La obsesión por los ovnis mató al piloto autraliano Frederick Valentich cuando perseguía uno en 1978

“Melbourne, esa extraña aeronave está suspendida otra vez sobre mí. Está suspendida; no es una aeronave”. Fueron las últimas palabras del piloto Frederick Valentich hacia las 19 horas del 21 de octubre de 1978, cuando volaba en su avioneta entre el aeropuerto de Moorabbin (Melbourne) y la isla del Rey, al sur de Australia. El controlador aéreo Steve Robey escuchó un sonido metálico y, después, nada. En los días siguientes, la Prensa australiana achacó la desaparición del joven, de 20 años, a los platillos volantes, con titulares del estilo de “Misterio ovni. Un avión se desvanece tras un fuerte sonido metálico“, y el caso de Valentich pasó a formar parte de los clásicos de la ufología. 35 años después, el exmilitar estadounidense James McGaha y el investigador Joe Nickell resuelven el enigma este mes en las páginas de The Skeptical Inquirer.

Portada de 'The Australian' sobre la desaparición de Frederick Valentich.

La desaparición de Frederick Valentich fue uno de los sucesos ovni más populares de finales de los 70, una época dorada para la ufología que, en España, alcanzó el máximo interés público con el caso Manises, en el cual un avión de línea hizo un aterrizaje de emergencia en Valencia porque le seguía un objeto no identificado, y el llamado ovni de Canarias, visto por decenas de miles de personas. Como otros muchos, me enteré del suceso australiano a través de la revista Mundo Desconocido, cuyo número 35 (mayo 1979) publicaba cinco páginas sobre el caso en su sección de ufología, rimbombantemente bautizada como El problema número uno de la ciencia moderna. En esencia, contaba que el joven había despegado con su avioneta Cessna 182L de Melbourne y había desaparecido sobre el estrecho de Bass tras la siguiente conversación, iniciada a las 19.06 horas del día de los hechos:

Frederick Valentich: ¿Hay algún tráfico conocido por debajo de los 5.000 pies?
Steve Robey (controlador): No hay ningún tráfico conocido.
V.: Parece que hay una gran aparato por debajo de los 5.000 pies.
R.: ¿Qué tipo de aparato?
V.: No puedo precisarlo. Tiene cuatro luces brillantes, que parecen luces de aterrizaje… La aeronave acaba de pasar a unos 1.000 pies sobre mí.
R.: Roger [en aviación, es el equivalenete a recibido]. ¿Y es una aeronave grande? Confírmelo.
V.: Desconocida, dada a la velocidad a la que se mueve. ¿Hay algún aparato de la Fuerza Aérea [Autraliana] por las proximidades?
R.: No hay ningún aparato conocido por las proximidades.
V.: Se está aproximando directo hacia mí desde el este. [2 segundos de silencio.] Me da la impresión de que está jugando a algún tipo de juego. Está volando sobre mí dos, tres veces, a una velocidad que no lo puedo identificar.
R.: Roger.  ¿Cuál es su nivel actual?
V.: Mi nivel es 4.500. Cuatro, cinco, cero, cero.
R.: Y confirma que no puede identificar el aparato.
V.: Afirmativo.
R.: Roger. Permanezca a la espera.
V.: No es una aeronave. Es… [2 segundos de silencio.]
R.: ¿Puede describir el aparato?
V.: Acaba de pasar. Tiene forma alargada. [3 segundos de silencio.] No puedo decir más. [3 segundos de silencio.] Ahora está delante de mí, Melbourne.
R.: ¿Y cómo de grande es el objeto?
V.: Está inmóvil. En este momento, estoy describiendo una órbita y él hace lo mismo encima de mí. Tiene una luz verde y parece metálico. Es todo brillante.  [5 segundos de silencio.] Ha desaparecido… ¿Saben qué tipo de aparato es? ¿Es militar?
R.: Confirme que el aparato se ha desvanecido.
V.: Repita.
R.: ¿Está el aparato todavía ahí?
V.: [2 segundos de silencio.] Ahora se acerca desde el sudoeste. Parece que el motor no responde. Marca veintitrés, veinticuatro y está fallando.
R.: Roger. ¿Qué piensa hacer?
V.: Mi intención es ir a la isla del Rey. Ah, Melbourne, esa extraña aeronave está suspendida otra vez sobre mí. [2 segundos de silencio.] Está suspendida; no es una aeronave.
[El micrófono sigue abierto y se escucha un golpe metálico después de 17 segundos de silencio. Se corta la transmisión.]

