Antenas y salud

“Si viviéramos una vida natural, viviríamos una vida miserable”, dice el biofísico Félix Goñi

El biofísico Félix Goñi, en un laboratorio de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del País Vasco. Foto: Ignacio Pérez. Amante de la buena mesa, intérprete de los lieder de Schubert y fabricante aficionado de fuegos artificiales -impulsó el concurso de Bilbao-, Félix Goñi (San Sebastián, 1951) es catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad del País Vasco (UPV). Médico de formación y biofísico de profesión, sus investigaciones sobre las membranas celulares, que pueden dar con vías hacia la curacion del sida y del alzhéimer, le han valido el reconocimiento internacional, incluido el nombramiento de doctor honoris causa por la Universidad de Burdeos el pasado miércoles. Ilustre de Vizcaya, creó en 2001 la Unidad de Biofísica, el primer centro mixto de la UPV y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el territorio, y recibió un año después el premio Euskadi de Investigación. El recién elegido presidente de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular habla en esta entrevista de ondas de telefonía y salud, transgénicos y terapias alternativas.

– ¿Sigue sin móvil?

– Sí.

– ¿Por miedo a las ondas?

– Ja, ja,ja… No. Sigo sin móvil por comodidad. Por lo mismo que sigo sin coche. Antes de usar algo, sopeso si las ventajas van ser mayores que los inconvenientes. Para mí es mucho más cómodo y barato usar el transporte público que tener coche. Por mi trabajo y por mi vida, no puedo prescindir del correo electrónico, pero sí del móvil. Lo veo como una esclavitud extraordinaria, aunque hay gente que lo necesita.

– ¿Conoce a alguien que no lo use porque cree que sus emisiones son perjudiciales para la salud?

– No, no conozco a nadie.

– Pero hay quien tiene ese temor.

– Yo estudio la interacción de la radiación electromagnética con la materia viva y decir que las ondas del móvil o de la wifi causan enfermedades es un disparate.

– ¿Me puede demostrar que son inocuas?

– No puedo demostrárselo. La ciencia no puede demostrar que una cosa no causa un efecto. La ciencia es la herramienta más poderosa que tenemos para conocer, pero tiene sus limitaciones y una de ellas es que no puede demostrar que una cosa no ocurre.

– Que Papá Noel no existe.

– No, no puedo demostrar que Papá Noel o Dios no existen.

– ¿Y que existen?

– La ciencia no puede decir ni sí, ni no, ni nada de cosas que no son accesibles a la experimentación, y a Dios no lo podemos tocar.

La educación científica

– Volviendo a las ondas, ¿qué dice la ciencia?

– La ciencia puede demostrar qué tipos de ondas afectan a la materia viva.

– Los rayos X, por ejemplo.

– Sí. La ciencia sabe la cantidad de energía asociada a los rayos X y a las ondas de radio. Sabemos que las antenas de telefonía emiten el mismo tipo de ondas que las de Radio Bilbao y ETB.

– Si creemos que las ondas de telefonía son nocivas, ¿también deberíamos apagar la radio y la tele?

– Por supuesto. No hay ningún motivo por el cual las ondas de telefonía móvil vayan a ser dañinas si las ondas de Radio Bilbao y ETB son inocuas. Si unas son dañinas, también lo son las otras; si unas son inocuas, las otras también. Hemos medido la cantidad de energía que necesita una onda para producir alteraciones en las moléculas y es millones de veces superior a la de las ondas de radiofrecuencia.

– ¿A qué achaca entonces el miedo de cierta gente a las ondas de telefonía y wifi?

– Es una pregunta que no puede contestarse ni desde la física ni desde la biológica. La podrá contestar un psicólogo o un sociólogo. Es un fenómeno interesantísimo, subyugante, que una sociedad cada vez más dependiente de la ciencia y la tecnología desarrolle, al mismo tiempo, fobias inexplicables hacia la tecnología.

