El laberinto de Magonia

El campesinado francés del siglo IX achacaba a unos hechiceros, los tempestarios, la capacidad de arruinar las cosechas. Estaba convencido de que esos brujos enviaban las tormentas contra los campos, para luego recoger los frutos dañados y transportarlos en barcos que navegaban por el cielo hasta una ciudad situada entre las nubes. A ese mágico enclave se refirió Agobardo de Lyon (779-840) como Magonia en su libro Contra insulsam vulgi opinionem de grandine et tonitruis (Contra las necias opiniones del vulgo sobre el granizo y el trueno). San Agobardo -su festividad se celebra el 6 de junio- ni creía en los tempestarios ni en la existencia de Magonia. El clérigo consideraba tales creencias propias de hombres sumidos en una “gran estupidez”, en una “profunda locura”, y se enfrentó a ellas abiertamente hasta el extremo de salvar la vida de cuatro supuestos tempestarios. Lo cuenta, con más detalle que el propio interesado, el abate Nicolás de Montfaucon de Villars (1635-1673) en sus Coloquios sobre las ciencias ocultas.

Sucedió un buen día, hace 1.200 años, que los habitantes de Lyon capturaron a tres hombres y una mujer que, según el populacho, habían bajado de un barco volador. Los lugareños estaban convencidos de que se trataba “de magos enviados por Grimoaldo, duque de Benevent, enemigo de Carlomagno, para perder las cosechas de Francia”. Los acusados adujeron en su defensa que eran originarios de la región, pero que habían sido “raptados poco tiempo atrás por hombres milagrosos que les mostraron inauditas maravillas para que volvieran a contarlas”. Sus captores estaban dispuestos a lapidarlos hasta que los presentaron ante Agobardo, y éste medió en la disputa. Tras escuchar a ambas partes, el obispo de Lyon no dio crédito a ninguna. Dictaminó que “no era cierto que esos hombres hubieran bajado de los aires”, como matenían los lugareños, ni lo que los presuntos hechiceros decían haber visto. “El pueblo -concluye Montfaucon de Villars- creyó más a su buen padre Agobardo que a sus propios ojos, se apaciguó, liberó a los cuatro embajadores de los silfos y se acogió con admiración al libro que Agobardo escribió para confirmar la sentencia pronunciada”.

Tres siglos después de la publicación de los Coloquios, un ufólogo francés, Jacques Vallée, rescató la ciudad de las nubes del olvido en su obra Pasaporte a Magonia (1969). Según el hombre en quien se inspiró Steven Spielberg para el personaje interpretado por François Truffaut en Encuentros en la tercera fase (1977), “los seres de los ovnis actuales pertenecen al mismo tipo de manifestaciones que se describían en siglos pasados secuestrando humanos y volando a través de los cielos”. Ángeles, demonios, hadas, elfos y extraterrestres serían, en su opinión, diferentes denominaciones de unos mismos entes de otra dimensión que han influido en la historia humana desde hace milenios. “Magonia -sostiene el ufólogo en Dimensions (1988)- constituye una suerte de universo paralelo que coexiste con el nuestro. Se hace visible y tangible sólo a gente elegida, y las puertas que a él conducen son puntos tangenciales conocidos únicamente por los elfos y unos pocos de sus iniciados”.

Al igual que otros fracasaron antes en su empeño de demostrar que el Olimpo, el Cielo, el Infierno o el País de las Hadas tenían una base real, Vallée no ha logrado probar la realidad física de Magonia. De lo que no hay duda, sin embargo, es de que existe, aunque no tal como presume el ufólogo francés. Magonia está a nuestro alrededor. En todas partes y en ninguna. Y los tempestarios y las hadas, seres en los que ya casi nadie cree, han sido sustituidos en el imaginario popular por las personas dotadas de poderes extraordinarios y las entidades de otros mundos, sean extraterrestres o espíritus.

Ahí fuera -donde, según Expediente X, está la verdad-, hay individuos que, entre otras muchas habilidades sorprendentes, dicen ver el futuro; sanar graves enfermedades y lesiones mediante la imposición de las manos; estar en contacto con alienígenas; comunicarse con los muertos; doblar metales con el poder de la mente; leer el pensamiento de los demás; diseccionar la personalidad a partir de los rasgos de la escritura, y viajar en espíritu, escapándose del cuerpo. A pesar de que la vida diaria de la mayoría discurre al margen de lo sobrenatural, lo paranormal nos tiene cercados: enigmáticos humanoides habitan las más altas cumbres y la espesura de los bosques; monstruos antediluvianos viven en las aguas de algunos lagos; extraños dibujos aparecen de la noche a la mañana en los sembrados; barcos y aviones se esfuman sin más en ciertas regiones del planeta; estatuas de la divinidad lloran lágrimas de sangre; hay rastros de continentes sumergidos donde, en un pasado remoto, se desarrollaron civilizaciones más avanzadas que la actual; millones de seres humanos han sido secuestrados por los alienígenas que nos visitan a bordo de platillos volantes; la tecnología empleada para erigir las pirámides y otros grandes monumentos del pasado revela que sus constructores o bien tenían conocimientos extraordinarios o bien eran extraterrestres…

El misterio nos rodea, y son muchos los ciudadanos de los países desarrollados que se sienten perdidos en ese laberinto de espejos que es Magonia, sin saber qué paredes son reales y cuáles, mera ilusión. Sin estar seguros de si algo es cierto o ha sido deformado, consciente o inconscientemente, por quienes dicen haber visto o vivido maravillas. La culpa de esa desorientación no es únicamente de quienes la sufren, que podrían paliarla si pusieran interés, sino también de quienes deberían guiarles por ese laberinto de supersticiones. Como lamenta Robert L. Park, director de la oficina en Washington de la Sociedad Americana de Física, en su obra Ciencia o vudú (2000), “no es sorprendente que el público tenga problemas a la hora de distinguir entre charlatanes y expertos: no hay nadie que le diga quién es quién”. Porque la mayoría de los científicos prefiere mirar para otro lado.

Publicado originalmente en El Escéptico Digital.