Recuerdos sin pasado

Stalin borraba a sus enemigos de las fotos para hacerlos desaparecer de la Historia. Décadas después, psicólogos canadienses y neozelandeses han demostrado que podemos recordar un hecho que nunca ocurrió si lo asociamos con una imagen indirectamente relacionada con él. Cuestionan así la técnica usada por los psicoterapeutas que recurren a fotografías para despertar en sus clientes el recuerdo de experiencias traumáticas, como el haber sufrido abusos sexuales en la infancia.

Stephen Lindsay, de la Universidad de Victoria (Canadá), y sus colaboradores probaron hace dos años que verse en una escena lleva a muchas personas a pensar que la han vivido. En un experimento en el que participaron veinte individuos, les enseñaron fotos de su niñez procedentes del álbum familiar. Entre las imágenes, incluyeron una manipulada digitalmente con el protagonista montado en un globo aerostático, algo que nunca había pasado. Al ver la foto, la mitad de los sujetos recordó la vivencia inventada.

Los investigadores han constatado ahora que instantáneas que tienen vagamente que ver con unos hechos también favorecen la creación de recuerdos de esos sucesos en un 67% de los sujetos. “Me ha dejado atónito haber obtenido un nivel tan alto de falsas memorias”, reconoce Lindsay, cuyo trabajo aparece en el último número de la revista Psychological Science. “Los resultados apoyan la idea de que los recuerdos no se almacenan en algún lugar de nuestra cabeza. Son experiencias fruto de la interacción entre cosas que realmente nos sucedieron en el pasado y nuestras creencias y expectativas actuales”.

El experimento

En el estudio, participaron 45 alumnos de primero de Psicología. Los científicos contaron a cada uno de ellos tres historias de su niñez de las que les dijeron que les habían informado los padres. Eran vivencias escolares: dos habían ocurrido realmente; la tercera era ficticia, aunque también se atribuía a los progenitores, quienes habían confirmado que su hijo no había vivido nada parecido. La escena imaginada había ocurrido en primer curso, cuando el protagonista tenía 6 años: él y un amigo habían puesto una masa verde gelatinosa de apariencia asquerosa -el Slime estadounidense en el que se basó el español Blandi Blub– en la mesa de la maestra y fueron castigados por ello. Los experimentadores dieron a la mitad de los jóvenes fotos de sus clases, sacadas del catálogo escolar, para ver si se acordaban mejor de los hechos.

Una semana después, los universitarios volvieron al laboratorio para informar de lo que habían conseguido recordar los tres sucesos, los dos reales y el inventado. Dos entrevistadores, que no sabían qué jóvenes habían recibido fotos de la época y cuáles no, leyeron las transcripciones de los testimonios de los estudiantes y juzgaron la precisión de los mismos. Mientras sólo una cuarta parte (27%) de los participantes a los que no se dieron fotos revivió la travesura inventada, el porcentaje ascendió hasta el 67% entre quienes contaron con una imagen de su clase de 1º. “Los falsos recuerdos eran muy detallados”, destaca Lindsay. Cuando los científicos informaron a los sujetos de que una de las historias era falsa, todos menos tres identificaron la ficción correctamente. Pero fueron muchos los que se sorprendieron de que algo que recordaban tan vivamente no hubiera sucedido: “Si no me hubieran dicho que no ocurrió, habría salido de aquí creyendo que pasó”.

Los autores achacan el alto índice de falsos recuerdos a la plausibilidad de la historia -incluido el que un amigo estuviera involucrado-, la confianza inspirada por los entrevistadores y el poder evocador de la foto, aunque se tratara no de una imagen de la travesura, sino de la clase de la que formaba parte entonces el sujeto. Para los experimentadores, no cabe duda de que mecanismos similares a los demostrados en su estudio se dan cuando un psicoterapeuta utiliza fotos para sacar a la luz supuestas memorias reprimidas de abusos sexuales infantiles, rituales satánicos o secuestros por extraterrestres. Los recuerdos se recrean, se reinventan. Piénselo la próxima vez que abra el álbum de fotos de su infancia.


La historia

“Recuerdo cuando Jane (se cambiaron en cada caso el nombre del protagonista y el del maestro) estaba en 1º y, como todos los chicos de entonces, tenía un repugnante Slime (equivalente estadounidense del Blandi Blub) de ésos con los que jugaban los niños. Recuerdo que un día me contó que había llevado el Slime a la escuela y lo había puesto en la mesa de la maestra antes de que llegara. Jane decía que no fue idea de ella, sino de un amigo que le dijo que tenían que hacerlo. Creo que la maestra, la señorita Smollett, se enfadó y castigo a Jane y a su amigo a sentarse media hora de cara a la pared con los brazos y piernas cruzados.”

Publicado originalmente en el diario El Correo.