Escepticismo

Creyentes en todo; escépticos de nada

Dice Fernando Savater, en un artículo sobre el encuentro de religiones del Fórum de las Culturas publicado ayer en El Correo, que, “aunque sean humanamente respetuosos, los creyentes de una fe ven a los que creen en otras como los ateos vemos a todos ellos: como gente equivocada. Y el error ajeno, por muy tolerante que sea uno, despierta a la larga más impaciencia y conmiseración que auténtica simpatía”. El filósofo se sorprende, por eso, del “buen rollito reinante entre los cientos de representantes de creencias manifiestamente dispares” que se han citado en la capital catalana y sospecha que “entre los asistentes a esa ensalada de creencias y sortilegios ha predominado fundamentalmente el buenismo, o sea, el afán postmoderno de sentirse bueno por razones más estéticas que morales”. Ciertamente, resulta muy difícil de tragar tanta fraternidad entre quienes han intentado e intentan a toda costa que sus dioses predominen sobre los de los demás -incluso que se impongan a los que vivimos sin dios tan ricamente-, y han predicado y practicado durante siglos la santa intolerancia hacia todo el que se aparta de sus dogmas.

La reflexión de Savater me ha recordado como, hace no tantos años, los apóstoles de la ufología renegaban de la parapsicología, los de la parapsicología no creían en la astrología, los practicantes de la astrología no se tragaban lo de las visitas de marcianos en la Antigüedad y los partidarios de éstas no profesaban la fe en los ovnis. Ésa era la tónica general entre los expertos de lo oculto: mi creencia es la buena; las otras no. El rechazo de las supersticiones ajenas era una forma de dar solidez a la propia, de dejar claro que uno no era un crédulo de tomo y lomo y que, si pensaba lo que pensaba, era porque lo había meditado y existían pruebas que cimentaban sus conclusiones. Ahora, al igual que católicos, budistas, islámicos y demás hermanados en Barcelona -¿hubo representantes de la fe jedi?-, los engañabobos de lo paranormal no hacen distingos: apoyan con el mismo entusiasmo y fervor la existencia de la piramidología, los platillos volantes, las conspiraciones, el vudú, la desapariciones misteriosas, las casas encantadas, los continentes perdidos, los monstruos, los extraterrestres en las pinturas prehistóricas, los dotados de poderes psíquicos… Como los clérigos de todos los colores, ninguno denuncia la falsedad de lo que dice el otro, no vaya a ser que el otro le saque a su vez los colores. Y, frente a ellos, sólo estamos los escépticos; como únicamente estamos los ateos frente a las religiones.

El escritor Juan Manuel de Prada dedicaba ayer su página de El Semanal a un ejemplo del maridaje entre las supersticiones paranormales y religiosas, personificada en la visión que tuvo en la televisión de “un programa que abordaba la figura de Jesucristo desde una perspectiva esotérica. El presentador, con aspecto de hombre Camel (así llama mi esposa a los tíos machotes, curtidos por el sol de la aventura, que visten como si la vida fuera un perpetuo safari), comenzaba exponiendo su interés en despojar a Jesucristo de toda esa hojarasca de tergiversaciones y manipulaciones que han emborronado su figura. Enseguida supe que me hallaba ante una pieza antológica de ese esoterismo pachanguero que tanto me estimula: el tono campanudo del presentador, la aportación de datos presuntamente históricos servían como coartada para el posterior desparrame”. El artículo, titulado “21 de agosto, Navidad”, disecciona el episodio de la serie Planeta encantado en el que Juan José Benítez sienta a Jesús en el Coliseo romano antes de que el edificio existiera.

La Televisión Española (TVE) del PP estrenó los documentales de Benítez en octubre de 2003 y la del PSOE los ha repuesto este verano. Estamos ante una muestra más del hermanamiento de la izquierda y la derecha en la superstición y la estupidez. Y no olvidemos, como indica Prada, que Planeta encantado ha sido emitido por una televisión que pagamos todos los españoles. Tenemos sobrados motivos para avergonzarnos.

‘Pensar’ cada tres meses pegados a la actualidad

Portada del número 3 de la revista ‘Pensar’.Que una publicación trimestral parezca pegada a la actualidad resulta difícil y, cuando sucede, no se debe a la suerte, sino a la inteligencia y profesionalidad de sus responsables a la hora de elegir los temas de los artículos. Eso ocurre con el tercer número de Pensar, la revista en español del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP). A pesar de haberse planificado hace meses, contiene artículos que podrían salir ahora mismo en cualquier semanario, como el dedicado a El código Da Vinci y el que analiza las predicciones de los gurús de la economía.

