Conspiraciones

Benítez, el 11-S y los pseudoescépticos argentinos

Ahora que va a regresar a Televisión Española con su serie Planeta encantado -cuya producción ha costado 8 millones de euros y que contiene algunas de las escenas más ridículas que hemos visto en espacios de este tipo-, alguien debería recordar a nuestros políticos y a la sociedad en general quién es Juan José Benítez, autor cuyo currículo de disparates e insensateces es tan amplio como miles los kilómetros dice haber recorrido tras el misterio. ¿La penúltima? Que el ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono fue organizado por altas instancias del Gobierno de Estados Unidos. Lo dijo en septiembre de 2002, durante la presentación de su libro Mi Dios favorito, que por prudencia sólo me he atrevido a hojear. “Todo estuvo diseñado por los propios norteamericanos”, afirma el novelista navarro sobre los atentados terroristas.

Otros dos hispanos, Christian Sanz y Norberto Maraschi, tampoco creen que un avión se estrelló contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001. Lo sorprendente es que hasta hace poco ocupaban la presidencia y vicepresidencia, respectivamente, de la Asociación Argentina de Lucha contra las Pseudociencias (ASALUP), que por cierto carece de personalidad legal. Sanz dimitió después de descubrirse que plagió un artículo y que un fax que presentó como prueba en un debate televisivo era una burda falsificación. El descubrimiento del fraude del fax corrió a cargo de auténticos escépticos a quienes los responsables de ASALUP y Héctor Walter Navarro, un pseudoescéptico encarnación de la telebasura en Argentina, intentaron desacreditar. Sanz, Maraschi y Navarro respondieron con insultos a los críticos hasta que tuvieron que callar aplastados por las pruebas del plagio y de la falsificación.

La historia es apasionante e inquietante: los auténticos escépticos argentinos -Alejandro Agostinelli, Alejandro Borgo y Max Seifert, entre otros- han defendido a capa y espada la racionalidad frente a aquéllos que únicamente buscan el beneficio personal y que, si no están en las filas de Benítez y compañía, es porque hay demasiada competencia. Lean “¿Está el escepticismo organizado argentino en manos de conspiracionistas?” -les aseguro que se preguntarán el porqué de los signos de interrogación- y el artículo que publicó sobre el asunto Alejandro Borgo en Skeptical Briefs, el boletín del Comité para Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), cuya versión española ha aparecido en El Escéptico Digital.

Rumores de guerra

EL 'DIABLO'. El rostro en el humo de la Torre Norte tiene su origen en que nuestro cerebro intenta reconocer formas en el caos. Foto: AP.

“Dos hermanos serán separados violentamente por el caos… La tercera gran guerra comenzará cuando la ciudad esté en llamas” (Nostradamus, 1654). Dos días después del ataque terrorista contra el World Trade Center, esta cita, en la cabecera de un diario madrileño, daba visos de autenticidad a una apocalíptica profecía. Los hermanos eran las Torres Gemelas; la ciudad, Nueva York, y el desastre había sido predicho por Michel de Notredame a mediados del siglo XVII. El presagio era, sin embargo, tan falso como una moneda de tres euros. Para empezar, porque Nostradamus murió en 1566, así que no pudo escribir esas palabras un siglo más tarde; para acabar, porque no existe ninguna cuarteta del astrólogo francés que diga algo parecido.

La primera parte del verso fue creada en 1997 por Neil Marshall, un estudiante de la Universidad de Brock, en Canadá, para un ensayo -titulado Un análisis crítico de Nostradamus– en el que pretendía demostrar que un texto del pasado puede venderse como predicción de un suceso siempre que su redacción sea abstrusa. “Si haces las suficientes profecías y eres lo suficientemente inteligente para escribir de una manera abstracta, serás considerado en el futuro un vidente”, argumentaba Marshall hace seis años. La clave para él era dejar reposar lo escrito hasta que una de las profecías encajase con la realidad. Cuando, el 11 de septiembre, alguien añadió a su cuarteta original lo de “la tercera gran guerra comenzará cuando la ciudad esté en llamas” y envió el texto masivamente por correo electrónico, Marshall vio su hipótesis demostrada y a sí mismo transmutado en adivino. El tiempo le había dado la razón.

