Escepticismo

El jesuita mexicano que fotografiaba espíritus

El padre Carlos María de Heredia empuja un taburete con la ayuda de un brazo astral.“Todos los que creen en el fenómeno espiritista, así como los que son abiertamente escépticos, no pueden dejar de interesarse por las imágenes espirituales hechas por el padre jesuita De Heredia”, comenzaba en 1923 un reportaje de la revista Popular Mechanics sobre la habilidad de un sacerdote mexicano a la hora de fotografiar espíritus. El clérigo en cuestión era Carlos María de Heredia, profesor de la Universidad de la Santa Cruz (Worcester, EE UU), ilusionista aficionado y amigo de Harry Houdini y John Mulholland, dos magos que también luchaban entonces contra la charlatanería mediúmnica.

Carlos María de Heredia nació en 1872 en Ciudad de México en el seno de una familia acomodada. “Su padre era un mexicano muy rico que construyó un teatro privado para él y sus hermanos. Cuando una celebridad visitaba México, negociaba con ella para que actuara en una sesión privada en el teatro de sus hijos. Una vez (Alexander) Herrmann, el famoso mago, visitó México y actuó ante los niños. La pericia del mago impresionó tanto al padre (de Carlos María de Heredia) que se las arregló para que enseñara su arte a sus hijos”, recuerda el editor en el prólogo de Spiritism and common sense (Espiritismo y sentido común, 1922), una de las obras fundamentales del jesuita. Así surgió en el pequeño De Heredia el interés por la magia. Años después, ya sacerdote, recurrió a ella para desvelar los engaños de los médiums, incluidas las fotografías de espíritus.

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‘El peligro de creer’, en formato digital a 5,99 euros

'El peligro de creer', de Luis Alfonso Gámez.Léeme Libros acaba de sacar a la venta El peligro de creer en formato digital a 5,99 euros. Puede comprarse ya en Amazon y la FNAC, donde también lo venden en papel. Acaba así una aventura que empezó a principios de 2011. Tras ver el episodio piloto de EscépticosJosé Antonio Menor, director de Léeme Libros, me propuso escribir uno. Aunque hace mucho que tengo en mente ponerme a trabajar en un libro sobre el mito de las visitas extraterrestres, quería hacer otra cosa. Así que di vueltas a varias ideas. Al final, dos años después, decidí escribir sobre quienes se aprovechan de nosotros cuando somos más humanos, cuando nos enfrentamos a la muerte y la enfermedad. Por eso, en El peligro de creer, que se publicó en papel en mayo de 2015, hablo de espiritismo, de las mal llamadas medicinas alternativas y de la tecnofobia.

“Creer en lo increíble puede salirnos muy caro: podemos perder dinero, la salud y, en ocasiones, hasta la vida. No basta con que seamos inteligentes para protegernos de este tipo de engaños; tenemos que saber dónde y cómo mirar. Alfred Russel Wallace y Steve Jobs fueron genios, pero, aún así, el primero creía en el espiritismo y el segundo murió prematuramente por su confianza en las medicinas alternativas”, digo en el epílogo. En las 224 páginas de El peligro de creer, aparecen magos, médiums, parapsicólogos y dotados, sinvergüenzas y sus víctimas, y desvelo lo que hay detrás de la güija, el horóscopo, el zahorismo, las pseudoterapias y los poderes paranormales. Pero, sobre todo, dejo claro que por creer en cosas extraordinarias uno para mí no es tonto, sino que simplemente está confundido.

El libro está escrito desde el asombro porque yo mismo fui descubriendo historias extraordinarias página a página. Así, por ejemplo, cuando intentaba hacerme una idea de cómo evolucionó la comunicación mediúmnica desde los simples golpes de los espíritus hasta la güija, se cruzaron en mi camino Michael Faraday y las mesas parlantes. Y la historia de Harry Houdini contra Argamasilla, el aristócrata español con visión de rayos X, me llevó a descubrir un apasionante debate periodístico sobre los poderes paranormales entre grandes figuras de la cultura española de los años 20.

Hasta que empecé a escribir El peligro de creer, mi interés por la mayoría de los asuntos de los que trata  era marginal. La historia del espiritismo, de la que cuelgan varias subtramas, nunca me había llamado la atención más allá de un par de anécdotas y en mi biblioteca sólo había dos libros sobre esa materia. Hoy superan el medio centenar, además de los consultados por vía electrónica. Durante la elaboración del libro, cada vez que me encontraba con algo extraño, la curiosidad me obligaba a tirar del hilo. A veces sufrí bastante hasta dar con el otro extremo, pero al final aprendí muchas cosas. Eso también hizo que la redacción me llevara dos años de trabajo, con momentos en los que estuve a punto de tirar la toalla.

Ahora pueden disfrutar del resultado por la mitad de lo que cuesta en España un menú del día. Les agradeceré si dejan sus opiniones sobre El peligro de creer en las páginas de Amazon, de la FNAC, de otras librerías y aquí mismo. Estaré encantado de aprender de sus críticas de cara a futuros proyectos, si es que los hay, porque no se crean que es fácil encontrar un editor tan valiente como José Antonio Menor.

