Ciencia, superstición, incultura

Un rector, contra la superstición

“En lo sustancial, son lo mismo los fundamentos del conocimiento científico y de la sociedad abierta. Ambos se basan en la duda, la libertad de expresión, la tolerancia y el optimismo, y ambos tienen como sus mayores enemigos a los prejuicios, la intolerancia, el dogmatismo y el pesimismo”, dijo Juan Ignacio Pérez, rector de la Universidad del País Vasco (UPV), en una charla que dio en la jornada Ciencia y Sociedad, organizada por la Fundación Elhuyar, en Usurbil (Guipúzcoa) el 27 de junio. El responsable universitario mostró en esa intervención -titulada “La importancia de la divulgación científica” y que hoy publica el Círculo Escéptico– su preocupación porque “las actitudes contrarias a la ciencia y a la evidencia son cada vez más fuertes en nuestra sociedad, a la vez que se imponen el dogmatismo y el fundamentalismo”.

Pérez alerta en su disertación sobre el peligroso avance de la pseudociencia. “Si se otorga credibilidad a las supersticiones, en la misma medida se le quita al conocimiento basado en la evidencia, y eso puede ser muy perjudicial, porque de esa forma se alimentan la tendencia a la desconfianza y a la incredulidad ante la ciencia”, explica, antes de advertir que “esas tendencias pueden traer consecuencias peligrosas para el futuro bienestar material e intelectual de nuestra sociedad”. El rector de la UPV pone, como ejemplo de esa tendencia, la predicción del tiempo según las témporas que, al inicio de cada estación, hace Pello Zabala, fraile del santuario guipuzcoano de Arantzazu, en Euskal Telebista.

La injustificable presencia de un sistema de predicción del tiempo anticientífico en un espacio informativo de la televisión pública vasca sirve a Pérez como pretexto para ahondar en las consecuencias del pensamiento mágico. “El asunto de las témporas -apunta- puede tomarse como un hecho anecdótico de poca importancia, pero, si lo valoramos en el contexto de los ataques que en la actualidad se dirigen contra la racionalidad, debemos enfocar estas cuestiones de otra forma”. El rector de la UPV cita, entre esos otros ataques, el intento de equiparar la teoría de la evolución y el creacionismo por parte de los fundamentalistas cristianos, sobre todo en Estados Unidos, y, en Europa, ese ecologismo que “rechaza con dureza avances científicos que pueden proporcionar beneficios innegables”. Educación, información y divulgación son los tres componentes del fármaco que propone para curar una enfermedad con síntomas diferentes según la ocasión y el lugar, pero debidos siempre a un mismo agente patógeno: la equiparación del “conocimiento basado en la evidencia y el basado en el pensamiento mágico”.

Resulta esperanzador que Juan Ignacio Pérez sea consciente del peligro de la pseudociencia y no tenga reparos a la hora de decirlo en público. Otro gallo cantaría si los responsables universitarios españoles pusiesen por sistema coto a las supercherías dentro las instituciones que dirigen y, al mismo tiempo, fomentaran la celebración de seminarios y encuentros dedicados al análisis crítico de la pseudociencia. La educación en el pensamiento crítico es una tarea en la que la comunidad universitaria puede prestar un gran servicio a una ciudadanía desorientada, por ejemplo, en lo que respecta a los transgénicos y a la energía nuclear, por citar dos asuntos del máximo interés sistemáticamente manipulados por ecologistas y políticos más deseosos de apoyos viscerales que de argumentaciones racionales.

Turquía y Estados Unidos son los dos países más antievolucionistas de Occidente

Turquía y Estados Unidos son los dos países más antievolucionistas de Occidente, según un estudio comparativo que han publicado Jon D. Miller, de la Universidad del Estado de Michigan, y otros dos investigadores en el último número de la revista Science. El trabajo, que para el caso de España y de otros ocho países europeos se basa en una encuesta realizada en 2002 por la Fundación BBVA, revela que en los últimos veinte años el porcentaje de adultos que en EE UU acepta la teoría de la evolución ha descendido del 45% al 40% y el de quienes la rechazan ha pasado del 48% al 39%, mientras que los indecisos han crecido del 7% en 1985 al 21% de 2005.

Aceptación pública de la teoría de la evolución. Gráfico: Revista 'Science'.