– Parece que hay un divorcio entre una parte de la sociedad…

– Hay que hacer algo: se llama educación.

– Según las encuestas, el 65% de los españoles cree que los tomates que come no tienen genes, pero los producidos por ingeniería genética sí. Y todos han pasado por la escuela.

– Nuestra educación científica es muy deficiente. Seguimos pensando que una persona educada tiene que saber algo de los Reyes Católicos, Jorge Manrique y Cervantes, pero puede no saber nada de la radiación electromagnética.

– O de la evolución, como Tom Wolfe, que la considera un mito.

– Lo que claramente me dice eso es que el señor Wolf es un ignorante en materia científica. Hoy en día, la ciencia está tan inextricablemente unida a nuestra vida que no podemos ser humanistas ignorándola. No está bien situado en este mundo el que no sabe quién era Platón y no tiene una mínima idea de su contribución a la filosofía, pero también está perido el que no sabe quién era Darwin ni su contribución a la biología, al origen del hombre. Creo que las cosas están cambiando, aunque mucho más lentamente de lo que quisiéramos.

La homeopatía

– Pero siguen saliendo de la Universidad licenciados en Medicina convencidos de que la homeopatía funciona.

– Y farmacéuticos que venden remedios homeopáticos. Eso indica que hay todavía gravísimos defectos educativos. Hay médicos que confunden el efecto placebo con los procedimientos terapéuticos basados en la evidencia, que son muy imperfectos, pero funcionan, no como la homeopatía, que se basa en el efecto placebo.

– En el “cura cura sana, culito de rana”.

– Sí. Sabemos el número de moléculas que hay en un litro de agua y el que hay en una gota, y podemos demostrar que los remedios homeopáticos no contienen ni una molécula de la supuesta sustancia curativa. ¡No tienen nada! ¡Son bolitas de azúcar!

– Las Autoridades me castigan si vendo leche aguada, pero permiten la venta de bolitas de azúcar como medicamentos…

– … y a un precio increíblemente alto. No sé por qué ocurre, pero es muy triste que esté pasando.

– ¿Como se explica que haya gente que desconfíe de los médicos…

– Con mucha razón, porque los médicos se equivocan.

– … y al mismo tiempo ponga su salud en manos de alguien que dice que cura, por ejemplo, reconduciendo una energía que sólo él detecta?

– Creo que hay varias razones. La primera es que la medicina del hombre blanco es imperfecta. A mí me dicen que esto no tiene cura, pero quiero curarme. En vez de reconocer que la medicina tiene límites, preferimos creer que hay otros que más listos que nos van a curar. Si oyes o lees a alguno, la diabetes tipo 2 no se cura porque las farmacéuticas quieren seguir vendiéndote la metformina, pero, si le pagas a él 500 euros, te curarías en quince días. No es verdad, pero puede que le pagues. El otro motivo por el que buscamos curas alternativas y nos funcionan es bien conocido: más de la mitad de las personas que entran en una consulta no tienen ninguna lesión orgánica demostrable, pero se sienten mal, luego son enfermos.

– Necesitan algo, pero no medicamentos ni tratamientos.

– Claro, y ahí entra el efecto placebo, que puede incluir desde las estampas de santos hasta los curanderos, pasando por la homeopatía y otras llamadas medicinas alternativas. Como el problema está en tu cabeza, si te convences de que te vas a curar, a lo mejor te curas.

– No me curaré de un cáncer ni una neumonía, pero sí del malestar general.

– Y de una variedad infinita de síntomas que pueden tener origen psicosomático, que están en tu cabeza

– Ha sacado a colación antes la conspiración de las farmacéuticas.

– Todas las teorías de la conspiración tienen mucho éxito. Nos encantan. Y, claro, las farmacéuticas son malísimas, quieren ganar dinero, no como usted y yo ni el señor Paco, que va a trabajar por amor al arte, ¿verdad? Hombre, todos queremos ganar dinero, y en el caso de las farmacéuticas, que tienen que invertir cientos de millones para sacar un medicamento nuevo, sus accionistas quieren recuperar ese dinero. Incomprensible, ¿verdad?