‘O perigo de crer’, el 20 de abril en Pontevedra

Cartel de la XXXIV Semana Gallega de Filosofía.O perigo de crer (El peligro de creer) es el título de la charla que daré en el Teatro Principal de Pontevedra el jueves 20 de abril, en el marco de la XXXIV Semana Gallega de Filosofía. El encuentro, organizado el Aula Castelao de Filosofía y dedicado este año a Filosofía y salud, se celebra la próxima semana de lunes al viernes. Cada día, la charla matutina (de 10.30 a 13.30 horas) aborda el tema desde una perspectiva filosófica, la de la tarde (de 17 a 19.30 horas) se circunscribe al ámbito gallego y la de la noche (de 20 a 22 horas) se dedica a controversias y está abierta al público.

Mi intervención será nocturna y hablaré sobre todo de las medicinas alternativas, pero también de espiritismo. Lo haré porque, mientras que las pseudoterapias afectan a nuestra salud física, la creencia en personas capaces de comunicarse con los muertos puede tener graves consecuencias psicológicas. Tanto los vendedores de pseudoterapias como los médiums se aprovechan de nuestra humanidad: del miedo a la enfermedad y a la muerte los primeros, y de la angustia que nos produce la pérdida de seres queridos los segundos. Por eso dediqué a pseudomédicos y espiritistas el núcleo de mi libro El peligro de creer.

Si quieren, nos vemos en Pontevedra el jueves de la próxima semana.

El vídeo de mi charla ‘Palabra de Google’, en Comunica2

Aquí tienen el vídeo de Palabra de Google, la charla que di el 17 de febrero en comunica2, el congreso internacional sobre redes sociales que desde hace siete años organiza en Gandía la Universidad Politécnica de Valencia, dirigido por los profesores Marga Cabrera, Rebeca Díez y Alberto Sancho. Aunque era la primera vez que daba esta charla y hay muchas cosas que mejorar, me lo pasé muy bien y disfruté de la hospitalidad de mis anfitriones y con las ponencias y mesas redondas a las que pude asistir. Una experiencia a repetir.

Engañarnos es muy fácil

Carl Sagan temía que sus nietos vivieran en un Estados Unidos cuyos ciudadanos carecieran de “la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad”. “Con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad”, auguraba el astrofísico en El mundo y sus demonios (1995). Evitarlo pasaba, en su opinión, por enseñar en la escuela “hábitos de pensamiento escéptico”, aunque eso supondría que las nuevas generaciones acabarían cuestionando más que los ovnis y a los videntes. “Quizá desafiarán las opiniones de los que están en el poder. ¿Dónde estaremos entonces?”, se preguntaba al final del libro.

El Centro de Investigación Pew, un grupo de reflexión con sede en Washington, revelaba al día siguiente de las elecciones presidenciales estadounidenses que a Donald Trump le habían votado bastantes menos graduados universitarios que a Hillary Clinton (43% frente a 52%), pero muchas más personas sin formación superior (52% frente a 44%). ¿Tienen las sociedades desarrolladas que plantearse cambios en la educación para fomentar el pensamiento crítico y que los ciudadanos no caigan rendidos ante los cantos de sirena del populismo?; con una población mejor educada, ¿Trump estaría en el Despacho Oval y Reino Unido fuera de la UE?

Sesgo ideológico

El filósofo de la ciencia Jesús Zamora Bonilla. Foto: José Ramón Ladra.“Nunca se sabe. Cuando Hitler salió elegido en los años 30, Alemania era el país con mejor educación de Europa. Aunque, cuanto más pensamiento crítico, más difícil es que cuajen cierto tipo de engaños, también hay ideas erróneas que arraigan en colectivos educados. Por ejemplo, la oposición a las vacunas está presente en gente con un alto nivel educativo”, advierte Jesús Zamora Bonilla, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la UNED. El problema ahora, añade, es que se ha extendido la idea de que “uno tiene derecho a que sea verdad lo que cree. No es así. Tienes derecho a creer tonterías, pero no dejan de serlo porque las creas”.

A la hora de protegernos frente a tonterías -algunas de ellas peligrosas, como la antivacunación-, Zamora Bonilla considera fundamental que “las instituciones funcionen bien” y que “la gente sepa que la última palabra en muchas cuestiones la tiene la ciencia, que no se basa en opiniones, sino en el análisis objetivo de los datos”. Si la población fuera consciente de eso, daría la espalda a los políticos que pescan votos en el miedo a los transgénicos y las ondas de telefonía, por ejemplo. “En el colegio tiene que haber asignaturas, que son a las que ha quitado peso la ley Wert, que fomenten el pensamiento crítico, en las que se enseñe a pensar, que no todas las opiniones son igual de válidas…”, apostilla.