El caso de Turquía, un país con un pujante creacionismo islámico y atrasado culturalmente respecto al resto de Occidente, no resulta sorprendente; pero sí el de EE UU, la primera potencia económica y científica mundial. Al otro lado del grupo de 34 países estudiados, destacan Islandia, Dinamarca, Suecia y Francia, donde el 80% de la población acepta la teoría formulada por Charles Darwin en 1859 y probada desde entonces en innumerables ocasiones en el laboratorio y el registro fósil. España es el noveno país donde el evolucionismo cuenta con mayor apoyo, con casi un 70% de la población que lo considera cierto.

La pregunta que, con ligeras variaciones, se hizo en todos los casos fue la misma: “¿Los seres humanos, como los conocemos, se han desarrollado a partir de otros animales anteriores?”. Miller y sus colaboradores –Eugene C. Scott, del Centro Nacional para la Educación Científica, y Shinji Okamoto, de la universidad japonesa de Kobe- han comparado una serie de encuestas realizadas en EE UU desde 1985 con un sondeo nacional hecho en Japón en 2001, el estudio de la Fundación BBVA de 2002 y el Eurobarómetro de 2005. “Un tercio de los americanos adultos rechaza firmemente la evolución, y sólo un 14% cree que la evolución es definitivamente cierta“, escriben los autores, quienes destacan que “aceptan el concepto de evolución más adultos japoneses y de 32 países europeos que americanos”.

El peso fundamentalista

Miller, Scott y Okimoto sostienen que hay tres factores que explicarían las diferencias entre ambos lados del Atlántico y Pacífico frente la teoría de la evolución. El primero es el religioso y se basa en el arraigo que tiene en EE UU el fundamentalismo protestante, una corriente integrista alejada del protestantismo general y del catolicismo. El fundamentalismo lee el Génesis y otros libros del Antiguo Testamento como si fueran textos históricos que describen tal como ocurrieron la creación del mundo y del hombre, entre otras cosas. A diferencia de esto, la mayoría de los protestantes y católicos europeos no considera la historia de Adán y Eva, por ejemplo, un hecho real y no tiene problemas para congeniar sus creencias religiosas con el hecho evolutivo.

Los autores señalan que, además, en el caso estadounidense la teoría de la evolución se ha incorporado al debate partidista, algo que no ha ocurrido en Europa ni Japón. George Bush hijo y Ronald Reagan, ambos republicanos, han sido dos de los últimos presidentes del país que han mostrado abiertamente su apoyo a las ideas creacionistas, cuya última versión es el llamado diseño inteligente, que parte del supuesto de que la gran diversidad biológica no puede ser fruto del azar, sino que tiene que haber un diseñador.

El tercer factor que, dicen, coadyuva al antievolucionismo en EEUU es el analfabetismo científico, en especial en lo que a la genética se refiere. Los sondeos demuestran que los adultos que entienden las bases de la genética moderna suelen aceptar teoría de la evolución. La realidad es, sin embargo, que sólo un tercio de los estadounidenses admite, por ejemplo, que los humanos compartimos la mitad de nuestros genes con los ratones.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Témporas y lectura de vísceras

Llega el verano y veo, con estupor, cómo las témporas nos invaden. Y me temo que en cualquier momento haya quien empiece en la tele a desentrañar aves para leer el futuro en sus vísceras, a clavar alfileres en un muñeco que represente a alguien a quien quiera hacer mal, a imponer las manos a un enfermo en medio de oraciones a los dioses, a exorcizar demonios o a hacer cualquier otra tontería por el estilo. No digo que alguien aparezca echando las cartas del tarot o pronosticando el porvenir según el signo del Zodiaco porque esas supercherías son comunes en la pantalla pequeña. ¿Pero las témporas en el siglo XXI?La predicción según las témporas presupone que el tiempo que hace durante una serie de días antes de cada estación condiciona cómo va a ser ésta desde el punto de vista meteorológico. Creía que esta vieja superstición -se habla de tradición para darle una pátina de respetabilidad- había desaparecido hace tiempo, quizá porque huyo de los reportajes costumbristas de las televisiones y periódicos vascos como del agua un gato escaldado. Nunca me han interesado ni la historia de la seta o lechuga más grande, ni la de la familia de tontos del pueblo, ni, por supuesto, las predicciones temporológicas del famoso pastor del Gorbea.

