sus informadores no fueron extraterrestres, sino europeos”. Seguramente, se trató de un fenómeno de asimilación cultural, de transmisión de información por parte de un misionero o un explorador antes de la llegada de Griaule. “El pueblo dogon obsequió al visitante con su mitología sobre la estrella. Luego, con una sonrisa, llenos de expectación, tal vez preguntasen al visitante por su mito sobre Sirio, interesándose por la leyenda de un pueblo extranjero sobre tan importante estrella”, lucubraba el astrofísico a principios de los años 70, al tiempo que recordaba que “por entonces la oscura compañera de Sirio era una sensación astronómica de moda”.

Pudo ocurrir eso o que, como apunta Coppens, Marcel Griaule, quien era aficionado a la astronomía, fuera el origen de todo. Posteriormente, ningún otro antropólogo ha encontrado pruebas de ese conocimiento astronómico procedente de visitantes de Sirio. Walter van Beek, un antropólogo belga que pasó once años con los dogon, no halló rastro alguno de ese saber secreto que Griaule atribuía a un 15% de los indígenas. Además, hablando con los informadores originales del investigador francés, descubrió que discrepaban entre ellos sobre qué estrella era sigu tolo, la que Griaule había tomado por Sirio B. Para unos, se trataba de una estrella invisible; para otros, de Venus. “Todos coincidían, no obstante, en que lo que habían aprendido de la estrella se lo había enseñado Griaule”, afirma Van Beek. ¿Y qué dice Benítez?

El periodista navarro no cuenta nada de esto en el episodio de Planeta encantado dedicado al misterio de Sirio, del que pasa media hora de aburrida etnografía de enciclopedia antes de ver al primer anciano dogon sentado junto al escritor. Los viejos de la tribu le cuentan entonces a las primeras de cambio -¡a ver si aprenden los antropólogos!- la historia de los hombres-peces que llegaron a la Tierra en una nave espacial con forma de carro de supermercado interestelar, pero sin ruedas. Y el escritor concluye que el encuentro entre los dioses y los dogon tuvo lugar hace unos mil años y está en el origen de la cosmogonía siriaca de Griaule. Hay tres momentos en los que el ridículo llena la pantalla: cuando se recrea la llegada de los habitantes de Sirio a Mali; cuando Benítez saca de la cartera fotos de ovnis, se las enseña a los ancianos, y éstos le dicen que son como la nave de los dioses y que, si él tiene las imágenes, es porque es un hombre sabio; y cuando el periodista relaciona el símbolo que corona las máscaras rituales dogon con el de los ummitas, los extraterrestres inventados por José Luis Jordán Peña que algunos ufólogos creen que viven entre nosotros desde hace décadas. Por lo demás, para vender sus extraterrestres, Benítez oculta a los espectadores todas las investigaciones serias que se han hecho tras la de Griaule. A fin de cuentas, ése es el negocio en el que lleva metido más de tres décadas y por el que parece apostar una televisión pública a la que, como al autor navarro, da la impresión de que la verdad importa un bledo.

Las estatuas de la isla de Pascua se trasladaron hasta sus altares volando

El segundo episodio de Planeta encantado, la serie de Juan José Benítez que emite Televisión Española (TVE), incluye una de las escenas más ridículas vistas en un documental: los moais -así se llaman las estatuas de la isla de Pascua– levantan vuelo cual supermanes sin capa para colocarse en sus ahus, como se denominan los altares sobre los que reposan. Quien quiera disfrutar del momento tendrá que esperar hasta el final de La isla del fin del mundo, documental en el que nada tiene que ver el aburrido y mentiroso discurso de Benítez con lo que contó Thor Heyerdahl en Aku-Aku (1957), libro cuya excelente traducción fue obra del ufólogo Antonio Ribera y que tiene una preciosa descripción del lugar en su primera página: “La isla de Pascua es el sitio habitado más solitario del mundo. La tierra firme más próxima que pueden ver sus habitantes está en el firmamento y consiste en la Luna y los planetas”.

Benítez no va a la remota isla del Pacífico a la caza de vestigios de extraterrestres en la Antigüedad. “Los moais encierran aún algunos misterios, pero en mi opinión nada tienen que ver con seres extraterrestres”, sentencia en un arrebato de sensatez. Que nadie se asuste; es sólo un espejismo. El novelista es uno de esos expertos que rechazan un disparate para decir inmediatamente después otro más gordo, como el ufólogo sevillano Ignacio Darnaude Rojas-Marcos, quien no habla de los ovnis como simples naves extraterrestres, sino que mantiene que la mayoría surge “en nuestro provinciano entorno espacio-temporal desde intangibles niveles de vibración alternativos”. Vamos, que los marcianos verdes son nuestros vecinos de universos paralelos.

El gran problema -“el verdadero e irritable enigma” de Pascua, en opinión de Benítez- es cómo se transportaron los moais desde la cantera del volcán Rano Raraku hasta sus emplazamientos definitivos. Las “peregrinas soluciones” de Heyerdahl y otros no convencen al periodista, para quien la teoría del arrastre sobre troncos choca con dos grandes inconvenientes: la necesidad de “cientos o miles de hombres” y la inexistencia en la isla de madera idónea para llevar a cabo la tarea. Sin embargo, como recuerda el arqueólogo Kenneth L. Feder en su libro Fraudes, mitos y misterios (1990), cuando Heyerdahl se puso manos a la obra, “seis hombres sacaron de una cantera una estatua de cinco metros de largo en sólo cinco días. Un grupo conformado por varios isleños erigió un antiguo moai en un periodo muy corto, utilizando cuerdas y palancas. Las estatuas fueron movidas a lo largo de los viejos caminos utilizando trineos de madera y sogas”. Respecto al origen de la madera, se sabe que el toromiro era muy abundante en la isla en la época en la que se levantaron las estatuas, cuando en Pascua crecían también otras especies vegetales ahora inexistentes.