El biofísico Félix Goñi, camino de clase, en los pasillos de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del País Vasco. Foto: Ignacio Pérez.

Los transgénicos

– 109 premios Nobel acusaron en junio a Greenpeace de crímenes contra la Humanidad por su oposición al arroz dorado, un transgénico que salvaría de la ceguera a cientos de miles de niños de cada año en el Sudeste asiático. ¿Qué le parece?

– Creo que es ponerse al nivel de locura de Greenpeace, pero esos científicos consideraron que había que atacar al enemigo con sus propias armas. El camelo de la agricultura biológica o ecológica está bien para los ricos, entre los cuales estamos los lectores de este periódico, usted y yo. Es para gente que no duda de que hoy, mañana y pasado va a comer. Pero los que se mueren de hambre lo que quieren es comer, y la mejora de plantas a través de ingeniería genética va a permitir que coma mejor la gente en el mundo –no en este rinconcito donde se tira comida, sino donde hay hambre– y que muchas personas se libren de la ceguera gracias al arroz dorado.

– Llevamos miles de años modificando genomas, pero ahora algunos rechazan los transgénicos. ¿No es un contrasentido?

– Llevamos unos 11.000 años, desde que se inventó la agricultura, cruzando genomas a ciegas sin saber qué va a pasar. Ahora, la ingeniería genética modifica los genes de uno en uno y sabiendo lo que va a pasar. Eso es fatal, pero no lo que llevamos haciendo desde hace 11.000 años, que ha dado lugar a los productos agrícolas actuales, muchos de los cuales son tan distintos de sus originales que hasta a Linneo se le escapó, por ejemplo, que el maíz es el teosinte domesticado. Otro caso llamativo es el de la zanahoria, que en el siglo XIII no tenía color de zanahoria, sino que era blanquecina. Todas las frutas y verduras del supermercado son consecuencia de mezclas de genes al azar hechas por nosotros. Eso no es problema, pero meter en una planta un gen que sabemos lo que va a hacer es el fin del mundo.

– Hay mucha gente que dice que nunca hemos comido peor.

– ¡Nunca hemos comido mejor! Entre otras razones, porque ahora hay frigoríficos. No voy a retroceder mucho en el tiempo. Si ahora nos sacaran a la mesa lo que comía Alfonso XIII, nos pondríamos a morir. El olor del pescado que comía el Rey de España en Madrid hace cien años nos resultaría insufrible, y con la carne pasaría otro tanto. Comemos infinitamente mejor. Tenemos controlados todos los pasos de la cadena de producción hasta nuestra mesa. ¿Qué pasa aquí? Por un lado, está la fobia a la tecnología de la que ya hemos hablado antes y, por otro, que la memoria falsifica los recuerdos. Todo lo recordamos mejor: la tortilla de patatas y la merluza frita que hacía nuestra abuela es inmejorable. ¡Es falso! Lo que pasa es que la tenemos idealizada en nuestro recuerdo porque la memoria borra las partes negativas. Si no fuera así, nos hubiéramos suicidado todos hace tiempo.

– Si fuera verdad que comemos peor, ¿no moriríamos mucho antes que nuestros bisabuelos?

– Pues, claro. La gente se ha muerto a los 40 años hasta ayer, quitando reyes, obispos… Los de la pasta. Hoy, en grandes partes del planeta, la gente sigue muriéndose a los 40 años porque estamos hechos básicamente para durar ese tiempo.

– ¿Cuanto más nos protegemos de la naturaleza más vivimos?

