Antenas y salud

La Policía Nacional difunde en Twitter el bulo de que la radiación de los móviles y la wifi provoca insomnio

Tuit antiondas de la Policía Nacional.La Policía Nacional ha difundido en Twitter el bulo de que la radiación de los teléfonos móviles y las redes inalámbricas puede ser la causa de tu insomnio. El tuit policial dice: “Posible causa de tu insomnio = móvil en la mesilla. La contaminación invisible de móviles y wifi puede dejarte en vela!! #Desengánchate”. Creía que, después de la estúpida normativa antiondas aprobada por unánimidad por el Ayuntamiento de Vitoria, nada podía sorprenderme. Sin embargo, los responsables de redes sociales de la Policía Nacional lo han conseguido: un cuerpo de seguridad difundiendo bulos cuando uno de sus objetivos tiene que ser combatirlos. ¿Qué será lo próximo, advertirnos de que no cojamos en autoestop a la chica de la curva? Por favor, antes de hacerse eco de tonterías anticientíficas, infórmense, señores de la Policía Nacional: no hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer ni ninguna otra dolencia. Atribuir efectos dañinos para la salud a las ondas de radiofrecuencia tiene tanto sentido como culpar al Diablo del mal en el mundo.

Vitoria y la wifi: un pleno municipal analfabeto

Los hijos del personaje interpretado por Mel Gibson se protegen de los alienígenas con cascos de papel de aluminio, en 'Señales', la película de M. Night Shyamalan.El pleno del Ayuntamiento de Vitoria acordó ayer por unanimidad “delimitar la señal wifi en centros cívicos y edificios municipales, señalizando las zonas en las que exista”; “dejar libre de wifi los espacios propiamente infantiles, como ludotecas y bibliotecas familiares, y procurar la disminución de su incidencia y, en su caso, establecer zonas libres en canchas de juego y entradas”; además de “señalizar los espacios infantiles como zonas libres de wifi”. La medida tiene su origen en una moción de Sumando-Podemos que luego modificó y propuso el PNV añadiendo que esos pasos se darán “de forma paulatina y de acuerdo con las posibilidades técnicas”. Según informaba El Correo, “el Ayuntamiento invoca «el principio de precaución» y sostiene que, cuando una actividad «representa una amenaza o un daño para la salud humana, hay que tomar medidas incluso cuando la relación causa-efecto no haya podido demostrarse científicamente de forma concluyente»”.

El objetivo, decía la propuesta de la formación afín a Pablo Iglesias, es proteger a los vitorianos “más vulnerables” de “la polución electromagnética” generada por las instalaciones de wifi. Hace un mes, Pablo Iglesias y Estefanía Torres, eurodiputados de Podemos, pidieron a la Comisión Europea en el Parlamento Europeo el “reconocimiento integral de la electrohipersensibilidad” o hipersensibilidad electromagnética, una presunta dolencia de cuya existencia no hay ninguna prueba fuera de la cabeza de los enfermos y más allá los intereses de quienes hacen negocio del miedo. Como ha establecido la Organización Mundial de la Salud (OMS), “no hay bases científicas para vincular la hipersensibilidad electromagnética con la exposición a los campos electromagnéticos”. Todo indica que estamos ante un mal de origen psicosomático: el enfermo sufre cuando se cree expuesto a la radiación que, según él, resulta nociva. Nada más.

El principio de precaución

Es descorazonador ver cómo una corporación en pleno -PNV, PP, Bildu, PSE, Podemos e Irabazi- abraza la pseudociencia de este modo. Quienes ayer votaron en Vitoria a favor de la delimitación de los espacios con wifi en los centros cívicos y edificios municipales, y de su señalización como si fueran zonas peligrosas, no son dignos de la confianza de los vecinos de la capital alavesa porque legislan desde el desconocimiento. Ignoran el conocimiento y la evidencia experimental acumulados durante décadas, presentan como una amenaza para la salud algo que no lo es e invocan torticeramente el principio de precaución, que se ha convertido en una especie de mantra para los antitransgénicos y los antiondas.

Según una comunicación de la Comisión Europea de febrero de 2000, el principio de precaución puede invocarse “cuando la información científica es insuficiente, poco concluyente o incierta, y cuando hay indicios de que los posibles efectos sobre el medioambiente y la salud humana, animal o vegetal pueden ser potencialmente peligrosos e incompatibles con el nivel de protección elegido”. El mismo documento comunitario añade que “el recurso al principio de precaución presupone que se han identificado los efectos potencialmente peligrosos derivados de un fenómeno, un producto o un proceso, y que la evaluación científica no permite determinar el riesgo con la certeza suficiente”.