El novelista recurre a mentiras para vender su ficción: que los moais flotaron desde la cantera hasta los ahus gracias al maná, el poder sobrenatural del rey y los sacerdotes. Benítez afirma que ésa es la explicación que le han dado los ancianos pascuenses y se lamenta de que no cuente para los científicos. Lógico, no cuenta porque la ciencia tiene desde hace décadas una explicación que no precisa ni de poderes misteriosos ni de extraterrestres, ni de nada por el estilo. Es lo mismo que sucede cuando alguien sostiene que Dios creó el mundo en siete días, que modeló al hombre en barro y a la mujer a partir de una costilla de aquél, que hubo un Paraíso terrenal, que todos los seres vivos se salvaron de un Diluvio universal a bordo de un arca y otras historias que sólo se diferencian de la del maná de los reyes y sacerdotes pascuenses en que son nuestros mitos. Poner a los moais a volar sobre Pascua es tan ridículo como explicar el origen del hombre recurriendo a un anciano de barba blanca que trabaja la arcilla.

El legado de los Picapiedra

Javier Cabrera Darquea fue el heredero de los Picapiedra, el guardián del “más revolucionario y antiquísimo mensaje de que tenemos noticia” [Benítez, 1975]. El texto está grabado en más de 15.000 piedras de diversos tamaños que el médico peruano tenía apiladas en tres habitaciones del centro-museo de Ica, como pomposamente llamaba a su casa. Los cantos rodados de Cabrera son el único vestigio de un pasado remoto en el que el hombre cazaba dinosaurios, realizaba complejas operaciones quirúrgicas, surcaba los cielos a bordo de aves antediluvianas y escrutaba el firmamento a través de telescopios. Las piedras de Ica son, para algunos, el “más importante descubrimiento de esta humanidad”. Su propietario estaba convencido de que demuestran que la Tierra albergó una avanzada civilización en el Mesozoico.

Todo empezó en 1966, cuando el médico recibió de un amigo “una pequeña piedra de color, en la que aparecía un extraño pájaro”. El pisapapeles atrajo la atención de Cabrera, quien llegó a la conclusión de que el ave era un pterosaurio, representante de un grupo de reptiles voladores extinguido hace 65 millones de años. Preguntó a su amigo dónde había conseguido el pedrusco y éste le dijo que los grababan los campesinos de Ocucaje, un poblado próximo a Ica. Intrigado, consiguió dar poco después con los indígenas que vendían los cantos grabados y empezó a comprar todas las piedras que ponían ante sus ojos. Descubrió que los guijarros que le proporcionaba masivamente Basilio Uchuya podían ordenarse en series.

Una civilización tecnológica en el Mesozoico

Nueve años después, la biblioteca lítica estaba compuesta por cerca de 11.000 ejemplares, que constituían “la más estremecedora, rotunda y completa prueba de la existencia de otra civilización que pobló el planeta” en la época de los dinosaurios [Benítez, 1975]. Entonces, apareció en escena Juan José Benítez, reportero del rotativo bilbaíno La Gaceta del Norte. El periodista se sintió cautivado por Cabrera y por unas piedras que demostraban unos conocimientos “que han hecho palidecer nuestra soberbia civilización”. Así, aprendió que de los huevos de dinosaurio salían larvas, que luego sufrían una metamorfosis -cual gusano de seda- y se convertían en tiranosaurios, brontosaurios o triceratops. Así, se sintió maravillado por los conocimientos médicos de los terrestres antediluvianos, capaces de realizar trasplantes de corazón, riñón, pulmón, hígado… y hasta cerebro. Así, supo que la desaparición de los lagartos terribles había sido causada por los hombres gliptolíticos -como llamaba Cabrera a los productores de piedras- y el choque contra nuestro planeta de dos de sus tres satélites, que provocó a su vez el hundimiento de Atlántida. Así, se enteró de que aquella civilización no sólo conocía la aviación, sino también de que había abandonado la Tierra en dirección a las Pléyades poco antes del cataclismo. Y el intrépido reportero volvió a España dispuesto a difundir a los cuatro vientos lo que con el tiempo se convertiría en uno de sus misterios favoritos.

Los hombres gliptolíticos eran, según los grabados, pequeños seres cabezones de largas narices, que sólo vestían taparrabos y cubrían sus cráneos con tocados de plumas. A pesar de ser capaces de realizar complicadas intervenciones quirúrgicas, los cirujanos mesozoicos ni usaban guantes ni cubrían sus rostros con mascarillas. Exploraban el cielo con telescopios, volaban a bordo de pájaros mecánicos y viajaban a otros planetas; pero, cuando declararon la guerra a los dinosaurios, lo hicieron sólo armados con primitivas lanzas y cuchillos. Su civilización fue planetaria y construyó las pirámides de Egipto “para captar la energía electromagnética”, explicaba Cabrera. Los egipcios, aseguraba el médico, “carecían de los necesarios medios técnicos para mover y levantar una gran obra como la pirámide de Keops” [Benítez, 1975]. Sin embargo, ni en las pirámides aparecen enanos con tocados de plumas ni se han encontrado piedras similares a las de Ica en ningún otro rincón del planeta.