Tampoco recuerdo que ningún medio se haya molestado jamás en comprobar la habilidad de los temporólogos. Así, el temporólogo de guardia en el País Vasco -ahora, es Pello Zabala, un fraile del santuario guipuzcoano de Arantzazu– hace sus vaticinios al comienzo de cada estación sin que nadie se moleste en averiguar si realmente acertó en algo en la que acaba de terminar. ¡Lo suyo es un auténtico chollo! Ya quisieran los meteorólogos de los informativos de televisión contar con la bula de estos depositarios del saber popular, y tener su buena imagen. En un alarde de coherencia, los medios que jalean a estos augures deberían dejar de ofrecer al público la predicción meteorológica de la mano de científicos y contratar en plantilla o como colaboradores a pastores y frailes oteadores del cielo. Lo mismo tendrían hacer los aeropuertos, los servicios de vigilancia marítima, los de protección civil… Además, si hiciéramos caso a estos brujos de las nubes y el viento, nos ahorraríamos una pasta en satélites, globos, cohetes y dispositivos terrestres de vigilancia meteorológica y eso nunca viene mal ¿O no?

De los temporólogos, se dice que son depositarios de la tradición, como si una tradición fuera cierta y respetable sólo por ser tradición. Que se lo pregunten, por ejemplo, a las mujeres que en algunas culturas son víctimas de la ablación del clítoris o a los negros esclavos de hace no tanto tiempo. Por de pronto, empecemos por comprobar quién predice el próximo temporal que pueda causar daños graves en el País Vasco, si el fraile de Arantzazu mirando a lo alto o el Instituto Nacional de Meteorología con sus isobaras, estaciones, globos y satélites artificiales. Yo no tengo la menor duda y supongo que la mayoría de mis colegas tampoco. Entonces, ¿por qué no dejan de una vez de dar publicidad a lo que es una bobada folclórica?

Nostradamus, España, el Mundial y el rigor periodístico

Varios medios han informado en los últimos días de que el vidente francés Nostradamus vaticinó en el siglo XVI la victoria de la selección española de fútbol en el Mundial de Alemania. La cuarteta dice, según recoge la agencia Efe del diario francés Le Parisien: “Cuando termine el sexto mes de 2006, el rey de España pasará los Pirineos con su ejército. Las legiones de Belcebú les esperarán para la batalla en las planicies de Europa central. La destrucción y la derrota se abatirán sobre los malvados. El Santo Grial volverá a España, con el Rey triunfante”. Por si acaso a un equipo no le basta con el buen juego y hacer goles, o tiene un mal día, siempre viene bien una ayudita desde el Más Allá. Algunos periodistas se han hecho eco de la predicción, quizás en un intento de hacerse con un hueco en el equipo del programa de televisión Cuarto milenio. Porque no hay en la obra de Nostradamus ninguna cuarteta que diga algo parecido a lo que ha difundido Efe.

Compruébenlo ustedes mismos. Busquen en las profecías del astrólogo. No me crean. Verán que no hay referencia alguna al Santo Grial y que, aunque España aparece varias veces, en ninguna ocasión la traducción se parece remotamente a lo que cuentan los medios. Hace cinco años, tras los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono sucedió lo mismo, y vimos el vaticinio falso de turno en la primera página de uno de los principales diarios españoles. Un nuevo tipo de periodismo se abre paso con fuerza en nuestro país, el periodismo de imbestigación, gracias a un muy viejo tipo de profecía, la inventada a posteriori.

El peligro transgénico

“El riesgo cero no existe, ni para los transgénicos ni para caminar por la calle. Para hacer transgénicos, hay que saber mucha bioquímica, algo que no saben los agricultores. Ellos hacen los cruces, meten en las plantas el gen que quieren y otros mil más que no les interesan y reducen el rendimiento, así que luego tienen que hacer retrocruces para ir eliminando los genes sobrantes. Es un proceso muy complejo, muy largo y muy caro”, me explicaba Pilar Carbonero, ingeniera agrónoma y bioquímica, en una entrevista que hoy publica El Correo.

