Astrología y adivinación

¿Predijo hace un año Octavio Aceves la boda de Felipe de Borbón y Leticia Ortiz?

Cuando todavía no era posible saber el sexo de un bebé antes del nacimiento, había un médico que siempre acertaba el de los futuros hijos de sus pacientes. En ocasiones, una pareja le visitaba tras el alumbramiento increpándole por haber asegurado que iban a tener un niño cuando en realidad se trataba de una niña, y viceversa. Entonces, el doctor sacaba sus notas y demostraba a sus clientes que la memoria les engañaba, que, donde ellos habían entendido niño, él había dicho niña, o al contrario. Siempre tenía razón. No podía ser de otro modo. Y es que, cuando una de sus pacientes le preguntaba sobre el sexo del hijo que crecía en su seno, el médico decía ‘niño’ y apuntaba en el historial ‘niña’, o al revés. Si el veredicto oral era acertado, los padres nunca verían el historial; si no, él lo esgrimiría como prueba de que los errados eran ellos.

No sé dónde ni cuándo leí esta anécdota -¿puede ser en algún libro escéptico sobre lo paranormal?-, pero la recordé el domingo al ver que el brujo argentino Octavio Aceves (Rosario, 1947) afirmaba, en el diario El Correo, que había vaticinado hace doce meses que este año se anunciaría el compromiso matrimonial de Felipe de Borbón, heredero de la Corona española. “Yo dije, y está publicado, que hacia finales de año la Casa Real haría el comunicado del compromiso oficial del Príncipe con una joven de aspecto centroeuropeo, estatura alta, extremadamente delgada y muy guapa; que sería un casamiento por amor, a celebrarse en los primeros meses de 2004. Así que acerté de pleno”, sentencia el adivino. Cuando la periodista Arantza Furundarena le apunta que la novia no es centroeuropea, él responde: “Yo dije que tendría aspecto centroeuropeo, no que lo fuera. Y está claro que Letizia, por su físico, podría ser suiza”. Aceves añade que hizo la predicción “en noviembre o diciembre del año pasado. Me la jugué totalmente, pero es que lo vi muy claro en el tarot”. Yo también lo vi claro -y no soy vidente- cuando leí las declaraciones del augur sobre la boda principesca: bastaría con consultar la hemeroteca para volver a confirmar que el adivino da en la diana a veces, como todo el mundo, y que lo único sorprendente del real vaticinio es que alguien se lo crea.

Era cuestión de tiempo que Octavio Aceves acertara con el anuncio del compromiso real. Lo lleva prediciendo anualmente desde que lo hizo en las páginas de Supertele para 1997: “Se anunciará de forma oficial el compromiso del príncipe Felipe”, dijo hace siete años. Ahora, el vidente se cuelga medallas; pero pasa por alto un montón de vaticinios fallidos. El 2 de enero de 2000, anunció: “Este año el Príncipe conoce por fin a su novia, a la mujer de su vida. No sé si habrá boda antes de 2001, pero la cosa va en serio”. También adelantó que, de española, nada. “Creo que no. La veo más bien extranjera. La visualizo castaña, tirando a rubia”. El heredero de la Corona conoció a Letizia Ortiz ¡a finales de 2003!, y ella es asturiana y castaña. No tiene de rubia ni un pelo. A comienzos de 2001, el brujo dijo que la novia del Príncipe iba a ser “una mujer europea, pero no española”, y vaticinó el anuncio oficial del compromiso para finales de aquel año. Volvió a meter la pata. En enero de 2002, se la jugó otra vez: “Entre Felipe y Eva (Sannum) no veo ninguna ruptura, bien porque todavía siguen enamorados y pensando el uno en el otro, bien porque continúan en contacto”. Y puntualizó que la futura Reina de España iba a ser “más bien extranjera, probablemente centroeuropea, grandota y de cabello castaño, tirando a rubio”. Fíjense que afirmó que la prometida de Felipe de Borbón sería “centroeuropea” -no “de aspecto centroeuropeo”, como ahora dice- y que la describió físicamente como “grandota”, no como alta -que tampoco lo es Letizia Ortiz- y delgada. ¿Cuál fue la predicción del adivino para 2003? Dado que no indica dónde anunció la real boda hace doce meses, asumo que pudo ser también en El Correo, donde el 29 de diciembre de 2002 se publicó un reportaje titulado “Futuro imperfecto” en el cual Aceves, Paco Porras y Aramís Fuster emitían sus augurios para el año que ahora termina. La autora del texto, Isabel Urrutia, recoge que el vidente de Rosario pronosticaba la boda real para 2004, pero con una joven centroeuropea, de ojos claros y rubia, descripción en la que coincidía con Porras y en la que no casa la novia.

