Ciencia, superstición, incultura

El peligro transgénico

“El riesgo cero no existe, ni para los transgénicos ni para caminar por la calle. Para hacer transgénicos, hay que saber mucha bioquímica, algo que no saben los agricultores. Ellos hacen los cruces, meten en las plantas el gen que quieren y otros mil más que no les interesan y reducen el rendimiento, así que luego tienen que hacer retrocruces para ir eliminando los genes sobrantes. Es un proceso muy complejo, muy largo y muy caro”, me explicaba Pilar Carbonero, ingeniera agrónoma y bioquímica, en una entrevista que hoy publica El Correo.

Hablar a favor de los transgénicos es políticamente incorrecto en una sociedad con doble personalidad respecto a la tecnología: es incapaz de renunciar a ella, pero teme casi toda innovación. Recuerden que, hasta hace poco tiempo, Internet era el Mal y todavía se destacaba en los medios de comunicación que una banda de ladrones o de estafadores se comunicara por la Red, cuando llevan décadas haciéndolo por teléfono y viajando en coche sin que nadie demonizara esos inventos. Antes, habían corrido la misma suerte los hornos microondas y, como eco de aquella campaña, está la más reciente contra las antenas de telefonía móvil y las terminales. Lo de los transgénicos no es nada nuevo en ningún sentido: como reacción popular, entra dentro de lo visto con otros avances recientes; como avance, es tan antiguo como la agricultura, a pesar de que los que se oponen a los transgénicos prefieran ocultárselo a sus seguidores, porque hemos estado mezclando genes de plantas desde que empezamos a cultivar la tierra.

“El hombre ha estado manipulando genes desde que se hizo agricultor. Todos esos riesgos achacados a los transgénicos existen desde que la agricultura es agricultura, hace unos 10.000 años. Cuando roturamos un campo virgen y plantamos maíz, disminuimos la diversidad en esa zona. ¿Que algo de polen de maíz vaya a la parcela de al lado? Pues, es posible que haya cruces si están todos plantados al mismo tiempo, si tienen la floración a la vez… En el caso de los transgénicos, todas esas cuestiones están muy controladas y se ponen barreras. El maíz que cultivamos aquí vino de América. No existía en España antes de Colón. Imagínese los trastornos ecológicos que se produjeron entonces: trigo para allá, tomates y maíz para acá…”, argumenta Carbonero. La ventaja de la manipulación directa de los genes frente a lo que hacen los agricultores tradicionales es que sólo se introducen los genes que se quieren y es un proceso totalmente controlado que no depende del azar, como los cruces tradicionales.

Portada del número 11 de la revista ‘Pensar’.“Todos somos transgénicos”, dice en la portada del último número de Pensar, revista que ha llegado a mis manos en coincidencia con la entrevista a Pilar Carbonero. En el editorial, Alejandro J. Borgo recuerda esa estúpida alabanza de lo natural siempre en boca de los opositores a éste y otros avances de la ciencia. “Cuando oigo la palabra natural, se me ponen los pelos de punta. Existe una tendencia a sacralizar lo natural, como si todo lo natural fuera buenísimo y lo artificial, malísimo. En la naturaleza existen grandísimos venenos y no hay que buscarlos en serpientes. El señor que sale a buscar perretxikos y no los distingue bien puede llevarse a casa unas cuantas setas que le fulminen. Hay que desterrar la idea de natural como sinónimo de inocuo”, me comentaba Carbonero hace unos días.

En la revista en español del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), reflexionan sobre la histeria acerca de los transgénicos los biólogos Francisco Prosdocimi y Mariano Moldes. El primero recuerda cosas evidentes: que los transgénicos son una alternativa al uso de pesticidas e insecticidas, que la transgénesis por azar es tan vieja como la vida, que la insulina que se inyectan los diabéticos es producida por bacterias transgénicas -no he visto a ningún ecologista pidiendo su retirada del mercado- y que nosotros mismos somos transgénicos. El segundo ahonda en que hemos practicado la transgénesis desde que nos convertimos en agricultores y ganaderos, y presenta algunos ejemplos.