Hace tiempo que buscaba una crítica histórica del best seller de Dan Brown, que no he leído porque gente de la que me fío me recomendó que no me expusiera a ese riesgo. El prolífico José Luis Calvo hace en Pensar realidad mis deseos con un texto de tres páginas en el que demuestra que El código Da Vinci es una sucesión de disparates desde el punto de vista histórico. Con los vaivenes económicos que sufrimos desde el atentado contra las Torres Gemelas, resulta también más que oportuno un análisis de las predicciones de los gurús financieros como el que hace Pablo Mira, de la Universidad de Buenos Aires. Alejandro Borgo, director de la revista, destaca en el editorial como “un seguimiento detallado de estos pronósticos a menudo arroja un resultado no muy diferente a los de aquéllos que realizan astrólogos y videntes” y recuerda que la pseudociencia “alcanza a sectores de poder que, utilizando una presuntuosa y oscura jerga, toman determinaciones decisivas para millones de personas”.

Calvo y Mira sacan al pensamiento crítico del rincón del misterio para aplicarlo a un libro de ventas millonarias y a una realidad que nos afecta a todos, pero no faltan en este número de Pensar textos de corte más clásico dentro del escepticismo científico, como el del historiador y periodista Julio Arrieta sobre los platillos volantes en el arte rupestre, el del veterano Joe Nickell acerca de las líneas de Nazca y el de Widson Porto Reis dedicado a la publicidad subliminal. Mención especial merece la reflexión sobre periodismo y escepticismo de Alejandro C. Agostinelli, editor de Dios!, porque tratarse de una visión de la profesión de comunicador desde dentro, autocrítica y sincera. Comparto muchas de las opiniones del periodista argentino, pero lo que me parece más interesante es que alguien se pare a pensar sobre cuál puede ser la mejor vía para “sembrar la semilla de la duda” desde los medios de comunicación. Es un debate pendiente que puede ayudar a que el escepticismo tenga en el futuro una aceptable proyección social en países como España.

Pensar, revista en la que están implicados miembros de prácticamente todos los colectivos escépticos latinoamericanos, tiene periodicidad trimestral y cuesta 12 dólares por un año y 20 por dos. Pueden suscribirse a ella a través de Internet o del correo convencional, usando en el primero de los casos la tarjeta de crédito y en el segundo teniendo, además, la posibilidad del giro postal. En caso de que tengan algún problema o pregunta, no duden en ponerse en contacto con el representante de Pensar que les sea geográficamente más cercano.

Cree el 25 de junio un ovni en los cielos de España: participe en el Proyecto Magonia

¿Quiere poner a prueba la fiabilidad como testigos de los aficionados a los platillos volantes y la sagacidad como investigadores de los ufólogos? Si es así, y le apetece además pasar un buen rato, le animo a participar el 25 de junio en el Proyecto Magonia, una iniciativa paralela a la Alerta ovni organizada en España por Iker Jiménez y la Cadena SER. En enero de 1979, un grupo liderado por Félix Ares, actual presidente de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, demostró la tendencia del público a ver en el cielo cosas sorprendentes y la de Juan José Benítez a entrevistar a testigos inexistentes y a tomar un juego de focos por una portentosa nave extraterrestre. La iniciativa fue bautizada como Proyecto Iván, por el nombre de la cafetería donde se planificó el experimento, que en aquella ocasión requirió de una campaña previa de motivación y sensibilización de la prensa. Veinticinco años después, el Proyecto Magonia intentará comprobar cuán fiables son tanto los testigos como los ufólogos y quien mejor lo haga será premiado con un lote de libros y revistas sobre la materia.

El experimento se hará la noche del 25 de junio, cuando centenares de personas saldrán al campo a ver ovnis animadas por el programa Milenio 3, de la SER. Como el público ya ha sido convocado, quienes participen en el Proyecto Magonia sólo tendrán que centrarse en la creación de estímulos, de falsos ovnis. Cada individuo o equipo podrá usar para ello lo que quiera -luces de coche, focos, globos iluminados, fotos y películas trucadas…-, actuar desde donde guste y alertar o no de la presencia del extraño objeto a sus víctimas potenciales, pero siempre deberá evitar que sus acciones provoquen directa o indirectamente daños a personas y bienes. Los fabricantes de falsos ovnis que quieran sumarse al Proyecto Magonia tendrán que hacer un seguimiento de sus platillos volantes en los medios de comunicación, desde la SER esa misma noche hasta las revistas esotéricas en los meses siguientes.