En el caso que nos ocupa, la evidencia es concluyente: miles de estudios y experimentos no han encontrado ninguna prueba de efectos perniciosos para la salud en las ondas de radiofrecuencia, no se conoce ningún mecanismo por el que pudieran resultar peligrosas, y los epidemiólogos no han detectado ningún aumento en los males que se achacan a este tipo de emisiones. Si fuera cierto lo que sostienen los antiondas, se habría registrado hace años un aumento de los tumores cerebrales y otros males que ellos atribuyen a la wifi y los móviles, de los que sólo había 91 millones de líneas en 1993 y ahora hay más de 7.300 millones. ¿Ha habido un incremento de las patologías que algunos achacan a las ondas de radiofrecuencia? No.

Lo que hizo ayer el Ayuntamiento de Vitoria es impulsar el analfabetismo científico y a quienes hacen negocio inventándose enfermedades y vendiendo remedios inútiles contra ellas a los más incautos. Con su consenso desde la ignorancia, PNV, PP, Bildu, PSE, Podemos e Irabazi siembran en muchos padres el miedo a que las ondas de radiofrecuencia afecten a sus hijos, aunque tampoco ningún estudio ha probado que el uso del móvil o de la wifi sea más peligroso para un niño que para un adulto. ¿Cabe una política más irresponsable? ¿Todos los grupos municipales vitorianos comulgan con la peligrosidad de la wifi o algunos se han sumado alegremente a esa idea sólo para no ser señalados?

Todo por los votos

Padres antiantenas de la ikastola Ibaiondo de Vitoria con cascos de papel de aluminio.No es la primera vez ni será la última que dirigentes políticos vascos ignoran la ciencia para evitar el enfrentamiento con el bullicioso colectivo antiondas, que en ocasiones ha llegado a amenazar directamente a los científicos que les llevan la contraria. En enero del año pasado, el Departamento de Educación del Gobierno vasco decidió blindar la ikastola Ibaiondo, en Vitoria, y el instituto de Solokoetxe, en Bilbao, frente a las emisiones de unas antenas de telefonía próximas para atender la preocupación de algunos padres. Lo más triste es que ese departamento lo dirige una química de la Universidad del País Vasco (UPV), la consejera Cristina Uriarte, quien daba así la espalda a la ciencia a la hora de tomar una decisión política que tenía que basarse en ella. Un mes después, los socialistas conseguían que todos los partidos del Parlamento vasco se sumaran a la histeria antiantenas.

Para decidir en el futuro con un mínimo conocimiento de causa, lo menos que deberían hacer los corporativos vitorianos es ver el episodio de Escépticos dedicado a las ondas de radiofrecuencia, avalado -como toda la serie- por la Cátedra de Cultura Científica de la UPV. Como alternativa, les recomiendo un decálogo de lo que todo político debería tener claro a la hora de hablar de emisiones de telefonía, wifi y salud, y, en última instancia, les animo a leer mi libro El peligro de creer, que incluye un largo capítulo sobre el miedo a las ondas de radiofrecuencia y la hipersensibilidad electromagnética desde sus orígenes en Estados Unidos a principios de los años 90.

La primera vez que escribí aquí sobre este asunto, en el lejano 2007, no sospechaba que pudiéramos llegar tan lejos. Ocho años después, no sé a qué espera la comunidad científica para dar la cara sin titubeos y, por ejemplo, desautorizar con contundencia a los corporativos vitorianos en pleno. Estos lodos son consecuencia, no lo duden, de la irresponsable actitud de algunos periodistas y medios de comunicación que durante años han alimentado la histeria electromagnética y también del pasotismo de muchos científicos a la hora de responder a los miedos y dudas de los ciudadanos, dejando el campo libre a los charlatanes y al populismo. Porque las medidas tomadas por el Ayuntamiento de Vitoria para frenar los inexistentes efectos nocivos de la wifi son tan útiles y serias como los crucifijos para impedir las posesiones demoniacas.

