Howard Koch, el guionista tras la magia de ‘La guerra de los mundos’ de Orson Welles

“Si los marcianos imaginarios de la emisión de radio nos enseñaron algo importante, fue la virtud de dudar y de comprobar todo lo que nos llega a través de las ondas y de las páginas impresas, incluso de las escritas por el autor de este libro”, advertía hace 43 años Howard Koch en La emisión del pánico (1970). Cuenta en ese libro su experiencia como miembro del equipo de la CBS que la noche del 30 de octubre de 1938 escenificó La guerra de los mundos, el montaje que hizo que miles de estadounidenses creyeran que vivían una invasión marciana y tenían las horas contadas.

Orson Welles, durante la emisión de 'La guerra de los mundos'.Koch fue el autor de la adaptación radiofónica de la novela de H.G. Wells, el clásico de los ataques extraterrestres de 1898. Abogado de formación, había empezado a escribir teatro por afición y, en 1929, había estrenado en Broadway su primera obra, Great Scott! (¡El gran Scott!). Fracasó, como en 1933 su segunda pieza. Pero el éxito le llegó en 1937, en Chicago, con The lonely man (El hombre solitario) y, poco después, firmaba un contrato de 75 dólares por 60 páginas de guión semanal para el equipo de Orson Welles en la CBS. Era su primer trabajo profesional. “Fue una experiencia que duró seis meses y que no me habría perdido… ni quisiera repetir”, recuerda.

Después de dieciséis radiodramas, en la última semana de octubre de 1938 se enfrentó a un reto que estuvo a punto de desbordarle. Welles y el actor John Houseman le encargaron “un guión en forma de boletines de noticias” basado en La guerra de los mundos. Tras leer la novela, Koch se dio cuenta de que “no podría utilizar prácticamente nada, a excepción de la idea del autor sobre una invasión de marcianos y la descripción que realizaba acerca de su aspecto y de sus máquinas. En una palabra, se me pedía que hiciera en seis días un guión casi completamente original de una hora de duración”. Intentó que sus jefes se echaran atrás, pero Houseman, que llevaba con Welles las riendas del programa, le dijo que “se trataba del proyecto favorito de Orson”.

El mundo invadido, ¡en una hora!

Welles, que tenía entonces 23 años, quería trasladar la acción de Reino Unido a Estados Unidos para hacerla más creíble para sus oyentes; pero quien decidió el lugar del comienzo de la invasión fue Koch. Cuando el lunes anterior a la emisión regresaba en su coche de un día libre, compró un mapa en una gasolinera de Nueva Jersey para elegir el sitio del desembarco alienígena. “De vuelta a Nueva York, comencé a trabajar, extendí el mapa, cerré los ojos y dejé caer mi pluma sobre un punto. Había caído en Grover’s Mill. Me gustaba cómo sonaba, tenía gancho. Además, estaba cerca de Princeton, donde, lógicamente, podría introducir en el observatorio al astrónomo profesor Pierson, que se convirtió en personaje principal de la historia”, recordaba en 1970. Y empezó a escribir.

Houseman y Welles consideraban que “dormir era un lujo”, y las revisiones y cambios de guión eran siempre constantes de lunes a sábado, para desesperación de Koch y su mecanógrafa. En este caso, también. Fueron seis días de pesadilla. No paraban de reescribirse escenas y llegó a cundir el desánimo en el equipo. “Estos marcianos son un sinsentido. ¡Es todo demasiado estúpido! ¡Vamos a quedar como idiotas, absolutamente idiotas!”, sentenció en un momento determinado la secretaria del grupo. No fue así.