– Por supuesto. Vivimos más cuanto más dominamos la naturaleza gracias a la tecnología, el ars de los latinos, la techné de los griegos. Si viviéramos una vida natural, viviríamos una vida miserable: la cuarta parte de nosotros moriría en el primer año de vida y el resto a los 30 o 40 años.

Una versión reducida de esta entrevista se publicó originalmente en el diario El Correo.

El 8 de noviembre, Día Mundial sin Wifi y del Periodismo Gilipollas

Presentación de Joan Carles López Sancho en la web de la 'asesoría medioambiental' Gigahertz.Cuentan las agencias Efe y Europa Press que el 8 de noviembre ha sido declarado el Día Mundial sin Wifi “con el objetivo de hacer visible el riesgo al que están expuestas millones de personas que se conectan a Internet mediante el uso del sistema inalámbrico”. La declaración, explican en sendos despachos, ha partido de una supuesta Federación Ambientalista Internacional (FAI), organización sobre la que Efe dice que su director en España es el geobiólogo Joan Carles López Sancho.

Según el máximo responsables de la FAI en nuestro país, las 280 millones de redes wifi que hay en el mundo son “una contaminación silenciosa y un tóxico ambiental avalado por 139 estudios”. “No queremos ir a vivir a las cuevas, sino ir a opciones inocuas, porque la mayoría desconoce la toxicidad del wifi y lo percibe como una tecnología más limpia al no tener cables, pero esta radiación recibida de manera directa y constante en las manos y la cabeza por el contacto con dispositivos como celulares, tabletas, computadoras portátiles y otros, representa un riesgo silencioso que impacta en el sistema nervioso central”, ha contado a Efe el experto, que ha añadido que “el  wifi emite mucha más radiación que una antena de telefonía móvil o que antenas repetidoras y, por ser pulsada, esta radiación es más virulenta que otras, como se explica en más de 60 estudios”.

Los despachos de las dos agencias son sendos despropósitos. Esos textos y el eco que les han dado algunos medios demuestran la ligereza con que algunos periodistas se toman la información sobre asuntos que tienen que ver con la ciencia y la salud. Para empezar, si un periodista se traga en 2016 que una organización cualquiera puede decidir que tal o cual fecha es el día mundial de algo, debería volver a la facultad. Los días mundiales o internacionales los establece la ONU a petición, muchas veces, de organizaciones internacionales de prestigio. A fecha de hoy, en la web correspondiente de la ONU el 8 de noviembre no es un día internacional de nada y tampoco la FAI es una organización internacional de prestigio más allá de estos teletipos de Efe y Europa Press. Con la misma autoridad que la FAI, visto lo visto, pediría que la denominación de la jornada se amplíe a Día Mundial sin Wifi y del Periodismo Gilipollas.

Zahorís reconvertidos para hacer negocio

Respecto a las afirmaciones de López Sancho acerca de que los riesgos de la wifi han sido demostrados por decenas de estudios, lo que aifrma el director de la FAI es simple y llanamente mentira. No hay ninguna prueba de que las ondas de wifi ni de telefonía provoquen cáncer ni ninguna otra dolencia. Ése es el consenso científico, que se basa no en acuerdos subjetivos, como el político, sino en la evidencia teórica y experimental acumulada. Tampoco hay ninguna prueba de que la hipersensiblidad electromagnética, que haría más sensibles a las ondas a algunas personas, exista fuera de la cabeza de los enfermos y de los intereses de quienes hacen negocio del miedo, colectivo al que parece próximo el director de la FAI, cuyo objetivo comercial parece ser Hispanoamérica. “Buscamos promover campañas de prevención, ajuste y capacitación, especialmente en Latinoamérica, región en la que el sistema wifi se ha extendido en los dos últimos años y que avanza descontroladamente cuando en otros países más desarrollados ya está considerado como un tóxico ambiental”, ha dicho a Efe. ¿Qué países consideran un tóxico la wifi?

