El lienzo de la discordia

Cerca de dos millones y medio de personas visitaron Turín en 1998 para contemplar la sábana santa, una pieza de lino que, según el cardenal Giovanni Saldarini, entonces custodio de la tela, “no debe considerarse una reliquia, sino otra cosa”. La historia se repitió entre el 12 de agosto y el 22 de octubre de 2000, cuando la exposición pública del lienzo atrajo a decenas de miles de turistas hasta la capital del Piamonte, que recogió en el siglo XX el testigo de Lirey, la localidad francesa en la que apareció el sudario a mediados del siglo XIV.Desde que en 1988 los resultados de la datación por carbono 14 proporcionaron, en palabras de los científicos que realizaron la prueba, “evidencia concluyente sobre el origen medieval del lino del sudario de Turín”, la Iglesia considera que la presunta reliquia no es sino un icono, digno de veneración, eso sí, en tanto que -según indicó el cardenal Anastasio Ballestrero en octubre de 1988- “la potencia evocadora de la pasión de Cristo” de la imagen “es preeminente respecto al eventual valor de muestra histórica”. El Vaticano admite, por tanto, que la sábana no envolvió el cuerpo de Jesucristo, pero la considera una obra que refleja el sufrimiento de la Pasión de forma coherente con la tradición cristiana.

Una predicción acertada

La datación de la pieza, cuyos resultados se publicaron en la revista Nature, corrió a cargo de laboratorios de Arizona, Zurich y Oxford. Tras emplear diversos métodos de lavado de muestras de los fragmentos y realizar 48 mediciones, los expertos fecharon “el lino del sudario de Turín entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%”. Se confirmaba así lo que Walter McCrone, uno de los microanalistas forenses más reputados del mundo, había augurado en 1980: que, de realizarse, la prueba del radiocarbono iba a datar la tela “el 14 de agosto de 1356, diez años más o menos”.

Los resultados del carbono 14 han sido, no obstante, puestos en cuestión por algunos partidarios de la autenticidad de la pieza. Así, Celestino Cano, presidente del Centro Español de Sindonología, ha apuntado que los fragmentos analizados presentaban altos índices de contaminación que habrían tergiversado las fechas y que la prueba no se hizo bien, “como más tarde ratificó el propio inventor del sistema”, Willard Libby. Sin embargo, un error de datación de tal magnitud -trece siglos- exigiría que la basura incrustada en la tela equivaliera al doble del peso de la misma y Libby nunca pudo pronunciarse respecto a la metodología de la prueba, ya que falleció en 1980, ocho años antes de que el método de datación por el que recibió el Nobel se aplicara a la presunta reliquia.

Pintura en vez de sangre

El del radiocarbono fue concluyente, pero no el primer estudio en sacar a la luz la falsedad de la supuesta reliquia. En 1977, Walter McCrone fue invitado a participar en un estudio del lienzo auspiciado por el Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP), una organización vinculada a la Hermandad del Santo Sudario. El microanalista fue el encargado de examinar las manchas de sangre y su conclusión, tajante: “Tengo buenas y malas noticias -dijo en el congreso en el que presentó su trabajo-. Las malas son que el sudario es una pintura. Las buenas, que nadie me cree”.

Y es que, donde el STURP veía sangre, él encontró bermellón y rojo de rubia, entre otros pigmentos utilizados en la Edad Media. Ante tales conclusiones, el STURP expulsó a McCrone de su equipo. Sin embargo, otros expertos tampoco encontraron rastros de ninguna sustancia relacionada con la sangre humana, y el STURP acabó reconociendo que McCrone está en lo cierto, aunque últimamente ha vuelto a apostar por la sangre.

Como anécdota curiosa ha quedado el estudio de Max Frei. Dijo haber encontrado en la pieza gran cantidad de polen a partir del cual podía trazarse el recorrido histórico del lienzo desde la Palestina de Jesucristo hasta Turín. Sin embargo, en la actualidad pocos dan crédito a ese trabajo, ya que nadie controló la recogida de muestras ni ha conseguido posteriormente los mismos resultados. Hasta el STURP considera que la muestra de Frei -que, como perito calígrafo, avaló en su día la autenticidad de los falsos diarios de Hitler- “no es estadísticamente significativa”.

