‘Para todos La 2′ promociona un método para modificar la personalidad a través de la escritura

¿Sabían que es posible cambiar la personalidad mediante la modificación de la escritura? ¿No? Pues es porque no vieron ayer Para todos La 2, que dedicó 10 minutos a la promoción de un revolucionario sistema “para el desarrollo de la inteligencia emocional y la construcción de una psicología positiva, en aras de alcanzar el bienestar y la vida plena”.  Se llama método Kimmon® (marca registrada) y su inventor es Joaquim Valls, grafólogo, economista y profesor en una escuela de negocios privada, que tiene una sección semanal en  el magacín matinal del segundo canal de TVE para promocionar su arte adivinatoria. Porque eso es la grafología, un sistema de adivinación como el tarot, la quiromancia y la astrología.

El método Kimmon consiste, según su inventor, en un “trabajo continuado durante nueve meses de reeducación del inconsciente para poder generar unos frutos que se vean en forma de buenas ideas, buenos sentimientos y buenas emociones”. El sistema se sustenta en cuatro pilares, que Valls denomina “los cuatro fragmentos del mapa del tesoro”: la psicología positiva, la autosugestión, la concentración y la grafotransformación. “Mediante la reeducación escritural de una persona enferma, puede minimizarse o eliminarse la causa de su mal”, sentencian en la web del Instituto Grafológico Kimmon. Valls, que carece de titulación alguna en el campo de la psicología, es el presidente de la entidad, donde  se imparte un máster en inteligencia emocional, a 900 euros la matrícula, además de seminarios para tener una mejor vida gracias a un simple cambio caligráfico y para “reeducar tu cerebro para mejorar tu actitud, sugestionarlo para ser más feliz”, a 95 euros cada uno.

El peritaje caligráfico es una técnica; pero la grafología es brujería. No existe nada parecido a “una interpretación científica de la personalidad por la escritura manuscrita”. Nada. La grafología es una práctica pseudocientífica que, como apuntan los psicólogos Scott O. Lilienfield, Steven Jay Lynn, John Ruscio y Barry Beyerstein en su libro 50 grandes mitos de la psicología popular (2010), debe su inmerecida fama a “la confusión de los grafólogos con los examinadores de documentos cuestionados”, es decir, con los peritos calígrafos. Los grafólogos aciertan lo obvio, como recuerda Robert Todd Carroll en The Skeptic’s Dictionary, y pueden deducir -como cualquiera- cosas de lo que hemos escrito -un currículo contiene mucha información-, pero no de cómo lo hemos escrito. Además, si la grafoterapia funcionara, como dice Valls, sería facilísimo rehabilitar a todo tipo de criminales: bastaría con que adoptaran letra de buena persona, sea ésa cual sea.

A través de la escritura a mano, explicó ayer el grafólogo, “podemos ir reeducando los ganglios basales”, que son “donde se ubican los hábitos de las personas”, para “reconstruir nuestro inconsciente para que dé los frutos deseados”. Y añadió que, al modificar el modo de escribir -cosas como las eles y los márgenes-, cambia la personalidad. ¿Pruebas científicas de esas extraordinarias afirmaciones? Ninguna, claro. Además de que el cóctel de psicología positiva, ganglios basales e inconsciente apesta a cháchara pseudocientífica. Aún así, Valls tiene su prueba ante los críticos: “Ya lo han probado más de mil personas y nadie nos ha dicho que no le haya funcionado”. Eso mismo pasaba con la Power Balance, que, como todo el mundo sabe, era un timo. Es lo que tiene el amimefuncionaísmo.

Cada uno es muy libre de creer en lo que quiera y de tirar su dinero en lo que le dé la gana, pero que una televisión pública promocione supercherías como la grafología y la grafoterapia sobrepasa los límites de lo admisible. La grafología es un timo y, por consiguente, la grafoterapia -la idea de que, cambiando la letra, nos podemos curar de lo que sea o modificar la personalidad- es un timo al cuadrado.