‘Diario de Navarra’ y ETB alimentan la histeria electromagnética y desoyen la opinión de la ciencia

Diario de Navarra y los informativos de ETB dieron cobertura el sábado al lanzamiento de la campaña de la Asociación de Afectados por Campos Electromagnéticos de Navarra (Asanacem) para retirar las redes inalámbricas de los colegiosEscuela Sin Wi-Fi es una iniciativa de la Organización para la Defensa de la Salud, la Fundación Vivo Sano y la Fundación para la Salud Geoambiental, tres entidades que comparten sede social en Madrid con una empresa que vende soluciones en forma de asesoría y artilugios de protección frente a presuntos riesgos geoambientales. Para mí, existen razones más que fundadas para sospechar que esta campaña contra la Wi-Fi en los centros escolares persigue promocionar la histeria electromagnética para hacer negocio a costa de los supuestos afectados.

El periódico pamplonés y la televisión pública vasca no contaron el sábado nada de esto. Ni siquiera informaron a su público de cuál es la opinión de la ciencia sobre los presuntos riesgos para la salud de las emisiones de radiofrecuencia, de las que no hay ninguna prueba de que provoquen cáncer ni ninguna otra dolencia. Se limitaron a repetir las falsedades que una y otra vez lanzan los colectivos antiantenas y quienes mueven los hilos del negocio del pánico electromagnético. Y así pudimos escuchar en ETB a Carmelo Santolaya, presidente de Asanacem, diciendo que lo que piden a los Gobiernos es que, “mientras no se certifique la inocuidad de esta tecnología -que nadie la ha certificado-, no se instalen redes WiFi”.

¿Ha certificado alguien la inocuidad de las ondas de la radio y la televisión? ¡Me da que tampoco! Entonces, ¿por qué estos colectivos se olvidan de ellas? ¿Acaso no están peligrosamente cerca de las de telefonía y Wi-Fi en el espectro electromagnético? Como suele decir Ibon Basterretxea, miembro del Círculo Escéptico, las autoridades deberían tomar cartas en el asunto, acceder a las exigencias de este lobby, y desconectar los repetidores de radio y televisión que dan cobertura a las zonas donde hay grupos que exigen el apagón de antenas de telefonía y Wi-Fi. Y, si algún vecino se queja de que su móvil no tiene señal o de que no ve la tele ni escucha la radio, que se ponga en contacto con el grupo antiondas de radiofrecuencia más próximo y se arreglen entre ellos. Como apunta Basterretxea, el problema del rechazo popular a las antenas y la Wi-Fi se zanjaría en horas.

¿Probar una negación?

Por cierto, ¿es consciente el presidente de Asanacem de los peligros del monóxido de dihidrógeno, también llamado ácido de hidróxilo, un compuesto químico prácticamente ubicuo, al que tiene acceso cualquiera, que se vende libremente y puede llegar a provocar la muerte? ¿Por qué no pide a las autoridades que certifiquen su inocuidad o lo retiren del mercado y del mundo, en general? La ciencia no puede probar una negativa -este producto no produce cáncer, Papá Noel no existe o no hay marcianos-, pero hasta ahora no se conoce mecanismo alguno por el que las ondas de radiofrecuencia puedan producir cáncer ni se ha encontrado en ningún estudio relación alguna entre ese tipo de emisiones y tal enfermedad. Tampoco se ha descubierto, que yo sepa, ninguna conexión entre el consumo de cruasanes y los accidentes aéreos, por citar otro inquietante ejemplo. Si mañana monto una plataforma por la retirada de los cruasanes de los aeropuertos y aviones porque no está certificada su inocuidad de cara a la navegación aérea, ¿me darían la voz en ETB y Diario de Navarra? ¿Se la darán próximamente a los negadores del sida que apoyan al ‘lobby’ antiantenas en su intento de meter en los colegios el miedo a la Wi-Fi?

Diario de Navarra y ETB podían haber recordado, sin siquiera recurrir a expertos, ya que, en julio pasado, el Journal of the National Cancer Institute, la revista de investigación contra el cáncer más importante del mundo, publicaba un estudio que demostraba que los niños y adolescentes que usan el teléfono móvil habitualmente no corren un mayor riesgo de sufrir un cáncer cerebral que los que no lo hacen. Y que, en un editorial adjunto John D. Boice y Robert E. Tarone, del Instituto Internacional de Epidemiología, una organización integrada por investigadores del Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, dicen: “De acuerdo con prácticamente todos los estudios realizados en adultos expuestos a las ondas de radiofrecuencia, no existen pruebas convincentes de que los niños que usan teléfonos celulares tengan un mayor riesgo de desarrollar un tumor cerebral que los niños que no los utilizan”. Boice y Tarone recuerdan, además, que “el efecto fotoeléctrico no es una cuestión de opinión, la absorción de energía de radiofrecuencia no puede romper las moléculas de ADN, y los estudios de carcinogenicidad en animales son bastante consistentes en mostrar que no hay aumentos de cáncer como consecuencia de la absorción de energía de radiofrecuencia”. Y éste es sólo uno de los muchos ejemplos de información fiable para la que únicamente hace falta revolver en la hemeroteca.

Hace años que en los medios hemos perdido el rumbo cuando se trata de informar de asuntos en los que están implicados colectivos ciudadanos. Basta con que unas personas se asocien para que demos crédito a lo que dicen sin contrastes de ningún tipo. Y así uno se encuentra en los informativos y los periódicos con mentiras como que los teléfonos móviles y la Wi-Fi causan cáncer y otras terribles enfermedades o que los transgénicos pueden hacernos perrerías, cuando bastaba una simple llamada a la Universidad publica más cercana para que un científico pusiera las cosas y a algunos colectivos en su sitio: el de los conspiranoicos.