Un robot gestiona un fondo de inversión británico basándose en la numerología y las fases lunares

El diseñador Shing Tat Chung, en el gabinete de una adivina. Foto: Shing Tat Chung.

Un robot gestionará un fondo de inversión británico durante un año basándose en la numerología, las fases lunares y nuevas creencias supersticiosas que vaya adoptando con el tiempo. El impulsor del proyecto es el artista y diseñador Shing Tat Chung, que lo ideó como una “manera provocadora” de burlarse de nuestro yo más irracional. “Antes de poner en marcha el fondo, investigué mucho sobre las supersticiones y cómo afectan al mundo en que vivimos. Como sociedad, a menudo los ejemplos se ocultan u optamos por ignorarlos porque nos consideramos a nosotros mismos seres muy racionales y científicos”, me contaba hace unos días.

Chung, de 25 años, tiene claro que la irracionalidad nos rodea. “Hay ejemplos por ahí que van desde los más evidentes, como los ascensores que carecen de números de mal agüero, hasta los más sorprendentes, como que el hecho de que tu hogar esté en un número 13 devalúa automáticamente la propiedad en 7.511 libras. En Estados Unidos, un viernes 13 puede costar a la economía hasta 800 millones de dólares“. Además de poner en solfa el pensamiento supersticioso, el proyecto “también plantea interrogantes en torno a los algoritmos de negociación bursátil. Un ejemplo es el flash crash de 2010. Sabemos que fue causado por los algoritmos de negociación, aunque no sabemos cómo”. El 6 de mayo de hace dos años, la Bolsa de Nueva York sufrió un desplome repentino de 1.000 puntos después de que un robot de un fondo lanzara automáticamente la orden de venta de 75.000 contratos de futuros por valor de 4.100 millones de dólares y llevara el pánico al parqué.

El artista asegura que se siente atraído por “la idea de algoritmos operando según comportamientos humanos básicos” y que su objetivo es “hacer preguntas en torno a nuestras irracionalidades y la tecnología, a través de las finanzas. En tiempos de inestabilidad, nos volvemos más supersticiosos, buscamos patrones que nos den la ilusión de control”. Por eso, considera que es “el momento perfecto” para lanzar el Fondo Supersticioso, que se puso en marcha el 1 de julio con 144 inversores y 4.828,28 libras, siendo la aportación mínima permitida de 2 libras. “Este experimento es un inversión especulativa, no probada, y un paso preliminar buscando establecer una premisa, con el riesgo de pérdida total”, se lee al pie de la web del proyecto.

Genera sus propias supersticiones

Jim L. Hunt, de Trading Gurus, convirtió la idea de Chung de un robot supersticioso en un programa informático, y el artista consiguió el patrocinio de la firma de inversiones GDP Capital y de Microsoft Research. “El robot cree en la numerología y las fases lunares. Tiene miedo del número 13 o de un eclipse solar, por ejemplo.  Así que, cuando detecta estos fenómenos, vende. Esencialmente, mira gráficos, el calendario normal y el de fases lunares. Además, desarrolla sus propias supersticiones, lo mismo que si nosotros, al ganar un partido de tenis, empezamos a creer en unos calcetines de la suerte. El programa genera sus propios valores de buena y mala suerte, y los utiliza como parte de su lógica en el comercio”, indica el artista.

Sid, como se llama el robot, compra y vende acciones del FTSE 100, el índice que reúne a las cien compañías más fuertes de la Bolsa londinense, como un especulador más. La única diferencia, en su caso, es que sus operaciones también se ven condicionadas por creencias mágicas. ¿Es Chung supersticioso? “No voy a negar que soy supersticioso, pero yo me considero normal”, responde.

Tia Laverne Roberts, con 'The Financial Times'. Foto: Richard Wiseman.El psicólogo Richard Wiseman ya probó en 2001 la irracionalidad de los mercados de valores con un experimento en el que demostró que, para inversiones a corto plazo, es mejor seguir el consejo de un niño que el de un analista bursátil o un adivino. La niña Tia Laverne Roberts, de 4 años, el broker Mark Goodson y la astróloga Christeen Skinner recibieron, cada uno, 5.000 libras virtuales para invertir durante una semana en acciones del FTSE a su gusto. El analista bursátil se basó en sus conocimientos del mercado, la bruja en los astros y en el caso de la niña, lanzaron al aire billetes de dinero de juguete con los nombres de las compañías y ella agarró cuatro. A media semana, cambiaron las composiciones de las carteras de acuerdo con los mismos criterios. Al final, Tía había acumulado pérdidas por 231 libras; el analista, por 360; y la adivina, por 498.