Hace hoy 75 años, poco después de las 20 horas, Orson Welles encaró el micrófono del estudio de la CBS y dijo:

“Hoy sabemos que, en los primeros años del siglo XX, nuestro mundo estaba siendo observado por unos seres más inteligentes que el hombre y, sin embargo, igual de letales. Sabemos también que, mientras los humanos se entregaban a sus afanes cotidianos, esos seres los escrutaban y estudiaban con la precisión de un científico que examina en su microscopio a las fugaces criaturas que proliferan en una gota de agua. Con infinita complacencia iban y venían los hombres, ocupándose de sus insignificantes asuntos, confiados y seguros de su dominio sobre este pequeño fragmento giratorio del Sistema Solar que, por casualidad o designio, habían heredado de los oscuros misterios del tiempo y el espacio. Sin embargo, más allá del abismo sideral, unas mentes que son a las nuestras lo que éstas a las de los animales salvajes, inmensas inteligencias frías e implacables, miraban hacia la Tierra con ojos envidiosos y lenta, pero implacablemente, trazaban planes de conquista. En el año trigésimo noveno del siglo XX sobrevino la gran desilusión…”.

Todavía impresiona escuchar esa introducción, basada en el extraordinario arranque de la novela original:

Lo que siguió, en 151 emisoras de todo el país afiliadas a la CBS, fue un programa musical que se interrumpía para informar de una invasión marciana, presentar entrevistas a científicos, que entrara en antena un reportero desde el campo de batalla, que el secretario de Estado de Interior hablara de “la gravedad de la situación que atraviesa el país”, que los militares anunciaran que se imponía la ley marcial, la transmisión de un ataque con bombarderos… y la derrota final de los invasores. Todo era ficción, como se advirtió cuatro veces durante la emisión -una al inicio, otra al final y dos en el intermedio-, pero muchos oyentes creyeron estar ante un auténtico ataque alienígena. “En el curso de 45 minutos en tiempo real -diferente del tiempo subjetivo o de ficción-, los invasores marcianos fueron, presumiblemente, capaces de despegar de su planeta, aterrizar en la Tierra, colocar su máquinas destructivas, derrotar a nuestro ejército, interrumpir las comunicaciones, desmoralizar a la población y ocupar secciones enteras del país. ¡En 45 minutos!”, señala Koch en La emisión del pánico.

De Marte al Rick’s Café Américain

Al día siguiente, el titular principal de la portada de The New York Times decía: “Radioyentes aterrorizados toman una obra de teatro bélica como algo real”. El diario destacaba que mucha gente había intentado huir del gas marciano, y que la emisora de radio y la Policía se habían visto desbordadas por las llamadas telefónicas. Y el guionista no se había enterado de nada. Tras escuchar el programa, Koch se metió en la cama y se durmió. A la mañana siguiente, iba a cortarse el pelo cuando empezó a sospechar que algo había pasado aquella noche. “Escuché [por la calle] trozos de conversaciones ominosas con palabras como invasión y pánico, y llegué a la conclusión de que Hitler había invadido algún nuevo territorio y de que la guerra que todos temíamos había finalmente estallado”. El barbero le contó lo que había ocurrido, al tiempo que le enseñaba la portada de un periódico con una gran foto de Orson Welles. “Este momento me sigue pareciendo hoy en día irreal”, escribía en 1970.

'La guerra de los mundos' de Orson Welles, en la primera página de 'The New York Times'.

La repercusión social del radiodrama llevó a Koch, como a Welles y el Mercury Theatre, a Hollywood. Firmó un contrato de siete años con la Warner Brothers y empezó por intervenir en los guiones de El halcón del mar (1940), La carta (1940) y El sargento York (1941). Pasó un tiempo hasta que en el estudio vieron qué podían hacer con él, un tipo identificado con los marcianos y su rayo de la muerte. “Finalmente, heredé algunas escenas y fragmentos de diálogos abandonados por dos escritores anteriores. Me pidieron que construyera una historia incorporando estos fragmentos para una producción cuyo comienzo estaba programado para dentro de dos meses. Con la cámara pisándome los talones, comencé a escribir desesperadamente, con la única y vaga noción de cuál era el orden de cada escena, deseando que una condujera a otra, y a otra y a otra, y que la suma total, si vivía para entonces, equivaliera a una película que no fuera tan mala como para dar por finalizada mi breve carrera en Hollywood”. Volvió a obrarse el milagro, “como en el caso del programa de los marcianos”. La película fue un éxito. Y en 1943 Koch ganó, junto a Philip y Julius J. Epstein, el Oscar al mejor guión adaptado por Casablanca.

