Los escapes submarinos de metano hunden al mal periodismo en el triángulo de las Bermudas

La historia que circula por Internet desde hace días según la cual dos científicos habrían descubierto recientemente que escapes submarinos de metano serían la causa de las desapariciones de barcos en el triángulo de las Bermudas es una demostración más de falta de rigor periodístico. La exclusiva la dio hace casi una semana un tal Terrence Aym. En un artículo titulado “How brilliant computer scientists solved the Bermuda Triangle mystery” (Cómo brillantes informáticos resolvieron el misterio del triángulo de las Bermudas), contaba cómo Joseph Monaghan y David May, de la universidad australiana de Monash, han comprobado mediante sencillos experimentos y simulaciones numéricas que una gran burbuja de gas es capaz de hundir un barco y han publicado el consiguiente artículo en el American Journal of Physics. Poco después, la información cruzó el Atlántico y ya ha sido recogida por numerosos sitios.

“Dos científicos australianos acaban de dar al mundo la solución del inquietante enigma que azota al imaginario colectivo desde los años 60”, se leía ayer en referencia al triángulo de las Bermudas en NeoTeo, donde se citaba como fuente de la información el texto de Aym, que llegó a portada de menéame el domingoy, a estas alturas, cuenta con casi 1.200 votos. Ninguno de los que se ha hecho eco del hallazgo hasta ahora ha consultado las fuentes porque, si no, habría descartado publicar la información tal cual ¡por vieja!

El trabajo de Monaghan y May, titulado Can a single bubble sink a ship? (¿Puede una burbuja hundir un barco?), fue publicado en el American Journal of Physics ¡en septiembre de 2003! y entonces se hicieron eco de ello multitud de medios. ¿A qué viene presentar ahora las conclusiones de ese estudio como una novedad? ¿Será que nadie ha comprobado que lo que sostiene el autor sea cierto? ¿Será que nadie se ha molestado de hacer una búsqueda en la web del American Journal of Physics para ver si el artículo de marras existe y ha sido publicado hace poco? Porque la investigación de Monaghan y May no sólo tiene siete años, sino que, además, ya entonces la hipótesis que relacionaba el metano con accidentes marítimos era de sobra conocida.

30 años de retraso

Oí hablar por primera vez de los escapes submarinos de gas como explicación a la desaparición de barcos a mediados de los años 90, cuando Canal + emitió un documental de John Simmons titulado The Bermuda triangle (1992). Versaba, casi en su totalidad, sobre el riesgo que suponen los hidratos gaseosos -el gas congelado- para la navegación y, sobre todo, para las perforaciones en busca de petróleo y gas. La idea de conectar este fenómeno con el falso enigma del triángulo de las Bermudas había sido de Richard McIver, un geoquímico de la industria petrolífera que en el documental ponía a prueba su hipótesis en un tanque del Instituto de Ciencias Oceanográficas de Reino Unido. Como pueden comprobar en el vídeo, la embarcación a escala navega en una mezcla de gas y agua, la piscina permanece tranquila hasta que se produce el simulacro de escape gaseoso y, entonces, el agua se convierte en un infierno blanco, la turbulencia atrapa al barco y éste se hunde.

En el mismo documental, Larry Kuhlman, de Neal Adams Firefighter Inc, recordaba haber presenciado gran número de accidentes de este tipo. “Las plataformas se hunden por dos razones: una es la reducción del peso específico del agua debido a la presencia de gas, y la otra es que el agua sube de nivel, llega hasta la cubierta y se introduce en los sistemas de conducción interna. El gas asciende hasta la superficie muy deprisa y, en algunos casos, las plataformas se hunden en cuestión de minutos”, advertía. Los trabajadores que se lanzan al agua gasificada intentando salvarse descubren que se hunden, que ni con chaleco salvavidas flotan. “Es como saltar desde un avión en vuelo sin paracaídas”, indicaba un superviviente. Quienes han presenciado en las aguas del Caspio escapes de gas aseguran que, en ocasiones, la erupción es tan violenta que puede llegar a haber “una columna de gas rodeada de agua, lo que da la impresión de que el mar está hirviendo”. La descripción, desde luego, se asemeja mucho a la última visión que la leyenda atribuye a algunas de las víctimas del triángulo de las Bermudas.

McIver propuso su hipótesis en 1981 y ya entonces existían numerosos documentos gráficos que la avalaban. Se calculaba por aquellas fechas que más de 40 plataformas y barcos perforadores se habían hundido en todo el mundo por escapes de metano. En 2003, Monaghan y May concluyeron que bastaba una gran burbuja de gas para hundir un barco, y ahora algunos nos venden ese estudio como algo nuevo. No sólo no es algo nuevo, sino que, además, no puede decirse que resuelva el misterio del triángulo de las Bermudas, como también han anunciado muchos titulares.

El metano no resuelve el misterio

Cuando a mediados de los 90 escribí sobre el asunto de los escapes de metano y las desapariciones de barcos -en un texto titulado “El hombre que volvió del limbo de lo perdido”, publicado aquí el 15 de mayo de 2004 y del que he tomado parte del material para esta entrada-, ya dije que “considerar esta teoría como la explicación a todas las desapariciones acaecidas en el triángulo de las Bermudas es casi tan grotesco como decir que todos platillos volantes son producto de confusiones con el planeta Venus. Cabe la posibilidad de que algunos siniestros tengan su origen en escapes masivos de gas metano, pero no hay que olvidar que la mayoría de los casos que sustentan el misterio tiene una explicación bastante más prosaica”. Lo sigo manteniendo. El enigma del triángulo de las Bermudas es consecuencia de investigaciones descuidadas -que sitúan en la región sucesos ocurridos a miles de kilómetros y barcos inexistentes-, cambios en las condiciones meteorológicas y la inventiva de los vendedores de misterios. “Es un camelo”, como decía Jacques Cousteau en 1979.