Grupo Pascual recurre al charlatán Masaru Emoto para dotar al agua de Bezoya de memoria y cualidades mágicas

El pseudocientífico japonés Masaru Emoto. Foto: Efe.Parece ser que los responsables de Bezoya, la firma del Grupo Pascual, creen que su agua tiene memoria. Así que han contratado y traído a nuestro país a Masaru Emoto, un japonés doctorado en Relaciones Internacionales y Medicina Alternativa,  como cabeza visible de su campaña publicitaria Quédate con lo bueno. Emoto dice que el agua no sólo tiene memoria, sino también emociones, y de eso habló ayer en la sala de conferencias de la tienda madrileña de National Geographic, invitado por la embotelladora, según recoge la agencia Efe en un despacho carente del mínimo espíritu crítico.

Supe por primera vez de Emoto y sus locas ideas sobre el agua en septiembre de 2005. Estaba preparando un reportaje sobre la homeopatía cuando Valentín Romero, entonces presidente de la Federación Española de Médicos Homeópatas (FEMH), me contó una historia alucinante en apoyo de esa pseudomedicina. Me explicó que el japonés había publicado un libro, El mensaje del agua, con fotos de cristales de hielo tomadas en diferentes partes del mundo y circunstancias, y que en las imágenes se veía, por ejemplo, cómo el agua helada a la puerta de una floristería en una ciudad normal y corriente cristalizaba de una forma bella, mientras que, si la foto procedía de Hiroshima, las formas eran tortuosas, retorcidas, porque el líquido recordaba la tragedia que tuvo lugar allí en 1945.

Emoto no sólo no ha demostrado nada de lo que dice, sino que, además, todo lo que saben los científicos de física y química contradice sus postulados. Eso no ha impedido a este investigador, con menos formación científica que yo porque un doctorado en medicina alternativa es un doctorado en anticiencia, montar un lucrativo negocio alrededor de sus patrañas. “Cobra por sus libros, por sus seminarios, por sus conferencias, por cursillos de instructores de Hado (así llama a un tipo especial de agua de su invención), por sus cedés -y los cedés de música curativa de otros- y botellas de agua tratada para que tenga la geometría correcta con el asombroso precio de 35 dólares por 8 onzas o 0,237 litros, o sea, más de 140 dólares el litro (más gastos de envío)”, escribía hace seis años el periodista científico Mauricio-José Schwarz, quien nos puso al corriente el pasado fin de semana del affaire Bezoya en la lista de correo del Círculo Escéptico.

Con memoria e inteligente

Schwarz escribió hace unos días a Bezoya, haciendo una pregunta clave: “¿Debemos los consumidores suponer que su empresa se adscribe a las afirmaciones del señor Masaru Emoto en el sentido de que basta usar palabras bonitas o música que le parece hermosa para garantizar la desinfección de todos los materiales que contengan agua y por tanto ustedes ya no van a aplicar los principios de la microbiología que se han establecido para garantizar la salud del consumidor? Sería una opción verdaderamente grave. Si, por otro lado, no piensan adoptar toda la filosofía fantasiosa y mágica, desprovista de toda evidencia, de Masaru Emoto, es sin duda poco honesto que utilicen su figura y afirmaciones como reclamo publicitario”. A día de hoy, no ha recibido respuesta del gabinete de comunicación de la firma.

Eso sí, según PRNoticias, en el documental pagado por la embotelladora española, “tras unos exhaustivos análisis y mediante pruebas y fotografías, Emoto demuestra que el agua de Bezoya es la que cristaliza de una forma más bella por su pureza y por su contacto con la naturaleza, ya que no sufre ninguna manipulación, se extrae directamente del yacimiento subterráneo y se mantiene intacta con todas sus cualidades”. El japonés sostiene -copio del despacho de Efe- que “el equilibrio y belleza de las estructuras que fotografía es proporcional a la pureza del origen del agua” y que “el hombre es como el agua que bebe”.

Como no podía ser de otro modo, estas tonterías han tenido gran éxito en el submundo nuevaerista -homeópatas incluidos-, siempre tan proclive a energías místicas y vibraciones inexistentes. Así, el experto ha sido devotamente entrevistado en España en los últimos años por Eduard Punset  -el del pan de molde natural- e Iker Jiménez, entre otros. Y ahora el Grupo Pascual confía en él para dotar de propiedades mágicas al agua que comercializa. “No sé si lo que (los responsables de Bezoya) pretendían era hacer ruido -si es así, lo conseguirán- o prestigiar su agua -esto no lo van a conseguir, al contrario-; pero esa estrategia de utilizar a un iluminado para hacerlo es muy peligrosa. Y engañosa”, apuntaba el sábado el escéptico Luis Jiménez.

Tiene razón mi colega. Emoto, los homeópatas y los responsables de Bezoya sostienen que el agua tiene memoria. Y eso, sinceramente, es para preocuparse. Yo no pienso consumir agua de la que digan que tiene memoria y les recomiendo a ustedes que tampoco lo hagan. ¿Por qué? Porque una molécula de agua, a lo largo de su vida, pasa por sitios muy poco recomendables, desde cloacas hasta depósitos tóxicos. Y no vale decir que sólo recuerda lo que nos conviene. ¿Cómo sabe el agua lo que tiene que recordar? ¿Es que, además de tener memoria y emociones, es inteligente? Pues peor me lo ponen, señores de Bezoya. ¿Y si le da al agua por tener un mal día, olvidarse del arroyo cristalino de la Sierra del Guadarrama del que procede y recordar lo que no debe?

Naturalmente, el agua carece de memoria y todo lo que dice Emoto, e insinúa Bezoya en su publicidad, tiene tanto fundamento como lo que afirman los chalados y vendedores de misterios de turno en cualquier revista y programa esotérico, o las milagrosas propiedades propagadas por la publicidad de los productos lácteos de algunas multinacionales. No, el agua no habla, ni es capaz de recordar los lugares por los que ha pasado, ni de contarlo. Y la del grifo, por lo menos en Bilbao, es muy buena.