Octavio Aceves asegura ser doctor en Psicología, Parapsicología, Ciencias Humanísticas, Literatura Religiosa y Filosofía Orientalista. Llegó a España en la primera mitad de los años 80 y los más viperinos cronistas de sociedad le consideran “un saludable oasis en el mundo del esoterismo y la videncia”. Aunque mantiene que ve “más allá que el común de los mortales”, a la hora de la verdad, su agudeza visual deja mucho que desear. Como sus colegas, acierta en lo obvio, pero yerra en el resto. Si por este remilgado oráculo fuera, la primera guerra contra Irak hubiera durado “aproximadamente un año”, Miguel Boyer hubiera vuelto a la política e Isabel Pantoja hubiera pasado por el altar en 1993 ó 1994. Nada de esto ha ocurrido. Sin embargo, Aceves goza de buena prensa y se gana la vida con el cuento de la adivinación: cobra 100 euros por visita en persona y tiene el típico consultorio telefónico. Claro que, si hay engañabobos, es porque hay bobos, como suele recordar el divulgador científico Manuel Toharia.

La Luna no entiende de lunáticos ni paridas

Al hombre-lobo le saca de sus cabales y al toro de la canción lo enamora, pero ni lleva a las embarazadas al paritorio ni hace que unas noches sean más peligrosas que otras. El influjo de la Luna ha protagonizado recientemente en España dos estudios científicos a los que no se ha dado excesivo eco, si exceptuamos un magnífico artículo del periodista Fermín Apezteguia en las páginas del diario El Correo. Uno, del hospital universitario de La Candelaria, en Tenerife, confirma que la fase en la que esté el satélite terrestre da lo mismo a la hora de que haya más o menos actos violentos; otro, del hospital vizcaíno de Cruces, en Barakaldo, demuestra que el mayor o menor brillo lunar tampoco provoca fluctuaciones en el número de nacimientos.

El estudio sobre la violencia se basó en el análisis de 1.100 casos de víctimas de agresiones atendidas durante un año en el servicio de Urgencias del centro sanitario canario, los resultados han sido publicados en el European Journal of Emergency Medicine y ratifican el carácter mítico de la idea que augura noches de guardia de duro trabajo en los hospitales cuando la luna llena cuelga del cielo. El trabajo sobre los nacimientos ha requerido del análisis de los alumbramientos -unos 79.830- registrados en el hospital vizcaíno en los últimos quince años y concluye que éstos se reparten por igual entre las diferentes fases lunares. Ambas creencias tienen un arraigo popular tal que hasta profesionales de los sectores directamente implicados -el de la seguridad y el de la salud- suelen profesarlas. Y tienen tanto fundamento como la de que sólo usamos el 10% del cerebro que predican los cienciólogos, a quienes no me atrevo a negar que en su caso pueda suceder. Desde hace décadas, se sabe que la luna llena ni trae más niños al mundo ni hace que se derrame más sangre. Para muestra, unos cuantos botones.

