Ciencia, superstición, incultura

Uno de cada cinco españoles cree en los espíritus y ha consultado con videntes, curanderos o brujos

<El 20,2% de los españoles cree en los espíritus y un 18,5% ha consultado alguna vez con un vidente, curandero o brujo, según un estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) basado en 2.487 entrevistas personales hechas a mayores de 18 años entre el 19 y el 25 de enero de 2003. El trabajo revela, además, que el 16,7% de la población cree en los curanderos y reduce la fe a horóscopos, videntes y brujas, con un 9,3%, un 9% y un 6,3%, respectivamente. “La creencia en estos fenómenos guarda una sorprendente relación con la edad, pues al descender ésta la creencia aumenta” explican los autores de La situación de la religión en España a principios del siglo XXI. En casos como el de la brujería, podría estar por medio “una estima social negativa”, que sería menor entre los más jóvenes, ya que éstos creen más en la brujería que los mayores (un 10,6% de la población de 18 a 24 años tiene fe en las brujas, frente a un 3% de las personas de 55 a 64 años y sólo un 2,3% de los mayores de 65 años).

Los expertos no han encontrado una relación entre creencia y tamaño del municipio, ingresos e ideas políticas, aunque sí han constatado que las mujeres “son más creyentes en estos fenómenos; pero con escasa diferencia, sobre todo cuando se trata de curanderos y brujas”. Hay datos que, a primera vista, parecen chocantes. Aunque los universitarios son en general menos supersticiosos que la media, a más estudios no corresponde un mayor escepticismo. Los españoles que han llegado a cursar Secundaria, Formación Profesional y grados medios universitarios son casi siempre más crédulos que aquéllos sin estudios. Además, los licenciados universitarios creen más en las brujas (4,1%) que la gente que no ha pasado por la escuela (2,8%), y ambos colectivos tienen unos índices de creencia muy parecidos respecto a los videntes y los horóscopos. “Se da una ligera tendencia a disminuir (la creencia) al elevarse los estudios”, indican los autores, aunque los más creyentes son siempre los que han estudiado Formación Profesional, un cuarto de los cuales cree en los espiritus y una quinta parte en los curanderos.

Pérez-Agote; Alfonso; y Santiago García, José A. [2005]: La situación de la religión en España a principios del siglo XXI. Edita el Centro de Investigaciones Sociológicas (Col. “Opiniones y Actitudes”, Nº 49). Madrid. 138 páginas.

Astrología y astronomía en ‘El País’, explicaciones y carencias escépticas

Reconoce hoy Sebastián Serrano, el Defensor del Lector de El País, la metedura de pata del diario en la primera del domingo pasado y en la portada de EPS correspondiente al confundir astrología y astronomía. Gracias a Gerardo Rodríguez, jefe de sección de EPS, nos enteramos de que la portada del suplemento pasó por cinco pares de ojos “antes de ser enviada a fotomecánica”. Nos quedamos, sin embargo, sin saber qué ocurrió con la primera del diario, en la cual se repitió el error. ¿Cuántas personas la revisaron y no lo detectaron? Cinco no la vieron en el colorín y cabe suponer que en el periódico sucedió lo mismo con al menos otros tantos profesionales, porque, si hay una página que en un diario se revisa a conciencia, ésa es la primera.

El responsable de EPS admite que el error es lamentable, pero se siente dolido por las quejas de los profesionales de la astronomía: “Nunca habíamos confundido a los astrónomos con los astrólogos. Ahora, por un desliz, recibimos quejas a título privado y de instituciones públicas. Tan injusta es la errata como la reacción de algunos por este lapsus calami“. Es su opinión y no la comparto. No han sido uno ni dos ni tres los periodistas a quienes no ha golpeado en los ojos la astrología de la portada del EPS y de la primera de El País. Eso para mí resulta preocupante y me lleva a sospechar que algunos de esos colegas no tienen muy claro la diferencia entre la pseudociencia de las estrellas y la ciencia. Por lo demás, el artículo del Defensor del Lector dice lo que se esperaba: entona un mea culpa y acaba animando a sus compañeros a “esmerarse en evitar que la astrología y los astrólogos sigan medrando”.