Joan Carles López Sancho tampoco es precisamente una fuente fiable de información en lo que a ondas electromagnéticas se refiere. El director de la FAI en España es geobiólogo y un geobiólogo no es un científico; sino un brujo. Geobiología es la denominación mediante la cual el zahorísmo o radiestesia pretende hacerse pasar por ciencia ante los legos. Lo cierto es que sus practicantes carecen de formación y titulación científica. No son ni biólogos ni geólogos. Son zahorís que, en algunos casos, han sustituido las varillas de madera de sus antepasados por máquinas que hacen ping, como en su día los astrólogos empezaron a vender horóscopos confeccionados por ordenador. Consultar a un geobiólogo sobre los riesgos de las emisiones electromagnéticas es como pedir asesoría a un quiromántico sobre un problema de salud. Un geobiólogo es un zahorí cuyo negocio se basa en la extensión del pánico electromagnético, y toda informacion en la que el guía sea uno de estos personajes es pura pseudociencia. De hecho, López Sancho se presenta como zahorí, con sus varillas incluidas, en la publicidad de los cursos que imparte, como pueden comprobar en la imagen que acompaña a estas líneas. Y es también asesor de la plataforma tecnófoba Escuela Sin Wi-Fi.

Ya saben, la supuesta Federación Ambientalista Internacional es una organización pseudocientífica liderada en España por un zahorí, así que pueden tirar sus comunicados directamente a la basura. Y felicidades a todos los medios que se han tragado la patraña del Día Mundial sin Wifi. Lo suyo es el rigor… mortis

Ondas electromagnéticas, médicos incompetentes y jueces que no se enteran

El Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM) ha concedido a un ingeniero de telecomunicaciones de 47 años que dice sufrir electrosensibilidad la incapacidad permanente total para su profesión y el derecho a percibir una pensión equivalente al 55% de su base reguladora, que ascendía a 2.812 euros. “Es la primera vez que dan la invalidez a una persona porque sufre hipersensibilidad y no puede estar expuesta a las ondas electromagnéticas”, me ha dicho Jaume Cortés, abogado del afectado.

Ricardo de francisco. Foto: TVE.Ricardo de Francisco, de 47 años, trabajaba para Ericsson cuando en 2010 empezó a sufrir depresión, ansiedad, falta de concentración y otros síntomas. Le dieron la baja y estuvo en tratamiento psicológico y psiquiátrico un año, tras el que volvió al trabajo. Pero la cosa fue a peor y, aunque “al principio pensaba que tenía una enfermedad psiquiátrica”, una médica le diagnosticó electrosensibilidad. Ella también la sufría. Al final, la compañía le despidió e indemnizó. Entonces, solicitó una pensión de invalidez que le denegó primero el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS) y luego el Juzgado de lo Social número 11 de Madrid, y que ahora le concede el TSJM porque “se halla en situación de incapacidad permanente total para su profesión habitual de ingeniero de telecomunicaciones” derivada de la enfermedad que padece. A lo largo del proceso, el hombre encontró otros dos médicos que confirmaron el diagnóstico y forman parte del reducidísimo grupo de profesionales de la salud que, en contra de todas las pruebas, consieran que la electrosensibilidad y la SQM no son patologías de origen psicosomático.

Los afectados de electrosensibilidad o hipersensibilidad electromagnética presentan dolores de cabeza, mareos, fallos de memoria, insomnio y otros síntomas que achacan a las ondas de telefonía y de wifi, las líneas de alta tensión… La patología, sin embargo, no está reconocida como enfermedad. La Organización Mundial de la Salud (OMS) adimite que hay personas que aseguran sufrir problemas de salud por su exposición a los campos electromagnéticos y presentan síntomas no específicos (enrojecimientos de la piel, sensación de quemazón, fatiga, palpitaciones, náuseas…) que pueden llegar a resultar discapacitantes. Sin embargo, añade que “no existe una base científica para vincular los síntomas de la hipersensibilidad electromagnética con la exposición a los campos electromagnéticos”. “Es una patologia de origen psicosomático. Esta gente sufre de verdad, pero no por las ondas”, advierte Alberto Nájera, especialista en radiología y medicina física de la Universidad de Castilla-La Mancha, que estudia el fenómeno desde hace años. Es la opinión, basada en las pruebas, de la comunidad científica.

