Mariló Montero teme que la personalidad de un criminal posea a quien trasplanten sus órganos

Mariló Montero cree que la personalidad de un donante de órganos puede pasar al receptor de éstos. Lo dijo ayer en La Mañana de La 1 después de recibir la noticia de que los órganos del asesino de la pedanía albaceteña de El Salobral no iban a entrar en el sistema de trasplantes. “No puedo negar que he sentido tranquilidad al saber que los órganos de este hombre no van a dar vida a nadie”, sentenció la periodista en un vergonzoso discurso que transcribo seguidamente y que al principio de esta anotación pueden ver en vídeo:

Esta mañana decidí hablarles en el cierre de El Salobral. Ya saben: el sábado murieron en esta pedanía de Albacete una niña de 13 años y un hombre de 40; y ayer se mató él, el presunto autor de esas muertes.

Bueno, pues, esta mañana una noticia decía que los órganos de este hombre iban a ser donados. Y me planteé hablarles de eso; pero, sinceramente, tenía muchísimas dudas y quería solamente transmitirles una sucesión de preguntas.

La principal: ¿está bien donar órganos de alguien que ha matado a otras personas, aunque antes de convertirse en un asesino se dijera de él que era un buen hombre? ¿Alguien querría recibir el pulmón, el hígado, el corazón… de otro que ha quitado vidas? ¿Pasa algo por llevar el órgano, dentro de ti, de una persona que ha matado a otros?

Yo, la verdad que esta mañana no sabía responderme y todavía hace una hora pensaba qué decirles en este cierre. Y, entonces, de repente, la Organización Nacional de Trasplantes, pues, me ha evitado tener que responderme. Ellos tienen por norma no confirmar ni desmentir que alguien ha donado, pero, sin embargo, esta vez lo han hecho. Hemos sabido que desmienten rotundamente que los órganos del presunto asesino de El Salobral vayan a ser donados. No han dicho por qué no aceptan esta donación. Sólo nos han confirmado que esta decisión se tomó antes de conocer los datos de la autopsia.

Pues, ¿qué quieren que les diga?, yo no puedo negar que he sentido tranquilidad al saber que los órganos de este hombre no van a dar vida a nadie. Sinceramente. Y he sentido, además, la tranquilidad de no tener que responderme a esas dudas, que eran permanentes, constantes. Y de no tener que responderme que no, que yo no querría esos órganos. No está científicamente comprobado, pero nunca se sabe si ese alma está trasplantada también en ese órgano.

¡Salud y suerte!

Si hubiera querido, poco le habría costado a Montero superar su ignorancia. Hubiera bastado con hablar con un profesor universitario cualquiera. Le habría dicho que los recuerdos y la personalidad residen en el cerebro, no en el corazón, el hígado, el páncreas… Es algo que, por cierto, sabe cualquier bachiller. O debería. Así, la presentadora estrella de las mañanas de TVE no habría hecho el ridículo y, lo que es mucho peor, no habría difundido irresponsablemente ideas supersticiosas respecto a un tema tan sensible como el trasplante de órganos, del que dependen muchas vidas. Por no hablar del alma, esa entelequia religiosa que está en todas partes y en ninguna, y a la que dio carta de autenticidad.

La memoria celular

Con su perorata, digna de una contundente respuesta del Ministerio de Sanidad, Montero se suma al carro de los creyentes en la llamada memoria celular, la mágica idea de que los órganos y tejidos no cerebrales almacenan recuerdos y las claves de la personalidad. En la ficción, como indica Robert T. Carroll en la entrada correspondiente de The Skeptic’s Dictionary, ha dado lugar a historias terroríficas como la de Les mains d’Orlac (La manos de Orlac. 1920), novela de Maurice Renard que fue trasladada a la pantalla grande en 1924. En esta obra, un pianista sufre un accidente de tren en el que pierde las manos, le trasplantan las de un asesino y, a partir de ese momento, siente un ansia irrefrenable por matar. No se rían, pero esto mismo es lo que ayer vino a decir Montero entre líneas que puede pasar en el mundo real.

La disparatada idea de la memoria celular empezó a popularizarse con la publicación del libro A change of heart (Un cambio de corazón) en Estados Unidos en 1998. La autora, Claire Sylvia, receptora de un trasplante de corazón y pulmones, contaba que con el injerto también había recibido la personalidad del donante, un chico de 18 años muerto en accidente de moto. ¿En qué lo notaba? Entre otras cosas, en que después del trasplante le gustaban la cerveza y el pollo frito, bebida y comida que antes aborrecía.

Algo parecido es lo que sostiene la actriz francesa Charlotte Valandrey, de promoción en España por la publicación de libro Un corazón desconocido. “Con el corazón que me trasplantaron, también recibí los recuerdos del donante”, declaraba recientemente en una entrevista en XL Semanal y anteayer en “La Contra” de La Vanguardia. Las pruebas que presenta no aguantan ni un análisis superficial: pesadillas sobre un accidente de coche que cree que proceden de la supuesta donante, que tras el injerto empezó a gustarle el vino, que vivió un romance con el viudo de la mujer, que era admirador de ella… Es todo tan circunstancial que, en un momento de la entrevista en el primer medio reconoce: “Yo encontré la explicación a los recuerdos que no eran míos en la teoría de memoria celular, pero tampoco rechazo la idea de que, cuando uno vive una cirugía tan importante, sea normal que cambie, que se convierta en alguien diferente”.

Valandrey tiene razón. Ésa es la explicación real, aunque la ficticia venda más libros. Médicos y psicólogos advierten de que un trasplante puede llegar a ser una experiencia tan traumática que provoque cambios en la personalidad del receptor. Unan a eso las creencias y prejuicios de cada uno, y ya tienen montado el escenario para remakes caseros de Las manos de Orlac y para editoriales frívolos, irresponsables y palurdos como el de Mariló Montero de ayer en La 1, del que me enteré gracias a un lector de este blog. La periodista de TVE dice que preferiría no recibir un órgano procedente de una mala persona y le tranquiliza pensar que puede haber gente que muera por no recibir los órganos de un asesino. A mí, me escandaliza que alguien use la televisión pública para difundir imbecilidades en detrimento de algo tan importante como la donación de órganos.