Témporas y lectura de vísceras

Llega el verano y veo, con estupor, cómo las témporas nos invaden. Y me temo que en cualquier momento haya quien empiece en la tele a desentrañar aves para leer el futuro en sus vísceras, a clavar alfileres en un muñeco que represente a alguien a quien quiera hacer mal, a imponer las manos a un enfermo en medio de oraciones a los dioses, a exorcizar demonios o a hacer cualquier otra tontería por el estilo. No digo que alguien aparezca echando las cartas del tarot o pronosticando el porvenir según el signo del Zodiaco porque esas supercherías son comunes en la pantalla pequeña. ¿Pero las témporas en el siglo XXI?La predicción según las témporas presupone que el tiempo que hace durante una serie de días antes de cada estación condiciona cómo va a ser ésta desde el punto de vista meteorológico. Creía que esta vieja superstición -se habla de tradición para darle una pátina de respetabilidad- había desaparecido hace tiempo, quizá porque huyo de los reportajes costumbristas de las televisiones y periódicos vascos como del agua un gato escaldado. Nunca me han interesado ni la historia de la seta o lechuga más grande, ni la de la familia de tontos del pueblo, ni, por supuesto, las predicciones temporológicas del famoso pastor del Gorbea.

Tampoco recuerdo que ningún medio se haya molestado jamás en comprobar la habilidad de los temporólogos. Así, el temporólogo de guardia en el País Vasco -ahora, es Pello Zabala, un fraile del santuario guipuzcoano de Arantzazu– hace sus vaticinios al comienzo de cada estación sin que nadie se moleste en averiguar si realmente acertó en algo en la que acaba de terminar. ¡Lo suyo es un auténtico chollo! Ya quisieran los meteorólogos de los informativos de televisión contar con la bula de estos depositarios del saber popular, y tener su buena imagen. En un alarde de coherencia, los medios que jalean a estos augures deberían dejar de ofrecer al público la predicción meteorológica de la mano de científicos y contratar en plantilla o como colaboradores a pastores y frailes oteadores del cielo. Lo mismo tendrían hacer los aeropuertos, los servicios de vigilancia marítima, los de protección civil… Además, si hiciéramos caso a estos brujos de las nubes y el viento, nos ahorraríamos una pasta en satélites, globos, cohetes y dispositivos terrestres de vigilancia meteorológica y eso nunca viene mal ¿O no?

De los temporólogos, se dice que son depositarios de la tradición, como si una tradición fuera cierta y respetable sólo por ser tradición. Que se lo pregunten, por ejemplo, a las mujeres que en algunas culturas son víctimas de la ablación del clítoris o a los negros esclavos de hace no tanto tiempo. Por de pronto, empecemos por comprobar quién predice el próximo temporal que pueda causar daños graves en el País Vasco, si el fraile de Arantzazu mirando a lo alto o el Instituto Nacional de Meteorología con sus isobaras, estaciones, globos y satélites artificiales. Yo no tengo la menor duda y supongo que la mayoría de mis colegas tampoco. Entonces, ¿por qué no dejan de una vez de dar publicidad a lo que es una bobada folclórica?