‘Pelotazo’ editorial

La falsa profecía de Nostradamus fue la primera de las mentiras relacionadas con la tragedia de septiembre en difundirse a los cuatro vientos. La última se plasmó en un libro que se puso a la venta en Francia en marzo de 2002 y se convirtió en todo un éxito de ventas. 11 septembre: l’effroyable imposture (11 de septiembre. La gran impostura) propugna que no hubo ningún avión que se estrellara contra el Pentágono. Su autor, Thierry Meyssan, es periodista y preside la Red Voltaire, una organización de izquierdas que combatió en su día al Frente Nacional y que ha visto fulminada su credibilidad de la noche a la mañana por el pelotazo editorial de su presidente.

'La gran impostura', de  Thierry Meyssan.Los primeros 20.000 ejemplares de 11 septembre : l’effroyable imposture desaparecieron de las librerías en sólo dos horas. “Hemos vendido 2.500 ejemplares en diez días cuando una novela superventas puede llegar a 1.500 al mes”, señalaba el 1 de abril un portavoz del local parisino de la cadena Fnac en Les Halles a The Guardian. La operación de mercadotecnia empezó el 10 de febrero, cuando Raphaël Meyssan colgó -en francés, inglés, español e italiano- una sinopsis de la teoría de su padre en la web de L’Asile Utopique. Dos semanas después, la página registraba 15.000 visitas diarias. La respuesta no se hizo esperar. A principios de marzo, en el sitio Páginas de Referencia sobre Leyendas Urbanas, se desmontaba punto por punto la tesis de Meyssan en un trabajo que ha sido actualizado tras la publicación del libro.

El periodista sostiene que los destrozos del Pentágono no fueron causados por un avión de pasajeros secuestrado, sino por el propio Gobierno estadounidense. Meyssan llega a tal conclusión al no explicarse cómo puede una aeronave de 100 toneladas que volaba a un mínimo de 400 kilómetros por hora dañar únicamente el anillo exterior del inmueble; cómo pudo chocar justo contra la planta baja; dónde están los restos del Boeing 757; por qué se echó arena sobre el césped próximo al edificio, aunque no había sufrido daños aparentes; qué ocurrió con las alas del aparato y por qué, a su juicio, no provocaron destrozos; por qué el jefe de bomberos no pudo decir a los periodistas dónde estaba el avión, y cuál fue el punto de impacto.

Retórica revisionista

Barbara y David P. Mikkelson, expertos en desenmascarar fraudes, dedican un extenso artículo en las Páginas de Referencia sobre Leyendas Urbanas a poner en su sitio cada una de las alegaciones del conspiranoico, apoyándose en imágenes que, por sí solas, sacan a flote la falsedad de los argumentos de Meyssan. Así, comienzan por señalar que los efectos del choque no se limitaron al anillo exterior del Pentágono, sino que se extendieron a los cinco anillos del ala que sufrió el impacto, tras perforar el avión un muro reforzado de 60 centímetros de espesor. La aeronave, añaden, no se estrelló contra la planta baja del edificio, sino entre la primera y segunda, y tras golpear el suelo.

A pesar de que explotó en una gigantesca bola de fuego, pequeñas piezas del aparato quedaron diseminadas alrededor del edificio, y fueron fotografiadas y filmadas por los periodistas. El vertido de arena y piedras sobre el intacto césped que tanto intriga a Meyssan era para preparar el terreno para el paso de la maquinaria pesada usada en las labores de desescombro y reconstrucción. ¿Pero qué pasó con las alas? “Vi cómo el morro del avión se rompía, vi las alas avanzar hacia adelante”, declaró a The Miami Herald un vecino que presenció el choque. Las alas son una de las partes más frágiles de un avión y su huella en el cuartel general militar estadounidense fueron dos zonas ennegrecidas en la fachada a ambos lados del punto de impacto.

