El rápido final de Pascua

Monumental. Cinco de los siete 'moais' del Ahu Akivi, construido en la isla de Pascua entre 1440 y 1600. Foto: Terry L. Hunt.El hombre desembarcó en Pascua hacia 1200 -mucho más tarde de lo que se creía- e, inmediatamente después, empezó a levantar estatuas y a diezmar los recursos naturales de la pequeña isla volcánica, de unos 160 kilómetros cuadrados y situada en mitad del Pacífico Sur. La nueva fecha para la conquista del enclave por los polinesios se ha obtenido a partir de dataciones mediante el carbono 14, retrasa en casi 800 años la llegada del ser humano a Pascua y apunta a una rapidísima degradación del ecosistema por la actividad indígena.

Cuando el almirante holandés Jacob Roggeween descubrió la isla el 5 de abril de 1722, día de la Pascua de Resurrección, se encontró con un paisaje desolado, salpicado por grandes estatuas de piedra -los llamados moais– y con una población sumida en el hambre y la penuria, que ni siquiera tenía madera con la que calentarse. Desde entonces, el caso de Pascua -conocida por los indígenas como Te Pito O Te Henua (El ombligo del mundo)- se considera el ejemplo paradigmático de cómo una cultura brillante puede sucumbir al destruir el frágil ecosistema del que depende. El estudio de los antropólogos Terry L. Hunt y Carl Lipo que hoy publica Science demuestra que el ascenso y declive de la cultura pascuense fue mucho más rápido de lo que se pensaba.

Actividad febril

La llegada del hombre a Pascua se había fechado, tradicionalmente, entre 400 y 1000, y el tallado de las estatuas a partir de 1200, con el comienzo de la extinción de las palmeras un siglo después. Los resultados de la nueva datación, hecha a partir de muestras de carbón vegetal del yacimiento más antiguo de la isla -el de Anakena-, implican que la armonía entre los recién llegados y el medio ambiente pascuense apenas existió. “No hubo un periodo de Jardín del Edén que durara entre 400 y 800 años. En vez de eso, el impacto de los colonizadores fue inmediato”, argumenta Hunt, de la Universidad de Hawai.

Los recién llegados empezaron poco después del desembarco a tallar estatuas de toba volcánica con picos de piedra, de los que se han encontrado miles en las laderas del volcán Rano Raraku. Desde allí, trasladaban los moais -de un altura media de 4 metros y un peso medio de 13 toneladas- hasta sus emplazamientos definitivos sobre trineos de madera de los que tiraban con cuerdas. Una vez en el ahu (altar), izaban cada estatua gracias a un sistema de palancas, cuerdas y piedras. El explorador noruego Thor Heyerdahl levantó de este modo en los años 50 un moai de 30 toneladas con sólo doce hombres, un hecho que ocultan los autores pseudocientíficos que invocan la intervención de extraterrestres y poderes mágicos.

La febril actividad de los pascuenses -ahora hay en la isla casi 900 estatuas, de las que sólo un tercio está en su lugar definitivo- provocó la tala masiva de árboles y palmeras para usar su madera como combustible y en la fabricación de trineos y canoas, y se sumó al aniquilamiento de muchas especies de pájaros. Para cuando los europeos pusieron pie en la isla, de la brillante cultura de los moais y los bosques de Pascua, ya no quedaba nada.


El ombligo del mundo

La isla de Pascua “es el sitio habitado más solitario del mundo. La tierra firme más próxima que pueden ver sus habitantes está en el firmamento y consiste en la Luna y los planetas”, escribió Thor Heyerdahl en su libro Aku-Aku: el secreto de la isla de Pascua (1957). Las estatuas de este enclave chileno son Patrimonio de la Humanidad desde 1995. La Unesco ha destinado 11 millones de euros para frenar el deterioro que sufren los moais por la lluvia, el viento y las malas restauraciones.

Publicado originalmente en el diario El Correo.