Fernando Jiménez del Oso cree que “hasta lo aparentemente absurdo puede ser realidad, y las piedras de Ica son una buena prueba de ello” [Jiménez del Oso, 1989a]. El visionario psiquiatra es capaz de justificar lo injustificable, hasta el uso de hachas y puñales en la caza de dinosaurios. “Tal aparente incongruencia -dice- puede explicarse de varias formas; entre otras, la muy simple de que una cultura que evoluciona en lo técnico no ha de recorrer forzosamente el mismo camino que otra, en tanto que los descubrimientos más significativos suelen deberse a la casualidad. De igual manera, también podría estarse aludiendo a un deporte o a un rito, tan discrónico como pueda ser hoy matar toros con un estoque cuando se dispone de ametralladoras” [Jiménez del Oso, 1989b; 23]. El fabricante de misterios pasa por alto que Cabrera describe la masiva matanza de dinosaurios como una guerra a muerte entre humanos y reptiles, en la que lo lógico hubiera sido que el hombre gliptolítico hubiera utilizado potentes armas y no cuchillos, hachas y lanzas.

La Tierra mesozoica del médico peruano no tiene nada que ver con la de la geología. El mundo de Javier Cabrera incluye Atlántida y Lemuria, y la consiguiente catástrofe planetaria. En el caso de las piedras de Ica, el cataclismo se produce al chocar contra el planeta dos de sus tres lunas. Benítez ha reivindicado la figura de Cabrera como precursor de la teoría científica según la cual la caída de un meteorito provocó la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años [Benítez, 1994]. El escritor afirma que el coleccionista de piedras se anticipó en años a Luis y Walter Álvarez, pero eso es mentira (1). El novelista mezcla churras con merinas para confundir a sus lectores y dar credibilidad a los disparates de Cabrera, quien dice que la caída de dos lunas –nunca de un meteorito- “contribuyó a la anulación del mecanismo reproductor de los reptiles”. En lo único en lo que es precursor el médico es en llevarse la leyenda de Atlántida hasta la época de los dinosaurios y en poblar la Tierra de enanos narigudos, cuya avanzada civilización tampoco lo debía de ser tanto cuando dejó su mensaje toscamente plasmado en piedras.

Curiosamente, los guijarros con grabados más realistas son los que hacen referencia a los logros médicos de la civilización mesozoica. “Tal realismo en el dibujo de órganos como el corazón -dice Javier Sierra, director de la revista Más Allá-, no volveremos a encontrarlo en ninguna de las demás piedras, lo que ha hecho que no pocos sospechen que, puesto que Cabrera es médico, fuera él mismo quien mandara tallar esa serie desconcertante volcando en ella sus propias ideas” [Sierra, 1994]. Según comprobó el ufólogo turolense en marzo de 1994, hace unos diez años comenzaron a aparecer cantos rodados en los que se advierte de la promiscuidad homosexual como factor de riesgo a la hora de contraer enfermedades, como el sida, que debilitan el sistema inmunológico.

Grabados por encargo

“Entre los huaqueros de los alrededores de Lima (2), se dice que si le informas de tu profesión al médico de Ica, se excusará durante quince minutos y podrás escuchar el ruido de su torno de dentista en una habitación trasera antes de que regrese de las profundidades de su museo con una piedra tallada, que, por una extraña y en cierto modo artificial coincidencia, presenta un dibujo de alguien de un distante pasado ejerciendo tu profesión” [Randi, 1982]. La ironía de James Randi refleja lo que los arqueólogos saben desde hace años, que los indígenas del poblado de Ocucaje se sacan un dinero vendiendo a Cabrera y a los turistas piedras grabadas por ellos mismos.

Basilio Uchuya, Pedro Huamán, Aparicio Aparcana e Irma Gutiérrez, entre otros, han reconocido en repetidas ocasiones ser los fabricantes de los guijarros. Uchuya confesó en 1975 que llevaba diez años grabando piedras para Cabrera y aseguró que copiaba los motivos de revistas ilustradas. En aquel entonces, ni siquiera suscitó suspicacias en Benítez el hecho de que el campesino tuviera en su choza más de una veintena de pedruscos “idénticos a muchos de los que había visto pocas horas antes en el museo de Javier Cabrera”. Lo único que le sorprendió es que no hubiera ninguna piedra de gran volumen. El reportero estaba convencido de que los habitantes de Ocucaje no podían haber hecho las piedras y, una vez más, estaba equivocado.

Varios españoles viajaron hasta el desierto peruano a finales de los años 70 para estudiar las piedras de Ica. Uno de los que regresaron de Perú con guijarros entre su equipaje fue Félix Ares, informático y actual presidente de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico. A cambio de unas cuantas monedas, Uchuya graba desde hace años en pedruscos los motivos -dinosaurios, incluidos- que le piden los turistas, como pudo comprobar el propio Erich von Däniken. Sin embargo, el imaginativo hostelero suizo prefirió creer a Cabrera porque “las revistas publican fotografías de cosas reales, que existen. Pero los complicados motivos que presentan las piedras auténticas de Cabrera no responden a ninguna realidad fotografiable de este mundo” [Däniken, 1977]. Lo que no explica Däniken es por qué el ciclo biológico de los dinosaurios del médico peruano no tiene nada que ver con la realidad, cuál es la razón de que la ausencia de reptiles “no repertoriados por la ciencia o típicamente sudamericanos” [Pereda, 1995], y por qué los mapas del mundo son aberrantes y no se ha encontrado ningún otro vestigio de la civilización mesozoica. Ares, por su parte, conoció en Perú a uno de los principales suministradores de piedras de Cabrera, quien le dijo que los motivos los copiaba de revistas y que el médico limeño lo sabía.

