El mejor fin del mundo

Escena final de 'El planeta de los simios' (1968).

Pocas imágenes reflejan mejor el fin del mundo que la que cierra El planeta de los simios (1968), la película de Franklin Schaffner basada en la novela homónima de Pierre Boulle. El astronauta George Taylor (Charlton Heston) cabalga por una playa de un mundo gobernado por chimpancés, gorilas y orangutanes, al que ha llegado tras un largo viaje espacial, cuando se da cuenta de que nunca ha salido de casa: al fondo, entre las rocas, está semienterrada de la Estatua de la Libertad, que se presenta al espectador poco a poco desde atrás. Taylor baja del caballo y, arrodillado entre las olas, maldice las guerras. No recuerdo otra escena final más impactante. Es magistral en su aparente sencillez. No hay grandes explosiones ni alardes de efectos especiales; sólo el romper de las olas en la playa y el desgarrado lamento del protagonista.

Hoy, cuando tenía que haber acabado el mundo según los falsos intérpretes de la inexistente profecía maya, es un buen día para revisitar este clásico de la ciencia ficción -hagan como que no existe la penosa versión de Tim Burton- y también cualquiera de las otras dos cintas del género protagonizadas por Charlton Heston y que no pueden faltar en la filmoteca de todo amante de la ciencia ficción: El último hombre vivo (The omega man, 1971), de Boris Sagal, y Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973), de Richard Fleischer y que es la última película del gran Edward G. Robinson. Las tres me sobrecogieron la primera vez que las vi; las tres me siguen gustando y las reviso de vez en cuando.

El planeta de los simios, El último hombre vivo y Cuando el destino nos alcance demuestran que la historia es lo importante. Las tres están basadas en novelas. Las dos últimas, en Soy leyenda, de Richard Matheson, y ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!, de Harry Harrison, respectivamente. La ciencia ficción está llena de buenas historias y de fines del mundo aterradores. Hollywood prefiere, por desgracia, el efectismo, los fuegos de artificio, el destruir por destruir, cuando lo cierto es que sólo en la escena final de El planeta de los simios hay más cine y emoción que en toda la filmografía de Roland Emmerich.