Transgénicos del diablo

El Gobierno vasco acordó el 27 de febrero declarar Euskadi zona libre de transgénicos. El Ejecutivo de Juan José Ibarretxe dijo hace casi dos meses que las plantas genéticamente modificadas amenazan “gravemente” al sector agroalimentario vasco porque su existencia supone un riesgo para “los métodos de cultivo tradicionales y ecológicos”. Ahí queda eso. A nuestros políticos les da igual lo que digan los científicos. Da la impresión de que les preocupa más lo que vociferan quienes ocultan a la gente que llevamos jugando con genes desde hace milenios, que los productos de la agricultura tradicional ¡son transgénicos! Y da igual que el Gobierno sea autonómico o central.

El Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero, al que hay que agradecer que haya dado luz verde a la experimentación con embriones y la clonación terapéutica abominadas por el Gobierno de José María Aznar, prefiere a los ecólatras antes que a los científicos cuando se trata de transgénicos. Los transgénicos tienen mala prensa, aunque estén todos los días en nuestra mesa, estuvieran en la de nuestros abuelos y vayan a estar en la de nuestros hijos por mucha declaración buenrollistaque se haga. Parece que es más seguro jugar con genes al azar, como han hecho desde siempre los agricultores, que realizar sólo los cambios necesarios y ninguno más, como hacen los biotecnólogos.

La Prensa apenas se ha hecho eco -en El Correo publicamos la noticia el martes- de que 120 científicos españoles han suscrito un manifiesto, cuya firma ha coordinado la Asociación Española de Bioempresas (Asebio), a favor del uso de los transgénicos. En contra del alarmismo del Gobierno vasco -me apostaría lo que fuera a que ni un biólogo de prestigio respalda su postura-, los expertos destacan que, “tras once años de empleo extensivo en países desarrollados (y nueve años en España), sin un solo efecto adverso sobre las personas o el medio ambiente que sea achacable a la moderna modificación genética, la Unión Europea ha establecido un riguroso proceso de autorizaciones paso a paso y caso por caso, basado en el principio de precaución, y aplicado con criterios científicos, transparencia y trazabilidad”.

Miedo a la innovación

Los firmantes –Margarita Salas, Pilar Carbonero, Juan Carlos Izpisua y Santiago Grisolía, entre otros- recuerdan que “la modificación genética de plantas es una realidad tan antigua como la agricultura” y advierten de que nos estamos jugando “el derecho a progresar” de nuestra agricultura. “A pesar de que las autoridades españolas reconocen en nuestro país importantes problemas medioambientales como falta de agua, erosión del suelo, o aumentos en las emisiones de CO2 muy superiores a los comprometidos en el Protocolo de Kioto, no están favoreciendo con sus decisiones la aprobación y empleo de las variedades mejoradas con la tecnología más moderna. Lo cual no solamente envía una señal de alarma a las entidades que invierten en I+D+i en este campo, sino que contribuye a aumentar el impacto sobre el medio ambiente de cada unidad de alimento o biocombustible producido”, dicen.

La incógnita es si el Gobierno central, al que va dirigido el mensaje, hará algo pronto o continuará atemorizado por los ecólatras, como el Ejecutivo de Aznar lo estuvo por los integristas cristianos respecto a la experimentación con embriones, en un país en el que siempre hay en algún sitio elecciones a la vuelta de la esquina. Aunque autocitarse sea feo, les invito a que relean la entrevista que hice en junio del año pasado a la ingeniera agrónoma y bioquímica Pilar Carbonero. Ya dije entonces en esta página que “hablar a favor de los transgénicos es políticamente incorrecto en una sociedad con doble personalidad respecto a la tecnología: es incapaz de renunciar a ella, pero teme casi toda innovación”. Y recordé como “lo de los transgénicos no es nada nuevo en ningún sentido: como reacción popular, entra dentro de lo visto con otros avances recientes; como avance, es tan antiguo como la agricultura, a pesar de que los que se oponen a los transgénicos prefieran ocultárselo a sus seguidores, porque hemos estado mezclando genes de plantas desde que empezamos a cultivar la tierra”.

El problema no sólo es que nuestros políticos no sepan de historia ni de biología, es que además no quieren saberlo. Estaría bien que en el publicitado Año de la Ciencia empezaran a dejarse guiar por pruebas, en vez de por miedos infundados. Por cierto, ¿están también contra la insulina transgénica que se inyectan desde hace años sin problemas los diabéticos de medio mundo, toda España incluida?