La ciencia española no debe tener una casilla en la declaración de Hacienda, y la Iglesia católica tampoco

La ciencia española no necesita una casilla en la declaración del IRPF, sino unos gobernantes que miren más allá de la próxima cita con las urnas. No los tenemos y, para los que sufrimos -antes, José Luis Rodríguez Zapatero; ahora, Mariano Rajoy-, es más fácil quitar dinero público de ese abstracto llamado investigación que de la construcción de líneas de alta velocidad para transportar a cuatro gatos, de obras en aeropuertos que han costado una millonada y no tienen vuelos o de campos de clubes de fútbol. En muchos casos -hay honrosas excepciones-, el principal objetivo del político nacional es  hacer las cosas lo mejor posible para perpetuarse en el cargo. Para ese objetivo, es más efectivo poner una estación de AVE y un aeropuerto en cada capital de provincia que rechazar tales pretensiones por el derroche que suponen o sacarse de la manga pruebas falsas, como hizo el ministro José Ignacio Wert, para cargarse la asignatura de Educación para la Ciudadanía y contentar al ala más ultra de su parroquia que admitir la lógica de esa enseñanza aconfesional en una sociedad democrática.

Pedir una casilla para la ciencia en la declaración de la renta está bien como gesto. “La investigación y la innovación son pilares fundamentales para el desarrollo de una sociedad moderna, y hemos demostrado muchas veces que los científicos españoles podemos ser tan buenos como los del resto de países si nos dan la oportunidad. Dado que nuestros bienamados líderes no parecen querer entenderlo, quizás haya llegado el momento de exigir que nos den la opción a nosotros”, escribía el científico soriano Francisco J. Hernández el 3 de enero. En las últimas semanas, la campaña lanzada por este investigador ha hecho que en los medios se hable del irresponsable tijeretazo de 600 millones de euros dado este año a la ciencia por el Gobierno de Rajoy más de lo que le gustaría al inquilino de La Moncloa. No es poco en un país donde copan titulares el fútbol y el corazón. Pero ir más allá de la entrega en el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas de casi 300.000 firmas apoyando esa iniciativa es confundir el culo con las témporas. Y se lo dice alguien que firmó esa propuesta.

Apoyé la petición por la casilla científica del IRPF porque creo que hay que decir de algún modo a nuestros gobernantes que no estamos de acuerdo con lo que llevan haciendo desde que comenzó la crisis y Rodríguez Zapatero empezó a recortar el presupuesto en I+D al tiempo que se asfaltaban aeropuertos inútiles y el tren de alta velocidad paraba en estaciones sin pasajeros. Pero, una vez conseguidos los titulares -la publicidad-, me reafirmo en lo que dije desde el primer momento en varios foros: no debe haber en la declaración de la renta ninguna casilla de donación voluntaria ni para la ciencia, ni para la Iglesia católica, ni para nada. Como el dinero de la eduación, la sanidad y la asistencia social, el de la ciencia ha de salir del fondo común por tratarse de una inversión estratégica.

248,3 millones para la ‘casilla religiosa’

A la ciencia y la tecnología, les debemos haber alcanzado en España cotas de bienestar impensables hace unas décadas. La ciencia es algo que beneficia el conjunto de la sociedad. Hace mucho tiempo que los científicos españoles más renombrados repiten, en cuanto tienen oportunidad, que no es que las sociedades ricas inviertan en ciencia, sino que las sociedades ricas lo son porque invierten en ciencia. El conocimiento es lo que diferencia a las sociedades avanzadas del resto, lo que va a marcar la distancia en el futuro próximo entre el Primer Mundo y el resto, y es lo primero que sacrifican casi todos nuestros políticos cuando vienen económicamente mal dadas. Permítanme que matice el casi: desde el inicio del autogobierno, los sucesivos Ejecutivos vascos, independientemente de su color, han apostado por la investigación. Han sido conscientes, todos, de lo mucho que nos jugamos en Euskadi si damos la espalda al conocimiento.

El Gobierno central podría detraer dinero de otras partidas para apostar por la ciencia y que, cuando el mundo salga de la crisis, estemos mejor situados en el panorama de la investigación que cuando entramos en ella. Hay una partida obvia que se puede ahorrar en su totalidad: los 248,3 millones que la Iglesia católica se llevó del fondo común del IRPF el año pasado. Porque no es que quienes marcan una cruz en la casilla religiosa paguen un suplemento impositivo para financiar su credo, sino que lo hacen desviando parte de sus impuestos con el beneplácito del Estado. Es decir, aportan menos al fondo común; nos quitan 248,3 millones al resto. Aquí, tiene el Gobierno de Rajoy -ya sé que no lo va a hacer- una partida importante que dedicar a la investigación científica.

La financiación de la Iglesia a través de la declaración de la renta es injusta para la mayoría: otorgó el año pasado a los 7,5 millones de declarantes católicos -poco más de un tercio del total- el derecho a destinar a su religión un 0,7% de sus impuestos. Ese dinero se resta del fondo común cuando lo lógico, con este sistema, sería que -como todo hijo de vecino- los católicos pagaran sus impuestos íntegros al Estado más un plus para su iglesia. La ciencia no necesita una casilla en el IRPF; pero la religión tampoco debería tenerla. Ninguna. Quien quiera financiar su religión puede hacerlo con toda libertad, pero no sacando dinero del bolsillo de todos, sino pagando un plus, a ser posible,  independientemente de los canales de la Administración pública. Porque, ésa es otra, como cualquier entidad privada, la Iglesia debería costear su logística recaudatoria y no hacer que, otra vez, paguemos sus gastos entre todos. Si, encima, el Estado dejara de pagar el sueldo de los profesores que dan doctrina católica en la enseñanza pública -un sinsentido que es herencia del franquismo-, igual habría dinero hasta para aumentar la inversión en ciencia.