“Los astrónomos protestan”, titula Serrano un texto en el que indica que “la utilización del término astrólogos en lugar de astrónomos en las dos primeras páginas citadas ha llevado a una docena de científicos a expresar su protesta mediante mensajes remitidos al Defensor del Lector”. Él se hace eco de cuatro quejas y entre los autores hay, por lo menos, tres astrofísicos. Además, consulta a un cuarto, Javier Armentia. ¿Es que nadie que no sea científico se dirigió a El País? ¿Es que los escépticos organizados no se enteraron de la historia? Si es así, han perdido otra magnífica oportunidad de hacerse notar más allá de las listas de correo y los canales del IRC, de saltar a la calle y decir: “¡Aquí estamos!”.

Bastaba con un simple mensaje de correo electrónico. Una nueva omisión de acción demostraría, una vez más, lo mucho que nos queda por aprender en el campo de la comunicación, donde los charlatanes nos dan sopas con honda. Aprovechan cualquier pretexto para llevar el agua a su molino, mientras que los escépticos somos capaces de desperdiciar oportunidades continuamente, da igual que se trate de la emisión de documentales pseudocientíficos por una televisión pública, del engaño perpetrado por un cazador de misterios desde una emisora privada o de un grave error en el diario de más tirada. Parece que nuestra realidad no es de este mundo.

¡La astrología funciona!

Lo han comprobado veintiséis alumnos del Máster de Periodismo de El Correo y la Universidad del País Vasco (UPV) esta semana: ¡la astrología funciona! Y todo gracias a que un astrólogo que no les conocía hizo a cada uno de ellos la carta astral personalizada a partir de la fecha y el lugar de nacimiento. Junto al gráfico con la situación de los planetas en su cielo natal, cada uno recibió una interpretación de su personalidad. A la hora de calificar el acierto de la descripción de sus rasgos personales, sólo dos suspendieron al astrólogo -le dieron una nota de 3 sobre 10-; cinco le otorgaron un 5; cuatro, un 6; tres, un 7; cinco, un 8; seis, un 9; y uno, un 10. Quince de los veintiséis consideraron, por tanto, que la carta astral les describía notable o sobresalientemente. La sorpresa y las risas llegaron cuando los jóvenes periodistas constataron que todos los textos eran iguales -una colección de generalidades que se adapta a cualquiera, como las que se publican a diario en los horóscopos de los periódicos- y que el astrólogo en realidad no existía, que había sido yo quien había hecho las cartas astrales.

El experimento formó parte de la primera sesión de dos que estoy dedicando a los misterios de lo paranormal dentro de un seminario sobre la informaicón científica que este año hemos organizado por primera vez en el Máster de Periodismo de El Correo y la UPV. La iniciativa surgió de los alumnos. Después de una clase de introducción al periodismo científico, me preguntaron por la Atlántida, la no llegada del hombre a la Luna y la idea de que sólo usemos el 10% del cerebro, entre otras cosas. Mi respuesta fue clara: si querían que habláramos de esos temas en serio, necesitaba al menos un par de horas en las que podrían preguntar lo que quisieran. Al final han renunciado a parte de su tiempo libre para saciar la curiosidad que tienen acerca de lo que hay de verdad y de mentira en lo llamado paranormal.

La primera sesión la hemos dedicado a la astrología, el espiritismo -vieron a John Edward en acción y descubrieron sus trampas-, la lectura fría -de la mano de Ray Hyman- y los trucos básicos de dotados como Uri Geller expuestos por ilusionistas como Ian Rowland y James Randi. El material de apoyo estaba compuesto por fragmentos de documentales cuidadosamente seleccionados. La ‘prueba’ en carne propia de la falsedad de las cartas astrales resulta reveladora para quien se expone a ella. Después, cuando ve a Edward ‘hablando con los muertos’ o recuerda al tarotista que en la televisión local de turno echa las cartas, se da inmediatamente cuenta del engaño.

El objetivo de estas sesiones -en la segunda haremos un experimento de telepatía y hablaremos de la Atlántida, los ovnis, los círculos de las cosechas, la sábana santa, la reencarnación y otros asuntos- es que los jóvenes periodistas cuenten con anticuerpos cuando, el próximo verano, empiecen a trabajar en un medio. Si alguien les cuenta algo extraordinario, espero que le pidan las pruebas correspondientes y, si lo necesitan, que consulten con quienes llevamos años nadando en las aguas de la sinrazón. Para esto último, les doy una corta bibliografía, varias direcciones claves de Internet y algunas revistas escépticas. Son gente curiosa a inteligente: tuve que pedirles que calificaran la carta astral con sinceridad y se olvidaran de si había gato encerrado o no, porque nada más empezarla a leer comenzaron a sospechar. Al final, vieron que lo que dicen los astrólogos es cierto; pero que cualquiera puede hacer lo mismo, que no hay nada sorprendente en ello y que sólo es una estafa. Y se dieron cuenta de que cualquiera, empezando por ellos mismos, puede ser engañado y de que el hecho de que no sepamos cómo se hace algo no quiere decir que sea inexplicable.