A la hora de decidir el ganador, el jurado primará el informe más completo. El trabajo ideal deberá incluir la descripción del ovni facilitada por los testigos, su interpretación de los hechos, si medios de comunicación y ufólogos se hicieron eco del fenómeno -y de qué modo-, lo que realmente era y cómo se diseñó el estímulo. Cada individuo o equipo podrá documentar en vídeo y audio, con fotografías, planos y esquemas, y -si es preciso- mediante la intervención de un fedatario público, la paternidad del falso ovni. El informe se mandará en formato electrónico a Luis Alfonso Gámez -en caso de que por su volumen el envío resulte imposible, el concursante colocará el material en una web donde podrán examinarlo los miembros del jurado- antes del 30 de septiembre de 2004. El fallo del jurado, cuya decisión será inapelable y que podrá declarar el premio desierto, se publicará en ésta y otras webs el 30 de octubre.

Los miembros del jurado serán Alejandro C. Agostinelli, periodista y editor de Dios!; Félix Ares, divulgador científico; Julio Arrieta, historiador y periodista; Alejandro J. Borgo, periodista y director de la revista Pensar; José Luis Calvo, historiador y responsable de El Triunfo de Clío; Luis R. González, ufólogo y periodista científico; y Heriberto Janosch, psicólogo y fundador del Centro Argentino para la Investigación y Refutación de la Pseudociencia (CAIRP). El premio consistirá en un lote de libros donado por el responsable de Magonia y compuesto por: Ovnis: el fenómeno aterrizaje (1978), de Vicente-Juan Ballester Olmos; Incidente en Manises (1980), de Juan José Benítez; El incidente (1980), de Charles Berlitz y William Moore; Ovnis: enigma del espacio (1980), de Eugenio Danyans; Ovnis y agujeros negros (1981), de Màrius Lleget; Objetos desconocidos en el cielo (1961), de Antonio Ribera; Pasaporte a Magonia (1969), de Jacques Vallée; el Diccionario temático de ufología (1997), de la Fundación Anomalía; y una colección completa, en formato digital, de la revista El Escéptico.

Solapas, noticias y prólogos engañosos

Dice Joel Achenbach que “cualquier libro que incluya las credenciales del autor en la portada -por ejemplo, John Mack, doctor en Medicina o doctor Jacques Vallée– resulta sospechoso”. En Captured by aliens. The search for life and truth in a very large universe (Citadel Press, 1999) -ensayo del que hablaremos otro día-, él sólo nos informa de que es periodista y de que trabaja en The Washington Post. Huye tanto de la titulación académica como de la calificación de periodista científico, que a veces parece con el científico intentar dignificar la, para algunos, indigna labor de periodista. Achenbach dedica su libro a la pasión por los extraterrestres que une a científicos y a quienes no lo son, escribe bien y sabe de lo que habla. Son estos dos últimos requisitos en los cuales debe basarse el auténtico periodismo y que se presuponen a los profesionales, aunque a veces lo uno no vaya acompañado de lo otro ni por compadreo o partidismo se reflexione acerca de las actitudes dudosas, siempre y cuando no corran a cargo de medios de titularidad pública, cuyas pérfidas intenciones están más allá de toda duda.

Sentado espero, sin embargo, a que aparezca el terrorista suicida del 11-M cuyo cuerpo fue presuntamente descubierto en uno de los trenes, hallazgo voceado hasta la saciedad por los apóstoles privados del rigor y del que nunca más se supo. ¿Por qué? Porque no existió. Fue otro episodio más de la ceremonia de confusión orquestada aquellos tres días de marzo por tirios y troyanos para ver quién se llevaba el voto de los españoles a las urnas. Supongo que dentro de un tiempo leeremos sobre el asunto un trabajo de investigación periodística digno de tal calificación, y no uno de esos textos que ya han llegado a las librerías y que no aportan nada porque su único objetivo es pegar primero. La reflexión de Achenbach sobre las credenciales de los autores me ha recordado un episodio de un descaro mayúsculo, así como otros que prueban la egolatría y soberbia de los protagonistas, quienes, además de dárselas de lo que no son, se creen que los demás somos tontos de baba.

