Preguntas para confundir y ministros por la gracia de Dios

Ahora más que nunca, tal como vienen dadas en el País Vasco y en España en general, les recomiendo el último libro del filósofo Fernando Savater. Se titula Saliendo al paso y reúne cuatro años de artículos en El País, en El Correo e Interviú, desde el atentado del 11-M hasta diciembre del año pasado. Fácil de leer, como todo lo que escribe el pensador vasco, da que pensar y tiene la virtud de demostrar la independencia respecto del poder político de un autor que critica a todas las siglas e ideologías sin distinción cuando cree que se lo merecen. Por eso, no es raro que, como apunta en el prólogo, esté cada vez más solo. “Durante los cuatro años en que se han ido publicando estos artículos me he quedado bastante más solo que antes. Amigos y conocidos que celebraban mucho los primeros de la serie, más tarde -y sobre todo ahora- han pasado a evitar la menor mención de los posteriores”. Curiosamente, cuanto más leo a Savater, más próximo me siento a él. Todo lo contrario que lo que me pasa con nuestros políticos, de Vitoria y de Madrid, de antes y de ahora.

Me hubiera gustado que Juan José Ibarretxe hubiera jugado limpio con su ansiado referéndum. No lo ha hecho. Ha propuesto dos retorcidas preguntas para que la sociedad le responda que y luego hacer lo que le dé la gana, cuando tenía que haber lanzado un interrogante clarito como el agua, capaz de entenderlo hasta el más tierno de los infantes. Algo del estilo de: ¿quiere usted que el País Vasco se independice de España de una puñetera vez? Lo digo porque ése es el quid de la cuestión. No hay vasco bien nacido que no desee la paz y condene a los pistoleros, y llevamos, por fortuna, decidiendo cosas en las urnas por nuestra cuenta desde hace treinta años. Por eso las dos preguntas de Ibarretxe, a mi juicio, sobran. Encima, la consulta se salta la legalidad vigente, la misma que le hace a él lehendakari. Así que puede que al final tanto derroche de dinero y esfuerzo haya sido para nada. La verdad es que, si su intención es dar la palabra al pueblo, el lehendakari lo tiene fácil. Estamos a las puertas de unas elecciones autonómicas. Si quiere saber si los vascos apoyamos mayoritariamente su sueño de salirse de España, que incluya en esos comicios como primer y único punto de su programa electoral ése: “Hacer todo lo posible para que los vascos nos vayamos de España cuanto antes”. No se necesita más. La consulta sería legal y el electorado podría -indirecta, pero claramente- responder conscientemente a una pregunta sin dobles, triples o cuádruples interpretaciones, no a dos interrogantes dirigidos más a confundir al personal que otra cosa, que parecen salidos del mejor marxismo.

Incumpliendo la Constitución

Otros que se creen que somos tontos son los socialistas. Dicen que son progresistas y a veces actúan como tales; pero, cuando topan con la Iglesia, se arrugan y les sale el conservadurismo más rancio. Lo hecho y dicho por el PSOE a finales de mayo sobre la retirada del crucifijo y la Biblia de las tomas de posesión del presidente del Ejecutivo y sus ministros es una tomadura de pelo a los españoles y una perpetuación de la perversa herencia del franquismo, un legado que, aún en democracia, otorgó a la católica el caracter de religión oficial de facto, a pesar de la constitucional aconfesionalidad del Estado. “En la toma de posesión de los ministros el crucifijo está de más, pero no haremos una ley para prohibirlo”, dijo el secretario general del grupo socialista, Ramón Jáuregui, después de que su partido se aliara en el Congreso con el PP contra la retirada de los símbolos cristianos de ese acto. Jáuregui añadió que es necesario “avanzar en la aconfesionalidad”, pero sin generar “tensiones innecesarias”, y que “la laicidad avanza al ritmo de la convicción colectiva y, sobre todo, sin imposiciones ni prohibiciones”.

“Cuando el Gobierno español se constituye públicamente bajo el símbolo del crucifijo cristiano se está violando el derecho a la libertad de conciencia de muchos españoles. Y también se viola flagrantemente la de algún vasco cuando el lehendakari jura en Gernika ante la misma cruz, o cuando proclama (en una fórmula de rancio medievalismo que parece imaginada por Walter Scott) que «se humilla ante Dios»”, ha escrito el abogado José María Ruiz Soroa. El letrado ha recordado en El Correo que “es sorprendente que pueda utilizarse la ley para imponer hábitos saludables como dejar de fumar, o para que se beba menos alcohol, y en cambio no resulte la ley el cauce adecuado para terminar con una costumbre pública heredada del nacional catolicismo más rancio. La ley no puede ser usada o cumplida a voluntad, según convenga en cada momento, como parecen creer algunos: quitar estatuas sí, pero retirar cruces no”. Y no nos olvidemos de que la ley a favor de cuya violación se han inclinado el PSOE, el PP y CiU es la Constitución, precisamente lo único que nos une a todos y que no sobra en la mesa de la toma de posesión gubernamental. Porque a mí me ofende la imposición de los símbolos propios de una religión en un acto público contra lo que dice la ley ahí presente, y sólo pido que mis gobernantes cumplan de una vez esa ley que prometen cumplir y hacer cumplir. “Nuestros conservadores (y en este caso hay que incluir entre ellos a los socialistas) suelen alegar que se trata de símbolos o fórmulas históricas cargados de tradición, desprovistos ya de su contenido fuerte religioso, de algo que se habría vuelto algo así como inocuo. Incluso simpático. Es la excusa recurrente de quienes toman sus propias creencias o costumbres como algo poco menos que natural, que no podría ofender a nadie que tenga otras distintas. En el fondo, es la excusa de quienes se resisten a tomarse en serio los derechos fundamentales de las personas”, destaca acertadamente Ruiz Soroa.

'Saliendo al paso', de Fernando Savater.Algunos católicos quieren seguir imponiendo al resto de los españoles sus símbolos, como pasaba en tiempos del dictador. Siguiendo con esa sumisión a la religión, si mañana un ministro musulmán pide que se incluya en la mesa el Corán, ¿qué se la a responder?, ¿por qué no se va a hacer? ¿Y si reclama lo propio un seguidor de la Cienciología o uno -mucho más serio sin duda- de la religión Jedi? ¿Acaso no tienen que tener todos los creyentes los mismos derechos que los cristianos? Sí, todos tienen derecho a creer en lo que quieran, pero no a imponernos al resto sus credos, como pasa hoy en las tomas de posesión gubernamentales. “El laicismo -como recuerda Savater en Saliendo al paso– no persigue a los creyentes (esas persecuciones siempre se hacen por motivos religiosos, incluido un ateísmo elevado a dogma inquisitorial), sino que da campo abierto a todas las creencias por igual, pero en la conciencia de cada cual. Naturalmente no reprime que esa conciencia se manifieste de modo público, pero exige que sea a título privado y no con respaldo gubernamental”.

Fernando Savater: Saliendo al paso. Espejo de Tinta. Madrid 2008. 350 páginas.