El origen del miedo a que el teléfono móvil cause cáncer

Larry King, en septiembre de 2010.Todo empezó en un plató de televisión. El 21 de enero de 1993, Larry King invitó a su programa de la CNN a David Reynard, un viudo de St. Petersburg, Florida. El hombre había puesto una demanda contra el fabricante NEC y la telefónica GTE Mobilnet -ahora integrada en Verizon- porque estaba covencido de que la radiación de un móvil había sido la causante del tumor cerebral que había matado a su esposa Susan, a los 33 años. Explicó que el tumor se encontraba en el lado izquierdo de la cabeza, por el que ella solía usar el teléfono, y “tenía exactamente la forma de la antena”.

El móvil había sido un regalo de Reynard a su esposa por su cumpleaños, en agosto 1988. En mayo de 1990, tras el nacimiento de su único hijo, le diagnosticaron a la mujer un tumor cerebral maligno. En la demanda presentada contra NEC y GTE Mobilnet el 8 de abril de 1992 en Florida, argumentaban que “el tumor fue el resultado de la radiación emitida por el teléfono celular (o) el desarrollo del tumor fue acelerado y agravado por las emisiones del teléfono”. Susan Ellen Reynard murió en el verano de 1992 y, a partir de ese momento, su viudo se entregó a la lucha contra la telefonía móvil.

Al día siguiente de su aparición en Larry King Live, las acciones de las grandes compañías del sector cayeron, y muchos clientes cancelaron sus contratos. Los portavoces de la industria intentaron frenar el pánico, diciendo cosas como que vivimos rodeados de radiación electromagnética natural y artificial, y que la de los móviles no es nociva. Thomas Wheeler, presidente de la Asociación de Telefonía Celular y Servicios de Internet, aseguró el 28 de enero, en una rueda de prensa, que miles de estudios no habían encontrado prueba alguna de que los móviles fueran un riesgo para la salud y prometió financiar más investigaciones. Pero el mal ya estaba hecho.

Periodismo paranoide

“Los periodistas corrieron tras la historia, el programa 20/20 de la ABC emitió su propio informe aterrador, las acciones de los fabricantes de teléfonos celulares se desplomaron y, en toda América, los móviles se apagaron”, escribió el 16 de febrero en el Investor’s Business Daily el abogado y periodista Michael Fumento, quien hizo gala desde el principio de la histeria de un admirable espíritu crítico. Para muestra, aquí tienen una parte de su artículo, titulado “¿Matan realmente los teléfonos móviles?”:

Algunos lo han llamado una respuesta razonada. Pero otros dicen que se nota que hay un serio problema con el cerebro en este país, y que no tiene nada que ver con el uso del teléfono celular. “Es espantoso”, ha dicho Alexander Langmuir, exjefe de epidemiología de los Centros para la Prevención y el Control de las Enfermedades sobre la controversia del móvil. “Es totalmente irracional”. De hecho, la acciones han recuperado la mayor parte de sus pérdidas, y los vertederos de la nación aún no se han llenado con teléfonos celulares desechados.

Pero es una apuesta segura afirmar que el esfuerzo de la industria por ampliar su base de clientes se verá afectado por este susto.

Y, sin duda, muchos de los que siguen usando los teléfonos sufrirán la ansiedad de pensar que podrían estar «marcados por la muerte», como se dijo en la promoción de un programa de entrevistas.

En lo que algunos han descrito como el ambiente circense y tecnofóbico que ha rodeado la polémica sobre los teléfonos celulares, los hechos científicos se han oscurecido, incluidos algunos importantes que rápidamente podrían haber calmado la histeria.

Fumento recordaba que los tumores cerebrales no son algo raro; que “la Sociedad Estadounidense contra el Cáncer preveía que aquel año se diagnosticarían en el país 17.500  y que dos tercios serían mortales”; que, como 10 millones de estadounidenses usaban entonces el móvil, sólo por azar habría en ese grupo alrededor de 180 casos y 120 muertes; y que, en vez de hablar de eso, los medios habían presentado “como un asunto de terrible importancia que, además de la esposa de Reynard, un par de presidentes de empresas que utilizan el móvil también habían muerto recientemente de cáncer cerebral”. Seguidamente, el periodista hablaba de las desconocidas causas de esos tumores y de cómo no había ninguna conexión entre el uso del móvil y el cáncer.

Quiosco de reparación de móviles en Bombay. Foto: Victor Grigas.Un sondeo de opinión hecho tras la aparición de David Reynard en el programa de Larry King reveló que prácticamente la mitad de los estadounidenses había oído hablar del caso de su esposa. La demanda de Reynard fue desestimada en 1995 por falta de pruebas, y lo mismo ha pasado con todas las que se han presentado después, incluida la del neurólogo Chris Newman de 800 millones de dólares contra Motorola y Verizon, compañías a las que culpaba del tumor cerebral que padecía, y que le mató. También Newman recibió su dosis de atención televisiva por King, que le llevó a su programa el 9 de agosto de 2000, en una emisión titulada: “¿Causan cáncer los teléfonos móviles?”. Motorola y Verizon excusaron su asistencia, indicando que no había pruebas científicas de ninguna conexión entre la telefonía móvil y cáncer. El epidemiólogo Sam Milham sostenía lo contrario y dijo que había estudios que la demostraban, y Reynard volvió a Larry King Live siete años después.