En 1973, el biólogo Rémy Chauvin escribió el prólogo a una obra de su “amigo Pierre Duval” porque “su manuscrito sobre La ciencia ante lo extraño me interesó y aun me apasionó en más de un sentido”. El libro era uno de tantos dedicados a Stonehenge, Gauquelin, los ovnis, Velikovsky, el mapa de Piri Reis y ese baúl de misterios que ha atraído a varias generaciones hasta los límites de la realidad y a algunos les ha llevado a caer en el abismo. El texto de Chauvin era entusiasta respecto a lo que defendía el autor y sumamente elogioso con la capacidad intelectual de su amigo: “Su libro debería ser redactado por un equipo de especialistas y no por un solo hombre. Él no es al mismo tiempo un físico, un paleontólogo, un geólogo y un astrónomo. Por lo tanto, es más que probable que haya cometido en los detalles más de un error, lo que a la larga va a servirle para curarse en salud. Los demás se apoyarán en sus fallos, que yo creo menores, para rebatir la totalidad de sus tesis. Ya se lo he advertido, pero él me ha contestado que “a esos especialistas haría falta en primer lugar encontrarlos. Hay cien jóvenes investigadores que podrían redactar estos capítulos, pero ¿es que tú sabes a lo que se exponen? ¡Se exponen a la Santa Inquisición, ni más ni menos! ¡Oh! Nadie les diría nada, pero el informe pasaría de boca a oreja, después de lo cual una persona de este tipo ya deja de ser alguien serio, puesto que ha escrito sobre astrología y sobre los platillos volantes y luego los créditos para investigación se agotarán y el progreso volverá a marcar el paso. Tú sabes bien que todo eso sigue sucediendo”. ¡Oh, sí! Desgraciadamente hay una sola cosa que de veras causa placer a los hombres: impedir a sus congéneres que piensen lo que ellos quieran. Ya no se les pone en la hoguera, es cierto, pero muy bien se les puede impedir que vivan o que trabajen. Esto se hace todos los días”. Precioso, ¿verdad? Además, dice mucho de la honestidad intelectual de los dos autores que se traten del mismo, que Pierre Duval sea el pseudónimo con que Remy Chauvin escribe sus obras sobre lo paranormal.

El mundo del misterio rebosa de autores que nunca existieron o que se ocultan tras alias conocidos por todos. En algunos casos, es para tener varias marcas bajo las que vender sus repetitivos productos; en uno actual muy sonado es simplemente para esconder el pasado esotérico de un personaje menos fiable que Pedro el del lobo. A ese gusto por el disfraz, se han sumado últimamente la publicación de libros y artículos sobre conspiraciones traducidos literalmente de originales anglosajones y presentados como si fueran fruto del trabajo del autor e intertextualizaciones en las que han incurrido también algunos escépticos españoles en cuyos ordenadores han aparecido por arte de Ana Rosa Quintana párrafos de colegas procedentes de revistas como El Escéptico. Pero, si esto puede ser indignante para la víctima del robo, lo que es de risa son las solapas de algunos libros, en las cuales el sabio se nos presenta como director de una publicación que consiste en realidad en cuatro hojas fotocopiadas, presidente de una organización cuyos socios no son los suficientes ni para jugar una partida de mus, criminólogo y teólogo por correspondencia, o integrante de prestigiosas instituciones académicas extranjeras.

No me dirán que no queda bien decir que uno de es miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York o de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS). Quienes hacen esto último se creen que los demás somos tontos. Son socios de ambas entidades porque pagan una cuota. Nada más. Pertenecer a la Academia de Ciencias de Nueva York cuesta como máximo 115 dólares anuales y para serlo de la AAAS basta con pagar la suscripción a la revista Science, que le cuesta a cualquier españolito 215 dólares al año como máximo. Otra cosa es ser fellow -que podríamos traducir por miembro electo- de la AAAS, que no está al alcance de cualquiera, por muy gorda que tenga la cartera. Yo, por de pronto, voy a ver si me fabrico un título por el Instituto Ufológico de Apatamonasterio (Vizcaya), paraje por el que parece que tienen debilidad los tripulantes de los platillos volantes. Ya saben, hay mucho fantasma suelto.

Recuerdos sin pasado

Stalin borraba a sus enemigos de las fotos para hacerlos desaparecer de la Historia. Décadas después, psicólogos canadienses y neozelandeses han demostrado que podemos recordar un hecho que nunca ocurrió si lo asociamos con una imagen indirectamente relacionada con él. Cuestionan así la técnica usada por los psicoterapeutas que recurren a fotografías para despertar en sus clientes el recuerdo de experiencias traumáticas, como el haber sufrido abusos sexuales en la infancia.

