Escepticismo

Cree el 25 de junio un ovni en los cielos de España: participe en el Proyecto Magonia

¿Quiere poner a prueba la fiabilidad como testigos de los aficionados a los platillos volantes y la sagacidad como investigadores de los ufólogos? Si es así, y le apetece además pasar un buen rato, le animo a participar el 25 de junio en el Proyecto Magonia, una iniciativa paralela a la Alerta ovni organizada en España por Iker Jiménez y la Cadena SER. En enero de 1979, un grupo liderado por Félix Ares, actual presidente de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, demostró la tendencia del público a ver en el cielo cosas sorprendentes y la de Juan José Benítez a entrevistar a testigos inexistentes y a tomar un juego de focos por una portentosa nave extraterrestre. La iniciativa fue bautizada como Proyecto Iván, por el nombre de la cafetería donde se planificó el experimento, que en aquella ocasión requirió de una campaña previa de motivación y sensibilización de la prensa. Veinticinco años después, el Proyecto Magonia intentará comprobar cuán fiables son tanto los testigos como los ufólogos y quien mejor lo haga será premiado con un lote de libros y revistas sobre la materia.

El experimento se hará la noche del 25 de junio, cuando centenares de personas saldrán al campo a ver ovnis animadas por el programa Milenio 3, de la SER. Como el público ya ha sido convocado, quienes participen en el Proyecto Magonia sólo tendrán que centrarse en la creación de estímulos, de falsos ovnis. Cada individuo o equipo podrá usar para ello lo que quiera -luces de coche, focos, globos iluminados, fotos y películas trucadas…-, actuar desde donde guste y alertar o no de la presencia del extraño objeto a sus víctimas potenciales, pero siempre deberá evitar que sus acciones provoquen directa o indirectamente daños a personas y bienes. Los fabricantes de falsos ovnis que quieran sumarse al Proyecto Magonia tendrán que hacer un seguimiento de sus platillos volantes en los medios de comunicación, desde la SER esa misma noche hasta las revistas esotéricas en los meses siguientes.

A la hora de decidir el ganador, el jurado primará el informe más completo. El trabajo ideal deberá incluir la descripción del ovni facilitada por los testigos, su interpretación de los hechos, si medios de comunicación y ufólogos se hicieron eco del fenómeno -y de qué modo-, lo que realmente era y cómo se diseñó el estímulo. Cada individuo o equipo podrá documentar en vídeo y audio, con fotografías, planos y esquemas, y -si es preciso- mediante la intervención de un fedatario público, la paternidad del falso ovni. El informe se mandará en formato electrónico a Luis Alfonso Gámez -en caso de que por su volumen el envío resulte imposible, el concursante colocará el material en una web donde podrán examinarlo los miembros del jurado- antes del 30 de septiembre de 2004. El fallo del jurado, cuya decisión será inapelable y que podrá declarar el premio desierto, se publicará en ésta y otras webs el 30 de octubre.

Los miembros del jurado serán Alejandro C. Agostinelli, periodista y editor de Dios!; Félix Ares, divulgador científico; Julio Arrieta, historiador y periodista; Alejandro J. Borgo, periodista y director de la revista Pensar; José Luis Calvo, historiador y responsable de El Triunfo de Clío; Luis R. González, ufólogo y periodista científico; y Heriberto Janosch, psicólogo y fundador del Centro Argentino para la Investigación y Refutación de la Pseudociencia (CAIRP). El premio consistirá en un lote de libros donado por el responsable de Magonia y compuesto por: Ovnis: el fenómeno aterrizaje (1978), de Vicente-Juan Ballester Olmos; Incidente en Manises (1980), de Juan José Benítez; El incidente (1980), de Charles Berlitz y William Moore; Ovnis: enigma del espacio (1980), de Eugenio Danyans; Ovnis y agujeros negros (1981), de Màrius Lleget; Objetos desconocidos en el cielo (1961), de Antonio Ribera; Pasaporte a Magonia (1969), de Jacques Vallée; el Diccionario temático de ufología (1997), de la Fundación Anomalía; y una colección completa, en formato digital, de la revista El Escéptico.