El undécimo número de Pensar se completa con un artículo sobre el neognosticismo colombiano, de Hernán Toro; otro sobre las máquinas de movimiento perpetuo, obra del físico Celso Aldao; una reflexión del filósofo Carlos E. Bertha sobre cómo hay conversaciones necesarias que son inútiles; las habituales noticias, críticas de libros y cartas al director; y el anuncio de la celebración de la Segunda Conferencia Iberoamericana sobre Pensamiento Crítico.

Pensar es una publicación trimestral del CSICOP, tiene 28 páginas y cuesta 12 dólares por un año y 20 por dos para Iberoamérica, y 15,5 dólares por un año y 26,5 por dos para Europa, EE UU y Canadá. Pueden suscribirse a la revista directamente a través de Internet o del correo convencional, usando en el primero de los casos la tarjeta de crédito y en el segundo, además, el giro postal. Los residentes en España pueden hacerlo ahora en euros a través de PayPal en la web del Círculo Escéptico y también mediante un ingreso bancario previa consulta. Los números atrasados pueden conseguirse por los mismos medios.

Aceptan como prueba judicial el ‘testimonio’ de un muerto desde el Más Allá

Una jueza brasileña, Jacqueline Hofler, aceptó la semana pasada el testimonio del espíritu de una víctima de homicidio como prueba de la defensa en un juicio con jurado celebrado en Viamao, en el estado de Rio Grande do Sul. La vista concluyó con la absolución de la acusada, a la que exculpaban dos mensajes desde el Más Allá dictados por el muerto al médium Jorge José Santa María, según un despacho de la agencia Efe publicado por Univisión. “No sé si las cartas realmente pesaron en la decisión de los jurados. No era una prueba aislada y no había sólo esa evidencia en favor de la acusada. Mi impresión es que esa prueba no fue fundamental para el resultado del juicio”, ha declarado la magistrada al diario O Globo. El abogado defensor, Lucio de Contantino, cree, sin embargo, que la psicografía tuvo “un valor fundamental en la decisión de los jurados”.

La acusada era Lara Marques Barcelos, de 63 años y supuesta amante del notario Ercy da Silva Cardoso, de 71 años. El letrado fue asesinado a tiros en su casa el 1 de julio de 2003 y el autor del crimen confesó que había sido la mujer la que le había encargado el asesinato. En el juicio contra Marques Barcelos, la defensa presentó como prueba dos cartas dictadas por la víctima desde el Más Allá en una sesión espiritista. “Lo que más me pesa en el corazón es ver a Iara acusada de esa forma por mentes astutas como las de mis verdugos. Por eso he estado triste y rezo diariamente en favor de nuestra amiga para que la verdad prevalezca”, decía el espíritu del notario en una de las comunicaciones. Lo increíble es que la jueza aceptó la prueba inventada por la defensa, la Fiscalía no hizo nada por evitarlo y el jurado -con cinco votos contra dos- absolvió a la acusada.

Da miedo pensar lo que puede ocurrirle a cualquiera que sea juzgado por un tribunal presidido por Jacqueline Hofler a nada que haya un abogado listillo de por medio. Y pánico que cunda el ejemplo entre otros magistrados.

Un ‘mundo perdido’, sin criptozoólogos

Vista aérea de las montañas Foja, en la parte occidental de la isla de Nueva Guinea. Foto: Conservación Internacional.

El especialista en mamíferos Kris Helgen, con un ejemplar de canguro arborícola dorado en los brazos. Foto: Conservación Internacional.Un misión científica ha encontrado en la selva tropical de Papúa, en la isla de Nueva Guinea, un auténtico mundo perdido. Ha descubierto decenas de nuevas especies de plantas, mariposas, ranas, pájaros y mamíferos, en un paraíso poblado por animales que nunca antes han tenido contacto con el hombre y por eso no le temen. Los biólogos han rastreado durante unas semanas sólo los alrededores de su campamento base y han centrado su atención sobre todo en los vertebrados, pero los resultados han sido extraordinarios, lo que lleva a pensar que entre los seres vivos más pequeños esperan miles de sorpresas en los miles kilómetros cuadrados de selva tropical virgen de las montañas Foja, en Indonesia.