Los estudios han demostrado que, cuando un presunto hipersensible ve una antena de telefonía, sufre síntomas aunque la instalación no esté en funcionamiento y, a la inversa, que, cuando la presencia de una antena no es evidente, el paciente se siente perfectamente aunque el dispositivo esté funcionando. La sentencia del TSJM dice que el afectado podría trabajar en lugares libres de ondas electromagnéticas. “Eso es imposible en este Universo. Eso sí, si cree que está libre en algún sitio, va a sentirse bien ahí”, dice el abogado Fernando Frías, miembro del Círculo Escéptico.

Despropósito de principio a fin

La de Ricardo de Francisco es una victoria judicial, sin duda, pero nada cambia desde el punto de vista de la ciencia. Los hechos no están supeditados a sentencias judiciales ni votaciones parlamentarias. Si mañana todos los jueces de España deciden indemnizar a afectados de hipersensibilidad electromagnética y de sensibilidad química múltiple (SQM) -otra enfermedad fantasma-, no por eso estas patologías existirán fuera de la mente de los afectados. El problema con esta sentencia es que no entra a establecer si la enfermedad que dice sufrir el demandante existe porque eso no se cuestiona. Lo que es objeto de litigio es su derecho a pensión. De locos y consecuencia del pésimo trabajo de los profesionales del INSS que evaluaron la situación del afectado -cuya patología no tiene un origen en las ondas, sino en su psique- y de los abogados del Estado.

Tal como recoge la sentencia, del 6 de julio, un informe médico de mayo de 2014 del equipo evaluador del INSS admite que no hay pruebas de que la electrosensibilidad y la SQM existan. Sin embargo, un mes después el INSS determina que el hombre padece “trastorno ansioso-depresivo con predominio de irritabilidad para control de impulsos, síndrome de electrosensibilidad (EHS), síndrome de sensibilidad química múltiple (SQM), de intestino irritable, seco de mucosas”, a pesar de lo cual le niegan la prestación por no considerar ese cuadro invalidante. Es contra esto último contra lo que Ricardo de Francisco actuó legalmente. Por eso, según me ha explicado Frías, el TSJM no tenía que dilucidar si la electrosensibilidad existe, sino si un afectado por esa enfermedad tiene derecho a pensión cuando resulta que esa patología le incapacita para hacer su trabajo. Los representantes legales de la Administración podían haber argumentado que la electrosensibilidad no existe, pero habrían llevado entonces la contraria a los profesionales de la INSS que, en su incompetencia, dictaminaron que el hombre padecía una enfermedad que no está reconocida como tal en ningún sitio.

Los jueces del TSJM tampoco tienen las ideas muy claras. Dicen en la sentencia que “queda razonablemente acreditada la incapacidad permanente total del demandante para su profesión de ingeniero de telecomunicaciones a causa del síndrome de sensibilidad química que padece o hipersensibilidad electromagnética que el Ministerio de Sanidad español lo ha calificado en su versión de la Clasificación Internacional de Enfermedades CIE-9-MC dentro del grupo de alergias no específicas (código 995.3)”. Sí, han leído bien, los magistrados confunden la electrosensibilidad con la SQM, según la cual hay personas a quienes las sustancias químicas sintéticas les ponen enfermas. No las tóxicas, sino cualquier sustancia a un nivel muy por debajo del considerado seguro. Sufren tanto que llegan a tener que aislarse del plástico, de los colorantes, de las fibras sintéticas… Del mundo artificial. Las pruebas científicas han demostrado, sin embargo, que esa dolencia es psicosomática, como la electrosensibilidad. ¿Pero reconoce Sanidad la hipersensibilidad electromagnética como enfermedad?

