Ondas de histeria

Pasó con los hornos de microondas, sucedió después con las líneas de alta tensión, todavía ocurre con los móviles y las antenas de telefonía, y empieza a darse con las conexiones Wi-Fi… A los que ya tenemos unos años, nos parece que la historia se repite desde hace treinta. Nuestros bisabuelos y tatarabuelos dirían que desde antes, porque ha habido muchos avances tecnológicos a los que se ha culpado de perjuicios que luego se ha demostrado que no causaban. Nadie niega que hay artefactos con efectos nocivos para la salud, algunos de los cuales utilizamos a diario, como el automóvil -sólo en España, 4.104 personas murieron en accidentes de tráfico el año pasado-, pero aquí hablo hoy de otra cosa, de las histerias injustificadas provocadas a veces por los periodistas a la caza de la noticia. De gente como aquéllos que, en los primeros tiempos del ferrocarril, advirtieron de que el humo de las máquinas a vapor iba a matar a los pájaros, las chispas iban a causar incendios y los pasajeros, a morir asfixiados por la velocidad.

Horno microondas.Las fobias de las últimas décadas han estado protagonizadas por los campos electromagnéticos y tuvieron su impulsor en Paul Brodeur, reportero de la revista The New Yorker que alertó en 1976 de los riesgos del uso del microondas, tal como cuenta el físico Robert L. Park en su libro Ciencia y vudú, una de esas joyas del pensamiento crítico nunca lo suficientemente leídas. Brodeur fue en 1989 el principal promotor de la vinculación entre cáncer y líneas de alta tensión. Según recoge Park en su obra, la Oficina Científica de la Casa Blanca calculó en su día que sólo el infundado terror a las líneas de alta tensión alimentado por el periodismo irresponsable causó en Estados Unidos unas pérdidas superiores a los 25.000 millones de dólares. Los riesgos de la telefonía móvil y sus antenas, que sufrimos en gran medida gracias a la tendencia de los medios de comunicación de dar a todo trapo los resultados alarmantes de algunos estudios e ignorar sistemáticamente los que demuestran que no hay pruebas de tal peligro, derivan de los miedos alimentados por Brodeur y acaban de tener otro hermano.

El documental Wi-Fi: a warning signal (Wi-Fi: una señal de alarma), de la prestigiosa serie Panorama de la BBC, se hizo eco el 21 de mayo del peligro que suponen las conexiones inalámbricas a Internet para los escolares británicos y de la existencia de personas afectadas por la denominada hipersensibilidad electromagnética. No sabía nada de esta nueva dolencia hasta que leí el martes un artículo de Pepe Cervera titulado “Enfermedades imaginarias”. La hipersensibilidad electromagnética es un supuesto mal que hace que algunas personas padezcan una gran variedad de síntomas debidos, según ellos, a su exposición a los campos electromagnéticos. El programa televisivo británico fue tan tendencioso en su defensa de esta idea y de la nocividad de las conexiones Wi-Fi, tan proclive a la eterna conspiración que nos rodea miremos hacia donde miremos, que Ben Goldacre -médico, periodista y responsable de la web Bad Science– lideró informalmente las protestas contra él. Al final, la BBC admitió, en mensajes de correo electrónico a quienes se quejaban, que “no hay pruebas sobre los efectos de la exposición a largo plazo a las conexiones Wi-Fi”, pero añadió que la comunidad científica está dividida al respecto al riesgo que suponen las ondas emitidas por nuestros aparatos de radio, móviles, ordenadores, televisores…. ¿De verdad?

Estudios sin fundamento

Televisor.La lectura del artículo “Factors that risk being left our of the equation” (Factores que corren el riesgo de quedar fuera de la ecuación), que Goldacre publicó en The Guardian el 13 de mayo de 2006, no apunta precisamente en ese sentido. Como tampoco lo hace el metaanálisis titulado “Electromagnetic hypersensitivity: a systematic review of provocation studies” (Hipersensibilidad electromagnética: una revisión sistemática de los estudios de provocación), realizado por James Rubin, Jayati Das-Munshi y Simon Wessely, investigadores del Instituto de Psiquiatría de la Universidad del Rey, de Londres, y publicado en 2005 en Psychosomatic Medicine, revista de la Sociedad Americana de Medicina Psicosomática. Los autores analizaron 31 estudios anteriores a un total de 725 personas afectadas de hipersensibilidad electromagnética. Descubrieron que 24 de los 31 estudios no dieron con ninguna prueba de la existencia de esa patología y que, de los 7 aparentemente favorables a la existencia de la hipersensibilidad electromagnética, los resultados de 3 se debían a errores estadísticos, los de otros 2 eran mutuamente incompatibles y los de 2 no habían podido ser replicados por sus autores, algo básico en ciencia. Así que concluyeron que esta presunta enfermedad “no está relacionada con la presencia de campos electromagnéticos”, aunque quienes dicen padecerla sufran efectos muy reales cuyas causas deben ser objeto de más estudios y pueden ser imaginarias.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) -que ha redactado varios esclarecedores documentos sobre campos electromagnéticos y salud pública– se pronunció en esa misma línea en un texto de diciembre de 2005. Tras admitir que hay personas que dicen sufrir problemas de salud por su exposición a los campos electromagnéticos y que los síntomas son no específicos (enrojecimientos de la piel, sensación de quemazón, fatiga, palpitaciones, náuseas…), pero pueden llegar a resultar discapacitantes, concluyó que “no hay bases científicas para vincular la hipersensibilidad electromagnética con la exposición a los campos electromagnéticos. Es más, la hipersensiblidad electromagnética no es un diagnóstico médico, ni está claro que represente un problema médico individual”. En mayo del año pasado, la OMS dictaminó, además, que, “teniendo en cuenta los muy bajos niveles de exposición y los resultados de investigaciones reunidos hasta el momento, no hay ninguna prueba científica convincente de que las débiles señales de radiofrecuencia procedentes de las estaciones de base y de las redes inalámbricas tengan efectos adversos en la salud“.