Lo que no ha habido es ningún criptozoólogo implicado en el descubrimiento, aunque supuestamente se dedican a la búsqueda de especies desconocidas. Pero es que ha ocurrido lo de siempre: mientras los criptozoólogos intentan dar caza al monstruo del lago Ness, al yeti o a un pterodáctilo, los biólogos se topan con animales nuevos y los presentan al mundo. Lo mismo sucede en otras disciplinas. No hay ni un avance del conocimiento que pueda atribuirse a parapsicólogos, pseudohistoriadores, ufólogos y médicos alternativos. Sin embargo, los psicólogos y neurólogos nos ayudan a entender cada vez mejor cómo funciona nuestro cerebro; los historiadores nos aclaran episodios oscuros del pasado reciente y hasta de los tiempos en que éramos chimpancés bípedos; los astrónomos nos abren los ojos a un cosmos siempre sobrecogedor; y los médicos desarrollan terapias para ayudarnos a superar o sobrellevar la enfermedad.

La ciencia nos ayuda, nos ofrece beneficios y conocimiento; la pseudociencia nos promete una y otra vez la piedra filosofal en forma de seres asombrosos o superpoderes, pero ¿qué ha aportado al ser humano? Nada. Exactamente lo mismo que los criptozoólogos al hallazgo del mundo perdido de la isla de Nueva Guinea y los pseudohistoriadores al descubrimiento del hombre de Flores, el pequeño antepasado nuestro que se extinguió hace sólo 18.000 años y del que hasta 2004 no sabíamos que hubiera existido.

Nélida Piñón cree en la astrología

Nélida Piñón.“Soy una Tauro y mi ascendente es Sagitario. Me pregunto si esto ayuda a explicar quién soy”, escribió hace unos meses la periodista y escritora brasileña Nélida Piñón en un ensayo titulado “The territory of my imagination” (El territorio de mi imaginación), publicado en el número de Enero-Abril 2005 de la revista World Literature Today. Mi compañero Iñaki Esteban, redactor especializado en literatura del diario El Correo, detectó esta curiosa reflexión de Piñón mientras se documentaba para informar a los lectores del periódico sobre el último premio Príncipe de Asturias de las Letras y me lo contó inmediatamente. Nos sorprendió a ambos no ya que una persona aparentemente culta crea en la astrología, sino que lo reconozca abiertamente.

Otro escritor de prestigio, el premio Nobel portugués José Saramago, nos tiene acostumbrados a sus tonterías extraliterarias. Todavía me acuerdo de cuando dijo: “No tiene sentido ir a Marte mientras una persona en la Tierra, una única persona en la Tierra, se esté muriendo de hambre”. Saramago tiene debilidad por atacar la ciencia y culparla de todos los males. No tomen en serio a nadie cuando opine de algo que no es lo suyo. Algunos laureados, famosos de diversos campos y periodistas creen que gozan de bula para opinar acerca de cualquier cosa por ser quienes son y que sus juicios merecen un eco mediático superior que los del tendero de la esquina. Muchas veces no es así, aunque parezca lo contrario. Nélida Piñón será una magnífica escritora; pero eso no la hace menos irracional que mucha gente que ni siquiera sabe escribir.

