Adiós a Barry Beyerstein, el escéptico de la eterna sonrisa

Barry Beyerstein abre un libro de regalo de cumpleaños. Foto: Lindsay Beyerstein.Quienes tuvimos el privilegio de conocerle en persona no nos lo queremos creer; pero es así. Barry Beyerstein murió anteayer, un mes después de cumplir los 60 años. Me enteré a media tarde de ayer cuando el psicólogo Carlos Domínguez dejó un mensaje en este blog con la mala noticia. Al llegar a casa y revisar el correo, topé con un luctuoso mensaje de Barry Karr, director ejecutivo del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), del que Beyerstein era uno de los puntales desde hacía años, y con otro en la misma línea de Alejandro J. Borgo, director de la revista Pensar. Escribí a los dos lo primero que me vino a la mente, que fue en parte el titular de esta nota. En sus respuestas, mis amigos se mostraban, como yo, consternados. Ninguno nos lo queríamos creer. Es lo que ocurre con la muerte. ¿Pero quién era Barry Beyerstein?

Nació en Edmonton (Alberta, Canadá) en 1947. Psicólogo, era profesor de la Universidad Simon Fraser e intentaba entender por qué la gente cree en cosas increíbles. Estudio la grafología, los estados alterados de conciencia, las experiencias cercanas a la muerte, los poderes paranormales, las posesiones… Miembro del consejo ejecutivo del CSI, era un habitual de los congresos escépticos junto a su colega, compatriota y amigo James Alcock. Para mí, no era sólo uno de los psicólogos de lo paranormal, era sobre todo aquel tipo jovial con el que compartí mesa por última vez en Bruselas en septiembre 2005 en una escapada a cenar que hicimos ocho veteranos escépticos para hablar de proyectos y experiencias. Alrededor de aquel mantel, estaban Jim Alcock, Barry Karr y Amardeo Sarma, entre otros. Aquella noche aprendí mucho y tuve el privilegio de cenar codo con codo con Barry. No me acuerdo de qué hablamos exactamente, pero sí de que me reí bastante y de que el culpable fue él. Era un gran tipo. Recibía a los escépticos perdidos -como me pasó a mí en uno de mis primeros congresos- como si les conociera de toda la vida, hablaba con ellos y les hacía sentirse como en casa. Y, cuando se reencontraba con ellos años después, iba inmediatamente a saludarles. Ayer, cuando me enteré de su muerte, la primera imagen que me vino fue la de su eterna sonrisa, su simpatía. Lo segundo que hice fue releer su capítulo del libro colectivo Skeptical Odysseys (2001), titulado From ‘Fate’ to ‘Skeptical Inquirer’.

Dice en ese corto texto, en el que recorre su trayectoria vital desde el joven interesado en lo paranormal hasta el baluarte del escepticismo científico que acabó siendo, muchas cosas interesantes, de las que quiero destacar dos en estos momentos. La primera es algo que, tarde o temprano, nos ha soprendido a todos los que formamos parte del movimiento escéptico: el hecho de que no exista una correlación demostrada entre la inteligencia o los logros académicos y la creencia en lo paranormal. Barry recuerda que, en su día, le impactó profundamente la constatación de que hay muchos individuos realmente brillantes que, por necesidades emocionales, creen en supercherías como la astrología y la cienciología. La segunda se refiere al CSICOP, ahora CSI: “Pienso -escribe- que la labor que hacen (sus miembros) en la arena escéptica es a menudo infravalorada en los círculos académicos porque muchos especialistas no alcanzan a entender las consecuencias potenciales de las fuertes tendencias antirracionales y anticientíficas en la sociedad moderna (…). Estoy convencido de que dejar que la pseudociencia florezca, económicamente o de cualquier otro modo, puede suponer un gran coste”. Yo también.

En Skeptical Odysseys, explica, además, por qué el papel de los escépticos organizados y de los científicos comprometidos es fundamental. “Si queremos que el público pague sus impuestos para financiar la investigación -escribe-, debemos ofrecerle explicaciones comprensibles de lo que hacemos (los científicos) y de la importancia que tiene para ellos. Si esperamos que urjan a las agencias gubernamentes a apoyar la medicina científica en vez de malgastar sus escasos fondos en terapias alternativas, tenemos salir de nuestros laboratorios y salas de conferencias de vez en cuando y decirles porque hacemos eso en su interés. Con tanta desinformación inundando los medios de comunicación, la función de vigilancia es la más importante de las contribuciones del movimiento escéptico y The Skeptical Inquirer es la joya en su corona”.

Si quieren, pueden hacerle llegar el pésame a su hija Lindsay, de quien es la foto de Barry abriendo uno de los regalos de su último cumpleaños que ilustra estas líneas.

Te echamos de menos, Barry.