Hablar a favor de los transgénicos es políticamente incorrecto en una sociedad con doble personalidad respecto a la tecnología: es incapaz de renunciar a ella, pero teme casi toda innovación. Recuerden que, hasta hace poco tiempo, Internet era el Mal y todavía se destacaba en los medios de comunicación que una banda de ladrones o de estafadores se comunicara por la Red, cuando llevan décadas haciéndolo por teléfono y viajando en coche sin que nadie demonizara esos inventos. Antes, habían corrido la misma suerte los hornos microondas y, como eco de aquella campaña, está la más reciente contra las antenas de telefonía móvil y las terminales. Lo de los transgénicos no es nada nuevo en ningún sentido: como reacción popular, entra dentro de lo visto con otros avances recientes; como avance, es tan antiguo como la agricultura, a pesar de que los que se oponen a los transgénicos prefieran ocultárselo a sus seguidores, porque hemos estado mezclando genes de plantas desde que empezamos a cultivar la tierra.

“El hombre ha estado manipulando genes desde que se hizo agricultor. Todos esos riesgos achacados a los transgénicos existen desde que la agricultura es agricultura, hace unos 10.000 años. Cuando roturamos un campo virgen y plantamos maíz, disminuimos la diversidad en esa zona. ¿Que algo de polen de maíz vaya a la parcela de al lado? Pues, es posible que haya cruces si están todos plantados al mismo tiempo, si tienen la floración a la vez… En el caso de los transgénicos, todas esas cuestiones están muy controladas y se ponen barreras. El maíz que cultivamos aquí vino de América. No existía en España antes de Colón. Imagínese los trastornos ecológicos que se produjeron entonces: trigo para allá, tomates y maíz para acá…”, argumenta Carbonero. La ventaja de la manipulación directa de los genes frente a lo que hacen los agricultores tradicionales es que sólo se introducen los genes que se quieren y es un proceso totalmente controlado que no depende del azar, como los cruces tradicionales.

Portada del número 11 de la revista ‘Pensar’.“Todos somos transgénicos”, dice en la portada del último número de Pensar, revista que ha llegado a mis manos en coincidencia con la entrevista a Pilar Carbonero. En el editorial, Alejandro J. Borgo recuerda esa estúpida alabanza de lo natural siempre en boca de los opositores a éste y otros avances de la ciencia. “Cuando oigo la palabra natural, se me ponen los pelos de punta. Existe una tendencia a sacralizar lo natural, como si todo lo natural fuera buenísimo y lo artificial, malísimo. En la naturaleza existen grandísimos venenos y no hay que buscarlos en serpientes. El señor que sale a buscar perretxikos y no los distingue bien puede llevarse a casa unas cuantas setas que le fulminen. Hay que desterrar la idea de natural como sinónimo de inocuo”, me comentaba Carbonero hace unos días.

En la revista en español del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), reflexionan sobre la histeria acerca de los transgénicos los biólogos Francisco Prosdocimi y Mariano Moldes. El primero recuerda cosas evidentes: que los transgénicos son una alternativa al uso de pesticidas e insecticidas, que la transgénesis por azar es tan vieja como la vida, que la insulina que se inyectan los diabéticos es producida por bacterias transgénicas -no he visto a ningún ecologista pidiendo su retirada del mercado- y que nosotros mismos somos transgénicos. El segundo ahonda en que hemos practicado la transgénesis desde que nos convertimos en agricultores y ganaderos, y presenta algunos ejemplos.

El undécimo número de Pensar se completa con un artículo sobre el neognosticismo colombiano, de Hernán Toro; otro sobre las máquinas de movimiento perpetuo, obra del físico Celso Aldao; una reflexión del filósofo Carlos E. Bertha sobre cómo hay conversaciones necesarias que son inútiles; las habituales noticias, críticas de libros y cartas al director; y el anuncio de la celebración de la Segunda Conferencia Iberoamericana sobre Pensamiento Crítico.

Pensar es una publicación trimestral del CSICOP, tiene 28 páginas y cuesta 12 dólares por un año y 20 por dos para Iberoamérica, y 15,5 dólares por un año y 26,5 por dos para Europa, EE UU y Canadá. Pueden suscribirse a la revista directamente a través de Internet o del correo convencional, usando en el primero de los casos la tarjeta de crédito y en el segundo, además, el giro postal. Los residentes en España pueden hacerlo ahora en euros a través de PayPal en la web del Círculo Escéptico y también mediante un ingreso bancario previa consulta. Los números atrasados pueden conseguirse por los mismos medios.