Stephen Lindsay, de la Universidad de Victoria (Canadá), y sus colaboradores probaron hace dos años que verse en una escena lleva a muchas personas a pensar que la han vivido. En un experimento en el que participaron veinte individuos, les enseñaron fotos de su niñez procedentes del álbum familiar. Entre las imágenes, incluyeron una manipulada digitalmente con el protagonista montado en un globo aerostático, algo que nunca había pasado. Al ver la foto, la mitad de los sujetos recordó la vivencia inventada.

Los investigadores han constatado ahora que instantáneas que tienen vagamente que ver con unos hechos también favorecen la creación de recuerdos de esos sucesos en un 67% de los sujetos. “Me ha dejado atónito haber obtenido un nivel tan alto de falsas memorias”, reconoce Lindsay, cuyo trabajo aparece en el último número de la revista Psychological Science. “Los resultados apoyan la idea de que los recuerdos no se almacenan en algún lugar de nuestra cabeza. Son experiencias fruto de la interacción entre cosas que realmente nos sucedieron en el pasado y nuestras creencias y expectativas actuales”.

El experimento

En el estudio, participaron 45 alumnos de primero de Psicología. Los científicos contaron a cada uno de ellos tres historias de su niñez de las que les dijeron que les habían informado los padres. Eran vivencias escolares: dos habían ocurrido realmente; la tercera era ficticia, aunque también se atribuía a los progenitores, quienes habían confirmado que su hijo no había vivido nada parecido. La escena imaginada había ocurrido en primer curso, cuando el protagonista tenía 6 años: él y un amigo habían puesto una masa verde gelatinosa de apariencia asquerosa -el Slime estadounidense en el que se basó el español Blandi Blub– en la mesa de la maestra y fueron castigados por ello. Los experimentadores dieron a la mitad de los jóvenes fotos de sus clases, sacadas del catálogo escolar, para ver si se acordaban mejor de los hechos.

Una semana después, los universitarios volvieron al laboratorio para informar de lo que habían conseguido recordar los tres sucesos, los dos reales y el inventado. Dos entrevistadores, que no sabían qué jóvenes habían recibido fotos de la época y cuáles no, leyeron las transcripciones de los testimonios de los estudiantes y juzgaron la precisión de los mismos. Mientras sólo una cuarta parte (27%) de los participantes a los que no se dieron fotos revivió la travesura inventada, el porcentaje ascendió hasta el 67% entre quienes contaron con una imagen de su clase de 1º. “Los falsos recuerdos eran muy detallados”, destaca Lindsay. Cuando los científicos informaron a los sujetos de que una de las historias era falsa, todos menos tres identificaron la ficción correctamente. Pero fueron muchos los que se sorprendieron de que algo que recordaban tan vivamente no hubiera sucedido: “Si no me hubieran dicho que no ocurrió, habría salido de aquí creyendo que pasó”.

Los autores achacan el alto índice de falsos recuerdos a la plausibilidad de la historia -incluido el que un amigo estuviera involucrado-, la confianza inspirada por los entrevistadores y el poder evocador de la foto, aunque se tratara no de una imagen de la travesura, sino de la clase de la que formaba parte entonces el sujeto. Para los experimentadores, no cabe duda de que mecanismos similares a los demostrados en su estudio se dan cuando un psicoterapeuta utiliza fotos para sacar a la luz supuestas memorias reprimidas de abusos sexuales infantiles, rituales satánicos o secuestros por extraterrestres. Los recuerdos se recrean, se reinventan. Piénselo la próxima vez que abra el álbum de fotos de su infancia.


La historia

“Recuerdo cuando Jane (se cambiaron en cada caso el nombre del protagonista y el del maestro) estaba en 1º y, como todos los chicos de entonces, tenía un repugnante Slime (equivalente estadounidense del Blandi Blub) de ésos con los que jugaban los niños. Recuerdo que un día me contó que había llevado el Slime a la escuela y lo había puesto en la mesa de la maestra antes de que llegara. Jane decía que no fue idea de ella, sino de un amigo que le dijo que tenían que hacerlo. Creo que la maestra, la señorita Smollett, se enfadó y castigo a Jane y a su amigo a sentarse media hora de cara a la pared con los brazos y piernas cruzados.”

Publicado originalmente en el diario El Correo.