No. Y da igual lo que digan los jueces. He buscado en la versión española de la Clasificación Internacional de Enfermedades CIE-9-MC y no he encontrado referencia alguna a la electrosensibilidad o hipersensibilidad electromagnetica. Lo más que hay es una referencia a hipersensibilidad sin más. Por cierto, que la hubiera  a la electrosensibilidad tampoco sería un argumento a favor del demandante. De hecho, en la versión española de esa clasificación está incluida la SQM sin que eso signifique que se reconoce como enfermedad.

Enfermedad inexistente

La electrosensibilidad no está reconocida como enfermedad ni en España ni en ningún otro país, ni está previsto que la OMS -la única entidad que tiene capacidad para reconocerla como tal- vaya a hacerlo. Tal como me explicaron en su momento desde Sanidad, la CIE la elabora la OMS y “la estructura de la clasificación no puede ser modificada por ningún país ni organización”. Lo más que hacen algunos países, como España, es atribuir un código a una “posible dolencia” para conocer “su posible incidencia” entre la población, “aun cuando no sea una enfermedad reconocida”. Los casos de electrosensibilidad se podrían incluir en la categoría de “alergias no especificadas”, un cajón de sastre en el que ya figura la SQM, presunta dolencia tampoco reconocida como enfermedad en ningún país. Por cierto, Sanidad es en esta historia el único actor al que no se puede culpar de nada: es falso que haya reconocido la electrosensibilidad como enfermedad, como sostienen algunos.

En resumen, un hombre sufre una dolencia que cree psiquiátrica; un médico le convence de que padece una enfermedad que le impide hacer su trabajo; los evaluadores médicos del INSS aseguran que la patología no existe, pero aún así se la diagnostican; el INSS le niega la pensión a pesar de que la presunta dolencia sería invalidante para su trabajo; va a los tribunales; le deniegan la pensión en primera instancia; cuando recurre, los abogados del Estado no entran a cuestionar si la enfermedad existe y los jueces concluyen que, si sufre ese mal -cosa que se da por hecho- y está incapacitado para su trabajo, tiene derecho a pensión. Parece una tomadura de pelo, pero no lo es. Además de ser todo una chapuza, la lectura de la sentencia demuestra una vez más que los jueces españoles no saben escribir, pero ésa es otra historia.

Vivimos rodeados de radiación electromagnética, desde la luz de una bombilla y del Sol hasta los muy nocivos rayos X y gamma, que pueden provocar en el ADN mutaciones que desemboquen en tumores. Las ondas de telefonía y wifi son lo que se conoce como no ionizantes porque no pueden alterar el ADN. Tampoco pueden tener los efectos que dicen los electrosensibles. “La radiación media de una antena de telefonía es inferior a la que recibiríamos de una bombilla de 100 W a un kilómetro. La electrosensibilidad es imposible desde el punto de vista físico”, afirma Nájera. Él y Frías lamentan que, en vez de recibir el tratamiento psiquiátrico que les pudiera ayudar a sobrellevar la situación, esas personas caigan en manos de desaprensivos que agravan su mal al convencerles de que padecen enfermedades que no sufren porque no existen.

Ricardo de Francisco puede tener derecho a una pensión de invalidez, pero otorgársela por padecer una enfermedad que no existe es el colmo del disparate. Es el equivalente a que yo pida la invalidez porque me ha poseído el Diablo y me la den porque la Iglesia católica dice que eso es posible. Sería recomendable que el INSS y los abogados del Estado tomaran nota, de cara a futuras demandas por electrosensibilidad y SQM, de que esas supuestas enfermedades no existen, como no existen las posesiones demoniacas, y son en realidad manifestaciones de trastornos mentales. Sería recomendable que, cuando se dirimen asuntos que tienen que ver con la ciencia, la ley permitiera a los jueces de todas las instancias contar con peritos que pongan los puntos sobre las íes y les guíen a la hora de tomar decisiones.

