Caricaturas, Ilustración y derechos irrenunciables

Integristas sirios, ante el edificio incendiado de la embajada de Dinamarca en Damasco. Foto: AP.Las imágenes de miles de personas asaltando sedes diplomáticas europeas en el mundo islámico a raíz de la publicación en el Viejo Continente de unas caricaturas de Mahoma son un viaje al Medievo en la era de la biotecnología y la exploración espacial. Los incendios de embajadas y consulados a manos de masas guiadas por clérigos demuestran el retraso histórico de un Islam todavía pendiente de vivir su Ilustración, atrasado como civilización cientos de años y en el que cualquier cosa sirve como pretexto para arremeter contra el infiel.

Los integristas -ahora tan ofendidos en las calles de Damasco, Teherán y Beirut- han quemado banderas y caricaturizado a dirigentes occidentales en innumerables ocasiones sin que, como respuesta, desde Estados Unidos y Europa se les haya amenazado de muerte ni nada parecido. Y eso que algunos occidentales sienten sus banderas nacionales como algo sagrado, casi tanto como a Mahoma los musulmanes. La diferencia es que en las sociedades culturalmente avanzadas está permitido disentir y no hay obligación de seguir a pies juntillas las directrices marcadas por los intérpretes de la ley divina o de cualquier otra ley, mientras que en el mundo musulmán cuestionar al imán puede llevar al exilio y hasta a la muerte.

¿Qué tenemos que hacer en Occidente ante casos como el que nos ocupa? Puede que algunas de las caricaturas publicadas por el diario danés Jyllands-Posten sean desafortunadas; pero la libertad de expresión -que es una conquista de todos y un derecho de todos, que no hemos conseguido gratis- incluye la libertad de confundirse y también, nos guste o no, de ofender. Esto último es, no lo olvidemos, lo que hacen los fundamentalistas islámicos cada vez que queman un muñeco del infausto actual presidente de Estados Unidos o de cualquier otro dirigente occidental en las calles de Oriente Próximo. Y que nadie entienda esto como una justificación, una especie de “ojo por ojo, diente por diente”. Simplemente, quiero que quede claro que quien hoy se ofende y pone el grito en el cielo, ayer ofendió, y entonces se consideraba en su derecho y nadie lanzó contra él una guerra santa.

Centrar el debate y la reflexión en si una viñeta de Mahoma con un turbante-bomba y otra en la que aparece con un alfanje y cegado son más o menos ofensivas -cualidad totalmente subjetiva- es marear la perdiz. Lo mismo que lo es lamentarse de si la publicación de las caricaturas resulta oportuna o no. La discusión tampoco debe, a mi juicio, pivotar sobre el hecho de que las obras de los dibujantes daneses ofenden a mucha gente. ¿Acaso no se sienten insultados millones de estadounidenses cada vez que manifestantes palestinos queman la bandera de las barras y estrellas entre pisotones?

Un disidente musulmán lo ha dejado claro en las páginas de Der Spiegel, en un artículo titulado “La democracia en una caricatura”. “Una democracia no puede sobrevivir mucho sin libertad de expresión, libertad de argumentar, de disentir, hasta de insultar y ofender”, escribe Ibn Warraq, quien concluye su reflexión diciendo: “La libertad de expresión forma parte de nuestra herencia occidental y debemos defenderla o morirá víctima de ataques totalitarios. También es muy necesaria en el mundo islámico. Defendiendo nuestros valores, estamos enseñando al mundo islámico una valiosa lección, estamos ayudándoles a someter sus amadas tradiciones a los valores de la Ilustración”. No todos los musulmanes son fanáticos ni terroristas. Esa generalización es tan peligrosa e injusta como cualquier otra. Pero una parte importante de la población del mundo islámico -ésa que da miedo cuando llena la pantalla del televisor en los informativos- es una masa inculta y pobre movilizada a golpe de arenga por unos clérigos fanáticos.

Nuestros políticos quizás estén dispuestos a traficar con la libertad de expresión en un mundo políticamente correcto en el que ya pocos llaman a las cosas por su nombre. Enfadarse, molestarse, por una caricatura entra dentro de lo normal; matar, es salvajismo. No tiene justificación alguna. Y no cabe buscársela, ni siquiera en nombre de la convivencia. Desactivar ese polvorín en que una de las religiones mayoritarias ha convertido una parte del mundo no será fácil, pero hay que intentarlo. Hay que llevar la cultura, la democracia y el progreso a unos países que viven en la Edad Media, pero que disponen de armamento moderno y de un interminable ejército de suicidas que lo son por el mero hecho de creer que hay otra vida después de la muerte. Lo que no podemos hacer es capitular ante el fanatismo. La libertad de expresión es un derecho humano irrenunciable, digan los dioses lo que digan.

En Occidente, estamos consiguiendo poco a poco dejar la religión donde tiene que estar, en la esfera privada. Nos ha costado siglos y sufrimiento. Como recordaba hace unos días César Coca, “todo lo que afecta a las religiones es terreno pantanoso precisamente porque no atañe a la racionalidad, sino a las creencias”. Sin embargo, sacrificar la libertad de expresión para aplacar la ira de los islamistas -como parecen dispuestos a hacer algunos líderes políticos­ sería abrir la puerta a que mañana otros totalitarios recurrieran a otra excusa para recortar otro derecho fundamental. La Bestia no es la libertad de expresión; es el fanatismo. El peligro para la convivencia y la democracia no está en las caricaturas de Mahoma, sino en los cerebros anulados por la religión, por la superstición, por la irracionalidad.