Todos los estudios científicos apuntan hacia una misma realidad: que la hipersensibilidad electromagnética tiene tanta relación con los campos electromagnéticos como una posible asfixia en el tren con la velocidad a la que éste circula; es decir, que no existe la enfermedad a la que alude tan rimbombante nombre. Se trata de otra u otras patologías que pueden ser físicas o psicológicas. Esto no quiere decir, obviamente, que no haya médicos dispuestos a curar lo que no existe -o, por lo menos, no es lo que ellos dicen-, porque el negocio es el negocio. También hay médicos que tratan a sus pacientes con homeopatía, iridología u otras técnicas más que cuestionables. Y pacientes que dicen haber recuperado la salud gracias a cualquiera de esas prácticas, la imposición de manos o los rezos al santo de turno. Pero la ciencia es otra cosa y, de momento, ha encontrado tantas pruebas de la existencia de hipersensibilidad electromagnética como de la existencia de las maldiciones que también llevan a algunos supersticiosos a enfermar.

Contra el sensacionalismo, información

De todos modos, vayan preparándose porque en España ya se hizo eco de la historia de la BBC el diario gratuito 20 Minutos al día siguiente en una información titulada ‘Advierten de los posibles riesgos para la salud de la tecnología WiFi’, que puede ser el principio de una histeria como la de las antenas de telefonía, en la que -recuerden- los periodistas otorgábamos el mismo peso al testimonio de un ciudadano cualquiera que al de un físico o biólogo. Es lo que tiene la equidistancia informativa, que da a todas las fuentes de información el mismo valor, sepan o no sepan de lo que hablan.

Teléfono móvil.Explica Simon Jary, de la revista PC Advisor, que, por ejemplo, “la radiación Wi-Fi es 100.000 veces menor que la de un microondas doméstico y 600 veces menor que el límite máximo impuesto por el Gobierno de Reino Unido”, y que “la Agencia de Protección de la Salud británica dice que sentándose sobre un punto de conexión Wi-Fi durante un año se recibe la misma dosis de radiación que con una llamada de teléfono móvil de 20 minutos”. Por si ustedes ignoran cuáles son los niveles de exposición y los límites recomendables de algunas fuentes domésticas de radiación electromagnética, la OMS tiene un documento al respecto. Si quieren saber lo que es la radiación electromagnética y sus posibles riesgos, hay un magnífico monográfico titulado Antenas y salud, que los Museos Científicos Coruñeses colgaron de Internet hace tiempo, fácil de entender para cualquiera y cuya lectura acaba con muchos mitos. Por ejemplo, con la tonta idea de limitar la exposición de los niños a los móviles, que ha sido recomendada por comités de sabios de varios países para que disminuya la percepción del riesgo entre el público.

No puedo dejar de pensar, no obstante, en el infierno que supondría sufrir de hipersensibilidad electromagnética real porque vivimos rodeados de ondas electromagnéticas: lo son la luz que nos llega de las estrellas y del Sol, la que emite la bombilla más pequeña, las de televisión y radio, las de telefonía, las de la corriente eléctrica… Algunas de esas radiaciones -las llamadas ionizantes- pueden causarnos daños: a este grupo pertenecen los rayos X y gamma. “Si una radiación ionizante penetra en un tejido vivo, los iones producidos pueden afectar a los procesos biológicos normales. Por consiguiente, el contacto con cualquiera de los tipos habituales de radiación ionizante (alfa, beta, gamma, rayos X y neutrones) puede tener repercusiones sobre la salud”, explica el Consejo de Seguridad Nuclear. Éstas son, por tanto, las radiaciones que pueden provocarnos lesiones. La de radio y televisión, telefonía y luz eléctrica -a no ser que agarremos la bombilla incandescente, en cuyo caso nos quemaremos, claro- no tienen capacidad para romper moléculas, así que no apaguen su conexión Wi-Fi y sigan informándose en los enlaces aquí puestos y otros que vayan encontrando por ahí. Los científicos son tajantes: pensar que las ondas de un móvil, un televisor o una conexión inalámbrica a Internet pueden alterar la salud es como creer que una puerta de madera puede romperse si la golpeamos con un merengue.