Solapas, noticias y prólogos engañosos

Dice Joel Achenbach que “cualquier libro que incluya las credenciales del autor en la portada -por ejemplo, John Mack, doctor en Medicina o doctor Jacques Vallée– resulta sospechoso”. En Captured by aliens. The search for life and truth in a very large universe (Citadel Press, 1999) -ensayo del que hablaremos otro día-, él sólo nos informa de que es periodista y de que trabaja en The Washington Post. Huye tanto de la titulación académica como de la calificación de periodista científico, que a veces parece con el científico intentar dignificar la, para algunos, indigna labor de periodista. Achenbach dedica su libro a la pasión por los extraterrestres que une a científicos y a quienes no lo son, escribe bien y sabe de lo que habla. Son estos dos últimos requisitos en los cuales debe basarse el auténtico periodismo y que se presuponen a los profesionales, aunque a veces lo uno no vaya acompañado de lo otro ni por compadreo o partidismo se reflexione acerca de las actitudes dudosas, siempre y cuando no corran a cargo de medios de titularidad pública, cuyas pérfidas intenciones están más allá de toda duda.

Sentado espero, sin embargo, a que aparezca el terrorista suicida del 11-M cuyo cuerpo fue presuntamente descubierto en uno de los trenes, hallazgo voceado hasta la saciedad por los apóstoles privados del rigor y del que nunca más se supo. ¿Por qué? Porque no existió. Fue otro episodio más de la ceremonia de confusión orquestada aquellos tres días de marzo por tirios y troyanos para ver quién se llevaba el voto de los españoles a las urnas. Supongo que dentro de un tiempo leeremos sobre el asunto un trabajo de investigación periodística digno de tal calificación, y no uno de esos textos que ya han llegado a las librerías y que no aportan nada porque su único objetivo es pegar primero. La reflexión de Achenbach sobre las credenciales de los autores me ha recordado un episodio de un descaro mayúsculo, así como otros que prueban la egolatría y soberbia de los protagonistas, quienes, además de dárselas de lo que no son, se creen que los demás somos tontos de baba.

En 1973, el biólogo Rémy Chauvin escribió el prólogo a una obra de su “amigo Pierre Duval” porque “su manuscrito sobre La ciencia ante lo extraño me interesó y aun me apasionó en más de un sentido”. El libro era uno de tantos dedicados a Stonehenge, Gauquelin, los ovnis, Velikovsky, el mapa de Piri Reis y ese baúl de misterios que ha atraído a varias generaciones hasta los límites de la realidad y a algunos les ha llevado a caer en el abismo. El texto de Chauvin era entusiasta respecto a lo que defendía el autor y sumamente elogioso con la capacidad intelectual de su amigo: “Su libro debería ser redactado por un equipo de especialistas y no por un solo hombre. Él no es al mismo tiempo un físico, un paleontólogo, un geólogo y un astrónomo. Por lo tanto, es más que probable que haya cometido en los detalles más de un error, lo que a la larga va a servirle para curarse en salud. Los demás se apoyarán en sus fallos, que yo creo menores, para rebatir la totalidad de sus tesis. Ya se lo he advertido, pero él me ha contestado que “a esos especialistas haría falta en primer lugar encontrarlos. Hay cien jóvenes investigadores que podrían redactar estos capítulos, pero ¿es que tú sabes a lo que se exponen? ¡Se exponen a la Santa Inquisición, ni más ni menos! ¡Oh! Nadie les diría nada, pero el informe pasaría de boca a oreja, después de lo cual una persona de este tipo ya deja de ser alguien serio, puesto que ha escrito sobre astrología y sobre los platillos volantes y luego los créditos para investigación se agotarán y el progreso volverá a marcar el paso. Tú sabes bien que todo eso sigue sucediendo”. ¡Oh, sí! Desgraciadamente hay una sola cosa que de veras causa placer a los hombres: impedir a sus congéneres que piensen lo que ellos quieran. Ya no se les pone en la hoguera, es cierto, pero muy bien se les puede impedir que vivan o que trabajen. Esto se hace todos los días”. Precioso, ¿verdad? Además, dice mucho de la honestidad intelectual de los dos autores que se traten del mismo, que Pierre Duval sea el pseudónimo con que Remy Chauvin escribe sus obras sobre lo paranormal.

