El experimento de Filadelfia

Ilustración: Iker Ayestarán.Los militares buscan desde hace décadas el camuflaje perfecto, que haga aviones y barcos indetectables para el enemigo. Un experimento en esa línea se hizo en unos astilleros militares de Estados Unidos a finales de octubre de 1943 con fatales consecuencias para algunos de los tripulantes del USS Eldridge, destructor que se quería hacer invisible al radar y que acabó viajando en el espacio y el tiempo, según cuentan Charles Berlitz y William Moore en El misterio de Filadelfia: proyecto invisibilidad (1979).

La prueba fue un secreto hasta que en 1956 un hombre, que se identificó indistintamente como Carlos Allende y Carl M. Allen, informó acerca de ella por correspondencia al ufólogo Morris K. Jessup, que acababa de publicar The case for the ufo (El caso de los ovnis, 1955), libro en el que apuntaba a la antigravedad o el electromagnetismo como posibles sistemas de propulsión de los platillos volantes. Allende contó a Jessup que en 1943 la Marina había intentado utilizar el electromagnetismo para camuflar el USS Eldridge frente al radar, con desastrosos resultados.

El destructor se desvaneció del puerto de Filadelfia, apareció en el de Norfolk -a 350 kilómetros en línea recta-, se volvió a esfumar y reapareció en Filadelfia. Todo en cuestión de minutos. Tanto viaje casi instantáneo volvió majaretas a muchos marineros -“la mitad de los oficiales y de la tripulación del barco están ahora locos de remate”, explicaba el informante en su primera carta-, otros ardieron en llamas, algunos se rematerializaron medio empotrados en el casco… Allende decía haber asistido a parte de los hechos desde el SS Andrew Furuseth, atracado también en Filadelfia. Jessup empezó a intercambiar correspondencia con el hombre, pero dejó la investigación poco después al sospechar que todo era un fraude.

Un perturbado mental

Veintitrés años más tarde, Berlitz y Moore confeccionaron con los mismos mimbres un “increíble relato de un proyecto científico realmente fascinante y estremecedor” que Hollywood llevó en 1984 a la pantalla grande como una película “basada en hechos reales”. No ahondaron en la investigación, porque, si hubieran rascado un poco, habrían averiguado quién era en realidad el tal Allende o Allen. Se trataba de Carl Allen, un perturbado mental de New Kensington (Pensilvania) que inventó la historia como consecuencia de su enfermedad, reveló Robert Goerman en 1980 en la revista Fate.

Si hubieran consultado los archivos de la Marina, Berlitz y Moore habrían descubierto que, a finales de octubre 1943, el destructor estaba en Nueva York. Y, si hubieran preguntado a los supervivientes de la tripulación, como hizo un periodista de The Philadelphia Inquirer en marzo de 1999 durante un encuentro de veteranos en Atlantic City, habrían sabido que todo lo contado por Allen era mentira –“son castillos en el aire”– y que el USS Eldridge nunca atracó en Filadelfia desde su botadura hasta que fue retirado del servicio en 1951. Como había apuntado Goerman en 1980 en Fate, el libro de Berlitz y Moore tenía que haberse titulado El fraude de Filadelfia: proyecto credulidad.

Publicado originalmente en el diario El Correo.