Pablo Iglesias fomenta la histeria electromagnética en el Parlamento Europeo

Pablo Iglesias y Estefanía Torres, eurodiputados de Podemos, han pedido a la Comisión Europea en el Parlamento Europeo el “reconocimiento integral de la electrohipersensibilidad” en un documento que dice:

El pasado 24 de junio se celebró un año más el Día Internacional contra la Contaminación Electromagnética. En este sentido, tanto el Parlamento Europeo (en 2008 y 2009), como otros estamentos -la Agencia Europea del Medio Ambiente (desde 2007 hasta la actualidad) o la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa (en 2015)- han elaborado sucesivas resoluciones.

Sin embargo, los lobbies han boicoteado en el Comité Económico y Social Europeo (CESE) un dictamen proteccionista en defensa de la salud que incluía reivindicaciones y llamadas de alerta recogidas en las resoluciones referidas con anterioridad y el reconocimiento básico de los derechos de las personas electrosensibles. Esto está actualmente siendo investigado a través de la defensora del Pueblo por si se estuviera produciendo un conflicto de intereses. Asimismo, los comités científicos, como el Comité Científico de los Riesgos Sanitarios Emergentes y Recientemente Identificados (CCRSERI), tienen una evidente falta de independencia y neutralidad.

¿Va la Comisión a tomar medidas para solucionar dicho boicot, así como para solucionar la desprotección y vulnerabilidad infantil ante el despliegue de tecnologías inalámbricas en el ámbito educativo?

Sólo por aclarar las cosas, el 24 de junio es tan Día Internacional contra la Contaminación Electromagnética como el 2 de julio, Día Mundial Ovni. Ambas conmemoraciones no son oficiales: la primera se la han inventado quienes viven de extender el pánico a las ondas de radiofrecuencia para hacer negocio; la segunda, ufólogos. Así que, siguiendo la lógica de apoyarse para una medida política en un día mundial inventado por cualquiera, Pablo Iglesias y Estefanía Torres podían pedir a la Comisión Europea que propiciara el establecimiento de relaciones con los tripulantes de los ovnis. Más grave es, no obstante, su demostración de ignorancia científica.

No hay ninguna prueba de que la hipersensiblidad electromagnética exista fuera de la cabeza de los enfermos y más allá los intereses de quienes hacen negocio del miedo. No hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer ni ninguna otra dolencia. Ése es el consenso científico, que se basa no en acuerdos subjetivos, como el político, sino en la evidencia teórica y experimental acumulada. La Organización Mundial de la Salud (OMS) -que ha redactado varios esclarecedores documentos sobre campos electromagnéticos y salud pública– admitió en diciembre de 2005 que hay personas que dicen sufrir problemas de salud por su exposición a los campos electromagnéticos y que los síntomas son no específicos (enrojecimientos de la piel, sensación de quemazón, fatiga, palpitaciones, náuseas…), aunque pueden llegar a resultar discapacitantes. Pero concluyó que “no hay bases científicas para vincular la hipersensibilidad electromagnética con la exposición a los campos electromagnéticos”.

Es lo que dice hoy en día la ciencia, después de miles de estudios. Hay cosas que todo político debería saber respecto a este tema, pero parece que es más rentable, políticamente hablando, dar la espalda a la ciencia y abrazar la superstición y la tecnofobia..

La única conspiración en el caso de las emisiones de radiofrecuencia está en la mente de las víctimas de una serie de organizaciones pseudocientíficas que fomentan histerias interesadamente, ya sean contra las ondas de radiofrecuencia o contra productos químicos inocuos. Inventarse una enfermedad, convencer a la gente de que la tiene, o puede tener, y venderle un remedio inútil es un magnífico negocio. Si no, que se lo digan a quienes venden artilugios para frenar las ondas, ofrecen asesorías legales y medioambientales a supuestos enferemos y les recetan productos naturales. La hipersensibilidad electromagnética es tan real como las posesiones demoniacas y, con su irresponsabilidad y analfabetismo científico, Podemos está fomentando desde el Parlamento Europeo la histeria electromagnética, la anticiencia, el analfabetismo científico y el conspiracionismo. ¿Quién da más?

Entre la derecha meapilas y la izquierda tecnófoba, dan ganas de salir corriendo de este país antes llamado España.

Madri+d se traga que el colapso de las colmenas se debe a la ‘contaminación electromagnética’

madri+d-abejas“Las energías electromagnéticas que cubren amplias áreas de nuestras ciudades y territorios son uno de los factores por los que se están extinguiendo las abejas”, dice una información de Efe publicada en el portal Madri+d, “organismo dependiente de la Comunidad de Madrid encargado de ofrecer servicios de innovación tecnológica, investigación y desarrollo”. Se titula “Una nueva teoría para el declive de las abejas” y se asegura en el subtítulo que “la contaminación electromagnética, según un estudio, está afectando a estos insectos”.