Recreaciones televisivas

Tras la Segunda Guerra Mundial, le echaron de la Warner por comunista, entró en la lista negra de Hollywood y en 1951 tuvo que exiliarse a Reino Unido, donde permaneció cinco años. A su vuelta a EE UU, Koch siguió firmando guiones, incluido el de The night that panicked America (La noche que aterrorizó a Estados Unidos), un telefilme que recrea la histórica sesión de radioteatro y cómo reaccionó parte del público. La ABC lo emitió el 31 de octubre de 1975, y TVE lo hizo en España años después. A pesar de algunas licencias -Koch elige el lugar del aterrizaje marciano lanzando un dardo a un mapa-, es una notable recreación de los hechos, con Paul Shenar como Orson Welles y Joshua Bryant como Howard Koch. Desgraciadamente, The night that panicked America nunca se ha comercializado y sólo circulan copias de baja calidad sacadas de viejas grabaciones de vídeo.

Mi momento preferido de esta película -que tuve la fortuna de ver en TVE en su día- es la apertura de la primera nave invasora. Son las 20.15 horas del domingo 30 de octubre de 1938. Millones de estadounidenses están pegados a la radio, pendientes de las palabras del reportero Carl Phillips, que está en Grover’s Mill. La nave comienza a abrirse. En Nueva York, un miembro del equipo de Welles desenrosca lentamente la tapa de un tarro dentro de un inodoro en los estudios de la CBS mientras otro capta el sonido con un micrófono. “Señoras y señores: ¡es asombroso! ¡El extremo de la cosa ha empezado a moverse! ¡La parte superior está girando como un tornillo! ¡El objeto parece estar hueco!”, cuenta el periodista en primera línea. “¡Dios mío, algo acaba de salir reptando de la sombra! ¡Es como una serpiente gris! Ahora aparece otra, y otra…”. Empieza la invasión.

Existe, además, una interesante sesión de teatro televisivo de 1957 que también revive aquella noche. Se titula The night America trembled (La noche que Estados Unidos tembló) y cuenta con el periodista televisivo Edward Morrow como narrador. La emitió la CBS el 9 de septiembre de 1957, dentro de su serie Studio One. Fiel a la emisión original, sin embargo, no cita ni una sola vez ni a Welles ni a ningún miembro de su equipo. El personaje del director lo interpreta Robert Blackburn y en el reparto figuran, entre otros, Ed Asner, James Coburn y un jovencísimo Warren Beatty. Si quieren, pueden comprarla en DVD. Yo les dejo aquí una versión subtitulada:

Regreso a Grover’s Mill

Koch volvió a Grover’s Mill -esta vez, físicamente- con su esposa en el día de Halloween de 1969 para “descubrir qué recuerdos de la invasión habían sobrevivido a lo largo de los años”. Habló con el que en 1938 era el jefe de bomberos del pueblo. Le dijo que “pasó la mayor parte de la noche persiguiendo fuegos que nunca fueron encendidos”, de los que les habían alertado en llamadas telefónicas, y cómo fue testigo de la organización de la primera línea de defensa ante los atacantes. “Granjeros, armados con escopetas, vagaban por los campos buscando a los marcianos o al ejército que, supuestamente, estaba siendo desplegado contra el enemigo en Grover’s Mill. Más tarde, alrededor de cien soldados del estado de Nueva Jersey fueron enviados a la zona para calmar al pueblo y desarmar a estos defensores voluntarios «antes de que nadie resultara herido»”. El bombero le dijo, entre risas, que un vecino cuya mujer tenía a su familia en Pensilvania, partió a buscar a sus parientes en coche con tal urgencia que atravesó la puerta del garaje.