Meyssan no ofrece una versión alternativa al desastre del Pentágono ni explica cómo, si el avión no se estrelló contra el Pentágono, murieron los 68 ocupantes del Vuelo 77 de American Airlines. Se limita a decir que “el Gobierno americano miente”. Para él, todo el desastre fue el fruto de una conspiración urdida en las más altas instancias del Ejecutivo de Bush. “Esta teoría agrada a todo el mundo: no hay extremistas islámicos y todo el mundo es feliz”, sentenciaba Le Nouvel Observateur. Para Libération, se trata de un conjunto de “afirmaciones disparatadas e irresponsables, sin ningún fundamento”, extremo en el que coincide el sociólogo Pierre Lagrange, para quien Meyssan recurre a “la misma retórica” que aquéllos que niegan la existencia de los campos de exterminio nazis. El Pentágono calificó el contenido del libro de “bofetada” a la memoria de las víctimas de los ataques del 11 de septiembre.

El club de la conspiración

El periodista francés entró por la puerta grande en el club de la conspiración, del que forman parte desde negadores de la existencia del virus del sida hasta seguidores de los platillos volantes. Estos últimos se dieron prisa, tras los ataques contra Estados Unidos, en revisar montañas de material gráfico a la búsqueda de pequeñas manchas en el cielo. Las encontraron y llegaron las naves extraterrestres. Numerosos astrólogos dijeron, por su parte, que habían anunciado la catástrofe, aunque ninguno presentó más prueba que una vaga frase que puede significar cualquier cosa.

No faltaron tampoco quienes vieron en la humareda y la polvareda de Manhattan los rostros del Diablo y de Dios, éste último en una fotografía de la caída de la Torre Sur. Estas imágenes no son trucajes, como la del supuesto turista en uno de los rascacielos momentos antes del choque del primer avión. Las caras son creaciones de nuestro cerebro, que busca constantemente formaciones familiares en el caos y es capaz de ver un rostro hasta en un valle marciano. Lo inquietante es que hay muchas personas que caen en las garras de conspiranoicos como Meyssan, que no dudan en banalizar una tragedia y tergiversarla con tal de hacer negocio. Ésa es la última razón de la conspiración.


La realidad inventada

La cuarteta de Nostradamus: “En la ciudad de Dios habrá un gran trueno, dos hermanos serán separados violentamente por el caos, mientras la fortaleza aguante el gran líder sucumbirá, la tercera gran guerra comenzará cuando la ciudad esté en llamas”. Las tres primeras frases las escribió Neil Marshall en 1997; la última, un autor desconocido después del ataque contra Nueva York.

El Diablo y Dios, a escena: Las fotos en las que se ven rostros en el humo de las Torres Gemelas no han sido manipuladas; pero eso no quiere decir que estemos ante los rostros del Diablo y de Dios -o de un teletubbie, que también parece haber un personaje de ésos entre el humo- como han propugnado los amantes de lo sobrenatural. El cerebro humano intenta reconocer formas familiares en el caos, tenga éste forma de humo, de nubes, de nudo de árbol o de mancha en la pared.

LA FOTO DEL TURISTA. Montaje fotográfico en el que se ha colocado un avión como si fuera a chocar contra el World Trade Center.

La fotografía del turista: Se presenta como procedente de una cámara recuperada entre las ruinas del World Trade Center. Es un burdo montaje: el turista viste ropa de invierno, cuando el 11 de septiembre fue un día caluroso; el avión se aproxima por el Norte, luego tiene que tratarse de la Torre Norte, pero ésta no tenía terraza de observación (la de la otra Torre se abría a las 9.30 horas, cuando el primer choque se registró a las 8.49 horas); la aeronave es un Boeing 757 de American Airlines, cuando el primer avión implicado fue un Boeing 767.

