¿El origen del pánico electromagnético?: sigan el dinero

En una de las escenas descartadas de “¿Las ondas del mal?”, el episodio de Escépticos dedicado a explorar la relación de las ondas de telefonía y el cáncer, hablaba por teléfono con el aparato blindado por una de esas telas antiradiaciones que venden los más activos promotores del pánico electromagnético en España. Mi móvil era un iPhone 4, con sus supuestos problemas de antena. Pues, bien, ni cubriéndolo con varias capas de tela que presuntamente frena las ondas de telefonía y se vende a precio de oro, tuve dificultades para mantener una conversación telefónica con Jose A. Pérez. El quid de la cuestión en el asunto del miedo electromagnético es el mismo que en el caso de cualquier otra conspiranoia, que algunos ganan dinero asesorando a los presuntos afectados, defendiéndolos legalmente y vendiéndoles todo tipo de inútiles cachivaches, y que los periodistas, a veces, abdicamos de nuestro deber, traicionamos al público y hacemos publicidad a vendemotos.

Entrevista al abogado Agustín Bocos en la contraportada de 'La Vanguardia'.La contraportada de La Vanguardia, un espacio dedicado a entrevistas que demasiado habitualmente sirve para que el charlatán anticientífico de turno goce de publicidad gratuita, la protagonizó ayer Agustín Bocos. Se presenta como abogado ambientalista y lo que dice en el diario barcelonés respecto a las ondas de radiofrecuencia y la salud es un puro disparate, de principio a fin. Por empezar por lo que debería ser el final: no hay ningún estudio -y se han hecho miles- que haya encontrado relación alguna entre las radiaciones de los móviles y el cáncer. Nuestro protagonista destaca en un momento determinado que la Organización Mundial de la Salud (OMS) “ha clasificado oficialmente este tipo de radiaciones como posible cancerígeno”. Se le olvida decir que están en el mismo grupo que el café y que quienes han incluido las ondas de telefonía en esa lista han reconocido que se han basado en pruebas limitadas e inadecuadas. Más preocupante es, no obstante, que la autora de la entrevista no diga nada y haga un chistecito fácil -”Si sumamos las radiaciones de las Wi-Fi de un edificio, debemos estar todos fritos”- en lugar de replicar con conocimiento de causa. No es la única vez que Ima Sanchís demuestra que no sabe nada, nada absolutamente, del tema ni que el entrevistado escamotea información a los lectores.

Bocos habla también en la entrevista del caso del colegio García Quintana de Valladolid, al que iban sus hijos:

“A. Bocos: Hubo cinco casos de leucemia. Cerca del colegio había un edificio plagado de antenas de telefonía en la azotea. Presentamos un escrito al Ayuntamiento explicando que había estudios que vinculaban la leucemia infantil con la radiación electromagnética. Queríamos saber la potencia de esas antenas.

I. Sanchís: El alcalde debió de preocuparse.

A. Bocos: Se negó a recibirnos, dijo que éramos “unos padres histéricos”. Pusimos una querella criminal por una supuesta prevaricación y contra las operadoras por contaminación ambiental. Ganamos, pero una niña murió.”

¿Qué conclusión sacarían ustedes de este diálogo? ¿Que en ese caso se demostró la relación entre emisiones de antenas y leucemia? Pues, se confundirían. Aunque dé esa impresión, las conclusiones fueron otras muy diferentes que la que pretende vender Bocos. Al abogado madrileño se le olvida, otra vez, contar toda la historia, y la periodista demuestra, otra vez, que no se ha preparado la entrevista porque salta inmediatamente a otro tema -”¿Ha ocurrido en otros colegios?”- en vez de puntualizar que nada de lo anterior demuestra que haya una relación entre antenas de telefonía y cáncer. Me explico, copiándome a mí mismo:

El Informe final de la comisión de investigación de la agregación de tumores infantiles en alumnos del Colegio Público García Quintana de Valladolid y el posterior Informe sobre la agregación de tumores infantiles en alumnos del Colegio Público García Quintana de Valladolid, en relación con un nuevo caso de cáncer hematológico diagnosticado en un alumno de dicho centro son concluyentes. El primero, de 23 de mayo de 2002, establece que los datos “no apoyan la hipótesis de una relación causal entre las antenas instaladas en el edificio de la c/ López Gómez 5 y la aparición del cluster de tumores infantiles”, y añade que “cabe recordar que dicha hipótesis no ha sido apoyada suficientemente por los datos de la literatura científica disponible, sin perjuicio de lo que en el futuro puedan aportar nuevos estudios sobre la materia”. El segundo, de 2 de diciembre de 2003, ratifica en todos sus términos el anterior. El grupo de sabios estaba formado por oncólogos, pediatras, hematólogos, biólogos moleculares, expertos en protección radiológica, médicos expertos en salud pública y epidemiólogos de la Universidad Autónoma de Madrid, el Centro Nacional de Sanidad Ambiental, el Hospital Clínico de Salamanca, el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT), la Consejería de Sanidad de Madrid, el Centro de Salud de Villarramiel (Palencia), la Universidad de Valencia, el Instituto de Salud Carlos III, la Consejería de Sanidad y Bienestar Social de Castilla y León, el Instituto de Biología Molecular y Celular del Cáncer de Salamanca y la Clínica Universitaria de Navarra.

‘Hipersensibles’ imaginarios

La tercera pata del taburete la pone la entrevistadora al sacar a colación que “empiezan a aparecer casos de hipersensibilidad electromagnética”, a lo que el abogado responde: “Y ya hay una sentencia que concede una incapacidad por ello, la Seguridad Social va a pagar a esa persona una pensión de por vida. Es el primer caso, pero me temo que va a haber muchos más”. Y mi colega vuelve a no enterarse de la historia: la hipersensibilidad electromagnética es tan real como la licantropía y las posesiones demoniacas. Es una patología de origen mental, como apunta en Escépticos la psiquiatra Agurtzane Ortiz, que existe en la medida en que alguien cree que las antenas le afectan hasta tal punto de que su vida es un calvario. También hay gente que sufre un calvario porque se cree poseída por el Diablo, y eso no prueba que exista el Diablo. Al igual que la mejor forma de evitar una posesión satánica es no creer en Satanás, para no sufrir la hipersensibilidad electromagnética basta con no creer en la maldad de las ondas de telefonía. Sin embargo, como hay enfermos, hipersensibles imaginarios, hay espabilados dispuestos a sacarles los cuartos vendiéndoles protectores de todo tipo como el que cubrió mi móvil durante la grabación televisiva, y asesorías medioambientales y legales.

Por cierto, en la columna donde presenta a Bocos como un pionero, Ima Sanchís dice que “la Organización para la Defensa de la Salud, la Fundación Vivo Sano y la Fundación para la Salud Geoambiental han lanzado una campaña nacional para retirar la Wi-Fi de los colegios”. ¿Quiere decir esto que hay varias entidades dignas de crédito en esta guerra? Más bien, no. Esas tres entidades comparten sede social: la tienen en el 6º derecha del número 36 de la calle Príncipe de Vergara, en Madrid. Bastan un minuto en Google para comprobarlo, como hice yo hace unas horas. ¿Son como la Santísima Trinidad? Tampoco. Son muchas más personalidades las que comparten sede, según ha revelado el periodista Mauricio-José Schwarz en un artículo publicado mientras yo estaba escribiendo esta nota. Una de ellas es Geosanix, presidida por el zahorí Fernando Pérez -él se hace llamar geobiólogo; queda como más serio- y que se dedica -¡qué casualidad!- al negocio de inventarse riesgos geoambientales y vender soluciones en forma de asesoría y artilugios de protección.

¿Hay una historia periodística detrás de toda esta ruidosa campaña antiantenas? Claro que sí. No lo dudo. Lo que no parece haber es ningún medio dispuesto a sacar la verdad a la luz. “El miedo vende”, como dice Schwarz.