La narración bíblica

Pero la polémica continúa y continuará entre la ciencia y quienes quieren ver en el sudario una prueba de la resurrección, aunque su mera existencia contradiga el relato bíblico, ya que san Juan escribió que, tras ser lavado y perfumado, el cuerpo de Jesús fue envuelto “en fajas”. Es decir, que, de haber una auténtica reliquia, sería una especie de vendaje y nunca podría presentar rastros de sangre, porque el cadáver se habría lavado como mandaban las normas de enterramiento judías.

“Ya te aproximes desde la Biblia, la historiografía o la química, la sábana de Turín es un fraude”, indica Joe Nickell. El investigador estadounidense reprodujo hace años un rostro similar al del lienzo usando un bajorrelieve y la técnica del frotis. Ya conocida y usada por los artistas en el siglo XIV, es algo parecido a “poner una moneda sobre un papel y frotar con un lápiz”.


El obispo de Troyes destapó el fraude hace 600 años

“El deán de cierta iglesia colegiata, a saber la de Lirey, falsa y mentirosamente, consumido por la pasión de la avaricia, animado no por algún motivo de devoción sino únicamente de beneficio, se procuró para su iglesia cierto lienzo hábilmente pintado, en el cual, por una hábil prestidigitación, estaba representada la doble imagen de un hombre, es decir, de frente y de espaldas, y el deán declara y pretende mentirosamente que es el verdadero sudario en el que nuestro Salvador Jesucristo fue envuelto en su tumba, y en el cual quedó impreso el retrato del Salvador con las llagas que tenía”. En estos términos se dirigía en 1389 Pierre d’Arcis, obispo de Troyes, a Clemente VII, papa de Avignon.

D’Arcis añadía en su misiva que su antecesor en el cargo, Henri de Poitiers, había descubierto “el fraude y cómo dicho lienzo había sido astutamente pintado, ya de esa verdad testimonió el artista que lo había pintado, o sea que era una obra debida al talento de un hombre y en absoluto milagrosamente lograda u otorgada por gracia divina”. El demoledor informe sucumbió, sin embargo, al parentesco que unía al antipapa con el hijo del propietario original de la sábana, de cuyo padrastro era primo el pontífice. Clemente VII exigió entonces silencio a su obispo. Pero el engaño era tan descarado que en 1390 tuvo que reconocer que, en el caso del sudario de Lirey, “no se trata de la verdadera sábana de Nuestro Señor, sino de un cuadro o pintura hecha a semblanza o representación de la sábana”.

Inaugurada en 1357, la iglesia de Nuestra Señora de Lirey había sido financiada por Geoffroy de Charny para exponer una pieza de lino que nunca aclaró cómo había llegado a sus manos. Henri de Poitiers había decidido investigar el asunto tras ver cómo los monjes convertían la afluencia de peregrinos que querían venerar el lienzo en un gran negocio, mediante la venta de todo tipo de recuerdos de la presunta reliquia.

Un trueque rentable

Tras amainar las aguas del escándalo denunciado por D’Arcis y después de guardar la tela a buen recaudo durante décadas, los Charny acabaron rentabilizando el tirón popular del lienzo. A mediados del siglo XV, Margaret, nieta del descubridor del sudario, volvió a hacer correr el rumor de que éste había envuelto el cuerpo de Jesucristo y consiguió venderlo a Luis I de Saboya a cambio de un castillo y un palacio.

Los Saboya rodearon la tela de un halo milagroso, la usaron en los viajes como talismán frente a los ataques de bandidos y, al final, levantaron en Chambéry una capilla en su honor. El templo se inundó de peregrinos y regalos hasta que en 1532 sufrió un incendio, reflejado en el lienzo en forma de remiendos triangulares. La tela llegó a Turín en 1578 de la mano de Emmanuel Filiberto de Saboya y, un siglo más tarde, se instaló definitivamente en la catedral de San Juan Bautista, que fue pasto en 1997 de un pavoroso incendio al que la sábana sobrevivió gracias al valor de un bombero.

Los documentos históricos y la datación por medio del radiocarbono coinciden en situar la creación de la pieza justo cuando apareció en Lirey. No hay ninguna prueba que avale su existencia antes de una época en la que se multiplicaron las presuntas reliquias en Europa, y la prosperidad de monasterios y regiones enteras dependía de este tipo de objetos de culto. Porque los creyentes acudían en masa a los templos donde se guardaban tesoros como leche de la Virgen, pelos de la barba de Noé, alas del arcángel San Gabriel y suficientes fragmentos del lignum crucis como para construir un barco. Sábanas santas las había a decenas: sólo en España, casi una treintena.

Publicado originalmente en el diario El Correo.