Desalmados

Gracias a un beso descubre que ha perdido a su amada para siempre. Está vivo, pero lo que el médico Miles Bennell estrecha entre sus brazos no es más que un cascarón de la mujer que quería. Nada más. La humanidad es sólo aparente, como la de sus vecinos, también reemplazados todos por réplicas sin alma que han crecido dentro de vainas llegadas del espacio exterior. Y es que el pueblo californiano de Santa Mira es la cabeza de puente del más terrorífico ataque extraterrestre jamás filmado, el de La invasión de los ladrones de cuerpos (1956).

Popularmente conocida como la película de las vainas, Don Siegel la rodó en tres semanas con un presupuesto de 417.000 dólares. La historia se basa en Los ladrones de cuerpos (1955), novela de Jack Finney (1911-1995) que Bibliópolis acaba de reeditar en España en coincidencia con el estreno de su cuarta versión cinematográfica: Invasión, de Nicole Kidman, y que ha recibido críticas demoledoras. No como el clásico en blanco y negro protagonizado por Kevin McCarthy, una de las grandes obras del cine de ciencia ficción.

La película de Siegel se ha interpretado como un reflejo de una de las épocas más negras de la reciente historia estadounidense, la de la persecución anticomunista liderada por el senador republicano Joseph McCarthy. A partir de esa premisa, hay críticos que han calificado La invasión de los ladrones de cuerpos de cinta reaccionaria, mientras que otros la han considerado una de las excepciones liberales en una cinematografía de ciencia ficción que en los años 50 explota la paranoia de la guerra fría, el miedo al vecino y a la traición que están detrás de la caza de brujas maccarthista entre 1950 y 1956.

Los protagonistas de 'La invasión de los ladrones de cuerpos' -Kevin McCarthy, a la derecha- descubren vaínas con sus réplicas en un invernadero.

¿Reaccionaria o liberal?

Los alienígenas aparecen de la noche a la mañana en Santa Mira sin que nadie se percate de su presencia. Aparentemente, al menos. Porque hay quienes aseguran que un pariente cercano no es tal, aunque físicamente sea idéntico al ser querido y se exprese como él. Es algo que sienten; pero no pueden explicar. “No has visto nada porque no hay ninguna diferencia que puedas ver”, admite en la novela a uno de los afectados, por lo que los médicos consideran una neurosis hasta que los casos se multiplican.

Los ultracuerpos -así se llaman en la versiones de 1978 y 1993– crecen en vainas y absorben la personalidad de sus originales mientras duermen. Al despertar, ya no existirá la persona de cuya apariencia física se ha apropiado la réplica y a la que, literalmente, ha robado los recuerdos. El nuevo ser se disolverá en un colectivo cuyo crecimiento será desde ese momento su único objetivo y se logrará mediante la introducción de vainas en las casas de familiares y amigos. Miles Bennell y su chica, Becky Driscoll, se enfrentan al miedo del individuo a disolverse en la masa.

'Los ladrones de cuerpos', novela de Jack Finney.“Los invasores no sólo socavan, con un igualitarismo a ultranza, la organización social americana, sino que se infiltran en la familia y la destruyen”, escribe el actor y director Francisco Llinás en su ensayo ¿Quién teme al forastero? (1989). Por eso algunos identifican las vainas con los rojos, con el comunismo que en el imaginario estadounidense de la época busca anular al individuo en beneficio del grupo, y la cinta, con el discurso de McCarthy. Pero quizá sea todo lo contrario, como apunta el crítico cinematográfico José María Latorre.

“A mi modo de ver, La invasión de los ladrones de cuerpos parece mucho más una burla -tan delirante que casi alcanza la provocación- de esa histeria anticomunista. Un dato a favor de mi teoría está en que el guión fue escrito por Geoffrey Holmes, con el seudónimo de Daniel Mainwaring, conocido novelista norteamericano englosado en la tristemente famosa lista negra de Hollywood durante el periodo de la persecución maccarthista”, escribe en su libro El cine fantástico (1987).

Dana Wynter, que interpreta a Becky Driscoll, recuerda cómo Walter Wanger, el productor, “logró colar esta película, con su mensaje inconformista y antimaccarthista, burlando así al Hollywood que había creado las famosas listas negras de izquierdistas políticos. Pero, mientras la estábamos haciendo, no oí hablar nunca de las implicaciones políticas de La invasión de los ladrones de cuerpos“. El autor mantuvo hasta su muerte en 1995 que la novela era un simple entretenimiento, pero, como destacaba en 1999 el crítico estadounidense Richard Scheib, “la versatilidad de la idea central de la historia de Finney es tal que la premisa básica puede adaptarse al entorno social en el que cada una de las versiones se ha hecho”.


Ciencia ficción y 11-S

La mejor serie de ciencia ficción actual es heredera de las ideas de Jack Finney y del 11-S. Battlestar Galactica (Galáctica, estrella de combate) es una actualización de la epopeya espacial de finales de los años 70. Los cylones, robots creados por el hombre, se rebelan y destruyen las doce colonias de la Humanidad, y los supervivientes del holocausto huyen en una flota liderada por la Galáctica, que protegerá a los refugiados de los ataques enemigos. Las similitudes entre ambas producciones acaban ahí.

Escena de la tercera temporada de 'Galáctica, estrella de combate'.Los malos de la nueva Battlestar Galactica parecen salidos de La invasión de los ladrones de cuerpos. Porque los cylones ya no son sólo robots metálicos, sino que también hay modelos indistinguibles de los humanos. Esos robots evolucionados ignoran en algunos casos lo que son: piensan, sienten y actúan como humanos hasta que les llega el momento de actuar, como las células durmientes del terrorismo islámico.

Ante esa situación, se desata una caza de brujas en una flota colonial que se teme infiltrada. “Los cylones son a la par terroristas y soldados, y la respuesta humana es considerarlos no humanos y sin derechos. No son combatientes con derechos, son prisioneros de Guantánamo“, escribe Alfonso Merelo en Fantástica televisión (AEJC, 2007), libro que pasa revista a las series del género emitidas en España desde 1980. La tortura es legítima, y también lo es abandonar a su suerte a miles de personas ante un ataque en una guerra en la que los dos bandos comparten el fervor religioso, aunque por dioses y motivos diferentes. Real como la vida misma.

Publicado en el suplemento Territorios de Cultura, del diario El Correo.