La maldición del 11: La catástrofe ocurrió el 11 de septiembre, el 11 del 9 (1 + 1 + 9 = 11). Uno de los vuelos estrellados contra las Torres Gemelas era el 11. New York City, Afghanistan y The Pentagon tienen, cada una, 11 letras. Éstos y otros ejemplos de pseudociencia numerológica llevaron a los amantes de lo paranormal a hablar de la maldición del número 11. Tanta cháchara demuestra sólo que quienes la difunden han sabido elegir qué sumar (¿por qué no se incluyen, por ejemplo, el 2 y el 1 de 2001 en la suma de la fecha?). Cualquiera podría hablar de la maldición del número que quisiera, siempre que eligiera bien los sumandos.

Ningún israelí murió en el World Trade Center: Los 4.000 ciudadanos israelíes que trabajaban en las Torres Gemelas no acudieron a sus oficinas el 11 de septiembre porque se pusieron todos enfermos. Esta mentira, que apareció en Internet el 18 de septiembre, es una de las urdidas para poner a Israel en el origen de los ataques terroristas. Hubo israelíes y judíos entre las víctimas de las Torres Gemelas.

Los ovnis estuvieron allí: Algunos ufólogos han visto, en las numerosas imágenes tomadas aquel día, platillos volantes alrededor de las Torres Gemelas y del Pentágono. Como la mayoría de la evidencia a favor de las visitas extraterrestres, ésta es también insostenible. Se trata de puntos claros u oscuros en el cielo que pueden deberse a defectos del negativo o a aeronaves -aviones o helicópteros- lejanos.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

El Roswell inglés fue una broma

“No fue un ovni; fue un Plymouth Volare de 1979″, ha declarado el militar estadounidense Kevin Conde a la BBC. Veintitrés años después de que unas luces aterrorizaran a soldados del complejo de bases gemelas angloamericanas de Bentwaters y Woodbridge, cerca de Ipswich, todo indica que el origen del más famoso caso británico de platillos volantes fue una broma.En dos madrugadas de finales de diciembre de 1980, personal americano destinado en Bentwaters vio extrañas luces en el bosque de Rendlesham, que separaba la base de su gemela de Woodbridge. Los soldados de guardia creyeron en ambas ocasiones que un avión se había estrellado y abandonaron sus puestos para buscar el aparato y socorrer a su ocupantes. Sin embargo, lo que vieron entre los árboles fue un objeto de apariencia metálica, “de forma triangular, de dos a tres metros de ancho y de dos metros de altura”.

El teniente coronel Charles Halt, subcomandante de la base de Woodbridge, escribió en un informe que el ovni “iluminaba todo el bosque con una luz blanca. El objeto tenía una luz roja pulsante en su parte superior y una batería de luces azules más abajo”. La narración oficial deja claro que, cuando el primer día los soldados se acercaron al objeto, “éste maniobró a través de los árboles y desapareció”.

El fenómeno se repitió dos noches después; pero no pasó a mayores hasta que visitaron el lugar los ufólogos de turno. A partir de ese momento, la historia engordó. Entre otros, se extendió el rumor de que el comandante de la base había mantenido un encuentro cara a cara con pequeños humanoides. Los ingleses ya tenían su equivalente al caso Roswell, el imaginario accidente de una nave extraterrestre en Nuevo México, Estados Unidos, en 1947.

Ovnis en el Parlamento

El Ministerio de Defensa británico abrió una investigación y el asunto llegó hasta el Parlamento. El 24 de julio de 1996, en respuesta a una pregunta del laborista Martin Redmond, un portavoz del Gobierno de John Major dijo en la Cámara de los Comunes que, aunque no se había llegado a “ninguna conclusión firme sobre la naturaleza de los fenómenos”, los sucesos de Rendlesham carecían de importancia desde el punto de vista de la defensa nacional.