Los móviles alargan la vida de las ratas, según un estudio

Una rata de la cepa Sprague-Dawley. Foto: Jean-Etienne Minh-Duy Poirrier.Los teléfonos móviles alargan la vida de las ratas que se exponen a sus radiaciones nueve horas diarias desde que son embriones con respecto a las que no sufren esa exposición, según los resultados preliminares de un estudio colgado en la web bioRXIv. Las conclusiones del trabajo, enmarcado en el Programa Nacional de Toxicología -dependiente del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos-, también tienen otra posible lectura, que los móviles causan cáncer, como han apuntado en sus titulares medios como The New York Times, La Vanguardia y otros. Esos titulares alarmistas tienen tanto fundamento como el que encabeza estas líneas; espero que perdonen la broma.

Los autores de la investigación, financiada con 25 millones de dólares por el Gobierno estadounidense, expusieron a ondas de telefonía a 2.000 ratas durante dos años a razón de nueve horas diarias desde que estaban en el útero materno. Al final, entre el 2% y el 3% de las ratas macho desarrollaron gliomas malignos -un tumor cerebral- y del 5% al 7% de las que se sometieron a niveles más altos de radiación sufrieron schwannomas en el corazón, un tipo de tumor que afecta a los nervios. Ni los individuos del grupo de control ni las hembras expuestas a radiación desarrollaron patologías, algo esto último para que los autores no tienen explicación.

Puntos flacos

Lo que ciertas informaciones periodísticas han pasado por alto por alto es que los animales del experimento eran ratas de la cepa Sprague-Dawley, que, indica Beth Mole en Ars Technica, “tienen de promedio una probabilidad de un 1% a un 2% de desarrollar cualquiera de esos dos tipos de cáncer”, aunque en algunos estudios ese porcentaje se ha elevado en el grupo de control hasta más del 6%. Extrañamente, en el trabajo en cuestion ningún individuo del grupo de control desarrollo ningún cáncer. Sospechoso, ¿no?

Además, las ratas expuestas a las ondas de telefonía vivieron más que las del grupo de control. Lo que es otra rareza y otro punto flaco del estudio. “Es potencialmente un gran problema, ya que los tipos de cáncer que se encontraron en las ratas expuestas tienden a desarrollarse más tarde en la vida de las ratas. Por lo tanto, si las ratas control hubieran vivido sólo un poco más tal vez se habrían desarrollado uno de los tipos de cáncer. Y sólo una rata de control con cáncer haría que la relación (de la exposición a las ondas) con el cáncer en las ratas macho no fuera estadísticamente significativa”, advierte Mole.

“No puedo aceptar las conclusiones de los autores”, dice Michael S. Lauer, director adjunto de investigaciones en los Institutos Nacionales de la Salud (NIH), y uno de los revisores del estudio, basándose en esos puntos flacos. Cree que el estudio no es lo suficientemente consistente y que “los pocos positivos podría deberse a falsos positivos”, lo mismo que sostiene, en declaraciones a Ars Technica, Christopher Schmid, bioestadístico y fundador del Centro para la Medicina Basada en la Evidencia en la Salud Pública de la Universidad Brown.

Así que pueden estar tranquilos: sigue sin haber pruebas de que las ondas de telefonía móvil provoquen algún tipo de cáncer en ratas. Como tampoco las hay de que las ratas vivan más si se las expone a esas emisiones. Recuerden que, después de miles de estudios, no hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen ninguna dolencia. Ése es el consenso científico, que se basa no en acuerdos subjetivos, como el político, sino en la evidencia teórica y experimental acumulada. Tengan presente siempre que hay estudios científicos y estudios científicos, y hasta las revistas más serias cometen errores. Y que un estudio poco sólido puede llevar a conclusiones disparatadas.