Los falsificadores del pasado cifran entre 25.000 y 50.000 el número de piedras grabadas, aunque las únicas que se conocen son las que forman parte de la colección de Cabrera. “Lo cierto -dice Javier Sierra- es que al visitante ocasional apenas se le muestran unos pocos cientos” de piezas y la mayoría es, “contrariamente a lo que muchos todavía creen, de pequeño tamaño, fácilmente manejable y con un labrado que apenas supone problema alguno para cualquiera de los artistas locales” [Sierra, 1994]. De hecho, la industria lítica de Ocucaje proporciona a los modestos campesinos un sobresueldo desde hace casi 40 años. Javier Cabrera y su ilusoria civilización mesozoica son una sustanciosa fuente de ingresos.

Piedras auténticas y piedras falsas

“Sólo conozco una piedra grabada que puede ser auténtica. El resto, todos esos miles y miles, son falsas”, apuntaba en 1974 Roger Ravínez, portavoz entonces del Instituto Nacional de Cultura de Perú [Benítez, 1975]. Seguro de que la historia de los cantos rodados mesozoicos era un cuento chino y de que “Cabrera deliraba”, el arqueólogo basaba su veredicto en un estudio del estilo de los grabados y en “microfotografías de las incisiones”. Juan José Benítez achacaba la actitud del experto al dogmatismo de la ciencia oficial, ya que Santiago Agurto, ex-rector de la Universidad de Ingeniería de Lima, había encontrado en 1962 dos guijarros grabados en sendas tumbas precolombinas de Ocucaje. El sensacionalista autor presentaba estos hallazgos como revolucionarios -“un punto clave en pro de la autenticidad de las piedras de Ica”- y censuraba la “funesta costumbre” de la arqueología de asociar los útiles encontrados en una tumba a los restos humanos de la misma. Volvía a meter la pata.

Para el periodista navarro, los guijarros labrados de Agurto eran la prueba definitiva de la autenticidad de la biblioteca lítica. Nada más lejos de la verdad. Estos dos cantos rodados se encontraron en tumbas, no provienen de los campesinos de Ocucaje, y muy posiblemente son auténticos, pero eso no quiere decir nada. Los motivos reflejados en estas dos rocas se corresponden con los típicos de culturas prehispánicas. No hay dinosaurios ni intervenciones quirúrgicas ni viajes espaciales; hay una flor estilizada y un pájaro. Así pues, en Ica existen guijarros grabados auténticos, con motivos característicos de las culturas locales, y otros falsos, plagados de seres antediluvianos.

Cabrera asienta su espectacular colección sobre una primera piedra, la que le regaló Félix Llosa en 1966. El guijarro pudo haber sido obra de Basilio Uchuya o un auténtico resto arqueológico. En este último caso, la desbordante imaginación del médico se habría encargado de convertir al ave en pterosaurio. Convencido de un hallazgo histórico, Cabrera habría acudido a los campesinos de Ocucaje para dar con nuevas piedras que confirmaran sus sospechas. A cambio de dinero, Uchuya y compañía las habrían grabado y habrían hecho realidad los sueños del médico. La evidencia a favor del fraude es tal que la posibilidad de engaño ha sido apuntada hasta por los representantes de la ufología más crédula [Sierra, 1994]. Así se explica, además, que Cabrera nunca dijera dónde está el yacimiento en el que hay más de un millón de cantos labrados. La razón es muy simple, tal depósito no existe.

En la segunda mitad de los años 70, las piedras de Ica dieron fama a Javier Cabrera dentro del submundo de lo paranormal, pero acabaron con su credibilidad profesional y arruinaron su vida familiar. Sus disparates le hicieron objeto del desprecio de los científicos y de las chanzas de la prensa, lo que le acarreó “desprestigio, burlas y soledad. Ica -explica Fernando Jiménez del Oso- es una pequeña ciudad provinciana y no podía quedar sin castigo el que uno de sus hasta entonces más eminentes ciudadanos fuera tema de portada en los diarios nacionales por motivos tan poco dignos de encomio. [En 1978,] su esposa le había abandonado, sus pacientes buscaron otro médico menos famoso y los hijos habían iniciado su particular diáspora. Me habló de ello con los ojos húmedos de la impotencia, tan indignado por aquel trato injusto como pudiera estarlo en su día Galileo” [Jiménez del Oso, 1989b]. No podía faltar la referencia al físico y astrónomo italiano, “ya que -como decía el difunto Isaac Asimov- es el santo patrón (¡pobre hombre!) de todos los chiflados autocompasivos” [Asimov, 1979].

Incisiones de hace dos días

El médico peruano repitió hasta la saciedad hasta su muerte, en diciembre de 2001, que tenía un informe científico de la Universidad de Bonn, que ratifica la autenticidad de las piedras. Sin embargo, el único que lo ha visto es Juan José Benítez porque Cabrera “nunca lo enseña” [Sierra, 1994]. Según recoge el periodista en Existió otra humanidad (1975), los expertos alemanes descubrieron una pátina de oxidación natural que cubría “la totalidad de la piedra” y que los grabados no eran recientes. Naturalmente, no sólo se ignora si Cabrera envió a Bonn guijarros con dinosaurios o auténticos restos arqueológicos prehispánicos, sino que tampoco existe ninguna prueba de que tal análisis se haya efectuado alguna vez. Por si fuera poco, todos los exámenes científicos realizados a espaldas de Javier Cabrera han dado resultados negativos.