Kevin Conde fue agente de seguridad del complejo militar entre de 1979 y 1981, cuando le mandaron a otro destino. Hasta hace un año, no supo nada del ovni del Rendlesham. Ahora, dice que todo fue una broma cuyo objetivo era un joven soldado al que daban miedo la oscuridad y cualquier ruido, y por eso llamaba cada dos por tres a los patrulleros. “Era el blanco perfecto”. Conde y su compañeros se adentraban en el bosque con el coche patrulla y encendían y apagaban no sólo las luces del vehículo -incluido un potente foco-, sino también otras con las que se equipaban para la ocasión, además de hacer ruidos a través de altavoces.

El divulgador científico inglés Ian Ridpath cree que la historia de Conde concuerda con la parte del caso correspondiente a las luces del bosque, “para la que nunca ha habido una buena explicación”. “Como dice Ridpath, no parece que un solo estímulo -ni el faro próximo, ni los bromistas, ni otras actividades militares…- pueda explicar todo lo que dicen los diferentes testigos. Pero, a menudo, los casos ovni clásicos se deben a improbables coincidencias y a la unión injustificada en una gran historia de fenómenos no relacionados”, ha indicado al autor de estas líneas James Oberg, ex ingeniero de la NASA y miembro del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP).

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Pruebas lunares

EL HOMBRE EN LA LUNA. Edwin Aldrin, retratado por Neil Armstrong en el Mar de la Tranquilidad en julio de 1969. Los partidarios de la conspiración ven 'extraños objetos' reflejados en el casco del astronauta. En realidad, se trata de un experimento solar, la bandera, la sombra de Aldrin, Armstrong y el módulo lunar (LEM). El fondo está borroso porque la cámara ha enfocado el primer plano. Fotos: NASA. La mandíbula de Bart Sibrel recibió el 9 de septiembre de 2002 un puñetazo. Al otro extremo del brazo se encontraba Edwin Aldrin. Sucedió a las puertas del hotel Luxe de Beverly Hills, hasta donde el ex astronauta había ido para que le entrevistara un equipo de televisión japonés. Biblia en mano, Sibrel le abordó a la entrada. “¡Jure que caminó sobre la Luna!”, exigió al segundo hombre que puso un pie en otro mundo. Aldrin lo vio entonces claro: todo era un montaje. Los reporteros nipones no existían. Habían sido el cebo del realizador televisivo para atraerle hasta allí, después de varios intentos fallidos de entrevistarle. El acosador volvió a la carga con la Biblia, el puño del ex astronauta despegó como un cohete y el cámara que iba con Sibrel grabó la escena.

Buzz Aldrin está harto de que se ponga en tela de juicio la hazaña en la que participó en julio de 1969. No es el único. Más de tres decenios después de la misión del Apollo 11, el ingeniero espacial y escritor James E. Oberg, trabaja en un libro para demostrar la inconsistencia de las afirmaciones de quienes, como Sibrel, mantienen que el hombre no ha llegado a la Luna. Fue al principio un encargo de la NASA, pero posteriormente la agencia espacial se echó atrás por miedo a la mala publicidad. “Voy a recurrir a ejemplos que la gente pueda comprobar por sí misma. Las argumentaciones se basarán en explicaciones de sentido común”, me dijo en octubre de 2002 el escritor, quien acumula veintidós años de experiencia como ingeniero espacial en Houston, una decena de libros y un millar de artículos de divulgación.

La idea de que el viaje a la Luna fue un gran engaño “es tan antigua como la hazaña. Mucha gente nunca creyó que fuera posible”, explica Oberg. Ha sido en los últimos tiempos, sin embargo, cuando el rumor ha engordado como una bola de nieve pendiente abajo, alimentado por la prensa paranormal -la misma que propugna que ningún avión se estrelló el 11-S contra el Pentágono-, Internet y un documental presentado por Mitch Pileggi -el jefe de Mulder y Scully en Expediente X– que la cadena Fox emitió en Estados Unidos en febrero y marzo de 2001. “Pienso que ese programa fue el empujón final a la NASA”, sospecha el experto, quien estima que, “dependiendo del segmento social, cree que los alunizajes fueron un montaje entre el 5% y el 20% de los estadounidenses”.

