Los antivacunas pagarán más impuestos en Australia; ¿por qué no se hace lo mismo en España?

Los padres que no vacunen a sus hijos pagarán en Australia más impuestos a partir de este año. La medida fue anunciada a finales de noviembre, pero no me he enterado hasta hoy. A raíz del repunte del sarampión en nuestro país del que hablaba ayer la revista Jano, me he puesto a buscar datos sobre el fenómeno de la antivacunación y he topado con sendas informaciones de la ABC y The Sydney Morning Herald acerca del castigo fiscal a los antivacunas.

Visto que el 11% de los menores de 5 años australianos no está vacunado por voluntad paterna y que esa actitud supone un riesgo para el conjunto de la población, el Gobierno ha decidido que quienes no inmunicen a sus hijos no tendrán derecho a los beneficios fiscales que se aplican hasta que los menores cumplen 5 años. Suponen en total unos 2.100 dólares australianos (unos 1.700 euros) por niño que se pagarán a las familias, a partir de ahora, en tres plazos -al año, a los 2 y a los 5- tras comprobar que el pequeño ha recibido todas las vacunas prescritas.

“Sabemos que la inmunización es fundamental para la salud a largo plazo de los niños y, por eso, queremos asegurarnos de que son vacunados en el momento adecuado”, dijo la ministra de sanidad, Nicola Roxon al anunciar la medida. Ella y la titular de la cartera de Familia, Jenny Mackin, creen que el castigo fiscal es un “fuerte incentivo para la vacunación” y sostienen que, además, supondrá un ahorro de 209 millones de dólares australianos (168 millones de euros), lo que no está nada mal en tiempos de crisis.

Gran coste económico

Niña con sarampión. Foto: CDC/ Barbara Rice.La iniciativa del Gobierno australiano me parece muy inteligente porque da a quienes no vacunan a sus hijos donde más puede dolerles: en el bolsillo. La antivacunación está en el origen del repunte de enfermedades como el sarampión, la rubéola, la difteria y las paperas (parotiditis) en el mundo desarrollado, lo que pone en peligro vidas, disminuye la calidad de vida de muchos enfermos y tiene, además, un gran coste económico. Así, la contención el año pasado de un brote de sarampión en Utah (Estados Unidos), con sólo nueve infectados, tuvo un coste de cerca de 300.000 dólares, según la epidemióloga Karyn Leniek. ¿Por qué tanto dinero por sólo nueve enfermos?, se preguntará alguno de ustedes. Porque hubo que contener la infección en dos hospitales, hacer análisis, inocular vacunas, contactar con 12.000 personas que podían haber estado expuestas, colocar a 184 en cuarentena…

El aumento de niños no vacunados pone en riesgo la salud de los lactantes, de aquellos pequeños que no pueden ser inmunizados por circunstancias particulares, de quienes nacieron antes de las campañas de vacunación masivas y no pasaron la enfermedad, y de quienes han perdido o tienen debilitadas las defensas ante el virus, como los receptores de trasplantes de médula ósea. El colectivo infantil no inmunizado provocó el año pasado el mayor brote de sarampión en Estados Unidos en quince años, según un estudio cuyos resultados se dieron a conocer en octubre. Además, investigadores de los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades (CDC) han constatado que la mayoría de las personas que contrajeron el sarampión en el país en 2011 no estaban vacunadas contra la enfermedad.

David Moreno, coordinador del Comité Asesor de Vacunas (CAV) de la Asociación Española de Pediatría (AEP) advertía ayer en Jano de que los casos de sarampión en nuestro país han pasado de 173 en 2010 a “más de 3.000, contando los no registrados”, el año pasado. “En España, no ha habido muertos [en el conjunto de Europa, murieron 8 personas y 24 padecieron encefalitis], pero el 10% de los enfermos ha sufrido complicaciones”, indicaba. Lamentablemente, en toda la información no se hacía ninguna referencia directa al movimiento antivacunas, si bien Moreno reconocía que la cobertura vacunal ha bajado en nuestro país a “un 80% u 85%, cuando lo cierto es que se solía llegar al 95%”. Javier Arístegui, experto del CAV, achacaba el fenómeno “a la relajación de los padres con el calendario vacunal“.

“Ignorancia y egoísmo”

La antivacunación se fundamenta en “la ignorancia y el egoísmo”, me decía hace unas semanas Félix Goñi, director de la Unidad de Biofísica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad del País Vasco (UPV). “Si yo no vacuno a mi hijo en una sociedad de personas vacunadas, casi con toda seguridad no le va a pasar nada ya que hay una probabilidad muy baja de que alguien le contagie. Claro que puede ocurrir que una infección, que al niño vacunado le produzca una enfermedad leve y pasajera, al no vacunado le provoque una grave. La idea de que las vacunas son peligrosas es ridícula y tiene su origen en la ignorancia”, sentenciaba. “El riesgo de complicaciones de las vacunas es mínimo y, desde luego, mucho menor que el de renunciar a ellas”, me indicaba hace unas horas Guillermo Quindós, catedrático de Microbiología en la Facultad de Medicina y Odontología de la UPV.

Ante el fenómeno de la antivacunación y la amenaza que supone para todos, no estaría mal que las autoridades se plantearan una medida al estilo de la australiana y que a quienes juegan con la salud de sus hijos y sus conciudadanos no les salga gratis. Y, al resto de la población, debería recordársele cada dos por tres que la histeria antivacunas nació gracias a un médico que se inventó la conexión entre triple vírica y autismo, y planeó después ganar millones gracias al miedo a las vacunas.