Cuando un equipo de la BBC visitó Ica con la intención de filmar algunas escenas para el documental The case of the ancient astronauts, el médico no les permitió rodar en el centro-museo ni quiso hablar sobre los controvertidos cantos rodados. Sin embargo, les regaló lo que él calificó de genuino guijarro de millones de años de antigüedad. Poco después, la roca era analizada en el Instituto de Ciencias Geológicas de Londres, cuyos técnicos llegaron a la conclusión de que “los aguzados y relativamente limpios bordes de las incisiones son notables, una característica que no puede preservarse durante mucho tiempo de la erosión en condiciones normales”. Los expertos británicos añadieron que el labrado de la imagen se había realizado “con posterioridad” al proceso de oxidación que había vuelto la roca de color marrón [Story, 1980]. El pedrusco podía ser mesozoico; pero los grabados eran recientes. El equipo de televisión no se sorprendió ante el fiasco, ya que sabía de la actividad artística de Basilio Uchuya. En Ocucaje, el campesino había enseñado a los periodistas británicos una foto del almacén de piedras de Cabrera con una dedicatoria, en la que el médico le agradecía su condición de proveedor de piedras.

Más recientemente, “dos exámenes realizados en España en 1993 y 1994 sobre algunas muestras importadas desde Perú han dado resultados negativos, mostrando que [las piedras] fueron elaboradas con lijas, sierras y ácidos. Pero ¿por quién y para qué?”, se preguntan todavía algunos [Sierra, 1994]. El propio Cabrera reconocía en 1974 que los campesinos de Ocucaje habían comenzado “a fabricar algunas de esas grabaciones. Pero puedo asegurarte -decía a Benítez- que no pasarán de 20 ó 40. Y todas ellas están en manos de personas conocidas. En todas, además, se adivina inmediatamente que el grabado es falso” [Benítez, 1975]. El método del médico para detectar las piedras auténticas era tan sencillo como destructivo: tiraba el guijarro al aire y, si se rompía en mil y un pedazos, es que era auténtico. Cómo había llegado a esa conclusión, nadie lo sabe.

No importa que los textos de la biblioteca lítica de Ica sean inconsistentes y disparatados, que no se hayan encontrado restos similares en ningún otro lugar del planeta, que los campesinos de Ocucaje fabriquen guijarros grabados a cambio de dinero, que los análisis científicos hayan sacado a la luz las falsificaciones… Para los vendedores de misterios, las piedras de Ica siguen siendo uno de sus enigmas favoritos; para los arqueólogos y paleontólogos, son “falsificaciones bastante evidentes”, cuya errónea interpretación da lugar a “auténticas barbaridades”, como convertir al hombre en coetáneo de los dinosaurios, cuando nos separan 60 millones de años.

El misterio de Acámbaro

Treinta años antes que Cabrera, un comerciante alemán cayó en las garras de los espabilados campesinos de la localidad mexicana de Acámbaro. Waldemar Julsrud reunió entre 1945 y 1952 más de 30.000 misteriosas figuras de arcilla. Aunque algunas correspondían a culturas prehispánicas, había otras con fantásticos y grotescos animales: cuadrúpedos con cuello y cabeza de pájaro, bípedos con cráneo de lagarto y cresta dorsal, serpientes con patas y cuernos, y un largo etcétera de seres imposibles.

No se sabe a ciencia cierta cómo llegaron las primeras figuras a manos del coleccionista. En uno de los escasos reportajes escritos sobre el tema, Jiménez del Oso advierte que existen dos versiones acerca del descubrimiento de las piezas de arcilla, ocurrido en 1945. Según una de ellas, Julsrud encontró varias figuras que habían quedado al descubierto por la lluvia en el cerro del Toro; según la otra, las halló cuando excavaba en las proximidades de su casa. Entonces -y aquí concuerdan las diferentes versiones-, pidió al albañil Odilón Tinajero y a otros vecinos de Acámbaro que, a cambio de uno o dos pesos por ejemplar, le facilitasen todas las piezas arqueológicas que encontraran. Y el comerciante se hizo con más de 30.000 estatuillas de barro, “amén de otro tipo de objetos, como puntas de flecha, figuras de la cultura chupicuaro, máscaras, piedras de jade, pipas de barro y algún que otro resto fósil” [Jiménez del Oso, 1993].

El arqueólogo Antonio Pompa sospecha que los campesinos “tomaron el pelo” a Julsrud, un ignorante en historia precolombina. Cree que las primeras figuras sí eran auténticas, pero “las demás las hicieron los alfareros”. Jiménez del Oso, sin embargo, no es capaz de ver la diferencia entre los grotescos seres salidos de la imaginación de los campesinos y las obras de la cultura local; pero ¿qué rigor se le puede exigir a alguien que cree que un cuadrúpedo con cabeza de pájaro y un ser de largas patas que repta sobre su panza “parecen sacados de un libro de paleontología”? [Jiménez del Oso, 1993]. Cuando se mete a historiador, el psiquiatra se hace eco de todo tipo de disparates, desde las teorías del propietario de las figuras hasta las de un supuesto experto ruso. Para Julsrud, los autores de las imágenes fueron los atlantes; para el historiador ruso, “cabe la posibilidad de que en aquella parte de América los saurios del Mesozoico hubieran pervivido hasta el punto de que el hombre llegara a reconocerlos”. Sólo hay dos inconvenientes: ni la mítica Atlántida existió, ni los primeros hombres americanos compartieron hace 13.000 años su espacio vital con dinosaurios.

