Los errores de las galaxias

Escena de 'Star wars. La venganza de los sith'.

Solo estaba y solo se quedó tras la fugaz visita de los tripulantes del Halcón Milenario. El pasado, presente y futuro del gusano espacial en cuyo interior se mete la nave de Han Solo, cuando en El imperio contraataca sus tripulantes huyen de las huestes de Darth Vader y se esconden en lo que parece una cueva de un asteroide, resulta inexplicable. ¿Qué hace el monstruo en el pedrusco?, ¿cómo llegó allí?, ¿de qué se alimenta?, ¿cómo puede vivir en el vacío? Son preguntas para las que no hay respuesta, porque la bestia es un recurso utilizado por George Lucas para obligar a sus héroes a abandonar un refugio que, en principio, parecía seguro y volver a la acción. Nada más. Como la ilógica gravedad terrestre que reina en el interior del gusano.

La gran densidad de rocas en el campo de asteroides -¿cómo sobrevive el gusano a los impactos?- es otra libertad que previamente se ha tomado el cineasta. Como si se tratara de una persecución por una autopista en el sentido contrario de la marcha, el Halcón Milenario y los cazas que siguen sus pasos se las ven y se las desean para esquivar los planetoides que les vienen encima. Oportuno -los malos, como es normal y deseable, llevan las de perder y son blanco de algunos pedruscos-, pero inexacto: en un campo de asteroides, éstos se encuentran separados por grandes distancias y lo que hay, sobre todo, es nada.

Batallas espectaculares

El vacío es al campo de asteroides lo que el silencio a las batallas espaciales. Sin embargo, a pesar de que en el vacío no hay ondas sonoras y de que, por tanto, sería imposible oír algo, los espectadores de la saga de las galaxias escuchan los zumbidos de las naves en vuelo, los disparos de los láser y las estruendosas explosiones. Resulta igualmente llamativo, e incorrecto, que se vean los rayos láser atravesar el espacio o salir de las pistolas en las luchas cuerpo a cuerpo. Claro que ¿quién aguantaría una escena de combate interplanetario sin rayos ni explosiones? Posiblemente, ni el más recalcitrante de los fans.

Las batallas espaciales son llamativas no sólo por el despliegue de luz y sonido, sino también porque parecen un remedo de las aéreas de la Segunda Guerra Mundial. Las naves evolucionan como aviones de guerra y no como ingenios que surcan el espacio interplanetario. Así, en La guerra de las galaxias, los cazas de la Alianza Rebelde llegan al extremo de desplegar sus inútiles alas antes de emprender el ataque final a la Estrella de la Muerte. Como si eso les fuera a servir para algo si la Fuerza no les acompaña.

El Universo de Lucas se completa con espectaculares vistas que, en La amenaza fantasma, permiten disfrutar del planeta Naboo en todo su esplendor, asediado por las naves de la Federación de Comercio y con un tapiz de estrellas al fondo. Busquen esto último en una fotografía tomada en la Luna o desde la Estación Espacial Internacional y comprobarán que no hay ninguna estrella. La razón -en contra de lo que defienden los conspiranoicos que niegan la realidad de los alunizajes- es muy simple: el tenue brillo de las estrellas no llega a impresionar la película a no ser que se aumente el tiempo de exposición considerablemente. Entonces, la Tierra quedará sobreexpuesta. El astrónomo Phil Plait recoge el testimonio de Ron Parise, un astronauta que asegura que, al mirar por la ventana del transbordador con la Tierra debajo, la luz de ésta oculta al ojo humano la de la mayoría de las estrellas y sólo se ven unas pocas, las más brillantes.

Un Universo muy humano

Un error incomprensible en el mundo digital en el que se mueve Lucas en la nueva trilogía afecta al planeta natal de Luke Skywalker. En La guerra de las galaxias, vimos una doble puesta de sol en Tatooine, pero las sombras eran una y siguieron siendo una en La amenaza fantasma, cuando tenían que ser tantas como soles. Además, el Universo resulta muy pobre en variedad de formas de vida inteligente: predominan los seres antropomorfos, con variaciones de estatura, tono de piel, pelaje y órganos sensoriales, y habituados a la misma gravedad que los humanos. Y, cuando un alienígena es claramente no humanoide, tampoco eso le libra de las debilidades humanas. El lascivo interés de Jabba el Hutt por la princesa Leia, en El retorno del jedi, es equiparable al de un humano por una babosa. Pero el malo es el malo.

Salvar las distancias interestelares como si nada gracias al inexistente hiperespacio o que todas las naves cuenten con gravedad artificial son otras licencias que se permite Lucas en aras del divertimento. Porque eso es al final lo que importa. “He disfrutado mucho con La guerra de las galaxias“, reconocía Arthur C. Clarke en el prólogo de su novela Cánticos de la lejana Tierra (1986). Y lo mismo decía Isaac Asimov en su libro Sobre la ciencia ficción (1981). Ambos divulgadores científicos se sentaban a disfrutar cuando se apagaba la luz, estallaba la música y les empezaban a contar lo que pasó “hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…”. Es lo mejor y lo más divertido: suspendan su sentido crítico y disfruten de la fábula que ahora acaba.

Publicado originalmente en el diario El Correo.