Una real bobada

Felipe de Borbón está conectado por línea materna con el pintor Diego Velázquez, según Fernando Gracia, autor del libro El Príncipe enamorado y experto en la monarquía. En opinión de este escritor, el árbol genealógico de Letizia Ortiz, con quien hoy se casa el heredero de la Corona española, es, sin embargo, vulgar: “Yo lo estudié muy a fondo y no he encontrado ningún enlace con la nobleza”. ¿Seguro? Permítanme que lo dude. Velázquez vivió entre 1599 y 1660, hace casi cuatro siglos. Él y el Príncipe están separados por unas trece generaciones, si presuponemos una media de veinticinco años por generación.

Viajemos hacia atrás en el tiempo: la primera generación de antepasados de Felipe de Borbón está compuesta por dos personas, sus padres; la segunda, por cuatro, sus abuelos; la tercera, por ocho, sus bisabuelos; la cuarta, por dieciséis, sus tatarabuelos… y la decimotercera, ¡por 8.192 personas! Lo mismo vale para la novia, para usted y para mí. Multipliquen los 40 millones de españoles que somos por 8.192 ancestros por cabeza hacia 1660 y les dará una cantidad astronómica: 327.680 millones de personas, tres veces el número de estrellas de la Vía Láctea. Pero ¿hubo alguna vez tanta gente en España? No, claro. Y, entonces, ¿cómo es posible que tengamos tantos antepasados por cabeza? La razón es muy simple, los árboles genealógicos no son exclusivos de cada uno, se van fusionando según viajamos hacia atrás en el tiempo: los de mis hermanos y el mío se juntan en mis padres; con mis primos me junto en parte en mis abuelos; y así poco a poco hasta los primeros ejemplares de nuestra especie.

“Encontrar un antepasado noble es motivo de sorpresa y deleite, pero cuando nos remontamos lo suficiente es casi inevitable”, dice el biólogo Steve Jones en En la sangre. Dios, los genes y el destino (Alianza Editorial). Profesor de Genética de la Universidad de Londres, dedica parte su obra a esa obsesión por colgarse un antepasado noble o famoso, algo cuya trascendencia desmonta con una claridad y contundencia envidiables. “Incluso una excursión corta aguas arriba constituye casi la garantía de sacar a la luz un antepasado magnífico. Más o menos todos los del mundo occidental son descencientes del emperador Nerón, bastantes menos de Guillermo el Conquistador, y sólo unos pocos cientos de miles de George Washington”.

Fernando Gracia ha podido encontrar vínculos de Felipe de Borbón con Velázquez porque los monarcas y los nobles guardan escrupulosamente sus árboles genealógicos, ya que la base de sus privilegios es su entronque con el que en algún momento del pasado fue el más bruto de la tribu. ¿Se creen ustedes que el autor de El Príncipe enamorado ha identificado a todos los ancestros de Letizia Ortiz hasta 1600? Yo no. Decir que la novia de Felipe de Borbón no tiene ningún antepasado noble es una real bobada. Todos los tenemos, como todos tenemos antepasados despreciables. Un montón de españoles podría presumir de estar conectado con Velázquez y algunos más con Alfonso X, pero sólo lo hacen quienes dan la suficiente importancia a sus ancestros como para guardar registros de ellos. El resto tenemos claro que todos los seres humanos somos iguales y que la sangre es roja.

Clones y fotocopias

Vivimos rodeados de clones. Yo tengo a dos entre mis amigos: se llaman Carlos y Pablo. Son gemelos genéticamente idénticos; es decir, clones naturales. En algún momento antes del decimoquinto día posterior a su concepción, el embrión que portaba en el útero su madre se dividió en dos grupos de células que, con el tiempo, derivaron en Carlos y Pablo. Como ellos, hay muchos caminando por las calles de todas las ciudades del mundo y no sé de nadie que cuestione que cada uno es una persona diferente. Sin embargo, desde que en 1996 nació la famosa oveja Dolly, la posibilidad de recurrir a la clonación humana es percibida por muchos como una monstruosidad. Y es que las imágenes de multitudes de hitleres brazo en alto, de bebés nacidos para serles extraídos los órganos con el objeto de trasplantarlos a los originales, de la clonación como una especie de resurrección sólo al alcance de los más ricos… resultan ciertamente inquietantes. Tanto como falsas.