Aunque es evidente que en Acámbaro no hay nada que pueda turbar a los historiadores, Jiménez del Oso y sus seguidores se han dedicado a dar crédito a “figuras de las más altas cotas de aberración paleontológica, monstruos de apariencia quimérica, construcciones irrealizables, referencias de visitas extraterrestres a nuestro planeta y hasta aparentes informes cósmicos” [Delgado, 1994]. Haciendo gala de una aparente seriedad, se presentan como honrados investigadores que no se explican quién moldeó las figuras, por qué y cuándo. El móvil del engaño perpetrado por los indígenas fue el mismo que en Ica, el dinero que también anima a los autores sin escrúpulos a dar crédito a todo tipo de disparates.

¿Paseó el hombre con los dinosaurios?

Tanto Benítez como Jiménez del Oso -los dos vendedores de fantasía más representativos del mundillo pseudocientífico español- apuntan en sus trabajos la existencia de vestigios paleontológicos que confirman que una Raquel Welch prehistórica, vestida con biquini de piel, pudo despertar el apetito de los dinosaurios hace 65 millones de años. El psiquiatra decía en 1989 haber encontrado restos humanos en estratos mesozoicos del desierto de Ocucaje. A pesar de que él mismo advertía que habían “pasado mucho años” desde su época universitaria como para ser tajante, no dudaba en anunciar a bombo y platillo que, “hombre o prehomínido, aquella criatura, situada en ese lugar y en ese tiempo, es tan desestabilizadora para la paleontología actual que obliga a escribir de nuevo la historia del pasado remoto del planeta” [Jiménez del Oso; 1989]. Tal alarde de inmodestia obliga a preguntarse cómo es que, años después, el barbudo estudioso sigue sin recibir el premio Nobel o pasar a los libros de paleontología. ¿No será que estamos ante otra mentira económicamente rentable?

Erich von Däniken afirma que la teoría de Darwin “ha cegado a generaciones enteras de paleontólogos y antropólogos” [Däniken, 1977]. El autor suizo coincide con Benítez en que existen huellas de pies humanos junto a rastros de dinosaurios en estratos de más de 70 millones de años de antigüedad. Así, el novelista navarro calificaba en 1975 de “trascendental” el descubrimiento, en la localidad soriana de Navalsaz, de una pisada humana petrificada junto a otras de lagartos terribles, “otro testimonio de la convivencia entre el hombre y los dinosaurios” [Benítez, 1975]. La ciencia, sin embargo, ha prestado poca atención a este tipo de aseveraciones. Los especialistas las consideran simples estupideces, confiesa Eustoquio Molina, paleontólogo de la Universidad de Zaragoza preocupado por el auge de la pseudociencia [Molina, 1995].

El lecho del río Paluxy, en Texas (EE UU), es punto de referencia obligado cuando se habla de una humanidad como la plasmada en los dibujos animados de Hanna y Barbera. Allí, “hay cientos de pisadas de saurios de diversas especies. Entre ellas y junto a ellas, aparecen siempre numerosas pisadas de pies humanos de gran tamaño” [Däniken, 1977]. El autor de Recuerdos del futuro (1968) asegura que para hallar la totalidad de las huellas sólo hubo que guiarse “por el sentido de la marcha del dinosaurio, así como la del hombre en seguimiento del mismo”. Las pisadas humanas se corresponden, según el astroarqueólogo (3), con las huellas de seres gigantescos y echan por tierra la teoría de la evolución. Däniken añade, además, que existen vestigios similares en Kentucky, donde en monte Vernon las huellas reproducen “a la perfección unos pies humanos”, y en Utah, donde la suela de un zapato aplasta un trilobites en un estrato de hace 500 millones de años.

Zapatillas de tenis precámbricas

Los hallazgos de Däniken son, sin embargo, bastante menos revolucionarios que los de la ciencia oficial. William F. Tanner, geólogo de la Universidad de Florida, anunció en un congreso de paleontología en 1984 que se habían encontrado dos huellas de zapatillas de tenis en estratos precámbricos, correspondientes a hace 2.700 millones de años, situados en la bahía del Hudson, en Canadá. El científico, lejos de proclamar a gritos el derribo de la teoría de la evolución, se molestó en estudiar las pruebas sobre el terreno. Se trata de dos huellas paralelas de apariencia humana, que distan 20 centímetros. En los alrededores, no existe ningún otro rastro y las punteras de los zapatos, curiosamente, apuntan en sentidos opuestos. Además, las imágenes son planas, están muy claramente delimitadas y sobresalen del suelo, igual que otras circulares, ovales y de diferentes formas que Tanner había encontrado en rocas del Pérmico de Nevada y Nuevo México. “Algunas son lo suficientemente grandes y tienen la forma precisa para parecer suelas de zapatos. Pero basta una inspección informal para ver que tienen que tener otro origen” [Tanner, 1984].

Estas siluetas son de un material más resistente que el circundante, lo que explica la menor erosión, que se adentra en la roca hasta una profundidad equivalente a la de su diámetro superficial. “Una explicación razonable -apunta Tanner- es que hayan sido hechas por una fuga de agua durante la compactación y cementación temprana”. El experto estadounidense aboga por un origen geológico para los zapatos de tenis antediluvianos, así que no es nada extraño que pueda haber incrustado un trilobites en uno de ellos. Claro que siempre cabe la posibilidad de que el hombre de aquella época fuera descalzo por la vida y eso es lo que sostiene Däniken en el caso del lecho del Paluxy, un terreno cretácico de hace 100 millones de años.