El ufólogo Jean Sider, autor del reportaje de Mundo Desconocido -titulado “Australia: último vuelo”-, reconocía que Valentich era aficionado a los ovnis y que, de hecho, según su padre, los había visto “en varias ocasiones”, pero descartaba que el objeto no identificado tuviera su origen en un estímulo convencional confundido por el joven. Además, Sider se oponía a la versión oficial según la cual la avioneta podía haber volado invertida y el ovni ser “reflejos de luces en el mar”. “El padre de Frederick Valentich declaró al reportero de The Sidney Sun que semejante hipótesis era imposible, dado que su vástago era un as en materia de acrobacia aérea y hubiera visto inmediatamente que su posición invertida le hacía tomar una cosa por otra”, advertía el ufólogo, quien añadía que ésa era también su opinión.

Un piloto inexperto e imprudente

Desde aquel reportaje de Mundo Desconocido, nunca me había vuelto a interesar por el caso. Desconfiaba de las versiones de los ufólogos, que llegaron a hablar de la abducción del piloto y la avioneta, y no había tampoco una hipótesis escéptica que lo resolviera, quizá porque faltaban datos esenciales en el relato original o porque no tenía solución fuera de la mente del joven Valentich. En el último número de The Skeptical Inquirer  (Vol. 37, Nº 6), McGaha y Nickell ponen el incidente en su contexto y resuelven el misterio. Resulta que Valentich era poco menos que un novato a los mandos de un avión. Había obtenido la licencia de piloto de avioneta un año antes, sólo acumulaba 150 horas de vuelo, no tenía permiso para volar de noche con condiciones meteorológicas adversas, había fracasado dos veces en su intento de entrar en la Real Fuerza Aérea Australiana y había suspendido tres veces la mayoría de las asignaturas en el curso para piloto de aerolíneas que seguía. Además, en sólo un año, había estado implicado en tres incidentes por adentrarse en espacio aéreo restringido y volar a ciegas entre nubes.

Página del informe oficial del caso de Frederick Valentich.“El joven piloto estaba obsesionado por los ovnis, viendo películas y acumulando artículos de prensa sobre el tema. A principios de aquel año, según su padre, Valentich había observado un ovni alejarse muy rápidamente”, escriben McGaha y Nickell, para quienes “su profunda creencia en los platillos volantes pudo contribuir a su muerte, y no del modo en el que algunos ufólogos se imaginan”. Para empezar, apuntan que Valentich dio dos versiones diferentes sobre su viaje a isla del Rey -que iba a recoger a unos amigos o a comprer cangrejos-, ambas probablemente falsas, ya que no informó al aeropuerto de destino de su posible llegada en ningún momento. Sospechan que, simplemente, salió a buscar ovnis. ¡Y los encontró! Al menos, eso creyó.

La investigación de McGaha y Nickell ha demostrado que las “luces de aterrizaje” del ovni, cuatro, coinciden en el cielo de aquella noche con cuatro puntos brillantes que, unidos, darían la impresión de un diamante: Venus, Marte, Mercurio y Antares. Las ganas de creer de Valentich hicieron el resto, incluida la luz verde que cita hacia el final y de la que no había hablado antes. El ovni no se movió en ningún momento; fue Valentich con su avioneta quien se movía respecto a los planetas y la estrella. Más atento al objeto no identificado que al instrumental, el inexperto piloto habría sufrido la ilusión del horizonte falso, que se da “cuando existe deficiente visibilidad. Una formación de nubes que semejan inclinación, horizonte oscuro, pocas luces en tierra y estrellas, pueden crear ilusiones, generando la percepción de que no se encuentra correctamente alineado con el horizonte”. Habría intentado nivelar su aparato respecto a un horizonte falso y habría empezado a descender en espiral, “primero lentamente y luego cada vez más rápido”. Inclinado, la luz verde del ovni que veía al final sobre su cabeza sería la de navegación de la punta del ala derecha de su avioneta.

“La desaparición fue, simplemente, un fatal accidente. Irónicamente, nunca hubiera ocurrido sin la fascinación por los ovnis que sentía el joven piloto. Si no fue realmente el motivo de aquel vuelo nocturno, como sospechamos, esa fascinación fue, sin embargo, clave para que terminara trágicamente”, concluyen McGaha y Nickell. Aunque nunca se recuperó el cuerpo del joven, restos de la avioneta, con números de serie parciales, se encontraron en aguas del estrecho de Bass cinco años después.