Alex Pokorny y Joseph Jachimczyk, de la Escuela de Medicina Baylor de Houston, hicieron a principios de los años 70 del siglo pasado un análisis de 2.494 homicidios ocurridos en el condado de Harris, en Texas, durante catorce años. Su conclusión fue que la distribución de asesinatos no era “estadísticamente diferente en cuanto al periodo lunar de lo esperado por azar”, indican Roger Culver y Philip Ianna en su libro El secreto de las estrellas. Astrología: ¿mito o realidad? (1979). Un lunático es un individuo que padece locura a intervalos que algunos aseguran que coinciden con las fases lunares. Sin embargo, una investigación realizada durante dos años por Stephen Bauer y Edward Hornick en el Centro Hospitalario Municipal del Bronx reveló que no había relación alguna entre el número de pacientes que acudía a las Urgencias de Psiquiatría y el ciclo lunar. Los enfermos recurrían al servicio de emergencias en cantidades parecidas todos los días, independientemente de que coincidieran con luna llena, menguante, nueva o creciente. Exactamente lo mismo que se ha visto en Tenerife.

D.I. Templer, D.M. Veleber y R.K. Brooner aseguraron en 1982 haber detectado un incremento desproporcionado de accidentes de tráfico en Estados Unidos en las noches de luna llena o nueva. Tras publicarse el trabajo, James Rotton, de la Universidad Internacional de Florida, e Ivan Kelly, de la Universidad de Saskatchewan, llamaron la atención sobre el hecho de que la mayoría de las trágicas noches incluidas caía en fin de semana, cuando siempre ocurren más siniestros que en días laborables por razones que nada tienen que ver con el satélite terrestre. D.I. Templer, M. Corgiat y R.K. Brooner reanalizaron los datos y aplicaron índices correctores para fines de semana y periodos vacacionales: el misterioso influjo de la Luna se desvaneció. John Smyrk y Roslyn Fekitoa pusieron a finales de los años 80 a prueba la afirmación según la cual, “durante la luna llena, los accidentes tienden a ocurrir con mayor frecuencia o los pacientes sometidos a intervenciones quirúrgicas tienden a sangrar”. Escogieron el hospital Hornsby Kuring-gai, uno de los mayores de la región metropolitana de Sydney, y controlaron durante un año los niveles de consumo de sangre. No encontraron pruebas que respaldasen la idea de que, durante el plenilunio, los accidentes de tráfico sean más frecuentes y quienes se someten a operaciones sangren más.

Una creencia muy extendida entre las gentes del campo es que, dependiendo de la fase lunar en que se siembre, se recogerá una cosecha más o menos abundante. Un grupo escéptico de Canberra, Australia, se interesó por el asunto cuando un periódico local informó en su sección de jardinería sobre las mejores épocas para plantar verduras de acuerdo con el ciclo lunar. A partir de la información proporcionada por la Sociedad de Cultivadores Orgánicos de Canberra, que facilitó las semillas, se hicieron veintidós plantaciones en días buenos y malos. Un mes después, se recogió la cosecha y se pesaron las plantas. No se detectó “una diferencia significativa en el peso de los productos, aunque las semillas fueron plantadas en buenos y malos momentos, de acuerdo con la supuesta influencia astrológica”.

Eduardo Giménez, miembro de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, comprobó en 1993 si los fetos tienen especial debilidad por abandonar el seno materno en días de luna llena. Tras analizar los nacimientos registrados en Zaragoza en 1990, llegó a la conclusión de que el número de alumbramientos “no depende para nada de la fase lunar. Así, durante la fase de luna llena, únicamente se produjeron máximos en tres ciclos lunares de los doce anuales. Por contra, hubo cuatro mínimos; es decir, se dieron más nacimientos en creciente, menguante y nueva que durante luna llena”. El estudioso encontró, eso sí, un ciclo semanal, ya que los médicos tienden a controlar las fechas de partos para que éstos ocurran en días laborables y no en festivos.

La creencia popular, según la cual la Luna influye en la conducta humana, carece de fundamento. Sólo hay un grupo de seres racionales sobre el que tiene una clara y demostrada influencia -las parejas de enamorados- y no puede descartarse que ocurra porque estos individuos sufran algún trastorno temporal de la personalidad que nada tiene que ver con el satélite.