“La agricultura ecológica debería usar transgénicos”, dice la bioquímica Mertxe de Renobales

Mertxe de Renobales. Foto: UPV.“No hay ninguna razón científica para que la agricultura ecológica no utilice los cultivos transgénicos resistentes a insectos, a virus y enfermedades, los tolerantes a la sequía y los que aportan mejoras nutricionales, para aumentar su productividad por el sencillo procedimiento de reducir las pérdidas a la vez que mejora la calidad nutricional de estos productos”, dice Mertxe de Renobales, profesora de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad del País Vasco, en un estudio por el que ha ganado el prestigioso premio Junta General del Principado-Sociedad Internacional de Bioética (SIB). El trabajo, titulado Alimentos más sostenibles: las semillas transgénicas en la agricultura ecológica explora la conveniencia del uso de organismos modificados genéticamente (OGM) en este tipo de práctica agrícola, según informa la UPV.

El estudio destaca que la filosofía de la agricultura ecológica de no usar compuestos químicos no naturales casa perfectamente con el cultivo de transgénicos, pero implica, que al no utilizarse plaguicidas y fertilizantes industriales, las explotaciones ecológicas tengan un menor rendimiento que las convencionales. La consecuencia, explica la autora, es que “la agricultura ecológica no es sostenible a largo plazo debido a su bajo rendimiento: se necesitaría aumentar mucho la superficie de cultivo si esta fuera una manera generalizada de producir alimentos para resolver los problemas de malnutrición crónica y severa, principalmente en muchos países en desarrollo”.

Para esta investigadora, la actitud antitransgénica europea ha llevado a países africanos necesitados de aumentar su producción alimentaria a rechazar sin más el uso de los OGM y a una reducción de las ayudas para mejorar la productividad agrícola en África. De Renobales defiende que la adopción de los transgénicos por parte de la agricultura ecológica conllevaría un aumento de la productividad de esa práctica, reduciendo la cantidad de superficie agrícola extra y la destrucción de hábitats para cubrir las necesidades básicas de una población mundial en aumento y beneficiaría a los pequeños productores de los países en vías de desarrollo.

Lamentablemente, no creo que este estudio ni otros allanen el camino a los transgénicos en el mundo y menos en una Europa Occidental donde la oposición a estos organismos es cuestión de fe, no de ecología, sino de ecolatría. Como me contaba en una entrevista la bioquímica Pilar Carbonero, “la agricultura biológica es un capricho de niños ricos. ¡Intente alimentar con agricultura biológica a 6.000 millones de personas! Agricultura biológica es la que practican los pobres en el África subsahariana porque no tienen dinero ni para comprar buenas semillas, ni para fertilizantes, ni para agua…”. Y recordaba que “todos los riesgos achacados a los transgénicos existen desde que la agricultura es agricultura, hace unos 10.000 años”. Porque fue hace milenios cuando empezamos a manipular genes, en contra de lo que quieren hacer creer algunos a la opinión pública. La ventaja de la manipulación directa frente a lo que hacen los agricultores tradicionales es que sólo se introducen los genes que se quieren y es un proceso totalmente controlado que no depende del azar, como los cruces tradicionales.