El mundo del misterio rebosa de autores que nunca existieron o que se ocultan tras alias conocidos por todos. En algunos casos, es para tener varias marcas bajo las que vender sus repetitivos productos; en uno actual muy sonado es simplemente para esconder el pasado esotérico de un personaje menos fiable que Pedro el del lobo. A ese gusto por el disfraz, se han sumado últimamente la publicación de libros y artículos sobre conspiraciones traducidos literalmente de originales anglosajones y presentados como si fueran fruto del trabajo del autor e intertextualizaciones en las que han incurrido también algunos escépticos españoles en cuyos ordenadores han aparecido por arte de Ana Rosa Quintana párrafos de colegas procedentes de revistas como El Escéptico. Pero, si esto puede ser indignante para la víctima del robo, lo que es de risa son las solapas de algunos libros, en las cuales el sabio se nos presenta como director de una publicación que consiste en realidad en cuatro hojas fotocopiadas, presidente de una organización cuyos socios no son los suficientes ni para jugar una partida de mus, criminólogo y teólogo por correspondencia, o integrante de prestigiosas instituciones académicas extranjeras.

No me dirán que no queda bien decir que uno de es miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York o de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS). Quienes hacen esto último se creen que los demás somos tontos. Son socios de ambas entidades porque pagan una cuota. Nada más. Pertenecer a la Academia de Ciencias de Nueva York cuesta como máximo 115 dólares anuales y para serlo de la AAAS basta con pagar la suscripción a la revista Science, que le cuesta a cualquier españolito 215 dólares al año como máximo. Otra cosa es ser fellow -que podríamos traducir por miembro electo- de la AAAS, que no está al alcance de cualquiera, por muy gorda que tenga la cartera. Yo, por de pronto, voy a ver si me fabrico un título por el Instituto Ufológico de Apatamonasterio (Vizcaya), paraje por el que parece que tienen debilidad los tripulantes de los platillos volantes. Ya saben, hay mucho fantasma suelto.

Recuerdos sin pasado

Stalin borraba a sus enemigos de las fotos para hacerlos desaparecer de la Historia. Décadas después, psicólogos canadienses y neozelandeses han demostrado que podemos recordar un hecho que nunca ocurrió si lo asociamos con una imagen indirectamente relacionada con él. Cuestionan así la técnica usada por los psicoterapeutas que recurren a fotografías para despertar en sus clientes el recuerdo de experiencias traumáticas, como el haber sufrido abusos sexuales en la infancia.

Stephen Lindsay, de la Universidad de Victoria (Canadá), y sus colaboradores probaron hace dos años que verse en una escena lleva a muchas personas a pensar que la han vivido. En un experimento en el que participaron veinte individuos, les enseñaron fotos de su niñez procedentes del álbum familiar. Entre las imágenes, incluyeron una manipulada digitalmente con el protagonista montado en un globo aerostático, algo que nunca había pasado. Al ver la foto, la mitad de los sujetos recordó la vivencia inventada.

Los investigadores han constatado ahora que instantáneas que tienen vagamente que ver con unos hechos también favorecen la creación de recuerdos de esos sucesos en un 67% de los sujetos. “Me ha dejado atónito haber obtenido un nivel tan alto de falsas memorias”, reconoce Lindsay, cuyo trabajo aparece en el último número de la revista Psychological Science. “Los resultados apoyan la idea de que los recuerdos no se almacenan en algún lugar de nuestra cabeza. Son experiencias fruto de la interacción entre cosas que realmente nos sucedieron en el pasado y nuestras creencias y expectativas actuales”.

El experimento

En el estudio, participaron 45 alumnos de primero de Psicología. Los científicos contaron a cada uno de ellos tres historias de su niñez de las que les dijeron que les habían informado los padres. Eran vivencias escolares: dos habían ocurrido realmente; la tercera era ficticia, aunque también se atribuía a los progenitores, quienes habían confirmado que su hijo no había vivido nada parecido. La escena imaginada había ocurrido en primer curso, cuando el protagonista tenía 6 años: él y un amigo habían puesto una masa verde gelatinosa de apariencia asquerosa -el Slime estadounidense en el que se basó el español Blandi Blub– en la mesa de la maestra y fueron castigados por ello. Los experimentadores dieron a la mitad de los jóvenes fotos de sus clases, sacadas del catálogo escolar, para ver si se acordaban mejor de los hechos.

