“Si eres un espíritu, da dos golpes”

Una madre de familia inventó hace 160 años un código para comunicarse con los muertos. Se llamaba Margaret Fox y en diciembre de 1847 se había mudado con su esposo y sus dos hijas pequeñas, Kate y Maggie, desde Canadá a una casa de Hydesville, un pueblo del Estado de Nueva York. A mediados de marzo, ella y su marido empezaron a escuchar extraños ruidos que sólo se oían cuando las niñas estaban en la casa y que en la noche del día 30 llegaron a ser insoportables. “No pudimos descansar y concluí que la casa estaba encantada por un espíritu atormentado”, dejó escrito la mujer en una declaración el 11 de abril de 1848.

A la noche siguiente, el fenómeno se repitió y las niñas intentaron interactuar con lo que fuera que lo ocasionaba. “Señor Splitfoot (nombre dado al Diablo en algunas zonas de Nueva Inglaterra), haz lo que hago”, pidió Kate, de 11 años, mientras daba tres palmadas. Como respuesta, sonaron tres golpes. “Ahora, haz lo que hago yo”, dijo Maggie, de 14 años, contando hasta cuatro al tiempo que daba otras tantas palmadas. Se escucharon cuatro golpes. Pasado el susto, la madre preguntó al ente las edades de sus hijas y, tras recibir las respuestas correctas, se interesó por la naturaleza de su interlocutor. “¿Eres un espíritu? Si lo eres, da dos golpes”. Lo era.

Ruidoso diálogo

Maggie, Kate y Leah, las hermanas Fox.La familia contó a sus vecinos lo que pasaba, y el hogar de los Fox se llenó inmediatamente de gente que, siempre en presencia de Kate y Maggie, interrogaba al fantasma según un simple código: tres golpes significaban ; uno, no. Averiguaron que quien les hablaba de ese modo era un buhonero asesinado en la casa años antes, a quien pronto siquieron otras parlanchinas almas atormentadas. Los diálogos ganaron en contenido cuando David, uno de los dos hermanos mayores de las niñas que ya no vivían en el domicilio paterno, ideó un nuevo método de comunicación: recitaba el alfabeto y pedía al espíritu de turno que señalara con un golpe la letra apropiada, con lo que los espectros podían transmitir palabras y frases. Así fue como indicaron a Kate y Maggie que debían compartir su don y actuar como mediadoras entre vivos y muertos.

En cuanto supo del revuelo montado, Leah, treintañera hermana de las niñas que vivía en Rochester, se las llevó a su casa y empezó a organizar sesiones espiritistas abiertas al público, previo pago. Se celebraban en una habitación mal iluminada y el repertorio fantasmal incluía ya movimientos de la mesa alrededor de la que se sentaban los asistentes, materializaciones de objetos, apariciones de manos blancas… La recaudación oscilaba entre los 100 y 180 dólares por noche; traducido a dinero actual, entre 2.370 y 4.266 dólares por sesión. Las niñas tenían tanto tirón que se alquiló el salón de actos más grande de la ciudad, con capacidad para 400 personas, para tres sesiones de espiritismo en noviembre de 1849: la entrada costaba 25 centavos -5,9 dólares de hoy-, y el lleno fue total los tres días.

Los creyentes crecían rápidamente, y uno de ellos acabó de impulsar la carrera de Kate, Maggie y Leah. Horace Greeley dirigía el diario New York Tribune, el más influyente de Estados Unidos entre 1840 y 1870. Era uno de los periodistas más respetados del país cuando, en la primavera de 1850, invitó a las hermanas a trasladarse a Nueva York. Se instalaron en un hotel y por sus sesiones pasó lo más granado de la sociedad: novelistas, historiadores, jueces, físicos, senadores… Frente a quienes sospechaban que en el espiritismo había gato encerrado, Greeley confiaba en la “total integridad y buena fe” de las hermanas, destaca el filósofo Paul Kurtz en su artículo Spiritualists, mediums, and psychics: some evidence of fraud (Espiritistas, médiums y psíquicos: algunas pruebas de fraude. 1985).

Millones de fieles

La casa en la que nació el espiritismo.Las Fox hicieron escuela y, a mediados de la década de 1850, había ya 40.000 médiums en EE UU. Satisfacían las necesidades de millones de creyentes a quienes, como Greeley, no cabía en la cabeza que todo fuera un engaño. Era lo que pensaba, sin embargo, el médico E.P. Langworthy, quien denunció en 1850 que los ruidos procedían de los pies de las niñas o de objetos con los que éstas estaban en contacto. A la misma conclusión llegó el reverendo John Austin, para quien los golpes eran crujidos de las articulaciones de los dedos de los pies de las pequeñas. Tres médicos de la Universidad de Buffalo, Austin Flint, Charles A. Lee y C.B. Coventry, coincidieron en el diagnóstico en febrero de 1851, tras ver a las niñas en acción y someterlas a una prueba controlada para que no pudieran hacer ningún ruido. Y una comisión de expertos de la Universidad de Harvard y otra de la de Pensilvania también apuntaron, en 1857 y 1884, al origen podal de los ruidos.

La bomba estalló en la Academia de Música de Nueva York el 21 de octubre de 1888. “Estoy aquí esta noche, como una de las fundadoras del espiritismo, para denunciarlo como un fraude de principio a fin, como la más enfermiza de las supersticiones y la blasfemia más malvada que ha conocido el mundo”, confesó Maggie Fox en un repleto auditorio, antes de hacer una demostración pública de sus trucos. “Queríamos aterrorizar a nuestra querida madre, que era una mujer muy buena y muy impresionable”. Todo había sido una broma infantil, convertida en negocio luego por Leah.

“¡Oh, mamá! Sé lo que pasa. Mañana es el April Fools Day (el Día de los Inocentes anglosajón; se celebra el 1 de abril) y alguien nos intenta engañar”, había advertido Kate la noche del 31 de marzo de 1848. Su madre, quien recoge la infantil advertencia en su escrito de abril, no la creyó y nació una nueva religión. Las niñas llegaron a actuar en la Casa Blanca y ante la reina Victoria, en Londres, antes de caer en descrédito. Y la confesión de su engaño no desalentó a los fieles del espiritismo, que en 1897 eran 8 millones en EE UU.


El libro

Hablando con fantasmas (1998): Miguel Ángel Sabadell explora críticamente la historia de la comunicación con el Más Allá desde la época de las hermanas Fox.

Publicado originalmente en el diario El Correo.