El biólogo Juan Ignacio Pérez, en el Bizkaia Aretoa. Foto: Fernando Gómez.“Sería muy recomendable que en la escuela y el instituto se pusiera más énfasis en que no hay que dar por buena toda la información que recibimos. Por norma, deberíamos exigir pruebas de las afirmaciones que se hacen en todos los ámbitos. Deberíamos preguntar siempre el porqué de las cosas, incluso a nosotros mismos”, afirma Juan Ignacio Pérez Iglesias, biólogo y titular de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco. Lo que realmente preocupa hoy a muchos científicos estadounidenses, explica, “es el convencimiento de que con Donald Trump va a acabarse la toma de decisiones políticas basada en pruebas. Creen que lo que son hábitos de pensamiento y actuación beneficiosos que no se van a seguir aplicando”.

Pérez Iglesias es, no obstante, “escéptico sobre el potencial del sistema educativo a la hora de fomentar el pensamiento crítico porque en los seres humanos la componente irracional es beportantísima a la hora de tomar decisiones. Debemos ser conscientes de los sesgos, esos atajos mentales que forman parte de nuestro bagaje evolutivo y nos ayudan a resolver problemas sin pensar demasiado, y, sobre todo, del peso de lo emocional e ideológico. Hay mucha gente que vota a un partido porque las tripas se lo piden. Solo así se explica la insensibilidad ante la corrupción”. De ahí que él crea que el pensamiento crítico, “aunque hay que cultivarlo y promoverlo”, va a tener siempre “un alcance limitado”. “Es muy fácil engañarnos. Cuando entran en juego la política y la ideología, es igual de fácil engañar a cien catedráticos universitarios que a cien conductores de autobús”, coincide Zamora Bonilla.

Sentido común

El filósofo y pedagogo Gregorio luri.“Todos tenemos una parte un poco imbécil y no conocerla es la peor de las imbecilidades”, alerta el filósofo y pedagogo Gregorio Luri. Él prefiere hablar de “pensamiento riguroso en vez de pensamiento crítico”, porque, argumenta, solemos usar esta última acepción para aquel que coincide con el nuestro. “La clave está en pensar con rigor, algo que no es fácil, y tener claro que hay trampas en el pensamiento en las que no deberíamos caer, como las falacias. Pero someterte a una disciplina intelectual así resulta agotador, suele hacer daño y nunca sabes si la conclusión a la que has llegado es un fundamento firme o marca solo el límite de tus fuerzas”.

Por eso, en su opinión, más importante que el pensamiento crítico es “vivir en una comunidad con sentido común, que, como decía Aristóteles, básicamente se educa mostrando ejemplos de gente con sentido común. Hoy, sin embargo, predominan los de éxito fácil, de famoseo… Ahí hay un riesgo”. Para Luri, “la victoria de Trump se debe a que la alternativa era mucho peor. La gente no es tonta, no es estúpida. Lo que debería plantearse la socialdemocracia es por qué hay personas inteligentes, con buen criterio y una formación elevada, que se sienten perjudicadas por sus políticas. Trump me parece una persona bastante repulsiva, pero a los estadounidenses les ha parecido más repulsiva Hillary Clinton”. En el caso de Reino Unido, cree que la UE no ha sabido cautivar no solo a los británicos, sino tampoco a muchos otros nacionales. Pérez Iglesias tampoco achaca el Brexit a un voto no educado, sino a “la antigua querencia de Reino Unido por no estar en la UE”.

El economista José Luis Ferreira.“Si miras a los votantes de Trump, Le Pen y otros populismos, hay mucha gente con buena educación, que ha pasado por la Universidad. No sé cuál es el mejor antídoto para evitar que salgan los demonios que llevamos dentro: el racismo, el machismo… La mejor educación nunca sobra, pero no sé si es el antídoto. Estados Unidos, Francia y Holanda son países muy civilizados, muy educados”, advierte el economista José Luis Ferreira, profesor de la Universidad Carlos III. Frente a quienes sostienen que “los gobernantes nos quieren tontos”, él considera que esa visión conspiranoica carece de sentido. “No hace falta. Está visto que podemos ser educados y votarles de todas maneras. Lo puedo entender en otras épocas y en regímenes autoritarios, donde una élite expulsa de la educación a las mujeres y a las minorías, pero no creo que ningún dirigente quiera algo así en las sociedades democráticas. Ni Rajoy, ni Iglesias, ni Trump, ni Le Pen”.

Para Ferreira, en la escuela el pensamiento crítico tendría que impregnarlo todo. “Cualquier asignatura debería incluir no solo los datos y las teorías, sino también ver críticamente cómo se ha llegado a entender que eso es así y no de otra manera. Falta esta segunda parte, seguramente debido a unos programas siempre apretados. Igual hay que dar menos contenidos, pero con más profundidad”. Él no cree que ningún dirigente político rechazara esa posibilidad. “Los políticos de cualquier ideología están convencidos de que, si la gente pensara críticamente, les votaría a ellos porque su ideología es la buena”.