Una semana después, los universitarios volvieron al laboratorio para informar de lo que habían conseguido recordar los tres sucesos, los dos reales y el inventado. Dos entrevistadores, que no sabían qué jóvenes habían recibido fotos de la época y cuáles no, leyeron las transcripciones de los testimonios de los estudiantes y juzgaron la precisión de los mismos. Mientras sólo una cuarta parte (27%) de los participantes a los que no se dieron fotos revivió la travesura inventada, el porcentaje ascendió hasta el 67% entre quienes contaron con una imagen de su clase de 1º. “Los falsos recuerdos eran muy detallados”, destaca Lindsay. Cuando los científicos informaron a los sujetos de que una de las historias era falsa, todos menos tres identificaron la ficción correctamente. Pero fueron muchos los que se sorprendieron de que algo que recordaban tan vivamente no hubiera sucedido: “Si no me hubieran dicho que no ocurrió, habría salido de aquí creyendo que pasó”.

Los autores achacan el alto índice de falsos recuerdos a la plausibilidad de la historia -incluido el que un amigo estuviera involucrado-, la confianza inspirada por los entrevistadores y el poder evocador de la foto, aunque se tratara no de una imagen de la travesura, sino de la clase de la que formaba parte entonces el sujeto. Para los experimentadores, no cabe duda de que mecanismos similares a los demostrados en su estudio se dan cuando un psicoterapeuta utiliza fotos para sacar a la luz supuestas memorias reprimidas de abusos sexuales infantiles, rituales satánicos o secuestros por extraterrestres. Los recuerdos se recrean, se reinventan. Piénselo la próxima vez que abra el álbum de fotos de su infancia.


La historia

“Recuerdo cuando Jane (se cambiaron en cada caso el nombre del protagonista y el del maestro) estaba en 1º y, como todos los chicos de entonces, tenía un repugnante Slime (equivalente estadounidense del Blandi Blub) de ésos con los que jugaban los niños. Recuerdo que un día me contó que había llevado el Slime a la escuela y lo había puesto en la mesa de la maestra antes de que llegara. Jane decía que no fue idea de ella, sino de un amigo que le dijo que tenían que hacerlo. Creo que la maestra, la señorita Smollett, se enfadó y castigo a Jane y a su amigo a sentarse media hora de cara a la pared con los brazos y piernas cruzados.”

Publicado originalmente en el diario El Correo.

¿Quieren ‘Pensar’?

Portada del número 2 de la revista ‘Pensar’.Las veinticinco páginas de texto del primer número de Pensar, la revista en español del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), me supieron a poco. Y eso para mí es una virtud de la publicación dirigida por el periodista argentino Alejandro J. Borgo, en la cual existe un equilibrio entre contenido y continente, entre unos artículos ágiles e interesantes y un diseño profesional. Por eso y porque me he involucrado directamente en la iniciativa -los responsables del proyecto han confiado en mí para representarlo en España-, he esperado con ganas la llegada a mi buzón del segundo número y me alegra que el tercero esté ya en marcha. No es poco, en los tiempos que corren, que una revista escéptica se planifique con tiempo -Borgo es paciente y está encima de los colaboradores para que cumplan con los plazos- y llegue puntual a su cita con los lectores. Que, además, lo haga con material de actualidad debería ser motivo de celebración.

Entre los artículos de fondo de la segunda entrega de Pensar, destaca el dedicado a los mitos en torno al cáncer: el oncólogo Ernesto Gil Deza ha hecho una magnífica síntesis de las falsas ideas sobre esa enfermedad, desde su carácter maldito hasta la posibilidad de combatirla con tratamientos alternativos, pasando por su equiparación con una condena a muerte. El escéptico brasileño Kentaro Mori analiza algunas de las últimas investigaciones sobre el poder de la oración, el mexicano Mario Méndez Acosta aclara lo que se esconde tras el feng shui, el español Luis R. González habla de extraterrestres en sellos y monedas, y el argentino Enrique Márquez la emprende contra el empacho. Además, hay un puñado de breves comentarios de actualidad -incluido uno sobre la falsa película lunar de Juan José Benítez, de quien tres meses después del fiasco de Planeta encantadoseguimos sin saber nada- y tres críticas de libros.