¿ILUMINACIÓN IMPOSIBLE? James Irwin, del 'Apollo 15', saluda a la bandera el 31 de julio de 1971. La bandera y el 'United States' del lateral del módulo lunar pueden verse gracias a que la luz del Sol, que está a la izquierda, se refleja en el objeto blanco que hay a los pies de la nave. Foto: NASA. SIN CRÁTER. La inexistencia de un cráter abierto por el motor del LEM al frenar se explica porque el suelo lunar es rocoso por debajo de una fina capa de polvo superficial. Además, al no haber atmósfera, los gases se dispersan rápidamente y ejercen muy poca presión. Foto: NASA.

La gran conspiración

La falsa conquista de la Luna empezó a urdirse, según los partidarios de la conspiración, a mediados de los años 60, cuando la NASA se convenció de que no iba a ser capaz de poner a un hombre en el satélite antes de que acabara la década, en contra de lo anunciado por el presidente Kennedy ante el Congreso el 25 de mayo de 1961. El engaño, mantienen, culminó con la simulación de los seis alunizajes, el último de los cuales lo protagonizaron Harrison Schmitt y Eugene Cernan el 11 de diciembre de 1972. En pleno apogeo del programa Apollo, la agencia espacial llegó a tener en nómina a 35.000 personas, y otras 400.000 trabajaban en empresas y universidades contratadas. Demasiada gente a mantener callada. “O estaban todos compinchados o las cosas no encajan”, apunta Jesús Cancillo, profesor de Psicología Social y Psicofisiología de la Visión en la Universidad de Alicante.

CIELO SIN ESTRELLAS. La bandera no ondea; cuelga de una varilla bajo la Tierra. Las estrellas, al igual que en una noche terrestre, no brillan lo suficiente como para impresionar el negativo. Foto: NASA.Los expertos en la conspiración afirman que hubo quien intentó romper el silencio y lo pagó con la vida. Ese fue, según ellos, el caso de Virgil Grissom. El astronauta habría descubierto lo que se tramaba en los pasillos de Washington y decidido hacerlo público. Por eso murió, junto a Edward White y Roger Chaffee, en el incendio del Apollo 1 en la rampa de despegue el 27 de enero de 1967. Otros siete astronautas que fallecieron en accidentes de tráfico y aviación -eran pilotos de pruebas- entran también, para Sibrel y sus colegas, dentro del grupo de víctimas mortales del engaño. Las pruebas de tales crímenes no van, sin embargo, más allá de una frase: “El Gobierno oculta la verdad”.

Paradójicamente, la munición más popularmente efectiva contra los alunizajes ha salido de los arsenales de la NASA. Se trata de las decenas de miles de fotos que se tomaron en el satélite, algunas de las cuales se presentan como pruebas de que todo fue un montaje: los doce hombres que, aparentemente, anduvieron por la Luna habrían vivido su aventura en un estudio, dirigidos por Stanley Kubrick. Como en Capricornio Uno, película en la que tres astronautas -entre ellos, un O.J. Simpson todavía en activo en el fútbol americano- son sacados en el último segundo del cohete en el que van a viajar a Marte y escenifican en un plató el desembarco en el planeta rojo.

“Las filmaciones de los Apollo son extraordinariamente parecidas a las escenas de Capricornio Uno“, se argumenta en el documental de la Fox. “Esta afirmación demuestra lo lejos que están dispuestos a llegar los productores para hacer un programa sensacionalista”, sentencia el astrónomo estadounidense Phil Plait. Y es que la cinta de Peter Hyams data de 1978; por tanto, pretendía imitar lo mejor posible lo visto por 600 millones de telespectadores nueve años antes. No al revés.

