A ‘Planeta encantado’ se le funden los plomos

La travesía del desierto de Juan José Benítez acaba como empezó: con una burda trampa. Si en El anillo de plata el ufólogo se inventa una historia según la cual, el 16 de julio de 1996, encontró una joya en el fondo del mar Rojo grabada con los mismos signos –IOI o “palo-cero-palo”, en palabras de Benítez- que aparecían en un ovni que aterrizó aquel día en Los Villares (Jaén), el ciclo se cierra en Sahara rojo con una imagen de esos signos en un monumento funerario etrusco. Bueno, eso es lo que quiere hacer creer el director de Planeta encantado al espectador, porque en realidad se ve lo que parece un cero y poco más, ya que, de repente, la piedra bien iluminada deja de estarlo. ¿La razón?

Evidente, que no hay “palo-cero-palo” en la tumba etrusca y sólo oscureciendo la escena se puede engañar al público. Si han grabado el documental en vídeo, podrán comprobar que la inscripción de la pieza del museo italiano no es lo que el autor de Caballo de Troya vende. Ésa es la clave de que, en una serie cuya producción ha costado 8 millones de euros, se fundan los plomos en el momento cumbre. El final de Sahara rojo, la tercera de las entregas dedicadas al inventado misterio de IOI, está precedido, además, por otro de esos momentos ridículos a los que nos ha acostumbrado la serie que emite Televisión Española (TVE). Me refiero a cuando Benítez, quien debería recibir clases de actuación, pone cara de ido para simular una irresistible atracción por la obra en la que luego encontrará el grabado. “Al penetrar en el museo etrusco de la ciudad de Tarquinia, algo extraño y superior a mí me empujó con fuerza hacia uno de los sepulcros”. Sinceramente, da risa.

La conclusión que saca el escritor navarro de su aventura africana es tan espectacular como falsa. Pasan cerca de veinte minutos del último tedioso documental de la trilogía sahariana antes de que el novelador se meta en faena. Tras contarnos que a los bereberes los sacaron del salvajismo seres extraterrestres, ahora pretende convencernos de que el éxodo de ese pueblo, cuando el Sahara se desertizó, está en el origen de los guanches, los vascos, los iberos y los etruscos. Para ello juega con las fechas y los datos a su antojo, ningunea la opinión de los historiadores -¿se han fijado en que la única voz en toda la serie es la del fabricante de misterios?- y da a meras coincidencias valor probatorio. Así, fecha el éxodo de los “desahuciados” del Sahara hace unos 4.000 años y nos muestra en un mapa cuáles fueron los caminos que, según él, siguieron. ¿Qué ocurrió en los más de 1.000 años que pasan desde que salen de África hasta que aparecen los etruscos? ¿Dónde estuvieron los iberos durante 1.500 años? ¿Y los guanches durante casi 2.000? Poco le importa a Benítez que los primeros vestigios de esas culturas daten del siglo IX, V y I antes de nuestra era, respectivamente.

La visión que tiene el ufólogo de la cultura guanche es de una ingenuidad de parvulario. Los indígenas canarios -protagonistas de la mayor parte de este episodio- son los perfectos buenos salvajes. Parecen salidos de un cuento infantil: se trata de “gentes alegres y festivas, amantes de toda suerte de deportes y desafíos”; con una capacidad craneal media de 1.557 centímetros cúbicos, lo que “presupone un importante desarrollo mental”; “una magnífica cultura”; “una raza espléndida y singular diezmada por los españoles” que traslada a las islas “los secretos y costumbres heredados de aquellos encuentros con los cabezas redondas -se refiere a los extraterrestres- en el corazón del paraíso sahariano”… Una admiración que el novelista extiende a los iberos, quienes se asentaron en territorios “ocupados por primitivos y toscos cazadores”, a los etruscos y a los vascos. El objetivo último es presentar a estos pueblos -de origen desconocido, en alguno de los casos- como herederos de alienígenas y portadores de una cultura superior.

Admite Benítez que los historiadores no comparten sus ideas. Si bien nadie niega un origen sahariano a los guanches, la imagen idílica que da de ellos el ufólogo es tan falsa como la historia del hallazgo del anillo y como casi todo lo sorprendente de Planeta encantado. Que dos pueblos distantes tengan entre sus tradiciones la adivinación del futuro, no puede extrañar a nadie, como que entierren a sus muertos acompañados de ajuar o símbolos tan comunes como el palo y el cero se den en tipos de escritura distantes geográficamente. El periodista no es capaz de citar a un historiador de prestigio que apoye sus dislates: lo que dice es producto de su investigación, la misma que le lleva a asegurar que Jesús estuvo en el Coliseo romano en una época en la que, en realidad, el edificio no existía. Para el fabricante de misterios, el mensaje del anillo, la piedra de Los Villares y la inscripción etrusca es el siguiente: “Escribamos de nuevo la Historia”. Para mí, es otro distinto: programas como éste demuestran lo fácil que es engañar a la población, y la necesidad de una comunidad científica comprometida, que no se recluya en su torre de marfil. Doctores tiene la Historia y que casi todos permanezcan en silencio ante tanto disparate sufragado con dinero público dice bien poco a su favor. Se quejan cuando los políticos tergiversan el pasado por votos, pero callan cuando centenares de miles de personas se ven expuestos semanalmente al cáncer de la pseudociencia en TVE.