Parte de ese material se unirá pronto en la web de la revista al que ya hay del número anterior, pero habrá cosas que sólo podrán leer quienes tengan acceso físico a la publicación. Unirse al creciente grupo de lectores de Pensar sólo cuesta 12 dólares por un año y 20 por dos, y puede hacerse a través de Internet o del correo convencional, usando en el primero de los casos la tarjeta de crédito y en el segundo teniendo, además, la posibilidad del giro postal. En caso de que tengan algún problema, no duden en ponerse en contacto con el miembro del equipo que les sea geográficamente más cercano. ¿Quieren Pensar?

La fortaleza de los descerebrados

Alicia Senovilla, la presentadora de 'El castillo de las mentes prodigiosas'', en el estudio donde viven encerrados los 'freaks' paranormales.

El último invento de la productora Gestmusic para Antena 3 -una de las tres cadenas de televisión privadas que abarcan todo el territorio español- lleva el título de El castillo de las mentes prodigiosas. La acción se desarrolla en unos estudios y los protagonistas son un grupo de pícaros de lo paranormal que, cuando no dan risa, dan pena. A falta de castillo y de mentes prodigiosas, hay morbo y zafiedad a raudales, una presentadora que luce escote y un jurado -formado por una aristócrata, un astrofísico, un cura, un periodista y una vidente- que en la primera entrega se limitó a seguir las evoluciones de los monstruos desde la barrera. Telebasura en estado puro.

El declarado objetivo de esta especie de Operación Triunfo esotérica es anecdótico: que los concursantes demuestren, “día a día, experimento a experimento, reto a reto, que realmente poseen esos dones prodigiosos que algunos incrédulos les niegan”. Lo cierto es que estamos ante una muestra más de la inmundicia que anega la programación de las televisiones españolas, ya sea en forma de programas de cotilleo o de reality shows. Por eso, había prestado tanta atención a El castillo de las mentes prodigiosas como a cualquiera de los bodrios con que nos viene regalando la pequeña pantalla hasta que, cuando intentaba el 23 de marzo entender los últimos hallazgos del todoterreno Opportunity en Marte, me llegó un mensaje al teléfono móvil: “Empezó el circo. Armentia y D’Arbó junto a Aramís y Apeles en el jurado”. Como un resorte, abandoné mi mesa de trabajo para ver unos minutos del engendro, cosa que no consiguieron ni con Gran hermano ni con ninguna de sus secuelas hoteleras, musicales o del tipo que sean. Todavía no me he recuperado.

Lo que me ha sorprendido de El castillo… es la presencia de Javier Armentia entre quienes han de juzgar las habilidades de los brujos, que han sido seleccionados entre lo más cutre del escenario paranormal iberoamericano. Durante las últimas semanas, me habían llegado rumores de que a varios escépticos les habían ofrecido formar parte del tribunal, pero había descartado que alguno de ellos se prestara a tal juego. Me precipité. El más popular de los escépticos españoles ha dicho que sí a los cantos de sirena de la productora de Toni Cruz y Josep Maria Mainat. Armentia, el mismo que tantas veces ha plantado cara valientemente a la pseudociencia y que sacó al movimiento escéptico de las cavernas en los años 90, hace un flaco favor a la causa racionalista al acudir al programa que presenta Alicia Senovilla. Porque sus hechos contradicen las duras críticas a la telebasura que ha escrito en los últimos años, le equiparan indirectamente a personajes como Aramís Fuster y el padre Apeles -son sus colegas de tribunal- y permiten a Gestmusic utilizar su imagen para intentar dignificar un producto vomitivo. Y me da rabia porque es mi amigo.

Sin el director del Planetario de Pamplona, El castillo… hubiera sido lo mismo que con él, una simple feria de monstruos. Dudo que alguien con una neurona activa se tome en serio a la insultante bruja Lola, al verdulero Paco Porras, a la siliconada Leevon Kennedy y al resto de la troupe. El grupo de concursantes representa lo peor de lo peor. “¿Mentes prodigiosas? En todo caso, egos desmesurados, sombreros y túnicas estrafalarios y, sobre todo, muchas ansias por chupar cámara y ganar dinero”, ha escrito en El Mundo el crítico Javier Lorenzo, para quien calificar de mente prodigiosa la de “cualquiera de los analfabetos funcionales que ahí se encuentran es, además de un terrible sarcasmo, un insulto a la inteligencia de los españoles; los cuales, por cierto, ya han emitido su inapelable veredicto al concederles un exiguo 14% de audiencia”. Ése fue el porcentaje de espectadores que siguió las andanzas de los brujos en una noche inaugural en la que el público del estudio no podía contener la risa ante la continua bufonada.

