Txumari Alfaro y sus pises

Beber el pis es una cochinada. Pero Txumari Alfaro es partidario de hacerlo y de justificarlo como sea. Hace unas semanas, en el programa Objetivo Euskadi de ETB, destacó como pruebas a favor de la urinoterapia -así se llama la práctica según la cual la orina es un curalotodo- que Gandhi bebía su propia meada y fue premio Nobel, que la primera anestesia se basaba en la orina, que muchos chinos se beben hoy en día sus pises y que todos nos hemos aplicado alguna vez en la piel una crema que contiene orina.

Para empezar, ¿ganó Gandhi el Nobel por beberse la orina? No, ni por eso ni por ninguna otra cosa. Pero el naturópata saca a colación a Gandhi para otorgar crédito a esa práctica y lo consigue, porque la reportera se queda callada como una muerta. Acaso si un Nobel es drogadicto, alcohólico, pedarasta, ladrón… ¿queda demostrada la bondad de esos hábitos? No; pero, si cuela, cuela. Lo de la primera anestesía es todavía más descarado. Dice el curandero navarro que fue un brebaje a base de orina y manzana, hecho por un dentista. “¡Esto es historia!, ¡se estudia en Medicina!”, sentencia ante las cámaras. Basta una búsqueda en Internet para comprobar que ni es historia ni se estudia en Medicina. Las primeras prácticas anestésicas -más allá de emborrachar al paciente hasta perder el sentido- se remontan a la década de 1840 y se basan en el uso del óxido nitroso, el llamado gas de la risa, por parte de Horace Wells. Así que, de pises, nada de nada.

El boticario de la abuela argumenta, asimismo, que muchos chinos beben su orina y remata la lección diciendo que todos nos hemos aplicado alguna vez orina en la piel, porque hay cremas que contienen urea. Que haya muchos chinos que hagan cualquier cosa no significa que sea buena, y que una crema tenga urea no implica que tenga orina, ya que la primera sustancia es uno de los componentes de la segunda. Además, ¿cómo se da el salto de que algo que puede ser bueno para la piel en determinados momentos sea bueno ingerirlo?

La orina es, como las heces, un desecho metabólico, la basura que genera el organismo en el proceso de obtener energía de los alimentos. Parece, por consiguiente, ilógico en una situación normal volver a meter en el cuerpo los desperdicios de los que éste se ha liberado. ¿Por qué ningún periodista llama la atención sobre este contrasentido a Alfaro y los suyos? Lo más inquietante, no obstante, es que una televisión pública dedique su tiempo y nuestro dinero a glosar los remedios de curanderos y charlatanes, como hizo Objetivo Euskadi el 10 de abril, para mayor gloria del negocio de estos vendedores de milagros y sin que salga ningun científico poniendo los puntos sobre las íes.