No se pongan a buscar el estudio citado. No existe. La información se basa exclusivamente en afirmaciones de un colectivo antiantenas español, la llamada Plataforma Estatal contra la Contaminación Electromagnética (Peccem), que supuestamente reúne a asociaciones vecinales. Esta entidad suele hacer causa común en su lucha contra las ondas del mal con un entramado de organizaciones pseudocientíficas que viven de fomentar el pánico electromagnético para vender servicios de aseoría legal, tratamientos médicos y todo tipo de cachivaches inútiles a hipocondriacos.

La información de Efe –la original y la replicada por Madri+d- es una muestra lo que nunca tendría que ser el periodismo. ¿Dónde se ha publicado el estudio que vincula las ondas de radiofrecuencia con el síndrome del colapso de las colmenas (CCD, por sus siglas en inglés)? ¿Qué credenciales científicas tiene Rubén García González, coordinador de la Peccem, que lo convierten en una fuente fiable? En ninguna revista científica y ninguna, respectivamente. García González dice, por ejemplo, que en el ser humano “está más que constatado que hay una activación a largo plazo con carácter crónico del sistema inmunitario por las influencias electromagnéticas”. Si se refiere a las ondas de radiofrecuencia, es mentira. No hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía ni de wifi provoquen cáncer ni ninguna otra dolencia. Ése es el consenso científico, que se basa no en acuerdos subjetivos, como el político, sino en la evidencia teórica y experimental acumulada.

Móviles y abejas

Tampoco hay ninguna prueba de que los teléfonos móviles estén matando a las abejas. En un estudio publicado hace cuatro años en la revista Apidologie, Daniel Favre, del Instituto Federal Suizo de Tecnología, metió dos teléfonos móviles en sendas colmenas y comprobó que, cuando estaban conectado entre sí  -uno le mandaba al otro la señal de un canal informativo de radio-, las obreras se excitaban hasta el punto de producir con sus alas el zumbido de alarma que puede llevarlas a abandonar masivamente la colonia. Cuando el experimento duraba 30 minutos, la colmena recuperaba el nivel normal de ruido 2 o 3 minutos después de haberse apagado los móviles; pero, cuando la comunicación telefónica se prolongaba más allá de 20 horas, las abejas necesitaban más de 12 horas para tranquilizarse. ¿Consecuencia de las radiaciones electromagnéticas?

No, más bien del calor y del ruido provocados por el móvil metido en cada colmena. Eso no impidió, no obstante, que algunos medios compusieran titulares del estilo de “Su teléfono móvil podría estar matando abejas”, “Un estudio sugiere que los móviles matan a las abejas” y “Las emisiones de los teléfonos celulares están realmente matando a las abejas, según un estudio”. Ahora, Madri+d hace lo mismo: esa pábulo a las afirmaciones sin sentido de un portavoz de la Peccem que dice, sin ninguna evidencia que lo respalde, que “las infraestructuras de las telecomunicaciones introducen unos campos electromagnéticos artificiales con una potencia infinitamente superior y que son cambiantes con el tiempo, lo que desorienta a las abejas, entre otros insectos, que no encuentran de esa forma la manera de volver a sus colonias”. Añade nuestro protagonista que, si estos animales desaparecen, “la situación puede ser catastrófica tanto a nivel de ecosistema como a nivel de los alimentos para los seres humanos y podría traer hambrunas mucho más intensas y más extendidas en el mundo”. Y el periodista lo remata haciendo una lista de “los informes que se han elaborado desde distintos organismos internacionales advirtiendo del peligro que supone la pérdida de este pequeño insecto que es la abeja”, como si eso respaldara en algo las tesis del imaginativo García González.

El síndrome del colapso de las colmenas es un problema que científicos de todo el mundo estudian dese hace años, pero no hay ninguna prueba de que su causa sean las emisiones de radiofrecuencia. Ninguna. Así que quien sostiene lo contrario es tan digno de crédito como quien dice que el VIH no causa el sida.