Al igual que Carlos y Pablo, los clones artificiales, de existir, se parecerían entre sí físicamente; pero serían individuos diferentes. Ya fueran uno o cien. Pensar que un clon humano no es más que una especie de fotocopia del original es reducir la personalidad a los genes. Es afirmar que todo está escrito en ellos, que el ambiente no tiene nada que ver en nuestro desarrollo personal y que los hermanos gemelos son un único individuo. La genética condiciona en gran medida nuestro futuro biológico; pero no lo es todo. Craig Venter, director de Celera Genomics, reconoció, en la presentación pública del borrador de nuestro genoma el 12 de febrero de 2001, que “el entorno es tan importante como nuestro código genético” en la aparición de las enfermedades. Si hablamos de la personalidad, el tan se queda corto.

Hitler surgió donde surgió y en una época determinada. Como Einstein, al que también se suele citar como ejemplo de sujeto susceptible de clonación, aunque en sentido positivo. Para que de una célula clonada procedente de Einstein naciera otro Einstein, éste habría de tener idéntico desarrollo embrionario que el original -los gemelos poseen diferentes cableados neuronales, lo que ya es una dificultad insalvable- y vivir, después, todas y cada una de las experiencias del genio de Ulm, algo imposible simplemente porque estamos en el siglo XXI y el padre de la teoría de la relatividad nació en el XIX. Así pues, ahuyentemos de nuestras cabezas algunos fantasmas, y también ilusas esperanzas de vida eterna.

La clonación humana, temida por muchos, ha suscitado en algunos la pretensión de revivir a sus muertos. Así, un matrimonio estadounidense estaba hace un par de años dispuesto a pagar 200.000 dólares a una empresa radicada en Bahamas para que resucitase a su hijo, un bebé de diez meses fallecido durante una operación en principio sin importancia. Los desesperados padres, una pareja todavía en edad fértil, iban a gastarse en ese sueño imposible la indemnización que les otorgó la Justicia como víctimas de una negligencia médica. El dinero iba a acabar en las arcas de Clonaid, una compañía filial de la secta de los raëlianos, organización cuyo fundador dice estar en contacto con los extraterrestres.

Los raëlianos, que hace unos años intentaron sin éxito abrir una embajada alienígena en Israel -no les ayudó precisamente que su símbolo fuera entonces (a raíz de ese fracaso lo sometieron a un rediseño) muy parecido a la cruz gamada-, se embarcaron en febrero de 1997 en un proyecto de clonación humana cuyo momento cumbre se vivió el 26 de diciembre de 2002, cuando anunciaron el nacimiento de Eva en lo que el tiempo ha demostrado que no fue sino una operación publicitaria. La secta dispone del equipamiento adecuado, de científicos capacitados, de donantes de óvulos y de madres de alquiler dispuestas a llevar en su interior embriones ajenos. Con tal rampa de lanzamiento -los expertos no dudan de su capacidad para intentar clonar humanos-, han centrado su negocio en personas que han perdido a seres queridos, un auténtico filón en el que se aprovechan de esa idea tan popular como errónea de que la clonación reproductiva sería un medio para duplicar personas, cuando lo que se duplican en realidad son células a partir de las cuales se pueden desarrollar luego individuos.

“¿Quién, hoy en día, se escandalizaría por devolver a la vida a un bebé de diez meses que murió accidentalmente? La tecnología lo hace posible, los padres lo desean y no veo en ello ningún problema ético”, afirma Brigitte Boisselier, directora científica de Clonaid en la web de la compañía. A pocos escandalizaría devolver a la vida a personas, si se pudiera. Sin embargo, la publicidad de los raëlianos es falsa. La tecnología no puede resucitar a nadie. Ni por los 200.000 dólares que cobran los raëlianos por sus servicios, ni multiplicando esa cantidad hasta el infinito. No hay resurrección posible. La mente, la personalidad, reside en el cerebro y, cuando éste muere, aquélla deja de existir. Quienes, por ignorancia, paguen a estos sectarios por revivir a un familiar serán estafados económica y emocionalmente, y posiblemente causen indirectamente un gran daño al nuevo ser. Si nace sin ninguna de las malformaciones detectadas hasta ahora en los clones de animales de granja y domésticos, el daño que sufra no tendrá su origen en que sea o no clonado, sino en las expectativas puestas erróneamente en él por sus progenitores.

