Milagro de segunda en la isla de San Andrés e inexistente confianza en los milagros en Lourdes

El avión partido por el rayo, en la pista del aeropuerto de la isla caribeña de San andrés. Foto: Reuters.

Un milagro es, según la segunda acepción del Diccionario de la Lengua Española, un “suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa”; pero cada vez que veo esa palabra escrita me viene a la mente su primer significado: “Hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino”. “Milagro: sólo un muerto”, titulamos, hoy en la portada de El Correo, la noticia del avión colombiano partido por un rayo.

Ese milagro se refiere a la segunda acepción, a lo extraordinario de que un accidente tan espectacular se salde nada más que con un fallecimiento; pero el Gobernador de la isla caribeña de San Andrés, donde aterrizó el aparato ya hecho pedazos, piensa de otro modo. “Damos gracias a Dios por el milagro que le ha concedido a este archipiélago”, dijo ayer Pedro Gallardo a los periodistas. ¿Tienen que dar gracias a la divinidad los familares de la mujer que murió a consecuencia de un infarto cuando era trasladada a un centro sanitario? ¿Y los cinco heridos graves? ¿Y los más de cien heridos leves?

Si los milagros existieran -como todavía promueve la Iglesia católica-, el avión de pasajeros colombiano habría resistido tal cual el impacto del rayo y se habría posado suavemente y sin un rasguño en la pista. Si los milagros existieran, tenía que haberse ignorado el domingo el falso aviso de bomba del santuario de Lourdes y dejar a los 30.000 fieles que había en el lugar que siguieran a lo suyo y confiaran en Dios. A fin de cuentas, ¿no es en Lourdes donde se suceden los milagros de verdad? Por fortuna, las autoridades de la localidad francesa parece que no creen en ellos y, en previsión de un posible atentado, ordenaron evacuar el santuario. Tampoco el Vaticano tiene mucha confianza en intervenciones mágicas cuando se ve directamente amenazado: el Papa viaja rodeado de costosas medidas de seguridad terrenas en vez de confiar en Dios.