No sé qué ha llevado a Armentia a poner en la picota una imagen y una credibilidad ganadas a pulso. El texto que a título de explicación ha colgado en su web dice mucho menos de lo que parece. Se explaya en disquisiciones sobre lo que es la telebasura y recuerda que ha participado en programas de televisión serios y menos serios, como Moros y cristianos, Toma y daca, Rifi-Rafe y otros. Conozco algunos de los espacios que cita Armentia por haber intervenido en ellos. No estamos hablando de debates al estilo de La clave; pero tampoco de nada remotamente parecido a El castillo…. La diferencia fundamental es que en aquellos programas se podía discutir y que, a pesar de que el productor de turno casi siempre trataba de colar a algún freak, éste solía salir escaldado; no era el protagonista alrededor del cual se organizaba la acción. Lo contrario que en el nuevo reality show de Antena 3, donde todo gira en torno a una decena de estrafalarios personajes, algunos de más que dudosa catadura. Por si eso fuera poco, antes, ciencia y superchería no solían compartir bando, sino que estaban claramente enfrentadas. Ahora, esa situación da un vuelco: la aristócrata Beatriz de Orleans, el astrofísico Javier Armentia, el cura José Apeles, el periodista Sebastiá D’Arbó y la vidente Aramís Fuster están en el mismo palco, el de los jueces. Los cinco han sido investidos con la misma autoridad, una simbólica capa roja.

Aunque el más hábil de los escépticos hiciera un papel digno en un programa de estas características, ¿serviría para algo? Pienso que no. Al espectador de El castillo… no le interesa ni lo paranormal ni los argumentos de Armentia, sino mirar por el ojo de la cerradura de esa mansión en la que viven los concursantes para ver quién se acuesta con quién, quién insulta a quién, quién corteja a quién, quién golpea a quién, quién está más loco, quién es más iracundo, quién es el más odiado… Es la misma mierda que Gran hermano, un formato que ha demostrado lo barato que venden algunas personas su dignidad y su intimidad. De los habitantes de la fortaleza de los magos, no han trascendido cantidades, pero este tipo de productos mueve mucho dinero. No lo duden. Valga un ejemplo: en una llamada telefónica de contacto a un posible miembro del tribunal, la productora ofreció unos 1.000 euros por programa, más gastos. Era el punto de partida de la negociación para un juez con bastante menos nombre que cualquiera de los cinco finalmente elegidos.

Las diferentes posturas dentro de la comunidad escéptica frente al paso dado por Armentia -hay quienes no dudan en felicitarle, quienes están a la espera de lo que haga y somos una minoría, al parecer, quienes creemos que ha metido la pata- parten de la respuesta a una pregunta: ¿deben los escépticos ir a todos los sitios de los que les llamen? Yo creo que no. Y a esa conclusión parece que también llegaron los directivos de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico cuando descartaron enviar a alguien a El castillo… en representación de la entidad, a pesar del interés manifestado por Gestmusic, que podría haberse materializado en forma de un buen fajo de euros. Quienes mantienen que hay que participar en este tipo de programas harían bien en preguntarse por qué destacados representantes del esoterismo español se han negado a hacerlo, por qué los creyentes en lo paranormal consideran lamentable el último proyecto de Cruz y Mainat, y por qué la inclusión de un escéptico entre el elenco ha sido recibida con alborozo por los fabricantes de misterios. Es lógico: la decisión de Armentia salpica no sólo a él, sino también a la organización que presidió durante tantos años y de la que sigue siendo el rostro más conocido, y de rebote al resto de los escépticos españoles. Nadie lo puede evitar y únicamente cabe desear que el portón de esa guarida freak caiga para siempre cuanto antes. Ya sabemos que los encerrados no tienen ningún poder: en su debut, les vieron cuatro gatos.