Por lo que se refiere al bebé antes citado, sería difícil que el nuevo niño defraudara las falsas expectativas de los padres: su corta edad al morir jugaría a favor de la creencia de que el clon es el original redivivo. Sin embargo, si el clon fuera de un adulto -hay varios clientes de los raëlianos en esa situación-, sufriría en sus carnes el ser considerado su hermano gemelo resucitado. Por desgracia, únicamente los hechos y el tiempo convencerían traumáticamente a esos clientes de Clonaid de su inmenso error. Sólo años después del nacimiento del nuevo ser comprenderían que también en la clonación las apariencias engañan, que el gran parecido físico entre el original y la presunta fotocopia no implica que sean la misma persona. Serían, simple y llanamente, gemelos; aunque hubieran nacido con años de diferencia.

Ese mismo hecho impide que la tercera de las pesadillas apuntadas al principio cobre visos de verosimilitud. Imaginar fábricas de clones humanos para proporcionar órganos de repuesto a los originales, que así evitarían cualquier tipo de rechazo, es algo a lo que indirectamente apuntan en cuanto tienen oportunidad los más fervientes opositores a la clonación. Una idea disparatada porque los clones no son fotocopias sin más contenido que el original, sino que, como hemos visto, son individuos diferentes con su propio contenido, con su propia personalidad. Es decir, sujetos que ostentan los mismos derechos fundamentales que el resto de los humanos. Pero es que, además, aunque alguien sin escrúpulos decidiera crear clones humanos para extraerles uno o varios órganos en beneficio de los originales, el coste de la empresa -tendría que crearlos y mantenerlos vivos hasta décadas antes de utilizar sus órganos, si es que es preciso- sería enorme.

Frente a ello, frente a lo que, dejando a un lado implicaciones éticas, sería el equivalente a producir coches para extraerles piezas -partiendo de la base de que las de un coche clónico sólo serían aptas para un único coche original-, los científicos ven cada vez más factible cultivar órganos individualmente a partir de las conocidas como células madre. Estas células, presentes en los primeros estadios del desarrollo embrionario, son pluripotenciales, tienen capacidad para convertirse en cualquiera de las especializadas de nuestro organismo, y se ha probado ya en mamíferos que pueden generarse a partir de otras especializadas. ¿Qué quiere decir esto? Que puede que en un futuro no muy lejano, si necesitamos un trasplante de riñón, baste con tomar una célula de nuestra piel, revertirla mediante la llamada clonación terapéutica hasta que produzca células madre y, después, darle las instrucciones oportunas para que se multiplique hasta dar lugar a un riñón. Ésa es la línea en la que trabajan varios grupos científicos punteros, entre ellos, los de los padres de Dolly y los científicos surcoreanos que esta semana han anunciado en Science que han conseguido clonar una célula adulta de una mujer en un óvulo y obtener de ese embrión células madre. Un paso histórico para la medicina reparadora al que sólo se ponen reparos éticos desde visiones religiosas fundamentalistas.

La clonación humana está ahí. La caja de Pandora se abrió con el nacimiento de la primera oveja clónica y de ella saldrán en el futuro clones humanos. No hordas de hitleres ni lázaros resurrectos, sino nuevos individuos únicos e irrepetibles. Y, posiblemente, estarán aquí antes de lo que esperamos. Quizá no pase mucho tiempo antes de que la clonación sea una técnica reproductiva más para ciertos casos de esterilidad, lo que, como augura Lee M. Silver, de la Universidad de Princeton, en su libro Vuelta al Edén, supondrá un auténtico revolcón para nuestro concepto tradicional de familia. Imaginemos que mi mujer y yo decidimos tener un hijo a partir de la clonación de una de mis células. El pequeño será socialmente nuestro hijo; pero biológicamente será mi gemelo, el cuñado de mi esposa, un hijo de mis padres y un hermano más de mis hermanos. Un cambio de mentalidad que no tendrán dificultades en asumir aquéllos que recurran a esta técnica como última posibilidad para reproducirse, para tener hijos. Como no las tienen, por fortuna, miles de parejas a la hora de considerar hijos, hermanos o nietos a niños adoptados, aunque el color de su piel sea diferente y no porten sus genes. Siempre que la técnica garantice que el ser humano producto de la clonación va a desarrollarse como cualquier otro de nosotros -sin deficiencias derivadas del proceso-, el debate social sobre esta técnica ha de tener como eje el derecho a reproducirse de aquéllos que sólo puedan hacerlo por clonación y, establecido que el nacido por este método es una persona con todos los derechos, afrontarse únicamente desde una perspectiva humanista.