Los ricos también ‘supersticionean’

Ni estar al frente de una compañía de éxito planetario ni tener todo el dinero del mundo protegen de la superstición. Las recientes experiencias de Ana Patricia Botín y Steve Jobs lo han vuelto a dejar claro, por si alguien tenía alguna duda. Ella es española y banquera; él era estadounidense y un genio de la informática. Ella, consejera delegada de la filial británica de Banco Santander y una de las mujeres más poderosas del mundo, cree, al parecer, que las ondas de radiofrecuencia son dañinas para la salud. Él creía que podía combatir el cáncer con terapias y dietas mágicas en vez de con la medicina. Ella ha perdido un juicio contra la instalación de una antena de telefonía cerca de su casa madrileña. Él ha muerto.

Ana Patricia Botin, en el Foro Económico Mundial de Davos en 2009. Foto: WEF.La desestimación, por parte la Audiencia Nacional, de la petición de la banquera de que se retirara la antena se conoció el miércoles y casi ha coincidido en el tiempo con la publicación de los resultados del mayor estudio sobre los posibles efectos dañinos de las ondas de telefonía. La investigación ha durado 18 años y han participado en ella 358.403 usuarios de teléfono móvil. Según indican los autores en The British medical Journal, el estudio no ha encontrado ninguna prueba de que el uso de celulares provoque un aumento en los tumores cerebrales o del sistema nervioso central. Nada nuevo. Es lo que llevan diciendo los estudios científicos desde hace años. Hace tres meses, el Journal of the National Cancer Institute, la revista de investigación contra el cáncer más importante del mundo, publicó un estudio que demostraba que los niños y adolescentes que usan el teléfono móvil habitualmente no corren un mayor riesgo de sufrir un cáncer cerebral que los que no lo hacen. Y no es un trabajo aislado, sino todo lo contrario: no hay ni un estudio que demuestre que los móviles provocan cáncer.

La postura de Ana Patricia Botín es supersticiosa, anticientífica, y quizá se deba a la proliferación, desde hace unos años, de informaciones alarmistas como la entrevista a un abogado ambientalista publicada hace dos semanas en La Vanguardia y reportajes como “¿Radiaciones peligrosas?”, en el último número de la revista femenina Mujer Hoy. En ambos casos, lo publicado merece tanto crédito como el cuento de Caperucita, ya que la única fuente de información es un entramado de entidades que se dedican a asesorar en materia de contaminación electromagnética y a la venta de todo tipo de artilugios y presuntos protectores contra las ondas del mal. Entiendo la postura de los promotores de esta histeria, porque el negocio es el negocio; pero no la de los periodistas que ceban al monstruo en vez de consultar con científicos. No, hasta ahora nadie ha encontrado ninguna prueba de que las ondas de radiofrecuencia provoquen cáncer, ni hipersensibilidad elecromagnética, ni dolores de cabeza, ni nada parecido. Quien diga lo contrario, miente por ignorancia o por interés.

Malos ejemplos

Sobre la muerte de Steve Jobs ya he escrito varias veces, así que no abundaré en el asunto. Sólo voy a repetir una idea: si un enfermo de cáncer confía en la medicina, puede que supere la enfermedad; si confía en las mal llamadas terapias alternativas, lo único que le espera es la muerte. Llamar complementarias, como hacen los colegios de médicos, a unas pseudoterapias que han demostrado la misma efectividad que las bendiciones religiosas es una irresponsabilidad. No caben medias tintas. Mientras llamemos complementarias a cosas que no lo son -como la homeopatía, el reiki, las flores de Bach, la quiropráctica…-, habrá quien crea que sirven para algo, que complementan los tratamientos convencionales de algún modo y habrá alguien tentado, como Jobs, de sustituir algo que funciona por algo que no. Las sociedades médicas y las autoridades sanitarias deben dejar de hacer la vista gorda ante unas terapias que no son tales, que no curan, que se cobran vidas y que, sin embargo, se publicitan como si fueran medicina.

Casos como los de Botín y Jobs no son algo nuevo. Los ricos han supersticioneado siempre. Guardo en mi archivo entrevistas en las que videntes incapaces de adivinar que les iban a robar en casa y dejarles en calzoncillos alardean de su acaudalada clientela. Hasta dan nombres. No sé de ningún ricachón que se haya avergonzado al ser citado por un brujo. Y, claro, luego hay gente que cree que algo habrá cuando quien tiene montañas de dinero confía en la astrología, la homeopatía, dietas milagrosas, el zahorismo, la iridología o cualquier otra chorrada. “Ser capaz de entender y desarrollar la tecnología, de entender el mercado e innovarlo, de tener grandes sueños y la capacidad de hacerlos realidad como hizo Jobs no está reñido con mantener un pensamiento mágico, irracional y secuestrado por quienes afirman disponer de conocimientos que se deben de creer sin dudarlo, y sin que se les pueda exigir probarlo o se exhibirán como víctimas, incomprendidos y perseguidos por los malvados racionalistas”, ha escrito Mauricio-Jose Schwarz sobre el fundador de Apple. Tiene razón y hay que repetirlo bien alto sustituyendo a Jobs por quien sea menester y recordando que alguien no es un ejemplo a seguir en todo porque sea rico, famoso, tenga éxito sexual o sea escéptico respecto a lo paranormal.