Howard Koch, en Grover's Mill en 1987. Foto: 'La emisión del pánico'.El día de la invasión, la meteorología se puso en Grover’s Mill de parte de los marcianos. “Una niebla misteriosa envolvió la región aquella noche, lo que contribuyó a la ansiedad. Al escuchar los informes de radio de las imponentes máquinas marcianas que estaban cerca, varios residentes de Grover’s Mill cogieron sus armas y corrieron con valentía a defenderse de los invasores, abriendo fuego contra una enorme silueta apenas visible a través de la niebla. Cuando amaneció, se hizo evidente que los aspirantes a héroes habían hecho varios agujeros en el depósito de agua local”, rememoran Robert E. Bartholomew y Benjamin Radford en The martians have landed! (2012). Las anécdotas se multiplicaron a lo largo y ancho del país: dos geólogos de Princeton pasaron la noche buscando el meteorito que, al principio de la emisión, se decía que había caído cerca de Grover’s Mill; una mujer entró en una iglesia de Indiana gritando que Nueva York había sido destruida; la Policía no daba abasto en la Gran Manzana y otros sitios para atender las llamadas de ciudadanos aterrorizados…

En su regreso a Grover’s Mill en 1969, Koch descubrió algo muy divertido: años antes de liarla parda, Welles se había alojado en una casa del pueblo durante un verano que había dedicado a escribir. “Yo había seleccionado Grover’s Mill en la obra cerrando los ojos y pinchando con el lápiz en un mapa de carreteras de Nueva Jersey. Las probabilidades matemáticas de que Orson hubiera vivido en esta aldea perdida serían como máximo de una entre mil”.

Miedo, pero no tanto

Mucho se ha escrito sobre lo que supuso la emisión de La guerra de los mundos, que demostró que había gente dispuesta a creer que podían invadirnos seres de otros planetas ya en 1938, nueve años antes de la visión de los primeros platillos volantes y doce antes de que el mayor Donald E. Keyhoe dijera que procedían de otros mundos. La idea de que se desató el pánico generalizado es, no obstante, un mito. Se cimenta en los resultados de un estudio del sociólogo Hadley Cantril, de la Universidad de Princeton, basado en entrevistas a sólo 135 personas. En su libro La invasión desde Marte. Estudio de la psicología del pánico (1940), Cantril concluyó que 1,2 millones de personas vivieron el ataque alienígena como real. No fue así.

Orson Welles responde a preguntas de los periodistas en la rueda de prensa posterior a la emisión de 'La guerra de los mundos'.

Fue el trabajo de Cantril el que creó el mito de que la sesión de radioteatro había sembrado el terror en las calles estadounidenses. “Existe un creciente consenso entre los sociólogos acerca de que la extensión del pánico, tal como la describió Cantril, fue enormemente exagerada”, sentenciaba el sociólogo Robert Bartholomew sesenta años después de los hechos. Admitía, sin embargo, que “hay pocas dudas de que muchos estadounidenses resultaron verdaderamente asustados”, posiblemente decenas de miles en Nueva Jersey y Nueva York. No hubo ningún muerto y es muy probable, a juicio de Bartholomew y Radford, que los periódicos no fueran inocentes al extender la idea del pánico. En aquel entonces, la Prensa veía en la radio a una amenaza a su supervivencia y se lanzó a atacarla tras la emisión de Welles. Algo parecido a lo que pasa hoy en día con Internet y los nuevos sistemas de comunicación, que algunos medios se esfuerzan en presentar como las fuentes de todo mal.

Pero ¿por qué hubo tanta gente que se asustó y tomó por real lo que no era sino una sesión de radioteatro? Seguramente, por una conjunción de factores: el formato del programa, la credibilidad que ya había alcanzado la radio como difusora de noticias, el uso de escenarios reales, la inestabilidad internacional -estaba a punto de estallar la Segunda Guerra Mundial-, la sintonización tardía… Todo eso ayudó a que decenas de miles de personas creyeran genuinamente, en algún momento, que los marcianos invadían la Tierra; pero la clave fue lo que apunta Koch en la última frase de su libro -con la que arrancan estas líneas-, la falta de espíritu crítico. Algo tan sencillo como recorrer el dial hubiera sacado de la duda al más aterrorizado. Hoy, en tiempos de Internet, nada ha cambiado: quienes se tragan los bulos de la era digital hubieran salido corriendo de sus casas para huir de los marcianos de vivir en 1938.