¿Es la teoría de la evolución un invento masónico?

Uno ha leído muchas tonterías en lo que lleva de vida. La mayoría de ellas en las llamadas revistas esotéricas, ésas que llegan cada mes al quiosco repletitas de misterios inventados. Pero lo del último número de Año Cero, la publicación que dirige Enrique de Vicente -el mismo que intenta hacerse pasar por un tipo riguroso en ese esperpento que es el programa TNT, en Telecinco-, supera lo que me podía esperar. En un reportaje titulado “Darwin, al servicio de los masones”, el ufólogo Josep Guijarro siembra la duda sobre la solidez científica de la teoría de evolución, presentándola como el fruto de la gran conspiración masónica para dominar el mundo. Ahí queda eso.

“La ciencia darwinista representó desde su aparición una gran amenaza para las afirmaciones teológicas y para la función social de la religión, que confiere propósito y sentido a la existencia”, dice Guijarro. Esta afirmación, con un tufillo retrógrado indudable, da por sentado que es imprescindible creer en algún dios de los muchos que pueblan el cielo para disfrutar de la vida. A partir de ahí, el periodista catalán se empeña en hablar la teoría de la evolución como un producto creado principalmente contra el cristianismo. Recuerda Guijarro que Charles Darwin “había estudiado teología en Cambridge y en su histórico viaje a bordo del HMS Beagle llevó consigo dos libros: la Biblia y Principios de Geología, de Charles Lyell. Se diría, pues, que nuestro protagonista estaba más preparado para la religión que para la biología”. Lamentablemente, partir de premisas falsas es un billete seguro a conclusiones erróneas.

Pasemos por alto que el padre del autor de El origen de las especies (1859) fue médico y el abuelo, médico y naturalista. Dejemos a un lado que el joven Darwin no mostró en Cambridge mucho interés por la Teología, a pesar de estudiarla, y que se volcó, sin embargo, en la botánica. Y olvidémonos, claro, de las pruebas acumuladas durante su viaje en el Beagle. Son todo pequeños detalles sin importancia que nos molestan si queremos presentar la teoría de la evolución como algo diferente a lo que es. “¿Cuál fue entonces el factor que inclinó la balanza por las ideas antirreligiosas?”, se pregunta Guijarro antes de iluminarnos: “Harum Yahya, autor de El engaño del evolucionismo no duda en atribuirlo a la masonería”. Y, seguidamente, nos dice que el abuelo de Darwin era masón, que había introducido al padre del naturalista en tal saber y que “es lógico pensar, por tanto, que Charles recibiera una influencia masónica tanto de su padre como de su abuelo”. A partir de esa presunción no demostrada, Guijarro monta una película basándose en los delirios de un autor creacionista y presenta la teoría de la evolución como producto de un complot, y no como una idea científica sólidamente fundada.

Porque Harun Yahya, la fuente turca de la que bebe el periodista y cuyo discurso asume como propio, es un reconocido antievolucionista, aunque a Guijarro se le pase advertirlo a sus lectores. Como se le olvida también decir que muy probablemente no existe ningún Harun Yahya y que ese nombre es un pseudónimo de un colectivo de carácter reaccionario. “Yahya es el autor de tantos libros, artículos, libros y webs, que resulta difícil creer que se trate de la obra de un solo hombre”, explica en un artículo el físico Taner Edis, quien sospecha de “Yahya no es relamente una persona, sino la bandera bajo la que navegan las actividades de los más prominentes creacionistas turcos”. Edis, que es asesor del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), añade en ese texto que Yahya es proclive a ver complots masónicos por todos lados y que, en un libro reciente, ha atribuido el origen del terrorismo y de los atentados del 11-S al evolucionismo. “Para acabar con el terrorismo hay que poner fin a la educación materialista-darwinista, para educar a los jóvenes de acuerdo con un currículo basado en los auténticos hallazgos científicos e infundirles el temor a Dios y el deseo de actuar sabia y escrupulosamente”, ha escrito en el libro Islam denounces terrorism.

Es en los desvaríos de los fanáticos creacionistas que parecen ocultarse tras el nombre de Harum Yahya en los que Guijarro cimenta un reportaje donde presenta la teoría evolución como un invento al servicio de la conspiración masónica -¡ay, si Franco levantara la cabeza!-, acusa a Darwin de racista y dice que “la selección natural justifica el exterminio del débil”. Ya hizo algo parecido su colega Bruno Cardeñosa con su libro El código secreto, en el que también se inspiró en fuentes creacionistas para argumentar que “los mecanismos primigenios que dieron origen a la vida estuvieron regidos por unas leyes ajenas a la evolución” y “aquellas primitivas formas de vida tenían en su soporte interno algo parecido a una orden: evolucionar hacia formas más complejas. Disponían, en suma, de un código secreto que señala que el objetivo último de la evolución es el Homo sapiens“.