Ian Smith, columnista médico de la revista Time, dijo varias veces a King que la evidencia acumulada no apuntaba a ninguna relación entre móviles y cáncer, y llamó la atención sobre el hecho de que hay estudios y estudios: “La palabra clave aquí es prueba, y es que hay estudios acerca de todo y cualquiera puede hacer uno. Pero uno de los problemas que veo, sobre todo en lo que se refiere al periodismo, es que este estudio muestra esto y este estudio muestra esto otro, pero ¿cuál es la esencia de los estudios? Sin entrar en los detalles esotéricos de esos estudios, el problema es que cualquiera puede hacer un estudio, pero eso no lo convierte en un buen estudio. Y muchos de esos estudios son estudios con animales, y hay una gran diferencia entre un estudio animal y uno humano. Y decir que alguien detectó en un laboratorio alguna actividad biológica en una célula no significa que esa conclusión pueda trasladarse al ser humano”.

John Moulder, de la Escuela de Medicina de Wisconsin, coincidía con el columnista de Time en cuanto a la inocuidad de los móviles y añadía que, “probablemente, si no causan cáncer, nunca seremos capaces de probarlo, porque no hay forma de demostrar que algo no causa cáncer”. Ante esa sentencia, King intervino certeramente:

King: “No se puede probar una negación”.

Moulder: “Así es”.

King: “Yo podría decir que la laca causa cáncer, y usted no podría probar que no”.

Moulder: “Bueno, de hecho, lo he visto en Internet”.

King: “¿En serio? Bueno”.

Moulder: “Bueno, en Internet he visto que todo cura o causa el cáncer, o ambas cosas”.

La falacia del principio de precaución

Especialista en la investigación de las bases biológicas del cáncer, cuando King le recordó que el Gobierno británico había recomendado que los niños no usaran el móvil y un experto había dicho que eran una población de “especial riesgo”, Moulder fue tajante: “Desde un punto de vista de salud biológica, no hay ninguna razón por la cual los niños se enfrenten a un peligro mayor que los adultos. No creo que los niños necesiten usar teléfonos celulares, pero el Gobierno británico recomendó que los menores de 16 años no los usen, excepto en casos de emergencia, no afirmó que hubiera alguna evidencia de peligro. Votaron lo que en la Unión Europea  llaman el principio de precaución, que dice que, si usted no está absolutamente seguro de algo, debe tomar precauciones”.

Veintiún años después del primer brote de lo que hoy es el movimiento antiantenas, seguimos igual: no hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer, y los epidemiólogos tampoco han detectado un aumento de los tumores cerebrales a pesar de que el año pasado había en Estados Unidos más de 350 millones de líneas de móvil -frente a los 10 millones de 1993- y en el mundo, más de 6.500 millones, cuando en 1995 había 91 millones. Los enemigos de las ondas siguen, sin embargo, en sus trece, espoleados en España por un entramado de entidades que hace negocio con la extensión del pánico electromagnético y que sabe que no hay nada que preocupe más a unos padres que la salud de sus hijos. La comunidad antiantenas toma decisiones políticas motivadas por intereses electoralistas por pruebas a favor de sus tesis, es impermeable al pensamiento crítico e incapaz de entender que resulta imposible probar una negativa, pero que, al mismo tiempo, podemos estar tranquilos porque, tras incontables estudios, no hay ningún vínculo demostrado entre ondas de telefonía y cáncer. Y lo mismo pasa en los casos de la televisión y de la radio comercial, así que, para ser coherentes, deberían renunciar a ellas.

Como último recurso, esos grupos se agarran al comodín del principio de precaución, que puede invocarse “cuando la información científica es insuficiente, poco concluyente o incierta, y cuando hay indicios de que los posibles efectos sobre el medioambiente y la salud humana, animal o vegetal pueden ser potencialmente peligrosos e incompatibles con el nivel de protección elegido”, según una comunicación de la Comisión Europea de febrero de 2000. Pues bien, como hemos visto, nada de eso se da en el caso que nos ocupa. Dado que, según el mismo documento comunitario, “el recurso al principio de precaución presupone que se han identificado los efectos potencialmente peligrosos derivados de un fenómeno, un producto o un proceso, y que la evaluación científica no permite determinar el riesgo con la certeza suficiente”, invocarlo en el caso de los móviles y la WiFi es una falacia, y hay que denunciarla como tal.