Oriana Fallaci disparata en ‘El Mundo’ sobre la investigación con embriones humanos

El referéndum celebrado en Italia para modificar la ley de reproducción asistida ha llevado a la periodista Oriana Fallaci a escribir un alegato en contra de la investigación con embriones y de la ciencia en general. “Nosotros los caníbales” (I y II), subtitulado “Un manifiesto contra la investigación con células madre”, es un texto en el que la escritora hace gala de un profundo y preocupante analfabetismo científico. Que el artículo lo haya publicado el diario El Mundo en su sección de Ciencia, “por la actualidad que posee el tema en nuestra sociedad y la necesidad de un debate entre ciudadanos debidamente informados”, suena a tomadura de pelo. Porque Fallaci disfrutará de prestigio dentro de la profesión periodística, pero en este caso no tiene ni idea de lo que habla. Ni la más remota.

La autora lamenta, al principio, que mucha gente vaya a votar en Italia ayer y hoy “sin razonar con su propia cabeza, sin escuchar a la propia conciencia e, incluso, sin conocer el significado de las palabras células madre-ovocito-blastocisto-heterólogo-clonación”. Y advierte, seguidamente, de que ella no participará en el referéndum; pero que desea, “con todo el corazón”, que la propuesta de permitir la investigación con embriones sea rechazada. Tras leer el texto -cuatro páginas enteras de periódico publicadas en España entre el jueves y el viernes pasados-, queda claro que Fallaci no va a votar porque ignora casi todo sobre lo que se vota. Por eso resulta sorprendente que haya tenido la desfachatez de redactar un alegato como éste.

Dice la periodista que el propósito que persiguen los promotores de la modificación legal -a quienes compara repetidamente con el doctor Frankenstein y Adolf Hitler- es masacrar “a nuestros hijos jamás nacidos, a nuestros futuros nosotros mismos, a los embriones humanos que duermen en los congeladores de los bancos o de los institutos de investigación. Masacrarlos, reduciéndolos a fármacos para inyectarse o tragar o, incluso, haciéndolos crecer lo suficiente para matarlos como se mata un ternero o un cordero y extraerles los tejidos y órganos para venderlos como se venden las piezas de recambio de un coche”. Y añade más adelante que quienes abogan por este tipo de experimentación “aceptan que los embriones sean descuartizados como terneros en las carnicerías para poder distrutar de órganos para vender como se venden las piezas de recambio de un coche”, y que, “cuando el embrión crece, se secciona (vivisección)”. Han leído bien: disparates de este estilo son el núcleo duro del manifiesto, escrito quizá durante una indigestión de alguna mala novela de ciencia ficción. Porque, para empezar, un embrión congelado no duerme, ya que está compuesto sólo por decenas de células no diferenciadas y nada en él recuerda, ni vagamente, a un ser humano o a un proyecto de ser humano. A partir de ahí, cuando la autora habla de una especie de granjas de bebés que sirvan de fuentes de órganos y de descuartizar a los embriones congelados como terneros o practicarles la vivisección, sólo cabe pensar que delira o que simplemente miente, sabedora de lo impactante que pueden resultar esas truculentas descripciones en personas desinformadas.

Ella, que se proclama una y otra vez atea, ataca a quienes “con bufonesca seguridad proclaman que [un embrión congelado] no tiene alma”, cuando el alma es un concepto religioso impropio de alguien que asegura no creer en dioses. Y tergiversa lo que suelen esgrimir pensadores cristianos ante la postura de la Iglesia católica en contra de estas prácticas: que santo Tomás de Aquino consideraba que hasta los cuarenta días de embarazo -ella habla de cuatro meses- no hay en el embrión nada humano. Los científicos que emplean este argumento no están necesariamente de acuerdo con santo Tomás de Aquino y recurren a él para llamar la atención sobre las contradicciones internas de la Iglesia. “Es inútil objetar -argumenta Fallaci- que santo Tomás de Aquino vivió en 1200 y que de genética entendía lo mismo que yo de ciclismo”. Lo cierto, como comprueba el lector de “Nosotros los caníbales”, es que el santo medieval sabía tanto de genética como la periodista del siglo XXI.

