Fútbol, milagros y desvergüenza

“Confío en muchas cosas en estos momentos o quiero creer en ellas, en todo lo positivo, en lo que transmite espíritu positivo al equipo. Confío en su profesionalidad (la de la Real), en los milagros, en Dios, en el destino y también en que lo que pase será lo mejor. No sabemos qué es mejor”, ha dicho Dmitry Piterman, presidente del Alavés, sobre la permanencia del club en Primera División. A falta de una jornada para que acabe la Liga, el Alavés necesita ganar al Deportivo de La Coruña y que el Espanyol empate o pierda en su casa ante la Real Sociedad. Si no, perderá la categoría. Pero no estamos aquí para hablar de lo que puede pasar en un campo de fútbol -de eso se encarga Jesús J. Hernández en El Córner– , sino para hacerlo de esa tendencia supersticiosa del universo futbolístico; de esos milagros y ese destino a los que alude Piterman para justificar la situación de su equipo; de esa estupidez que supone decir que “lo que pase será lo mejor” para ponerse la tirita antes de que se abra la herida; de inventarse conspiraciones mediáticas para no asumir lo mal hecho, como hacen otros. No, lo que pasa no siempre es lo mejor -como todos sabemos-, ni el destino está escrito en ninguna parte, ni hay un periodista malvado detrás de los malos resultados. Decir eso es una demostración supina de desvergüenza, de intentar achacar a factores ajenos el fracaso propio. Y me da igual quien lo diga.

En situaciones desesperadas, Dios está siempre en boca de los creyentes y también de los oportunistas, pero ¿qué hizo Dios por los viajeros de los trenes madrileños del 11-M?, ¿que hizo por los centenares de víctimas del maremoto del Índico?, ¿qué hace por los que cada semana mueren en España en accidentes de tráfico?, ¿qué hace por todos los niños que hoy fallecerán o serán explotados en el mundo? Nada. Los que tenemos que sacarnos las castañas del fuego a diario somos nosotros. Depositar nuestra esperanza en dioses, en milagros, en un destino benéfico, en amuletos… es la mejor manera de fracasar. Piterman confía ahora en todo eso y mucho más porque así distrae la atención sobre su gestión, elude sus responsabilidades, las de su equipo y sus jugadores. Otro tendrá la culpa. Lástima que los aficionados de todos los colores sean siempre tan condescendientes, que prime en ellos más el corazón que la cabeza al juzgar a directivos, técnicos y futbolistas que, en las horas bajas, pocas veces están a la altura.