El astroarqueólogo ve en el río seco de Texas -“estuve allí y tuve ocasión de contemplar ese extraordinario descubrimiento paleontológico” [Däniken, 1977]- un hombre tras un dinosaurio; pero es mentira. No hay un rastro humano, sino unas supuestas pisadas que no son tales ni responden a ningún orden, cosa que sí hacen las de los dinosaurios. Tanner las llama siluetas con forma de pie. Tienen entre 12 y 44 centímetros de largo y en algunos casos son consecuencia de la erosión en un terreno compuesto por materiales de diversa dureza. En el lecho del Paluxy, hay centenares de agujeros producto de la erosión, pero los buscadores de misterios sólo se quedan con los que parecen un pie humano. Aún así, explica el geólogo, entre las seleccionadas, hay huellas humanas de todos los tamaños y formas, pero no hay dedos ni empeines dibujados en la roca. Las pisadas que no se deben a procesos erosivos “fueron producidas por dinosaurios carnívoros que dejaron una gran impresión metatarsal” [Lockley, 1993]. El paleontólogo aficionado Glen Kuban demostró en 1989, cuando era un estudiante de biología de fe creacionista (4), que algunos de los pies del río Paluxy son en realidad parte de la planta de tres dedos de un dinosaurio. “Algunas pretendidas huellas humanas de Glen Rose -explica- no se distinguen de huellas metatarsales de dinosaurios, cuyas impresiones digitales han desaparecido rellenadas por el barro, a causa de la erosión o debido a otros factores. Otras depresiones alargadas de Glen Rose incluyen figuras producto de la erosión y posibles marcas de colas, algunas de las cuales también han sido confundidas con huellas humanas” [Kuban, 1989].

La paleontología y la arqueología han prestado escasa atención a los supuestos vestigios y pisadas humanas de hace más de 65 millones de años. No en vano, los primeros homínidos aparecieron en Africa oriental hace unos 3 millones de años. A pesar de eso, algunos científicos se han molestado en bucear en el proceloso mar de la charlatanería para poner las cosas en su sitio. Lamentablemente, también hay quien predica la estupidez en la propia universidad cuando intenta sentar cátedra en materias que no propias son de su especialidad. En 1981, el autor tuvo oportunidad de conocer a uno de estos últimos. Cuando estudiaba en la Universidad de Deusto, un profesor de Historia del Arte zanjó un debate sobre las piedras de Ica apelando a su amistad con Javier Cabrera. El educador, un jesuita de avanzada edad, hizo oídos sordos a los argumentos contrarios a la existencia del hombre gliptolítico y no se atrevió a desautorizar al médico peruano ante los alumnos, muchos de los cuales se dedican ahora a la enseñanza y puede que crean que el hombre convivió con los dinosaurios.

 


Notas

(1) En 1956, M.W. de Laubenfels propuso en el Journal of Paleontology la posibilidad de un impacto meteorítico como causa de la extinción de los dinosaurios. Como no hay extraterrestres de por medio, Benítez ignora al paleontólogo de la Universidad de Oregon y hace un encendido elogio del sacamuelas peruano.

(2) En Perú y Ecuador, se llama huaquero al individuo que excava en los cementerios precolombinos para extraer el contenido de las tumbas y venderlo a turistas o coleccionistas.

(3) La astroarqueología es la pseudociencia que propugna la existencia de visitas extraterrestres en la antigüedad. Las pruebas del encuentro entre alienígenas y seres humanos se hallarían diseminadas por todo el planeta en forma de libros sagrados, objetos enigmáticos y monumentos grandiosos. El más famoso de los astroarqueólogos es Erich von Däniken.

(4) Los creacionistas consideran que la historia del hombre está escrita en la Biblia y rechazan la teoría de la evolución. Durante más de 40 años, las huellas impresas en el lecho del río Paluxy a su paso por Glen Rose fueron uno de los argumentos favoritos de los fundamentalistas evangélicos estadounidenses hasta que Glen Kuban, también creacionista, investigó el fenómeno sin dejar que sus creencias influyeran en el trabajo científico.


Bibliografía

Asimov, Isaac [1979]: “El corolario de Asimov”. En Asimov, Isaac: La estrella de Belén y otros ensayos científicos []. Trad. de César Terrón. Editorial Bruguera (Col. “Libro Blanco”, Nº 11). Barcelona 1983. 167-184.

Benítez, Juan José [1975]: Existió otra humanidad. Editorial Plaza & Janés (Col. “Otros Mundos”). Barcelona. 250 páginas.

Benítez, Juan José [1994]: Mis enigmas favoritos. Editorial Plaza & Janés (Col. “Los Jet”, Nº 238-8). Barcelona. 311 páginas.

Däniken, Erich von [1977]: La respuesta de los dioses [Beweise]. Trad. de J.A. Bravo. Ediciones Martínez Roca (Col. “Fontana Fantástica”). Barcelona 1978. 411 páginas.

Delgado, Manuel José [1994]: “Acámbaro, otra espina de la arqueología”. Más Allá (Madrid), Monográfico Nº 10 (Septiembre), 122-125.

Jiménez del Oso, Fernando [1989a]: Ica. Producciones Culturales (Col. “El Imperio del Sol”, Nº 1). Vídeo escrito, dirigido, producido y presentado por Fernando Jiménez del Oso. Duración: 30 minutos.

Jiménez del Oso, Fernando [1989b]: “El hombre del Mesozoico”. Más Allá (Madrid), Nº 9 (Noviembre), 18-28.