Fallaci se presenta, en todo momento, como portadora de la llama de la libertad frente a quienes piensan lo contrario que ella. “Y todavía me importa menos el hecho de que los Frankenstein y sus mecenados [así se refiere a los partidarios de la experimentación con células madre embrionarias] me expongan al escarnio público con sus acusaciones de retrógrada-oscurantista-reaccionaria-estúpida-meapilas-sierva-del-Vaticano. Y es que a ellos no vale la pensa explicarles por qué una atea (a pesar de ser cristiana) no puede ser estúpida, no puede ser meapilas. O por qué una laica que siempre se batió por la justicia y la libertad no puede ser retrógrada, oscurantista o reaccionaria”, escribe. Y se vuelve a confundir. Porque el que uno sea ateo no impide que sea estúpido y el que alguien luchara en el pasado por la justicia y la libertad no garantiza que lo vaya a hacer siempre.

La fobia de la autora contra la medicina llega hasta la fecundación asistida. “Una mujer que sufre la extracción de un óvulo es ciertamente una cobaya. Una que, para quedarse encinta, se lo hace implantar, lo mismo”. Fallaci sacraliza lo natural y arremete contra el hombre que quiere “manipular la Naturaleza”, pero no duda en recurrir a la moderna medicina para luchar contra el cáncer que padece. “Y si por el momento sigo con vida -admite-, se lo debo a la medicina que, aún cuando, a veces me hace sentir un embrión en el congelador o una cobaya a merced del investigador, me curó y me cura. Pero.. Pero la Ciencia es como el fuego. Puede hacer un gran bien o un gran mal”. Curarla a ella alterando el curso natural de un cáncer es un bien, pero proporcionar a una pareja a la posibilidad de tener hijos, también alterando el orden natural, no lo es. ¿Y qué pasa con los miles de personas que viven gracias a órganos trasplantados, hay que dejarlas morir?

Dice la escritora, entre otras lindezas, que permitir usar para la investigación tejidos de fetos abortados, como ha concluido el Comité Nacional de Bioética italiano, “es un incentivo al aborto”. Y lamenta lo que denomina turismo procreativo, el de las parejas italianas que buscan la solución a su deseo de tener hijos en otros países. Caso especial merece una cita de Barcelona, ciudad en la viene a decir que el esperma congelado abunda porque procede en su mayor parte de europeos del Este, de inmigrantes. Más adelante, denuncia que “florece vergonzosamente” en Europa un mercado de óvulos congelados vendidos por rumanas. “En su mayoría, óvulos vendidos a mil o dos mil euros por las gitanas”, sentencia en un parrafo para mí racista.

Su ignorancia sobre lo que es la clonación queda clara cuando dice que “el premio Nobel Kary Mullis propone clonarnos con el ADN de famosos atletas y estrellas del rock…”, antes de lamentar que la gente normal crea “en la historia de las enfermedades que se van a poder curar”. De paso, indica que ella no se sometería a una terapia de este tipo aun si hubiera una efectiva contra su cáncer. Es fácil renunciar a lo que no hay, pero viajara Estados Unidos beneficiarse de tratamientos que ya existen contra el desarrollo natural de la enfermedad. Estas afirmaciones son el preámbulo a una llamada de Fallaci a oponerse a la clonación terapéutica, a la investigación con embriones y a la fecundación asistida con material genético de terceros, en una parte final en la que expresa su acuerdo -como ha hecho varias veces a lo largo del texto- con la postura del papa Ratzinger frente a estas prácticas.

Quien, alejado del fanatismo de la periodista italiana, quiera hacerse una idea real del estado de la cuestión en la investigación com embriones puede leer un extenso dossier de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS). ¿Cómo puede Oriana Fallaci opinar tan alegremente sobre algo de lo que no tiene la menor idea? ¿Cómo puede un periódico como El Mundo hacer de amplificador de tanto disparate? ¿Es la publicación de un alegato como el comentado una manera de responder “a la necesidad de un debate entre ciudadanos debidamente informados”? Yo creo que no, que es una muestra de irresponsabilidad periodística.