Los vascos no se diferencian genéticamente del resto de los españoles

Dirigentes del PNV disfrazados de personajes de los cómics de Goscinny y Uderzo. Foto: Borja Agudo.“Los vascos no se diferencian genéticamente del resto de las poblaciones de la Península Ibérica”, sentencia Hafid Laayouni, de la Unidad de Biología Evolutiva de la Universidad Pompeu Fabra. Junto con Francesc Calafell y Jaume Bertranpetit, acaba de publicar en la revista Human Genetics los resultados de un trabajo que hace añicos el mito del origen de los vascos. El título del artículo lo dice todo: “A genome-wide survey does not show the genetic distinctiveness of Basques” (Un estudio a la escala del genoma no muestra el carácter genético distintivo de los vascos).

Laayouni y sus colegas han comparado el ADN de 300 individuos de 10 regiones españolas “a fin de aclarar la relación genética de los vascos con las poblaciones de su entorno”. En 1923 el prehistoriador catalán Pedro Bosch-Gimpera escribió un artículo, titulado “El problema etnológico vasco y la arqueología”, en el que sostenía que “el pueblo vasco es en realidad el descendiente del antiguo grupo de la cultura pirenaica, cuyos orígenes se remontan al pueblo indígena del norte de España del Paleolítico Superior”. A mediados del siglo pasado, basándose en la preponderancia del factor Rh negativo entre los vascos, el químico y hematólogo británico Arthur Ernest Mourant propuso que son los únicos descendientes puros de los cazadores-recolectores del Paleolítico, de los europeos originales. El resto de los habitantes del continente eran, en su opinión, producto de la mezcla entre esa población paleolítica y los emigrantes que trajeron después la agricultura al continente desde Oriente Próximo. La singularidad del euskera parecía apuntar en esa dirección.

La idea del origen ancestral y diferenciado de los vascos fue acogida con júbilo por el nacionalismo porque implicaba que la historia y la ciencia respaldaban sus pretensiones territoriales. Y el origen del pueblo vasco se rodeó de un halo enigmático que, por ejemplo, llevó al pseudohistoriador Louis Charpentier a escribir un libro titulado El misterio vasco (1975), reeditado el año pasado como El linaje cromagnon. En él, decía que “el pueblo vasco ha conseguido, a lo largo de los siglos, conservar y desarrollar su cultura de origen cromagnonoide”, y que los celtas no cruzaron sus tierras porque eran “territorio sagrado para los descendientes de la raza cromagnon” y, luego, los romanos firmaron tratados con los indígenas, quienes “aceptaron la instalación de factorías y establecimientos [romanos], que en nada perjudicaron su soberanía”. Sólo faltaban Astérix y Obélix en esa romántica visión de la prehistoria que llevó durante décadas a la inteligentsia vasca a negar la romanización del territorio.

El estudio de Laayouni, Calafell y Bertranpetit destruye esa visión mítica tan del gusto de cierto nacionalismo. “Los vascos no pueden considerarse un grupo aislado desde una perspectiva genética, y las interpretaciones sobre su origen deben revisarse”, sostienen los autores. Entonces, ¿cómo se explican las peculiaridades detectadas por estudios anteriores que respaldaban a la singularidad vasca? Según ellos, a que las consideradas características de la vasquidad -incluido el Rh negativo- se deben a que los genes implicados “son objetivos obvios de la selección natural en las poblaciones ancestrales, incluso a una escala microgeográfica”. Es decir, que la peculiaridad genética de los vascos no estriba en su origen -el mismo que el del resto de los europeos-, sino en los factores ambientales y patógenos a que han estado expuestos durante su estancia en el Viejo Continente. “Nuestro análisis muestra que, desde el punto de vista del genoma, los vascos no se diferencian de otras poblaciones ibéricas”, escriben los biólogos en Human Genetics.