Jiménez del Oso, Fernando [1993]: “El misterio de Acámbaro”. Espacio y Tiempo (Madrid), Nº 33 (Noviembre), 10-20.

Kuban, Glen Jay [1989]: “Elongate dinosaur tracks”. En Gillette, David D.; y Lockley, Martin G. (Eds.): Dinosaur tracks and traces. Cambridge University Press. Cambridge. XVIII + 454 páginas.

Lockley, Martin G. [1991]: Siguiendo las huellas de los dinosaurios [Tracking dinosaurs]. Trad. de Joaquín Moratalla. Prologado por José Luis Sanz. Editorial McGraw-Hill (Serie “Divulgación Científica”). Madrid 1993. XV + 342 páginas.

Molina, Eustoquio [1995]: Comunicación personal a Luis Alfonso Gámez. Zaragoza. 23 de Enero.

Pereda, Xabier [1995]: Comunicación personal a Luis Alfonso Gámez. París. 13 de Marzo.

Randi, James [1982]: Fraudes paranormales. Fenómenos ocultos, percepción extrasensorial y otros engaños [Flim-flam! Psychics, Esp, unicorns and other delusions]. Prologado por Isaac Asimov. Trad. de Alejandro G. Tiscornia. Tikal Ediciones (Col. “Eleusis”). Gerona 1994. XVI + 347.

Sierra, Javier [1994]: “Las piedras grabadas de Ica: un enigma a debate”. Más Allá (Madrid), Monográfico Nº 10 (Septiembre), 102-104.

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Publicado originalmente en La Alternativa Racional, revista editada por ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.

Juan José Benítez desentierra piedras grabadas en Ica, treinta años después

Vestido de Panama Jack y Coronel Tapiocca, a la moda marcada por quienes se dicen sus discípulos, Juan José Benítez ha grabado Planeta encantado, una carísima serie de televisión -ha costado más de 8 millones de euros- producida por DeAPlaneta, que hace gala de una realización y estética anticuadas. El dinero no luce en lo que parece un remake de los documentales que hizo Fernando Jiménez del Oso a principios de los años 80. Planeta encantado, cuyo primer episodio estrena hoy Televisión Española (TVE), ha sido rodada en 600 localizaciones de 17 países, y su protagonista asegura haber recorrido más de 110.000 kilómetros para abrirnos una puerta “hacia lo más noble de la condición humana: la capacidad de soñar”.

La confusión de kilometraje con rigor le viene al escritor navarro de antiguo: su tercer libro sobre platillos volantes se tituló 100.000 kilómetros tras los ovnis (1978). Su debut ufológico, Ovnis: SOS a la Humanidad (1975), lo dedicó a los miembros del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI), quienes afirmaban estar en contacto con extrarrestres que nos iban a venir a salvar de un inmediato holocausto y de cuya historia se tragó el novelista hasta los posos. Benítez aún recuerda orgulloso, al comienzo de La huella de los dioses -el primer capítulo de su nueva serie de televisión-, que hace treinta años tuvo “la fortuna de ver naves no humanas” en Perú en compañía de los contactados del IPRI. Lástima que ni Fernando Múgica, fotógrafo con el que compartió ésa y otras aventuras, ni sus cámaras vieran nada, a pesar de estar en todo momento junto a él.

El episodio inaugural de la serie con la que TVE vuelve a demostrar la credibilidad que merece presta especial atención a las piedras de Ica, en las que se ven hombres y dinosaurios como contemporáneos, cuando lo cierto es que los lagartos terribles desaparecieron hace 65 millones de años mientras que los primeros homínidos surgieron en África hace poco más de 6 millones de años. El fallecido médico peruano Javier Cabrera Darquea llegó a montar un museo con esos fraudulentos pedruscos, que empezó a coleccionar en 1966 y en los que se ven operaciones cardiacas, cacerías de dinosaurios y seres humanos volando montados en pájaros. Para él y Benítez, los grabados prueban la existencia de una Humanidad que convivió con los grandes saurios. En los años 70, cuando aún se hablaba de Nazca como un espaciopuerto -ahora Erich von Däniken jura que él nunca insinuó nada por el estilo, mientras que Benítez mantiene que los extraterrestres dibujaron las primeras líneas y luego los lugareños hicieron más para que los alienígenas las vieran desde el aire y regresaran-, la historia de las piedras de Ica fue popularizada por el periodista español en La Gaceta del Norte y, posteriormente, en el libro Existió otra Humanidad (1975), en el cual recogió los reportajes que había publicado en el rotativo bilbaíno.

Aunque muchos han comprobado desde entonces que las piedras son grabadas por los lugareños por encargo a cambio de dinero, Benítez opta en Planeta encantado por seguir engordando el falso misterio; para él, “otro de los grandes enigmas que siguen sin respuesta”. El momento cumbre del episodio llega cuando el campesino Basilio Uchuya -el principal proveedor de piedras de Cabrera Darquea- anuncia al escritor que va a enseñarle uno de los yacimientos secretos. Sólo Benítez es capaz de intentar hacer creer al espectador que el campesino va en serio y no ha preparado un montaje para él y su cámara. “Es un momento histórico”, dice mientras Uchuya le lleva hasta un montículo del que, pico en mano, unos jóvenes desentierran varias piedras grabadas. Que el autor de Caballo de Troya no dude en grabar la escena demuestra que sabe que todo es un engaño. Si no, estaría ofreciendo en bandeja a las autoridades peruanas las pruebas para acusarle de un delito contra el patrimonio arqueológico del país.