El ‘Telediario’ fomenta la quimiofobia y la histeria electromagnética

Es algo tristemente habitual: se reúnen para promocionar su negocio los expertos en una pseudociencia, y un gran medio los trata como si fueran científicos y lo que dicen mereciera algún crédito. Ha ocurrido en el pasado con ufólogos, parapsicólogos, sindonólogos y practicantes de todo tipo de pseudoterapias, y ayer les tocó a los autodenominados medicos ambientales, a quienes el Telediario de La 1 dedicó una sonrojante pieza calcada de una de La Sexta de 2012. El motivo, como hace tres años, era la celebración en Madrid de un congreso de medicina ambiental, destinado, según la entidad organizadora -la Fundación Alborada-, a “aquellas personas interesadas en cómo el entorno afecta al desarrollo de patologías como la sensibilidad química múltiple, fibromialgia, fatiga crónica, electrosensibilidad, trastornos hormonales, autismo y un amplio conjunto de enfermedades cada vez más comunes”.

La autora de la información comenzaba diciendo que hay entre nosotros personas que no soportan el cóctel compuesto por la polución, los pesticidas en los alimentos y las sustancias tóxicas “en comida, productos de limpieza, cosmética, perfumes…”. Dejando a un lado los productos de limpieza, sería de agradecer que la periodista se hubiera dejado de generalidades y hubiera  precisado en qué alimentos, cosméticos y perfumes hay “sustancias tóxicas” para que las autoridades sanitarias tomaran cartas en el asunto. No lo hizo porque ese preámbulo era el gancho alarmista e infundado para vender dos males inexistentes: la sensiblidad química múltiple (SQM) y la hipersensiblidad electromagnética.

La SQM fue identificada en los años 50 por el alergólogo estadounidense Theron G. Randolph, quien en 1965 fundó lo que hoy es la Academia Estadounidense de Medicina Ambiental. Según él, hay personas a las que ponen enfermas las sustancias químicas sintéticas. No las tóxicas, sino cualquier sustancia a un nivel muy por debajo del considerado seguro. Sufren tanto que llegan a tener que aislarse del plástico, de los colorantes, de las fibras sintéticas… Del mundo artificial. Quienes, por su parte, dicen padecer hipersensibilidad electromagnética creen que las ondas de radiofrecuencia están detrás de numerosos síntomas -dolores de cabeza, insomnio, cansancio, malestar general…- e incluso de enfermedades graves como el cáncer. Lo cierto es que ninguna de estas dos patologias existe como tal. Los enfermos son personas que sufren, aunque la causa de su mal no sean las ondas o las sustancias químicas de síntesis, sino la creencia en que aquéllas o éstas son peligrosas. Como hay gente que cree estar enferma, hay desaprensivos que hacen negocio de esa creencia: geobiólogos -antes llamados zahorís-, médicos ambientalistas, asesores legales y vendedores de remedios para males imaginarios.

Composición química de una manzana.Detrás del denominado VIII Congreso Internacional de Medicina Ambiental, celebrado en Madrid el pasado fin de semana, no hay instituciones científicas, sino organizaciones que se dedican al negocio de asesorar a presuntos afectados, defenderles legalmente, hacer auditorias medioambientales y venderles todo tipo de cachivaches frente a una amenaza inexistente, además de clínicas alternativas con sus correspondientes tratamientos mágicos. Al médico estadounidense William Rea, a quien TVE presentaba ayer como “el primer catedrático de medicina ambiental del mundo” y que pinta un panorama apocalíptico causado por las sustancias químicas de síntesis, la Junta Médica de Texas le acusó de utilizar test pseudocientíficos, hacer diagnósticos erróneos, practicar tratamientos “irracionales”, no informar a sus pacientes de que lo que hace no está probado y ejercer especialidades para las que no está preparado, tal como indica Stephen Barrett. ¡Ah!, por cierto, la medicina ambiental es una especialidad tan reconocida científicamente como la ufología, la parapsicología y la lectura de las líneas de la mano.

“La solución es volver a recuperar alimentos más naturales y alejarnos de los productos elaborados con excesivos químicos”, concluye la reportera. No sé lo que son “excesivos químicos” -¿los que tiene una manzana?-, pero sí que ahora vivimos más y mejor que cuando estábamos más integrados en la naturaleza, como pueden estar en algunos países del mundo subdesarrollado. Si mi colega quiere volver a lo natural y jugarse la vida, que lo haga, pero un medio de comunicación público no debe fomentar histerias ni dar cabida a tonterías pseudocientíficas y la quimifobia. TVE tendría que cuidar más la información científica para que nadie colara con esa etiqueta lo que no son sino supercherías.