Errores de foto

JUEGO DE SOMBRAS. Armstrong y Aldrin, con la bandera. La sombra del primero es mucho más corta que la del segundo. Quienes afirman que la NASA falsificó los alunizajes ven aquí una prueba del engaño. Sin embargo, la sombra de Aldrin es más larga porque está en lo alto de una pequeña elevación y su compañero, más abajo. Foto: NASA.La página web de Cancillo desmonta los argumentos fotográficos esgrimidos por los partidarios de la conspiración. Para éstos, una de las pruebas del engaño es la ausencia de estrellas en el cielo lunar, negro porque no hay aire que disperse la luz solar. “Tampoco se ven las estrellas en las fotos de un partido de béisbol nocturno”, apostilla Oberg desde Texas. Con una superficie lunar y unos trajes espaciales muy reflectantes, el tiempo de exposición debía ser muy corto, mientras que el brillo de las estrellas era, por el contrario, demasiado débil como para impresionar el negativo. “¿Cómo se explica que la NASA fuera capaz de un montaje tan complicado y se olvidara, a la vez, de poner unas bombillas al fondo? Sería un fallo de opereta”, ironiza Cancillo.

Sombras y reflejos han sido también presentados como pruebas del rodaje en estudio. Cuando no se trata de sombras divergentes producto de un efecto de perspectiva similar al que nos hace creer que los carriles del tren se juntan en el horizonte, se ven cosas que debían ser invisibles por estar en zona de sombra. La explicación es muy sencilla: el Sol es la principal fuente de luz, pero la superficie lunar actúa como un espejo que ilumina áreas, en principio, en sombra. Quienes niegan los alunizajes dicen, además, que las seis banderas de barras y estrellas de la Luna ondean en ciertos momentos, algo que sería imposible en un entorno sin atmósfera. “No ondean. Están colgadas y arrugadas”, puntualiza Cancillo. De hecho, la tela -puede verse en las fotos- cuelga de una varilla horizontal que parte del extremo superior del mástil. Sin ella, quedaría flácida.

Jamás aclaran los reporteros de la conspiración cómo pueden explicarse esas, para ellos, descaradas meteduras de pata en unas películas tan caras -la NASA destinó casi 20.000 millones de dólares al programa Apollo entre 1960 y 1973-, y que los soviéticos no denunciaran el engaño de sus rivales y cayeran derrotados por el departamento de efectos especiales de Washington.

¿OBJETOS MISTERIOSOS? La imagen de la izquierda, obtenida por el 'Apollo 11' desde la órbita lunar, se ha presentado como la de una misteriosa sombra proyectada sobre la superficie del satélite. Se trata de un primer plano de uno de los motores de control de posición del módulo lunar, como puede verse en la imagen del 'Apollo 17'. Foto: NASA.


“La NASA debe a la gente una explicación”

“La NASA debe a la gente una explicación de sus actividades, especialmente si parte del público está confundido o ha sido engañado”, dice James Oberg. El escritor entiende a quienes consideran increíbles los logros del programa Apollo, “a menudo, personas inteligentes y sensatas que no conocen toda la historia“. Y espera proporcionarles las claves para asumir la gesta protagonizada por Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin Aldrin, en la primera entrega lunar.

Oberg explorará en su obra los orígenes socioculturales de la conspiración. Un fenómeno que Jesús Cancillo, miembro de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, vincula a que cada vez hay más gente que no vivió la aventura de la Luna y a que “a todos nos gusta saber algo que los demás no saben”. Eso, unido a la actitud de quienes están dispuestos a hacer negocio de la buena fe del público, explicaría el auge de algunas ideas absurdas.

Existen, además de fotografías y películas, 382 kilos de piedras lunares -imposibles de imitar- que geólogos de todo el mundo han autentificado como tales. Y hay en la Luna varios espejos láser que se han usado para medir la distancia entre la Tierra y su satélite. Aún así, Oberg no lo tiene fácil y los astronautas lo saben. Por eso, le han dicho sólo dos palabras: “¡Buena suerte!”.

Publicado originalmente en el diario El Correo.